La fiesta de la canícula // Jessica Sevilla

Dice un dicho popular mexicano “pueblo chico, infierno grande”, y no se me ocurre mejor manera de describir la subversión de los imaginarios locales en la narrativa de Jessica Sevilla. En estos cuentos que hoy publicamos nos encontramos con personajes que se aprovechan de las idiosincrasias de una pequeña ciudad de la frontera norte de México para darnos visiones histéricas de un páramo lleno de personajes que rozan lo surreal. Es en el pleno conocimiento de la materia, que se logra un efecto de realismo esquizofrénico, donde hay visiones de un futuro que no toman partido por la distopía o la utopía, sino por las ganas de tomarse una caguama en medio de la canícula.

E.L.A.


Helena en Televisa Mexicali

Pero, ¿cómo se pronuncia?, ¿cha o chei?, ¡¿Ya va, René?! El conductor se dirigía a la invitada y al director mientras se desabrochaba el tercer botón de la camisa por segunda vez. Estamos en corte y luego sigue la cápsula de la perrera, contestó René, el director del programa, mientras Jorge, el conductor, se volvía a abotonar frente al espejo al mismo tiempo que ensayaba la pronunciación de Chaffey. No tenía muchos antecedentes de Helena, pero sabía que estaría en todos los programas en vivo de la cadena a nivel estatal, eso le había dicho el publicista. Además, le pidieron que la tratara con pincitas porque el aviso de su presencia ahí, en el programa mañanero local, venía desde el chilango. ¿Listos?, vas Jorge. ¡Buenos días, mi gente bonita! Esta linda y calurosa mañana nos encontramos con la pintora Helena Chaffey, aquí en su programa Hola Mexicali. Helena acaba de convertirse en la primera artista mexicana en obtener el galardón más importante de la bienal de Nukunonu. Ha venido desde lejos para concedernos esta entrevista exclusiva. Cuéntanos, Helena, ¿cómo te sientes después de este gran triunfo en el extranjero y qué te trae por acá de vuelta, de vuelta a Mexicali? Los artistas de la ciudad tenían la costumbre de ganar bienales de otras ciudades pequeñas para generar prestigio local. Nukunonu es la capital más pequeña del mundo, pero desde su vista de águila fresona, Helena asumía que nadie se enteraba. Con ese empuje se mudó a una capital cosmopolita, donde el capital cultural le fuera equiparable. Hola Jorge, gracias por recibirme en este amable y colorido set. Estoy muy, muy contenta por el premio de Nukunonu. Este 2000 para mi arranca por acá, participando en un evento de arte en la frontera que sucederá aquí y en Tijuana. Fui invitada y esta gira de medios es parte de la investigación para el proyecto que voy a presentar. Había sido la única morra de Mexicali invitada al INSITE y quería aprovechar la oportunidad para hacer una alarido chingón y fuerte, porque a pesar de sus modos ayudistas y condescendientes, estaba muy enojada con una situación particular. ¿Cómo?, ¿vas a usar esta entrevista en tu siguiente obra? Cuéntanos, Helena, ¿de qué trata tu trabajo? Explícanos a mí y a los televidentes. Mi trabajo siempre gira en torno a memorias personales e historias familiares enrolladas con este valle y este desierto. Lo de la entrevista no te lo puedo decir, lo voy a determinar más adelante del proceso, pero seguro tú y todos los televidentes se darán cuenta de qué hablo. Helena era de una familia muy, muy pudiente de Mexicali. Había crecido entre la costa, la montaña y el desierto, en las distintas propiedades de su familia. Había estudiado en colegios católicos de California y viajado por todo el mundo en sus periodos vacacionales. Había sido novia de un par de jóvenes de otras familias pudientes y de apellidos viejos. Y también había tenido distracciones sofisticadas: la biblioteca de los bisabuelos, el hípico, clases particulares con el profe ruso en el piano de cola del tatarabuelo, a Laurita, que le enseñó ayuujk, y a Jaime, que le hacía los lienzos, incluso en domingo, para pintar en cualquier tamaño. Maravilloso, me intriga. Tengo entendido que la obra premiada en Nukunonu retrata una historia cachanilla. Platícanos Hele, ¿te puedo decir Hele?, ¿cuál es la historia detrás de este cuadro? Eso es de lo que quiero hablar en esta gira de medios. Este cuadro, que ahora aparece en sus pantallas, es el registro de un importante momento en la historia local, pero que ha sido borrado y silenciado por ciertos grupos ponzoñosos y virulentos. En este punto, Jorge abrió los ojos con atención y apretó inconscientemente los labios. Habla de un movimiento que fue frenado, de un grupo que se comenzó a organizar para tirar al aparato que alecciona y domina nuestros cuerpos. El cuadro es parte de una serie de pinturas, dibujos y fotografías que recuerdan este movimiento, conformado por un grupo de mujeres que nos fuimos a vivir a las faldas de la Sierra Juárez del 80 al 85, cuando la Laguna Salada aún tenía agua.  En la pieza pueden ver a algunas de las compañeras que se mudaron al rancho Wozencraft, unas hectáreas que heredé a mis 16 pero que decidí liberar a aquella comunidad de des-educación. Helena miraba fijamente a la cámara y hablaba agitada, gesticulando y enfatizando ciertas palabras, como des-educación, aleccionamiento, dominación, politización. Las compañeras habían sido violentadas, algunas llegaron identificadas con los panfletos, otras por curiosidad, algunas otras por hartazgo de sus maridos. Lo cierto es que la comunidad operaba y era cada vez más popular. Comenzaron a llegar mujeres de otras ciudades del estado y de California. Y comenzaron a llegar con dinero, a veces tomándolo de sus pasados opresores. He ahí el motivo que generó tanto descontento a las afueras y con esos grupos ponzoñosos que les comenté antes. Jorge había conseguido relajar los labios, miraba a Helena con desconcierto disimulado y ojeaba al camarógrafo discretamente. La escena del cuadro retrata un día normal, en el que el círculo de lectura estaba enterrando y desenterrando poemas y manifiestos, otras tomaban el sol, charlaban y se bañaban en el agua salada. Lo que intento, en toda la serie, es tener una mirada muy lejana… como si yo no fuera parte del clan y no hubiera estado compartiendo este momento familiar e íntimo desde adentro. Intento vernos como si yo misma no fuera mujer, como si tuviera mirada de hombre. En el rancho siempre estuvimos haciendo ejercicios de extrañamiento. Hacíamos como que éramos otros cuerpos con otros nombres y como que ese era otro lugar. Inventábamos juegos, nuevas tradiciones y nuevas maneras de organizarnos, hasta que la diócesis y un grupo de hombres propietarios nos mandó drenar la laguna en el 85. En 1997, cuando el maligno llegó de obispo, se encargó de terminar con la desmantelación del grupo. Y en el 99, con Paulina, nos declaró la guerra. Helena hizo una pausa serena, se paró del asiento naranja del set y se acercó a la cámara. Yo ahora le voy a pedir a todos los espectadores de Televisa Mexicali, que nos están viendo desde casa, que nos apoyen a difundir la información que estarán viendo en los cortos comerciales de las televisoras y radiodifusoras locales el siguiente mes. Y que por favor imaginen a los pacíficos y dorados cuerpos de este cuadro como cuerpos de hombres. Eso es todo.

*

La fiesta de la canícula

El aire tenía color de tanta densidad que cargaba. Formaba una nube-zona en la que se mezclaban los sudores en evaporación de más de cien mil personas con micropartículas de polvo desértico, que levantaban el doble de pies al rascar el suelo depravadamente. Andaban sin camisetas, arcillosos en ropa interior, con tetas y nalgas al aire, o más bien sin aire, rozándose con el poco movimiento que permitía la apretura debajo de la gran nube café. Al centro de la multitud es donde había más humanos por metro cuadrado. Más irrespetuosos y cedidos al caos que se había armado en aquel infierno de fiesta. Aunque alrededor del centro tampoco es que hubiera prudencia. Lo que sí, es que ahí uno se daba cuenta de que habían distintos modos de bailar y juntar las carnes.

De haber sobrevolado la Salada con un drone durante aquellas veinticuatro horas, habrías visto a las personas como un fluido lodoso, a veces girando en torno a un sólo centro y a veces con el vórtice multiplicado. Rotaban a destiempo en espirales de calor. Unos más amplios, otros más espesos, unos emulaban al antiguo slam, otros perreaban, cadenitas, quebraditas. Luego se abrían huecos entre el gentío y al centro se exhibían los más enérgicos, los más doblados, violentos y lascivos. En los distintos centros se rompían tangas, se frotaban erecciones de cuerpos sin cara, se brincaba al ritmo, se formaban culebras de quienes querían trasladarse para ver y tocar más y nuevos seres. A las orillas, los que no aguantaban penetrarse. En los carros, en los cañones, en el primer espacio planito en el que se pudieran tender. Más pegado a la carretera, niños perdidos. De familias que venían bajando la Rumo y se olvidaron de todo con la seducción de la masa enérgica. Algunas morras y vatos enojadas con sus instintos maternales, o con su sobriedad, por sentirse obligados a cuidar críos ajenos. También algunos colapsados del cansancio, de la deshidratación o de la falta sensatez. Por no llevar suficiente agua o cheve en su camelbak, a sabiendas de que aquello era una fiesta en la mera canícula, en la Salada.

A los organizadores revoltosos del gran rancho se les había ocurrido que podían con esto, porque siempre organizaban las mejores fiestas. Que terminaban en un cochinero, eso sí, pero eran un exitazo. Esta no salió como la planearon, pero juzgarla de fracaso o exitazo, depende de dónde uno la quiera ver. Lo cierto es que la población de ahí llevaba por lo menos once mil cien días sin una fiesta grande. Y toda la vida sin una de esa magnitud. Las personas estaban ansiosas por la falta de oportunidad de congregarse con extraños para tomar y olvidar todo lo que, en esos días, tenía que ser olvidado. En esa ciudad el ritmo de contagios y mortalidad por el virus seguía siendo altísimo pero, a riesgo de muerte, la gente había comenzado a salir, a congregarse, a comprar. Y de una reunioncita a una fiesta a un fiestón, la distancia es diminuta.

Se pensó en las normas de Susana. Era un reto extraordinario: pensar y gestionar la nueva fiesta, acotada a las restricciones que exigía la salubridad de la nueva era. Chocho y Pucho lo discutieron bastante. Hicieron diagramas, proyecciones, estadísticas, modelaron los comportamientos posibles. Habría que convocar a los asistentes a acudir con su grupo cercano de amigos, no más de cinco personas. Los mentados pods. Habría que encontrar un lugar amplio y con buena acústica: la Salada. Habría que separar esos pods y delimitar su espacio de baile, como en los eventos y patios escolares primermundistas, que ya estaban haciendo eso de los circulitos en el suelo. Habría que encontrar un sistema para que la gente pudiera verse entre sí y no sólo estar bailando rodeada por los mismos siete mugrosos pods toda la noche. El chiste de la fiesta grande es rozarse con mucha gente. Habría que jugar con la háptica, tratar de succionar la presencia del cuerpo ajeno desde el oído y la vista para sentirlo en la piel, dado que no podrían tocarse más que con los del propio pod. Entonces, así fueron las instrucciones. Primero, inscribir en línea a los integrantes de tu pod. Los organizadores te darían una insignia del mismo color que el de tu circulito del suelo. Segundo, nunca meterte a otro pod. Los circulitos del suelo tendrían perímetros de luces que cambiarían de color. De este modo, cada pod podría moverse de acuerdo con la instrucción del color, cada hora. Así podrían ver a la gente de toda la fiesta y bailar, desde lejitos, con otras personas. Quizá coquetear a la distancia de unos metros, echar un grito, pedir el teléfono, etcétera. Así era el plan, además de la música de siempre: norteñona, cumbiones y perreítos.

A las cuatro horas, algunos extremistas de la fiesta se fueron a descomponer las luces. Los cuidadosos y los mochos decidieron irse. Quizás unos diez mil. El resto de los presentes más bien sintió alegría por el percance. En ese momento todo el plan se fue a la roña. Los pods comenzaron a ensancharse. Donde había cinco entraron diez y así sucesivamente hasta formar la gran nube, que fue visible desde Tecate y San Bernardino, California.  

A las veinte horas ya sólo quedaban cuatrocientos. No se veían desde la carretera. El sonido ya se había ido, pero seguían bailando con la música de sus carros, que se iban apagando uno a uno, conforme se acababan las baterías. Algunos de esos extremistas llevaban bocinas en sus cajuelas, porque ya se temían que esto pudiera pasar. O más bien, ya lo tenían planeado. Sus cuerpos ya no se movían con tanto escándalo como hacía unas horas antes, pero no paraban de moverse, liberarse, reírse. Cuando se apagó la última batería y con ella la música, todos aquellos aferrados se tiraron a la arena juntos y tuvieron una gran conversación de almohada colectiva, muy íntima. Aunque no imaginemos cómo eso es posible. Hablaron sobre sus traumas de infancia, sus soledades y cómo se sienten en el cuerpo, sobre la libertad y el amor de la fiesta, sobre la pandemia y la última noticia: la vacuna había fallado y habría que esperar por lo menos dos años más sin bailar en comunidad, dado que, como había quedado en evidencia, las fiestas distantes no eran posibles. Entre todos decidieron que así no les gustaba la vida, que deberían hacer su propia comunidad de fiesta. Entonces Chocho dijo que sabía de una casa en la Rumo en la ahorita no habitaba nadie. Ahí no cabían los cuatrocientos, pero había muchas más casas solas en la Rumo. Y si no encontraban suficientes, podrían construirlas con la piedra y madera de sobra que hay por ahí. Todos estuvieron de acuerdo. Rellenaron sus camelbaks con el agua de los últimos iglús y se fueron subiendo las montañas en una alegre culebra bailarina, a ocupar la Rumo en la Comunidad del Eterno Perreo.

Algunas de las músicas que recuerdo de esa fiesta:

Iron maiden en cumbia

La loba reggaetonera

La chona electrónica

**Ha pasado tanto tiempo que ya no me acuerdo cómo se siente la fiesta, ya hasta se me bajaron las ganas.


Jessica Sevilla vive en Mexicali, nació en Tijuana (1988) y ha crecido entre las dos. Dedica su tiempo a la gestión cultural y a ser maestra de uni. Ha trabajado en proyectos artísticos y educativos, dentro y fuera de instituciones. Fue becaria de los programas PECDA BC y Jóvenes Creadores de FONCA, categoría de medios alternativos en ambos. Tiene formación de arquitecta, le gusta ver lugares, pensar en sus dinámicas de poder, conocer su fiesta. Empezó a escribir ficción en 2020, al principio de la pandemia.  

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