Reseña: Las visiones // José Emilio Hernández

Quise contarte mis penas y terminé muriendo de risa: Sobre Las visiones de José Emilio Hernández

En el centro de la historia habita el caos. Si es que la historia tiene centro. Si es que aún nos importa relatar. En tal caso valdría la pena preguntarnos por qué seguimos empecinados en la idea de crear una Historia (así con mayúsculas) en la muerte, la barbarie y el olvido de todo tenga algún sentido. Nos da un miedo terrible pensar que todo fue por nada.

                Las visiones la nueva obra de José Emilio Hernández (Premio Gerardo Mancebo 2021) es un texto que juega con el inherente sinsentido de la violencia. Tomando cues de Vámonos con Pancho villa, esta puesta en escena nos centra en medio de un conflicto revolucionario que se presenta como un cambio casi que teológico. La figura de Pancho Villa es venerada por los personajes como una figura mesiánica que rompe el estasis miserable del porfiriato; sin embargo,  Hernández le da a esta premisa un giro de tuerca mórbido. La creencia en Villa se confronta con una realidad incoherente, llena de embrujos y medias verdades. Los protagonistas de esta obra se aferran fútilmente a una narrativa histórica que no puede encuadrar el caos que tienen que sortear.

                Los dos protagonistas, Ramón y Atanasio, uno un wannabe héroe revolucionario y el otro un simpatizante por la causa un tanto más humilde, se embarcan en un viaje hacia la nada esperando encontrarse con Villa. El Centauro del Norte, alerta de spoiler, nunca aparece en la obra y, sin embargo, su sombra pesa constante en la obra como el grial en el que se vierte la esperanza por un cambio, sin saber qué implica, sin tener certeza, se trata de un salto de fe a lo que sea que implique movimiento.

                Hay también una historia paralela, la de Margarita, una mujer que espera sin mucho éxito el retorno de Ramón. La incertidumbre la hace recurrir a los protocolos alucinógenos de su hermana Catalina para que le den… (redoble de tambores) visiones del paradero y destino de su amado. Estas fórmulas mágicas son el único orden estructural de la historia convulsa en la que todos están imbuidos. Ritos inconexos, invocaciones arbitrarias que son más presentes que cualquier figura histórica. Incapaces de dar un orden o un por qué, pero que funcionan como el medio para gesticular el desamparo de no ser un sujeto histórico, sino la presa misma del tambaleo social.

                Esta breve sinopsis no debe indicar que nos encontramos ante un espectáculo solemne o sombrío. La obra se aferra a un sentido del humor muy afable, en algunos momentos blanco como de caricatura sabatina, en otros más picante y lleno de albures. La ironía y picardía del dramaturgo emerge como la de la persona que cuenta chistes en los funerales. Sí, a Ramón no le espera más que la desgracia y el derrumbe de todas sus ilusiones de gloria, pero lo mismo que hace trágica esta situación también la vuelve graciosa. La risa es tanto o más funesta que el llanto, cualidad que se maneja de maravilla en la puesta en escena. No nos encontramos ante los revolucionarios dignos que mueren inmolados en Vámonos con Pancho Villa sino ante el fracaso absoluto de formar parte de una gran narrativa. El humor de Hernández parece nacer de un profundo descanto histórico, y eso es lo que lo vuelve tan efectivo.

                La esperanza encarnada en Ramón, Atanasio y Margarita llega a una caricatura en la que se vuelve indistinguible de la necedad. En este sentido destaca lo sardónico de un personaje como Catalina, la bruja/curandera interpretada por una inmejorable Octavia Popesku, cuya sabiduría espiritual parece consistir en la mera aceptación de que todo por lo que se lucha es en vano. Como sabiendo que la obra que protagonizan no es ninguna opera de Wagner, sino una comedia patética de personajes que no significaron nada en el gran balance de las cosas. La lucha revolucionaria es otro aquelarre hacia la nada y sus ademanes nos invitan a reírnos de los sueños de Ramón y Atanasio—quizá también de los nuestros. A lo sumo podemos aspirar a un ápice, una visión tuerta de lo que nunca pudimos ser.

                Las visiones como obra histórica, siguiendo este tren de pensamiento, parece partir de la tensión que se genera entre el fin de cualquier aspiración de hacernos de una historia coherente de tanta sangre derramada, y la necesidad que, no obstante, conservamos de contar un relato en el que todos los sacrificios hayan sido por algo. Entre las risas emerge gradualmente un temor a que el sacrificio no tenga absolutamente ningún fin. El actor Alan Uribe Villarruel maneja en la corporalidad de Ramón el devenir grotesco de esta dialéctica irresoluble. La ansiedad de ser recordado lo termina convirtiendo en un cuerpo desdibujado, un eco repetitivo de un futuro muerto desde que se pensó. Uno se ríe. No es una risa agradable. Es una que nos arrastra al deshuesadero del cual conformamos nuestra historia individual y nacional con las refacciones que podemos encajar en una máquina que ya ni sirve.

                Tras dejar el teatro y emprender el largo camino a casa, me llegaron ciertas imágenes a la mente que me ayudaron a matar el tedio. Otra película de Fernando de Fuentes: El compadre Mendoza. Pienso en el protagonista cambiando a conveniencia el retrato de Huerta por el Zapata según el bando que lo visitara. Creo que en ese acto canalla hay algo que aprender de cómo nos contamos a nosotros mismos nuestra historia. Las visiones es una obra que vale la pena ver para hacernos una idea del despapaye que nos espera cuando nos dejemos de desidia y pongamos los puntos sobre las íes sobre nuestros episodios nacionales. -E.L.A.


Las visiones de José Emilio Hernández se presentará todos los miércoles a las 20:00 hasta el 14 de diciembre en el Teatro Helénico de la CDMX. Puedes adquirir tus boletos aquí.

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