Lancelot // Diego Quintero

La prosa de Diego Quintero es impecable. En este cuento, nos presenta a Clarissa, una guerrera genéticamente modificada, y a Hry, un ucraniano que funge de guía y mecánico de la exsoldada. Nos transporta a un futuro distópico que no dista mucho de la realidad actual. El ritmo de la historia que combina con las acciones y diálogos, pocas descripciones, pero mucha narrativa que permite avanzar la tensión y crear un ambiente antes del desarrollo principal del relato. Quintero sigue las convenciones del género con destreza y soltura: hace que parezca sencillo lograr este texto.

K.M.C.


Lancelot

Dos figuras viajaban en un compartimiento de segunda clase del tren nocturno a Oasis X casino resort. La figura de mayor tamaño, Clarissa, probaba el tiempo de respuesta de su nuevo brazo cibernético; funcionaba a la perfección, mucho mejor que la versión anterior, la cual tomaba una fracción de segundo más en registrar los impulsos eléctricos de la antigua integrante del BOPE y las Fuerzas Insurgentes para una Nueva São Sebastião. Se alivió porque así lo requeriría para el torneo, alegrándose de contar con las habilidades técnicas de Hryhoriy, la segunda figura, el ucraniano enjuto de setenta años quien dormía plácido con una boina sobre la cara en el asiento de al frente. En medio de los dos, la ventana se mostraba negra con excepción del ocasional punto luminoso concedido por el cielo sin luna sobre el desierto de Taklamakán. La limitada densidad poblacional de la región hacia los asentamientos casi inexistentes, al menos ella no había visto ninguna desde Oasis VII. En todo caso la velocidad del modelo aerosuspendido que recorría la distancia entre las viejas ciudades turísticas hubiese hecho el paisajismo imposible, muy diferente a sus contrapartes brasileñas, todavía de rieles. La excapitana revisó el panfleto promocional de su destino: «Visite Oasis X, una reconstrucción fidedigna de la Bagdad del S. XV donde podrá divertirse a sus anchas con todos los placeres y aventuras de Las mil y una noches». Las fotografías mostraban edificaciones de mármol y piedra pardusca rodeados de jardines bellamente adornados. Entonces también cerró los ojos y se imaginó allí en otras circunstancias.

Apenas descendieron a la plataforma, una niñita japonesa vestida de marinera los atacó con un látigo de titanio cuyo azote por poco decapita a Hry. Los aceleradores sinápticos implantados en la guerrera brasileña durante su pubertad la hicieron reaccionar de inmediato y empujó al mecánico fuera del camino para verterse a eliminar su adversaria: un puntapié en el cuello bastó.

—Bien hecho —dijo una voz entre las sombras—. No mintieron al hablarme de la calidad de mi inversión.

El hombre misterio dio un paso hacia adelante para hacerse visible y presentarse como el Sr. Liu, su nuevo empleador. Clarissa logró distinguir a su lado dos centinelas modelo T. Miike muy parecidos a aquellos usados en el asedio del Complejo del Alemán por parte de las fuerzas de facto de Alves-Gonzaga durante el cuarenta y ocho; un año antes de establecerse de forma definitiva El Tercer Estado Federativo de Brasil bajo el comando del general Bassa. La única diferencia parecía ser sus corazas pulidas, las cuales distaban de las impregnadas de sangre que merodearon las calles de la favela por trece días matando tanto a civiles como a miembros de la resistencia.

—¿Quién era esa niña? —preguntó Hryhoriy en su denso acento ucraniano.

—Un simple clon, no tienen de qué preocuparse —dijo mientras les indicaba la dirección hacia su limosina.

—¿Un clon? ¿Un clon de quién?

—Mi hija —respondió.

Camino al hotel el Sr. Liu explicó los pormenores de la competencia con la parsimonia de alguien acostumbrado a estar al mando; el origen de su fortuna nunca les quedó claro cuando lo investigaron en aras de saber si aceptaban el trabajo o no (parecía relacionarse a licitaciones militares, pero el Gobierno chino tenía un estricto control sobre ese tipo de información a pesar de las datoesferas). La idea general de los torneos era lúdica; al menos, para los ricos y millonarios dedicados a organizarlos, en tanto cada uno de ellos escogía y apostaba a un campeón para verlos batirse a muerte. El último en tener un gladiador en pie ganaba un pozo sustancial. Según lo dicho por Liu, ese torneo no distaba mucho de los tradicionales, fuera del premio, cuya naturaleza dijo no estar en la libertad de discutir cuando Clarissa se lo preguntó. De todas maneras, a ella le daba igual, solo le importaba recibir su parte, un añorado fondo de retiro, porque la cantidad era suficiente como para comprarle una granja a Hry en Oblast o en cualquier otra zona rural de Ucrania donde podría acompañarlo durante sus últimos años. Al menos, podría saldar la deuda que le impedía al viejo volver a su país natal.

Después de un rato, ya divagante, reclinó la frente contra la ventana dejándole el esclarecimiento de dudas a su socio. Afuera las calles y callejuelas estaban vacías, los androides de servicio estaban ausentes y ni rastro de las olas de turistas quienes visitaban hace décadas. Una que otra sombra entre las edificaciones parecía intuir una persona sin dejar de ser una mera impresión. Solo se veía piedra tras piedra, ladrillo tras ladrillo. Un escenario adecuado para el torneo.

—¿La aburro, señorita Gomes? —dijo el empresario interrumpiéndola de sus ensoñaciones.

—No —contestó escueta—. Hago reconocimiento visual del campo de batalla.

El señor Liu la miró durante un segundo evidentemente contrariado.

—Espero lo haya aprovechado porque no habrá más tiempo para ello. La clon no será su única batalla esta noche —explicó mientras arribaban a su destino.

En la calle una pequeña aglomeración de hombres y mujeres vestidos de gala brindaban alegres rodeados de sus respectivos guardias robóticos aunque no aparentaban una preocupación en la vida. Una vez los vieron acercarse tomaron asiento en palcos dispuestos al lado de la entrada del Gran Sapphire Babylon, el centro de hospedaje más grande y lujoso de toda Oasis X. Liu se despidió para ocupar su lugar no sin antes desearle suerte a Clarissa y a su mecánico de quienes dijo no aguardar nada fuera de una victoria contundente. A la excapitana se le vino a la mente las maneras pasivas agresivas de su primer comandante, el comandante «palo en el culo» como lo llamaba ella.

Cuando se despejó el escenario supo designar a su contrincante: era un hombre extremadamente delgado enfundado en un enterizo de látex. Estaba inmóvil sentado en el muro de la fuente decorativa del pórtico, donde desentonaba de manera violenta con los acabados de estuco y cal. En un parpadear se puso de cuatro con las extremidades dobladas en ángulos antinaturales a manera de araña.

—¡Pelea! —gritó alguien desde el público.

El hombre se movió como una raya negra. Clarissa tuvo que accionar sus filtros oculares, de lo contrario no hubiese podido designar con certeza su trayectoria entre la confusión de sus movimientos. Avanzaba. Ella también lo hizo. Corrió a su encuentro con los cibertejidos del brazo, prestos al primer golpe, el más importante como bien sabía, la cuestión sería determinar si el hombre de látex era resiliente. No hubo tiempo, cuatro metros antes del choque un escozor punzante la detuvo, la había alcanzado una sustancia viscosa proyectada desde la boca de su oponente. Los expectores estallaron en un rugido. Se miró el pecho, se contuvo de tocárselo, puesto que era evidente su cualidad corrosiva y dejó que la piel se quemara.

Necesitaba otra aproximación, una menos frontal.

Entonces la alcanzó otro impacto. Esta vez en el hombro. Oyó a Hyr gritar desde su rincón sin poder distinguir las palabras debido al dolor y la conmoción. Aguzó el oído cuanto pudo para descifrar el mensaje: «cir… cir… circu… círculo». Una táctica tan básica que la había obviado, cualquier instructor de defensa personal en cualquier academia de pacotilla recomendaría moverse durante un enfrentamiento para evitar convertirse en un blanco fijo y rodear al oponente era la mejor manera de hacerlo; sus piernas no dudaron en proyectarla mediante brincos laterales. El hombre con andar de araña era veloz al desplazarse en cruz pero no al rotar. Al notarlo supo cómo defenderse de sus ataques, le competía formular una ofensiva, porque al final de cuentas en eso consistía combatir, en eso consistía la guerra en general, en una constante adecuación de las estrategias.

Su enemigo no dejaba de regurgitar proyectiles sin alcanzarla. Era un splicer, un ser humano genéticamente diseñado cuyo ADN había sido combinado con el de otros animales. Clarissa también había sido producto de la bioingeniería, como la mayoría de soldados de occidente, dado a que producía individuos físicamente superiores a cualquiera otro gestado de la manera tradicional; a los trece años ya medía un metro ochenta y pesaba setenta y nueve kilos. Además, los ejércitos consideraban que diseñar sus tropas era mucho más provechoso que reclutarlos porque lograban sujetos con cierta química cerebral, sujetos aptos para situaciones de estrés; es decir, lograba sujetos como ella, quien nunca conoció el miedo, solo la desesperanza de ver a los amigos, a los pares, los rostros sin nombre acribillados contra las paredes. Algunos, inclusive, por su propia mano. A pesar de esto siempre vio a los splicer con sospecha: le parecían una abominación, un paso en la dirección equivocada. En realidad le daban asco.

Miró a su alrededor hasta detectar una posibilidad. Corrió hasta el primer pilote de una de las tarimas de los espectadores. Lo arrancó de tajo desde su punto más elevado. Los asistentes se balancearan hacia el desnivel recién creado, casi yéndose de bruces si no fuera porque sus androides de inmediato sostuvieron el peso. El splicer no supo descifrar la maniobra quedándose estático; Clarissa aprovechó la duda y saltó varios metros en el aire, luego cayó con todo su peso sobre la pica con la que le atravesó el torso a su enemigo. El fenómeno quedó rígido al instante.

La excapitana se puso de cuclillas nauseabunda por el olor a carne quemada que desprendió de su pecho. El público comenzó a rodearla para felicitarla. Ella les sonrió porque los torneos al final de cuentas requerían su parte de relaciones públicas: estaba sobrentendido en los contratos.

—Vaya, vaya. Cuánto me alegra —dijo un pequeño hombre indio quien apenas le llegaba a la excapitana a la frente a pesar de ella no estar de pie—. Como sabrán, esta victoria preliminar reintegra a mi querido amigo Dan al torneo después de varios años de ausencia —explicó refiriéndose al Sr. Liu—. Cinco si no me equivoco. Esto me alegra porque las cosas no han sido las mismas sin él. Espero esta vez también apostemos algo tan jugoso como la vez pasada, mi querido Dan.

Liu hizo un pequeño gesto de asentimiento y se volteó hacia su limosina sin decir palabra.

Más tarde, una vez se asentaron en el lugar donde dormirían, el biomecánico revisó las heridas de la antigua soldado.

—La mayoría parecen superficiales, pero…

—¿Pero?

—Me preocupa la laceración sobre el infraespinoso y la integridad de los conectores nerviales de la prótesis.

—Odio cuando lo llama una prótesis y cuando usa esa maldita palabrería —bufó Clarissa.

—Pues es eso: una prótesis. Y esos son los nombres de las partes comprometidas—replicó el mecánico defendiendo su jerga.

—¿Me va a dar problemas?

—Esperemos que no —contestó el ucraniano con honestidad —. En todo caso descanse, tenemos un largo día por delante.

El viejo se levantó y se dirigió a la habitación colindante dejándola a solas para que pudiese sentirse el cuerpo: sentía los músculos de la espalda ligeros y la nuca casi inexistente; normal después de varias inyecciones. En todo caso, su umbral del dolor era alto. Eso sumado a una vasta experiencia sobreponiéndose a estados físicos similares. De igual manera, consideró que las inyecciones no estaban de más. Decidió no preocuparse; si algo estuviera invariablemente mal, Hry se lo hubiera dicho. Tenía muchos defectos, pero andarse con rodeos no era uno de ellos. Había sido así desde el principio. Cuando lo conoció ella llevaba dos años clandestina en Francia, donde trabajaba en las decrépitas torres de Planoise como el quiebrapiernas de un prestamista de poca monta. Odiaba el país tanto como odiaba los militares que la obligaron a esconderse en él, pero era la mejor alternativa dada a la falta de relaciones diplomáticas con Brasil.

El ucraniano, como suelen hacerlo los jugadores, debía, entonces enviaron a Clarissa a encargarse de ello. Irrumpió en su departamento llena de malas intenciones. En aquella época desquitaba su ira con cuanto yonqui o borracho pusieran en su camino. Encontró un lugar lleno de herramientas y partes mecánicas entrelazado en un tejido de cables. En el medio el viejo reparaba algún chisme electrónico barato encargado por sus vecinos. No había notado la presencia de la capitana a sus espaldas. Cuando ella lo volteó se encontró con un hombre en los huesos, la impresión de la impresión de un hombre. Cualquier violencia contra esa figura estaba fuera de cuestión.

Intentó comunicarse con el viejo, darle a entender su problema, pero este no le prestaba ninguna atención, en cambio enfocado sobre la manga donde debía estar el brazo derecho de la exsoldado. El mecánico le preguntó cuánto tiempo llevaba sin él.

—Eso no importa —dijo Clarissa exasperada—, si no paga hoy, ahora, en este mismo momento, mi jefe lo va a matar. Así de simple.

El viejo hizo caso omiso. Comenzó a buscar en un cuarto lleno de cajas de metal dispuestas de forma ordenada sobre estantes catalogados. Parecía buscar algo perdido no hacía meses sino años. Luego de varios minutos salió con una suerte de maletín cromado. Lo abrió para revelar una prótesis, era un diseño original de Hry, una obra de arte como lo llamaría muchas veces después, aunque los materiales no fueran los mejores.

Ella le preguntó el precio de algo de esa índole.

—Una operación de este tipo cuesta diez mil en una clínica en regla, con anestesia y enfermeras entrenadas. Puedo hacerlo aquí, en esta sala, por la mitad.

Era exactamente la cantidad debida. Clarissa le propuso a Hry asumir su deuda si este le instalaba el brazo. Algún provecho le sacaría. El viejo asintió y se estrecharon la mano. Más tarde ella le preguntaría si no había tenido miedo de ser lastimado. Él contestó que no, que, a pesar de todo, ella parecía ser una persona razonable y como buen apostador había arriesgado todo en esa corazonada.

La mañana siguiente apenas el sol rompió en el horizonte se dio inicio al evento principal. Ese año los intereses involucrados habían acordado un battle royale donde todas las fichas se enfrentarían al mismo tiempo, querían asegurar la mayor probabilidad de caos. Hry seguía de cerca los acontecimientos desde los proyectores dispuestos en la suite Abasí, la más ostentosa del Sapphire, junto al señor Liu. De reojo notó al indio, quien según contaban era un importante empresario del área farmacéutica. Se sirvió tranquilamente un plato de pastelillos en el catering dispuesto para el desayuno. Todavía faltaban la mayoría de invitados, aún estaban afectados por las resacas ganadas durante la velada de la noche anterior.

Cada participante había comenzado desde un punto asignado al azar y a Clarissa le competió partir desde el centro mismo de Oasis X: Una posición desventajosa si se consideraba la forma de la ciudad. Aquellos que estaban colocados en las afueras se moverían por naturaleza hacia el centro en busca de objetivos, pero el ucraniano sabía que su chica era inteligente: ella no se había detenido en ningún momento. Se movía con atención y rapidez en busca de ventaja táctica, además, del equipo según la organización disponible en el campo de batalla.

Las calles invadidas de arena aminoraban el sonido de los pasos de la excapitana. Escaneaba las diversas áreas en su camino cuando notó un brillo metálico proveniente de una tienda de abarrotes frente a una plazoleta. Si sus cálculos eran precisos, era el brillo de una navaja. «Si fuera un fusil ya estaría muerta», consideró antes de arrancar a toda velocidad y precipitarse como flecha a través de la ventana sin vidrio del negocio. Después del estruendo solo quedó el cadáver de un hombre bajo sus pies. Tomó el cuchillo de la mano inerte y lo guardó, para una eventualidad, pero necesitaba la verdadera potencia del fuego, algo con calibre.

Primer caído —dijo el indio que estaba detrás de Hry y el Sr. Liu—. Nuestro querido Mizoguchi va a llevarse una tremenda sorpresa cuando llegue. Si mal no recuerdo, su apuesta consistía en las acciones mayoritarias de sus minas de silicio en Sudáfrica. Le pedí muchas veces no confiar en esos agentes de la Mossad cuando no fuese un trabajo de infiltración.

—Pensé que habían disuelto la Mossad hace veinte años —dijo Hry.

—Eso quieren que pensemos.

Hry hizo mueca de sorpresa, aunque en el fondo no lo sorprendiera tanto. El Sr. Liu por su parte permaneció en silencio, expectante.

Una hora después Clarissa se encontraba en un techo y tenía tres muertos en su haber; todos presas fáciles. Los primeros caídos en un combate casi siempre lo eran, además le habían provisto una Glock para sumarlo a su arsenal. Saltó al próximo techo; brincó el ancho de una callejuela, luego, hizo lo mismo tres veces más hasta dar con una casa demasiado baja como para que fuese ventajoso estar sobre ella. Bajó al suelo: cayó con la gracia de un gato. Antes de arrojarse no había visto a nadie, pero cuando levantó la vista se halló ante un splicer gigantesco, probablemente cruzado con rinoceronte o algún otro animal de una potencia similar. La bestia la embistió, lo que la hizo derribar el muro tras de ella. El mundo le comenzó a girar a cien kilómetros por segundo. Intentó levantarse, pero la embistieron de nuevo. Esta vez chocó con el soporte central de la construcción, lo que la hizo expulsar todo el aire de los pulmones y caer de rodillas.

De cara al piso inhaló cuanto pudo, mientras sacaba el puñal a escondidas de la parte baja de su pantalón a la espera del tercer ataque. Cuando el gigante vino con la intención de un pisotón, ella le atravesó el pie, lo que hizo que al splicer se le abriera una catarata de sangre. El splicer hizo a agacharse para verse la herida.

Error.

Le levantó la quijada de un gancho ascendente. La mole cayó de forma fulminante no sin antes provocarle un mal funcionamiento al brazo de Clarissa con la dureza de su cabeza; un mal funcionamiento en una pieza minúscula, apenas perceptible, pero al final de cuentas un mal funcionamiento.

—Carajo —se dijo a sí misma.

En el Sapphire comenzaban a vociferar. El Sr. Liu traía a una verdadera contendiente, decían, una máquina de matar, tal vez, finalmente, podría vengarse de lo ocurrido a su hija.

—¿Su hija? —dijo Hry.

—¿No lo sabe? —dijo un pelirrojo con la cara inflamada de tanto beber.

Al ver que Hry de verdad no tenía idea tomó placer en contarle:

—Su jefe y Rajamouli tienen historia juntos, una historia antigua, son adversarios desde la época que estudiaban en la universidad de Tohoku. Algunos dicen que todo comenzó tras una reyerta en un juego de cartas, otros dicen que Rajamouli envidiaba la popularidad de Liu, otros más dramáticos, juran que eran amantes y que terminaron de forma violenta. El punto es que nadie sabe.

—¿Y eso en qué involucra a la hija?

El hombre sonrió.

—Pues cuando tomaron el mando de las empresas de sus respectivas familias cada uno intentó hacerse del patrimonio del otro.

—Por eso llevaron su problema a torneos como estos.

—Exacto —dijo con un entusiasmo teatral—. Aquí todos valemos billones y apostamos mercados más que sumas, los resultados de estas apuestas pueden cambiar la economía de un país, hasta de un continente, pero después de un tiempo eso no les bastó. Ellos querían algo más…

—Sigo sin entender.

—Apostaron algo que el dinero no puede comprar.

De un momento a otro la batalla reventó en una confusión de vísceras y tajos de carne ensangrentada. Los gladiadores restantes habían coincidido enfrente de una recreación bastante leal del Palacio de la puerta de oro (era un tanto más pequeña que el original, pero sus paredes talladas eran impresionantemente precisas). Clarissa terminó de romperle el cuello a un hombre de varias manos cuando una granada le explotó a unos escasos cinco metros. Se levantó aturdida y sorda de un oído. El estallido había levantado una espesa capa de arena, polvo y demás suciedad. Accionó su visor electrotérmico y disparó cuatro veces. Cuatro figuras cayeron. Revisó su pistola: no tenía balas, el problema era que antes de la granada había contabilizado cinco adversarios.

—Querido Dan, parece que solo quedamos nosotros en esta bella competencia.

—En efecto —dijo el Sr. Liu finalmente dirigiéndole la palabra al indio—. Entonces, ¿jugamos? Todo sea por los viejos tiempos.

—No soy alguien que huye a los retos.

Estaba condenada. La mataría uno de esos productos nefastos del orgullo del hombre, un ser repugnante sin alma. Moriría en aquel desierto con un brazo cibernético inútil guindándole del costado mientras su verdugo la destrozaba a sus anchas. Le había fallado a su única familia. Moriría.

—¡Malditos, mil veces malditos! —gritó Hry con tres androides apuntándole a la cabeza—. ¡Ustedes están enfermos!

—Pienso mi corazón premio suficiente —continuó el Sr. Liu sin prestarle atención al anciano.

El indio se detuvo a mirarle la cara.

—¿Seguro, mi querido Dan? ¿A cambio de qué? —cuestionó divertido—. Porque a esa mujer no parece quedarle mucho tiempo.

—Lo quiero todo —respondió a secas.

Activó el transmisor para despertar a los novecientos noventa y nueve clones armados hasta los dientes escondidos bajo las arenas alrededor de Oasis X. Cada una tan parecida a aquella exesposa quien se había arrojado desde el balcón de su apartamento en Tokio porque no aguantaba el sufrimiento. Invadieron la ciudad desde los cuatro puntos cardinales en una masa terrorífica. Tenían el mismo objetivo, porque para eso precisamente habían sido diseñados, para cegar vidas. Pasaron encima del cadáver de Clarissa y se dirigieron al hotel. Destruyeron al splicer ensangrentado a mitad del camino, derribaron la entrada del Sapphire, abrumaron a los Miike en varias oleadas kamikaze explotándolos con chalecos explosivos. Entraron a la suite en medio de un infierno de gritos, desesperanza y pánico; nadie sobreviviría, ni siquiera él, el padre.


Diego Quintero (Taskent, Uzbekistan, 1990) es autor de los poemarios Estación Baudelaire (Ediciones Espiral, 2015), Taskent soledad ultra (Ediciones Espiral, 2017) (Ediciones liliputienses, 2019) y la plaqueta de cuentos de descarga gratuita Todos mis dientes el ojo (2020).

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