La sed de los perros // Gustavo Estrada

Este cuento de Gustavo Estrada está lleno de imágenes de nostalgia, tierra, sed, aridez y sol. Es como una tormenta de arena o sumergirse en el mar abierto. Nos presenta a Refus, un pariente lejano del protagonista-narrador, y sus tierras benditas, así como a los perros que viven en ella.

K.M.C.


La sed de los perros

Para llegar a la casa del tío Refus hay que recorrer unos cuantos kilómetros de carretera; distancia marcada por el asfalto y el zumbido del auto cortando el viento. Casi al llegar, tras dejar atrás los puestos de artesanías de obsidiana y ponchos hechos a mano, el camino se ve dominado por la tierra. Suena el tronar del polvo y las piedrecillas bajo las llantas. El tío Refugio, Refus de cariño y por refunfuñón, es un pariente lejano en todo el sentido de la palabra, formalmente sería un tío abuelo por la segunda rama de mi familia materna, por comodidad, tío a secas.

Entre tambaleos y un calor incipiente, a lo lejos se distingue la silueta de los cerros indómitos que se niegan a ser sobrepoblados por casas semiflotantes y antenas 5G. A pie de valle se alza la primera pirámide, la del sol, el primero en verla es el tío Refus quien, tras un trayecto en absoluto silencio, señala con la cabeza y habla de uno de sus pocos temas de interés: las tierras.

—Iré, mijo, ya se asoma la del sol. Horitita sale la otra, la de la luna, en buena tierra venimos a caer. Si no fuera por su bisabuelo, que peleó junto al general Zapata, no nos hubiera tocado tan buena tierra, ahorita que lleguemos va ver, ta re´grandote el terreno. Eso sí, hace ritiarto calor, pero pos uno se acostumbra, no queda di otra, ya ve, la tierra es de quien la trabaja. Aquí sobra la chamba, ya ve como hay de nopales.

Mi tío hablaba poco, pero casi siempre con razón. Si algo sobra por esos rumbos es la tierra, el calor y los nopales. Al dejar muy atrás la zona turística, hectáreas de nopaleras aparecen sobre la tierra, como si aquel territorio en realidad les perteneciera a esas manos verdes y espinosas, que bien saben aguantar los calores y las sequías mejor que cualquiera de nosotros. En medio de toda la sequedad, un pueblito marcado por un quisco pequeño y una iglesia hace de última parada antes de llegar a las tierras del tío Refus. El caserón del tío está muy separado de las otras casas, igual de grandes y grises, que a lo lejos parecen golems gigantes tomando el sol. En esos golems habita gente como mi tío; personas que decidieron vivir bajo un sol imperioso, en una sequedad inagotable que los ha hecho aprender de los nopales. La gente de esa tierra es resistente y espinosa, siempre con el machete en el hombro y un sombrero de paja cubriendo sus cabezas, porque por más que uno haga aguante, el sol nos quema a todos.

Pero aún con las nopaleras, las casas gigantes y la gente espinosa, la presencia que más llena aquellas tierras es la de los perros. En el pueblito y sus alrededores, fácil hay cinco perros por cada persona. De los canes nadie sabe nada; nadie se enteró si llegaron después de la gente, o tal vez antes, cuando los golems aún no se despertaban y las sombras de los jimadores no invadían los campos. Los primeros días de mi visita al tío Refus, le tuve miedo a los perros, un miedo real, del que paraliza y te hace andar de a pasos chiquitos. Los miraba andar a lo lejos, uno detrás del otro, todos diferentes: grandes y chicos, algunos con el hocico torcido o una pata lastimada. Junto con el miedo, me empezó a nacer una lástima pesada, una sensación que se me atoraba de manera insistente en el pecho con el paso de los soles.

A cada día notaba algo distinto en cada perro; el del hocico chueco quedó así porque siempre roía con desesperación los huesos que se encontraba en la basura. El que cojeaba de una pata, me contó mi tío, se lastimó al saltar de una azotea; uno de los vecinos abandonó su casa con todo y perro, y al pobre can, no le quedó de otra que efectuar ese temerario acto de escape. Y así con el tuerto, con el que no tenía una oreja y con todos los que llevaban la herida por fuera. Porque todos tenían heridas, se les notaban en los ojos, en aquella mirada feroz, profunda y temblorosa, una mirada que aprendieron para no dejarse ver el miedo, para que la gente como yo, los extraños, les tuviéramos miedo a ellos.

La lástima me sacudió el miedo, y de la lástima me brotó empatía. Me acostumbré a andar rodeado de perros. De camino al campo, cuando iba a visitar al tío Refus a las nopaleras, me acompañaban dos o tres canes distintos; me seguían atentos, con una distancia prudente. Yo les chiflaba a lo lejos para que levantaran sus orejas, a veces les iba dejando tortillas que le robaba al almuerzo del tío, y ellos, pesando que ya no los veía, las devoraban con gusto. Pero al llegar al punto donde se separan la tierra donde se vive de la que se trabaja, ningún perro me seguía. Todos daban la vuelta, como si ese límite imaginario les impidiera poner una pata en ese cacho de tierra que era igual de seca que el resto. Quizás no pasaban de esa fronterilla porque más allá los hombres andan con machetes, los nopales tienen más espinas y no hay casas donde agarrar sombra.

No vi a ningún perro tras esos límites, salvo aquellos dos. Un día que tuve que llevar más tarde la comida, los vi, dando vueltas entre la polvareda, salvándose quién sabe cómo de las espinas. Uno era pintito y con las orejas largas, el otro grande, de un pelaje negro azabache, los dos muy flacos; con el pellejo a ras de costilla. Andaban como perdidos, dando vueltas jadeantes con la lengua de fuera. Me quedé a verlos por curiosidad a su destino; hasta un perro debe tener motivos para andar caminando tanto tiempo bajo el sol. Y pasaron las horas sin que llegaran a ningún lado. Entonces, mientras me empezaron a arder los pies, pensé en el fuego que tendrían esos perros bajo las patas; ellos que no tiene zapatos que los protejan de la tierra caliente, y tampoco tienen sombreros para no quemarse la cara, ni machetes para sacarles las espinas a los nopales. Me acordé del cachorro que acababa de adoptar mi prima en la ciudad, él, que tiene dos platos llenos de agua y comida, que tiene una casita en el jardín, y aunque su espacio es pequeño, no importa, porque lo sacan a pasear todas las mañanas. Pero esos perros, los de la sequedad, jamás sabrán lo que es un paseo, porque ellos sólo saben de la vagancia, no tiene a donde volver, y deambulan sin rumbo, con la sed como único amo.

Esa noche sentí la boca seca. Por la mañana llené una cacerola vieja de agua y la llevé al campo. En el rumbo temí que los perros ya no estuvieran ahí, o que los otros me quisieran quitar el agua que iba destinada a los hermanos; aunque no parecieran de la misma camada, para mí, y seguramente para los otros perros, eran hermanos. De camino a las nopaleras, ningún perro me intento arrebatar el agua. Los encontré debajo de uno de los pocos árboles que se asomaban de ese suelo cruel. Los vi beber. Y conocí la verdadera sed: la sed de los perros; una sed que mata, y si no mata, quema. Lo supe por esa forma desesperada de beber, que sólo nace cuando no se ha probado gota de agua en varios días. Con la sed saciada, los hermanos volvieron a la vida. Pero sólo fue un momento. Cuando regresé al atardecer, los volví a ver con la sed encima, se les notaba en el andar. Los días que siguieron les volví a llevar agua, lo que no le agradó mucho al tío Refus.

—No debería llevarle agua a los perros, sobrino— me dijo con un tono rasposo y monótono— hágame caso, no le conviene.

—Pero tienen sed, tío, y nada me cuesta— le respondí casi suplicante.

—Acá todos tenemos sed, mijo, nomás hay quienes la aguantan y quienes no, pero allá asté.

Les seguí llevando agua. Pero mi esfuerzo era inútil, la sed siempre les volvía, como si se hubiera ensañado sólo con esos dos, sobre todo con el pinto, a quien se le veía cada día más fatiga. No pasó mucho antes de que dejará de caminar, ya sólo se echaba bajo el árbol. Su respiración se volvió pesada, y por mucho que le acercará la cacerola, se negaba a beber. El negro daba vueltas alrededor del árbol, y aunque el otro no bebiera, dejaba la cacerola a la mitad y se la empujaba a su hermano con el hocico. Pero él sólo jadeaba, hasta que su lomo dejó de levantarse con ese respirar pesado. Ese día entendí a mi tío. El pintito no había aguantado la sed. Su hermano se quedó a su lado hasta que se lo chupó la tierra, siempre tomando la mitad del agua que le llevaba. Sólo cuando se desintegró la última fibra de lo que una vez fue perro, el negro se levantó. Se fue en dirección al sol, andando como andan los que no temen; sin rumbo, como si la sed ya no le importará. Y caminó hasta que se lo tragó el horizonte, y yo me quedé sin nadie a quien darle agua.

Los últimos días de mi visita no quise volver al campo. Durante esos soles, vi cómo llegó una nueva camada al rumbo. Los cachorros salieron de una casa vieja, con pasitos torpes y sin alejarse mucho de madre. Uno era pintito y orejón. Me les quedaba viendo todo el día con un hueco en el alma. No podía evitar pensar que algún día los iba a matar la sed para echárselos a la tierra y el sol. Por suerte no los vi mucho. De regreso a la ciudad, mientras me alejaba de esas tierras, los cerros se iban volviendo a poblar, el calor se tornó apacible y el asfalto cubrió el suelo. Dejé atrás a los golems, los nopales y la gente espinosa. Lo único que me llevé fue su sed, la de los perros, la que, si no mata, quema, y a mí me quema cada me acuerdo de ellos. 


Gustavo Estrada (Ensenada, 1996). Egresado de la carrera en Lengua y Literatura Hispánicas de FES Acatlán. Es cuentista y ensayista, su obra se centra en la búsqueda de una narrativa cercana a lo fantástico en las vicisitudes de lo cotidiano. Ha colaborado en Revista Tabaquería, Pulso CCH Naucalpan, Revista Literaria Ibídem, Revista De-Lirio, Revista Literaria Monolito y fue mención honorífica en el primer concurso Naucalpan Entre Cuentos. Es autor del libro de cuentos Serendipias, publicado por Editorial Libros del Fresno en marzo del 2021.

3 comentarios en “La sed de los perros // Gustavo Estrada

  1. Me recordó mucho a Juan Rulfo (no sé si el autor bebe de èl; si es así, no me soprendería), salvo que, el ambiente es más denso, y el misticismo con los perros, se maneja desde otro ángulo. Esta perspectiva de lo fantástico me interesa, y espero toparme con otro cuento de este autor en esta página.

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