Sueñomatógrafo // Rogelio Rodríguez

El plano de lo onírico me resulta fascinante. En alguna ocasión, mientras iba a terapia psicológica para tratar un asunto relacionado con mi cuerpo, me pidieron que llevara un diario de sueños. Al despertar, lo primero que debía hacer era anotar lo que había soñado la noche anterior. Luego, durante la sesión, me interpretaban el sueño. En ese momento, me transportaba a un oráculo donde las profecías —mis sueños— cobraban sentido y me explotaba mi cabeza. El sueño es, pues, una gran figura literaria. La metáfora le queda corta. En este texto, Rogelio Rodríguez nos lleva por un paseo a través de sus sueños como si se tratara de ir al cine cada noche.

-K.M.C.


Sueñomatógrafo

I

Algunas noches voy a mi sala de cine privada. Todo tipo de géneros se proyectan sobre la tela: terror, drama, suspenso, acción, comedia, romance, pornografía, fantasía, etc. Tengo la costumbre de nunca revisar la cartelera ni los horarios de las funciones, generalmente entro en la sala cuando la película ya comenzó. A oscuras y en silencio busco un lugar, tomo asiento, e intento seguir la trama.

Casi siempre me sucede lo mismo, las escenas son tan familiares que me hacen experimentar pequeños déjà vus —ese anciano se parece tanto a mí, yo también he sentido ese viento, ya había visto ese árbol, yo estuve en un baño así; migitorio con micropantalla en donde aparece un tipo pescando serenamente bajo el sol—, a veces me pasa durante la función o cuando concluye, pero casi siempre me dan ese tipo de déjà vus.

Recuerdo haber visto una película que trataba sobre una ciudad que eran muchas ciudades a la vez, se podía apreciar en plano subjetivo, así que era como pasear por ahí. Una calle conectaba con la calle de otra ciudad, de modo que el protagonista viajaba dando una vuelta en la esquina, caminando dos cuadras o cruzando una avenida. De otra función me impresionó la escena final: la luna se desmoronaba en el cielo y caía sobre la ciudad. Un joven y su padre corrían de la mano celebrando aquella destrucción. Pero nunca olvidaré la que me hizo llorar. 8:05 a.m. En el patio de una primaria hay un charco de agua con fragmentos de vidrio, un pedazo húmedo de algodón, y a un lado, el feto de un frijolito a medio germinar. Su dueño queda perplejo ante la mirada de la multitud, y regresa corriendo a la entrada para refugiarse en los brazos de su madre.

A veces las historias son aburridas y me recuesto en la butaca —parece que esta noche es una de esas funciones.

En el transcurrir de la película me pregunto por qué nunca he visto algo coherente…

De pronto, las imágenes se congelan y la tela comienza a replegarse como una hoja de papel arrugada. Va creciendo con intensidad un sonido punzante, creo reconocerlo, me pongo de mal humor porque esto pasa muy seguido y no hacen devolución ni de boleto ni de dinero.

¡Lo sabía!, esto no era La rosa púrpura de El Cairo, en donde los personajes se salen de la pantalla. Termino de reconocer el sonido y apago ese bird loop. Despierto, bostezo y limpio mis lagañas.

II

Así ha sido la fortuna de los sueños. Distintas significaciones a lo largo del tiempo, sin enigma resuelto ni finalidad legítima. Hasta el día de hoy conviven diversas teorías y opiniones, todas tienen su toque de belleza, abstracción y misterio. Recorrer su historia es como caminar por una galería de pinturas.

Para pasear por la exposición onírica hay que seguir las instrucciones. —No se fíe de la imagen, aquí lo que cuenta es el montón de garabatos bioquímicos y rayones eléctricos, es decir, la explicación del artista—. —Esta es la obra de un mensajero divino—. —Aquí la sección en donde el alma se desprende de su cuerpo y viaja—. —Por acá se puede ver el futuro—. —Conozca sus deseos inconscientes a través de este marco, ¡asómese! —exclama uno de los guías con un puro en la boca. El humo se disipa.

Una vez soñé que atravesaba un espejo como Alicia, estaba en la cocina de mi abuela materna, en su reflejo se podía ver la puerta principal que daba hacia la calle de Hidalgo. Al cruzarlo, sentí miedo porque sabía que iba a encontrarme con algo que no estaba preparado para ver. Me invadió la angustia y me desperté.

¿De dónde nos proviene el contenido de los sueños? ¿Quién no ha soñado que muere de frío bajo la nieve y en realidad solo se ha caído la cobija de la cama? ¿A quién no le dolió la panza estando dormido y soñó que sufría impactos de bala en las tripas? ¿Y de dónde las pesadillas y los sueños húmedos eran por cenar mucho o por andar viendo mugrero como me decían de niño?

Para Freud, los sueños también se nutren de fuentes puramente psíquicas: restos diurnos, recuerdos infantiles, duelos, traumas, deseos, terrores, proyectos, tareas inconclusas etc. El aparato mental elabora todas estas fuentes y las manifiesta en forma de sueños creando narrativas visuales.

Creo que el cine y la psique tienen mucho en común. El cinematógrafo proyecta imágenes sobre la tela de una sala oscura y la psique proyecta imágenes sobre la tela de los sueños. Si se me permite la expresión, el aparato mental es también un aparato sueñomatográfico.

Pero a diferencia de las películas, los sueños me pertenecen y son de mi autoría. En los sueños soy creador y creatura de lo que veo. Estoy omnipresente. En las películas a veces hay distancia entre la pantalla y yo. Sin saberlo plenamente, coloco mis fantasías detrás de lo que miro, luego me son devueltas por la imagen. En este ir y venir: siento, vivo y participo; como actor, espectador y como cosa del escenario, pero no como creador.

Cuando algo de mí es conmovido por la imagen de una película, me sucede algo similar a los sueños. Recuerdo la fascinación que tuve al ver por primera vez las tomas aéreas de 8 ½ de Fellini, El cielo sobre Berlín de Wenders o Andrei Ruvleb de Tarkowski. Era la misma sensación de vuelo de mis sueños. Pude imaginarme flotando por la playa como una cometa, sobrevolando la ciudad de Berlín o paseando en globo aerostático para ver un río desde arriba.

Me identifico en las escenas. Yo puedo ser lo que veo porque en esencia, mi “yo” se constituye en la identificación a una imagen externa. Esa es la propuesta de Lacan. Él utilizó la metáfora del espejo para dar cuenta de este fenómeno transitivo. Para tener conciencia de mi cuerpo, debo capturar su figura unificada fuera de mí. En el principio está la locura, dentro del yo llevo un núcleo paranoico. Reina la confusión con el semejante, no hay una diferencia entre el otro y yo. Pero más tarde, en el segundo principio, en el del Verbo como dice en San Juan, está el ordenamiento del mundo y mi posición dentro de él.  La palabra. La palabra me separa, abre la diferencia y crea el espacio para la identidad. Aparece la distancia. Hay un “yo” y un “tú”. Un “aquí” y un “allá”. Pero en el fondo conservo mi esclavitud a la imagen, la locura. Por eso amo, odio y me identifico. Por eso en el sueño y en el cine puedo hacer tenue mi distancia con la imagen. En el cine tengo géneros, y en el sueño deseos, variedad y pesadillas. 

III                      

Mi sueñomatógrafo siempre está listo. Se enciende automáticamente cuando duermo, pero durante el día graba las escenas que conforman sus proyecciones nocturnas. Nunca he sabido exactamente en qué parte de mi cuerpo se encuentra. Tal vez está dentro de mi cabeza, o tal vez es todo mi cuerpo y yo soy el artefacto entero. Así, mis ojos serían los lentes por donde pasa la luz y se amplifican las imágenes; mi piel, junto con todos mis sentidos, dejarían su impronta en cada fotograma; mi cerebro sería el cajetín que guarda el rollo de película, y mi deseo haría girar la manivela que lo pone en marcha.

Borges decía que todos los instrumentos que hemos creado son extensiones de nuestro cuerpo. El telescopio, el microscopio y el teléfono son extensiones de nuestros sentidos de la vista y el oído, el libro lo es de la imaginación y la memoria. Pero me cuesta asumir que, en la actualidad, mis recuerdos y fotografías se encuentren dispersos por el ciberespacio en alguna nube. Fuera de mi control. Prácticamente casi toda mi vida cabe en un smartphone. Se encuentra distribuida en pequeñas carpetas de Facebook y Google Drive, en aplicaciones de Instagram y WhatsApp. Pero no, eso es solo el semblante. Aún conservo algo. En mi sueñomatógrafo guardo con recelo la intimidad. Lo que no publico, lo que callo, lo que no digo. Esto y otras banalidades son lo que veo en mi sala de cine mientras duermo.

Algún día me gustaría ver una película tejida de las escenas favoritas de mi vida, de los mejores momentos, también de lo que he deseado y no ha sucedido. Como en Cinema Paradiso, me gustaría sentarme a ver una película compuesta de fragmentos censurados de muchas películas.

Pero también en el espacio de los sueños se tiene muy poco control.

Hace tiempo soñé que estaba sentado solo frente a una mesa. Había poca luz. Era de medio día, y a lo lejos se escuchaban las campanadas de una iglesia tocando el ángelus. Sobre la mesa había una jarra con limonada, extendí mi mano para tocarla y apareció un vaso de vidrio. Me serví un poco y bebí. Terminé de beber y supe que me encontraba en casa de mis abuelos.

Aquel día, me desperté de buen ánimo y tuve una sensación agradable durante la mañana. Después de desayunar, cuando estaba lavando los platos, me di cuenta que a veces tengo la costumbre agregar limones exprimidos en el recipiente del agua con jabón, como mi abuela. Lo hago intencionalmente para que los trastes conserven ese aroma, cuando se escurren un poco los pongo frente a mí; cierro los ojos, acerco mi nariz y aparecen los recuerdos. Probablemente de este hábito preconsciente tomó su material mi sueñomatografo y proyectó esa escena en mi sueño.

Algunas noches tengo suerte y me tocan funciones interesantes. Po eso siempre estoy en espera, y antes de que caigan mis párpados, programo el despertador.


Rogelio Rodríguez C. (Saltillo, Coahuila, 1989). Estudió la Licenciatura en Psicología en la UACJ, hizo su servicio social en el Hospital Psiquiátrico Civil Libertad (Ciudad Juárez, Chihuahua). Tiene una Especialidad en Psicoanálisis por la Asociación Mexicana de Salud Psíquica, un Máster en Psicología Clínica y Psicoterapia por el Instituto de Psicología Dinámica INUPSI y una Especialidad en Psicoanálisis Lacaniano por el Instituto Psicoanalítico de Occidente. Ha participado como comentarista en ciclos de cine organizados por la UACJ, como conferencista en congresos de psicología clínica y como tallerista en centros de psicología y asociaciones civiles. Actualmente radica en la ciudad de Monterrey, N.L. Es psicólogo clínico de orientación psicoanalítica en consulta privada. Tiene interés por el diálogo entre el psicoanálisis, el cine, las ciencias sociales y las humanidades.

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