Ya me tienen hasta la madre con su campaña

Sigo pensando en qué voto sería el más adecuado en las próximas elecciones, pero con sólo ver las opciones siento que marcar cualquier casilla sería firmar mi propio certificado de defunción. Causa de muerte: le pensó demasiado para no hacer una pendejada.

Si así fuera, lectores de mi corazón, les pido a quienes carguen el féretro que lleven máscaras de látex con los rostros de los políticos que pretenden convertirse en gobernadores. Solo así podría sentir que de algo ha servido todo este circo. Puro show. En cualquier momento me da el patatús y ahí nomás quedó, hay que estar preparado para el peor de los mundos posibles.

Lo que encabrona al punto de la desesperación no es solamente que tenga que chutarme su publicidad hasta en la receta de YouTube de la sopita de nopal con epazote. Es la ineptitud, compañeros, la exagerada ineptitud de cada uno de los candidatos. ¿Acaso no tenemos una ciudadanía que merezca una persona pública de respeto? Pareciera que no. Aquí no se merece, porque aquí se trabaja, y qué importa qué chango, changa o poni colguemos en el banquillo de gobernador. Somos bien luchones, simona la cacariza. Nada más no ande llorando después, compadre, porque se le dijo. ¿Qué hace falta para que en nuestro hermoso Nuevo Reyno de León despierte de la pesadilla en la que está sumergido?

La otra, que creo funciona como una explicación razonable al problema político que tenemos, es que estos candidatos sí son verdaderos representantes de nuestra sociedad. Espejos rascuachos en los que todos nos vemos.

¿En realidad hay alguna manera de no ser un pendejo dentro del sistema político mexicano? Y, más serio aún ¿en realidad mi voto es tan importante? Siendo muy pragmáticos, por más que mi espíritu esté en calma si opto por anular mi voto, (todos lo sabemos, es la única decisión ética que no llenará de caca mis manos) el hacerlo no tendría ningún peso real en las elecciones.

Estoy muy cansado de que la solución electoral sea siempre escoger el menor de los males. No quiero votar por el “menos peor”. No me siento representado por ninguno de los candidatos que ahora pretenden gobernar el estado.

No quiero vivir en un lugar gobernado por un priísta cochino, por un mirrey que juega al golf y vive en la mera punta del privilegio, por una mujer que perteneció a una secta o, peor todavía, por alguien que tiene en su agenda de partido desconocerme como persona plena de derechos.

¿Qué hacer? Nada más queda rezarle a la virgencita del río.  

Jesús de la Garza
abril, 2021

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