El padre ideal es el padre muerto // Samuel Lagunas

Si hablamos de estructuras patriarcales de poder, desde las que dictan políticas públicas hasta las que sostienen el submundo del arte, se queda implícita una ética torcida de la paternidad. El ejercicio de ser padre—presente o ausente—es un componente sociológico y pedagógico fundamental para que las jerarquías de poder se mantengan.  Nos hemos tardado en plantear cómo debe ser una paternidad emancipadora. De antemano sabemos que los ejercicios varios de la crianza han dejado cicatrices en nuestros cuerpos, pues por más que queramos evadirlo, los bordes del deseo siguen siendo delimitados por el movimiento de los cuerpos paternos y maternos.

                En este ensayo que nos comparte Samuel Lagunas encontramos una serie de apuntes para empezar a teorizar sobre la paternidad como un problema literario. Los apuntes aquí recopilados ponen sobre la mesa un problema epistemológico y ético dentro de la escritura: ¿cómo puede la escritura despegarse de las jerarquías? ¿cómo se escribe la palabra “padre” sin desdibujar la agencia de lxs hijxs?

E.L.A.


El padre ideal es el padre muerto.
Apuntes sobre paternidad y poesía

I

Hace poco me convertí en padre. No sé bien cuándo. Pudo haber sido el día antes de Año Nuevo cuando descubrimos, gracias a una prueba de embarazo que compramos furtivamente en una farmacia (como si fuésemos dos amantes adolescentes). Pudo haber sido meses más tarde, cuando escuchamos el latido del corazón del feto: la prueba más precaria y prístina de su vida. O tal vez fue hasta el día de su nacimiento: cuando la vi salir del cuerpo tajado de R., que estaba en cuclillas, con la espalda recargada en la pared de nuestro cuarto, casi inconsciente por la fatiga y toda la rebelión hormonal que suscitó la ingesta de ruda con chocolate y la oxitocina intravenosa. Minutos después del expulsivo, la partera me pidió cortar el cordón umbilical y me entregó a la bebé para que la cargara mientras ella suturaba el periné maltrecho de R. Nunca había visto tanta sangre ni tanto sacrificio. A lo mejor eso fue lo que me convirtió en padre.

II

Desde antes de que M. naciera intenté encontrar en la poesía algunas directrices para mi nuevo escenario. Los poemas, como los versículos bíblicos, me parecen en ocasiones buenos consejeros: inspiradores, iluminadores, violentos. No sabía bien por dónde comenzar la búsqueda. Tenía en mente la poesía del modernismo hispanoamericano, especialmente la de José Asunción Silva y la de José Martí. Ambos habían cultivado la forma de la canción infantil en un intento de abrir el lenguaje al juego, a la fábula fantástica y a la inocencia de la imaginación. Martí, incluso, había escrito un poemario a su pequeño único hijo de cuatro años: Ismaelillo. Antes del parto leí varias veces el libro. Era una linda carta: tierna, lúdica, llena de esperanza. Me daba especial confort ante el miedo que comenzó a acecharme: tendría una hija y habría demasiados niños naciendo el mismo día que ella, muchos de ellos serían criados en un machismo recalcitrante y atroz, lo que los convertía en victimarios potenciales de M. Además, yo también era un hombre y no tenía nada claro en qué posición me dejaba ese hecho: ¿tendría que convertirme en un padre vigilante y (sobre)protector?, ¿no era yo también un posible agresor? ¿Qué era yo en su vida si no podía suplir su necesidad más básica de alimento (mis pezones son estériles) y mi parálisis sólo representaba una amenaza?  Ese pavor lo vomité durante varios días después del nacimiento de M. en versos tras versos. Uno de ellos fue este poema:

*

y creer que serías tú el héroe
el baluarte
la torre más alta del castillo
tú
que también eres el tigre
la plaga
el veneno
la sombra del diablo sobre su cuna
tú
de hombría desmembrada y sin orillas
dulce
como la mermelada en el pan de la abuela
tú
mueca deconstruida
hazaña del género
hombre nuevo
imperio derrotado
romántico arrancando la cabeza de los héores
detén tu conmoción
detén la mesa bendecida por tu ruego
detén el ímpetu bucólico
ya llora
llora y llora
y a nadie puede decirle lo infeliz
que la hace la gravedad
la luz
el aire de la tierra
tienes que verla
es como los becerros
pero más frágil
llora y su llanto
son tus llagas
radiantes
esplendorosas
pero no encuentras cómo calmarla
es el hambre
estrujas tus pezones
los tajas con cuchillos
los perforas con espinas
nadie da frutos por amor
nadie por amor nada
es el hambre
y ella llora
el cuerpo de su madre
es una duna en el desierto
una catedral sin dioses
no está muerta pero casi
un cuerpo acaba de romper el suyo
y el llanto que oía a lo lejos
se ha acercado
y despierta
viene de un sueño a kilómetros de aquí
era una playa estrellada
una peña donde furiosas
la embestían las ballenas con el mar
y sus pupilas tibias
ávidas de abrirse
pero el sueño es tan hondo
que ella cae y cae
y su boca es un río
donde manan otras voces
fuera del lenguaje
el sonido de las esferas celestiales
el canto de la explosión originaria
ya despierta
su cuerpo es ahora
la tierra prometida
tú
el gigante desterrado

III

Ni siquiera el ímpetu bucólico de Martí o la fantasía pastoril de Ricardo Jaimes Freyre conseguían quitarme el desasosiego. Me sentía más cercano a los padres fracasados y solitarios de los universos de Rubem Fonseca, a quien leía con profusión durante esos días. Seguí en mi pesquisa poética, acotado al campo mexicano, pero no encontraba nada. Llegué al rápido y provisorio diagnóstico de que los poetas-padres también habían quedado aterrorizados con la paternidad. El poema de López Velarde, “Obra maestra” me servía de ejemplo: “Hecho de rectitud, de angustia, de intransigencia, de furor de gozar y de abnegación, el hijo que no he tenido es mi verdadera obra maestra”. Era un texto que de pronto me parecía imbuido de un pánico al hijo y al hacerse padre. Me parecía también síntoma de una masculinidad anodina y con trazos machistas. Es un elogio al soltero moderno, epígono del hombre burgués autosuficiente. Era difícil, desde mi nuevo lugar, sentirme parte de esa tradición.

IV

Hay en la poesía mexicana una tradición importante de poemas sobre el padre. Ese casi lugar común ha sido hasta ahora mi principal hallazgo. Al yo lírico masculino le es más fácil situarse en el lugar de hijo que de padre. Esa condición de “hijitud” tiene, sin embargo, una característica dominante: se trata de una condición de orfandad. Los poemas de los hijos son sobre padres muertos. “Algo sobre la muerte del mayor Sabines” (1973) es una elegía que parece también un encomio del padre estereotípico del patriarcado. El padre en el poema es un “tronco invulnerable”, es la “fuerza” y su último acto, morir, tiene pretensiones fálicas: su cuerpo va a entrar en la muerte, que nace de la “vagina obscura” del mar. La muerte el padre deja a la madre “sola, en su vejez hundida” y, en un despliegue tibio de compasión, “herida de tu muerte y de tu vida”. El padre muerto es en el poema un pretexto para testificar la ausencia de Dios: ese Padre supremo no menos tiránico y aplastante: “dulcísimo e impotente”. Me llama la atención que el padre en el poema sólo puede ser derrotado por un “Príncipe”: el cáncer. Su masculinidad no puede ser amenazada por lo femenino, ¡mucho menos derrotada! Ese padre de cuerpo devastado y molido es un cadáver que el hijo evoca entre llanto y alivio. El yo lírico se reconoce “asustadizo” y “débil”, pero eleva una plegaria a la Madre Tierra para que aniquile el cuerpo. Se colige en esa sensación de desamparo del hijo una actitud poco empática con la madre. Ambos sufren por su cuenta. El hijo es también una herida en la madre. Qué desastre.

V

Dos poemas más para armar un tríptico de padres aniquilados por la enfermedad: Descripción de un brillo azul cobalto (2008)de Jorge Esquinca y Me llamo Hokusai (2014) de Christian Peña. En el primero el Padre es un ideal que se dispersa entre el paisaje y los versos de Nerval: es una oscuridad lumínica que emprende un recorrido desde el hospital (“cama / de hospital tan blanca”) hacia la tierra de los muertos (“el sonido de los remos / las voces forasteras / una canción egipcia”). El poeta disfraza su dolor (para qué verlo llorar si podemos leer sus recuerdos sobre París y sus imágenes de garzas) con versos de un simbolismo que a veces suena tan exquisito como bromoso: ¡¿un micromachismo textual?! En Me llamo Hokusai el padre es una “catástrofe natural cuya única lección es sobrevivirle”. Vaya línea tan emblemática de una paternidad patriarcal dominante y abusiva. El padre, en este libro, se revela como una presencia obstinada y el poeta entiende que “El punto es desmentir a tu padre.” La rebelión. La ruptura. El parricidio. Intuyo que el poeta mata a su padre en el poema. Paradójicamente, el asesinato del padre implica un reconocimiento de su poder, de su influencia. El poeta devora a su padre y se convierte en él. Un acto ritual de antropofagia. El poema al padre muerto es el performance de la perfecta asimilación de todos los vicios paternos. El hijo repitiendo los errores. “Quizá fue necesario hablarte para entender mi nombre”. El patriarcado reproduciéndose a la perfección.

VI

La lectura de Sabines, Esquinca y Peña aumenta mi angustia. Mi padre nunca morirá. Yo nunca tuve un padre. Mi padre siempre estuvo muerto. Es mi obra maestra: el padre que nunca tuve.

VII

Todos los padres muertos que he revisado estos meses acaban en la tierra. El padre del yo lírico en el poema “Hombre llevando a un cadáver en brazos” que aparece en el libro Principio de incertidumbre (2007) de Jorge Fernández Granados es a la vez un “resplandor” y una “sombra”, su sonrisa es un “seco maxilar” y el poeta es, de nuevo, una rama que sólo ha sido posible gracias al padre. La vida del padre ha quedado enterrada, tal vez nunca se conoció. ¿Otro padre ausente en el catálogo? El hijo, sin embargo, lo considera una ofrenda. La carga con respeto. Hay sobre la cabeza del cuerpo muerto una “corona invisible”. Poco le falta al poeta para beatificarlo.

VIII

El padre muerto. Su dignidad y su figura renace en el poema. Es el padre ideal. Porque ya no está. Porque se ha ido. Porque su voz es ahora la voz del hijo. El poema como dispositivo patriarcal.

IX

Ya no quiero escribir. Temo repetir la voz del padre que no conozco. R. está afuera. Poda la buganvilia. Junto a ella enterramos la placenta. Mi abuelo sembró esa buganvilia hace más de treinta años. Es el único hombre con el que compartí mi infancia. Se murió cuando yo cumplí ocho años. Nunca le escribí un poema. No era mi padre, pero le regalaba las manualidades que hacía en la primaria el mes de junio. Su cuerpo anciano era un vestigio ya de su pasado. Sólo desde allí puedo entender los poemas a los padres muertos. Junto a R. está M. Ya gatea. Las miro de reojo mientras tecleo estas líneas. Todavía tengo miedo. Soy un hombre y estoy solo. Sin la poesía. En la poesía sólo viven los muertos. Los padres muertos. Y yo no quiero serlo. No todavía. Es hora de la cena. M. disfruta la avena. Yo se la doy a cucharadas. Me acuerdo de mi abuelo que diario cenaba avena. ¿El hilo de mi padre me recorre?

X

Hay que sabotear los poemas meditabundos y feligreses del padre vivo o muerto. De principio a fin. La poesía no puede seguir siendo cómplice del patriarcado, me repito. Como un mantra. Como una oración.


Samuel Lagunas (Querétaro, 1990) ha publicado los poemarios Todavía mañana (Mantis Editores, 2013), Plegaria por la destrucción universal (Hebel, 2015) y Godfully (Diablura ediciones, 2016). Becario Interfaz en 2014, en 2016 fue ganador de los IX Juegos Florales Ramón López Velarde. Sus poemas han sido traducidos al inglés y se han recogido en algunas antologías y revistas. Finalizó la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas y la maestría en Estudios Latinoamericanos en la UNAM. Fue finalista del III Concurso de Crítica Cinematográfica y actualmente escribe sobre cine en medios impresos y electrónicos.

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