¿Qué es esto? ¿Suecia?

Elige un trabajo que te gusta y no tendrás que trabajar ni un solo día de tu vida y otras mentiras del capitalismo tardío

Tenía unos quince o dieciséis años cuando mi papá me hizo una sentencia de vida: tienes dos opciones, estudiar algo en lo que eres buena y que además te deje dinero, o estudiar algo que te gusta pero que no te deje dinero. En ese momento, yo le dije que podía estudiar algo que me gustara y además hacer que me dejara dinero. Sería la mejor y por eso me pagarían bien. Mi padre agachó la cabeza y volteó la mirada hacia la pared blanca de la sala. Estaba decepcionado porque yo, unos meses atrás, había abandonado mi futuro prometedor de estudiar medicina por la literatura. Desde entonces, mi papá ha insistido, cada vez con menos frecuencia, en que tomé la decisión equivocada. Debía estudiar algo que fuera redituable, si no quería ser médica, por lo menos alguna ingeniería, derecho, algo menos muerto de hambre. Y yo, hasta hace no mucho, pensaba que no, que había que ir tras nuestras pasiones, luchar por nuestros sueños, dedicarnos a aquello que haríamos de a gratis, sin darme cuenta de que eso no es más que una trampa, una trampa maldita, como diría Ana Bárbara. El problema no está en lo que estudiamos o a lo que nos dedicamos; el problema está en que fuera de ahí no hay tiempo para hacer lo que nos gusta.

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Me gusta escribir. Como me gusta escribir, disfruto leer. Como me gusta escribir y leer y además soy obsesiva, disfruto corregir y retroalimentar a los demás y, a su vez, enseñar. Entonces, me gusta escribir, leer, corregir, enseñar. Lo sé desde que soy adolescente, por eso estudié Docencia de la lengua y literatura. Mi trabajo consiste principalmente en enseñar, corregir, leer y, en menor medida, escribir. La mayoría de las cosas que escribo no son parte de mi trabajo. Escribo porque me gusta. Pero de adulta descubrí que también me gustan los gatos, la cocina —específicamente, la panadería—, las plantas, el diseño, la ilustración, la arquitectura y hasta las finanzas. Ahora me pregunto qué hago con todas estas cosas nuevas que me gustan. ¿Tomar un curso? ¿Armarme un pack en Domestika? ¿Ver videos en YouTube? ¿Leer un libro? Claro, sí a todo, con mucho gusto, pero ¿a qué hora?

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En la pandemia aprendí a hacer panqués de plátano —¿ya cuántas veces he hablado de eso en una columna?—. Fue terapéutico durante la primera fase de la pandemia. Y resulta que, la mayor parte del tiempo, me quedan buenos. Así que le enseñé a mi papá. Ahora los dos hacemos panqués de plátanos de vez en vez. A él le quedan mejor que a mí. Pero un día me lo dijo: ¿en cuánto podríamos venderlos?, ¿qué tanto nos gastamos en hacerlos? Más o menos hicimos cuentas y le brillaron los ojos. Yo no estaba segura si valía la pena. Él se fue a su habitación considerándolo seriamente.

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No me he muerto de hambre por estudiar algo relacionado con la literatura como mi papá me auguró a los quince años. No me ha faltado trabajo. Siempre he tenido clases que dar, grupos que atender, ocasionalmente, algún texto que corregir. Cada vez me han surgido más oportunidades, eso también es verdad. Sin embargo, no me alcanza para comprar una casa o un carro de agencia. Además, trabajo más de cuarenta horas a la semana. ¿En lo que me gusta? Sí, disfruto muchísimo lo que hago. ¿Lo haría de a gratis? Tal vez, si tuviera rentas mensuales que cobrar, me ganara la lotería o me casara con una persona millonaria. Aunque definitivamente trabajaría muchas menos horas, unas quince a la semana. Tener el tiempo para poder hacer las otras actividades que me gustan. Tener el tiempo y el dinero, claro. Porque hay vida fuera del trabajo. O, al menos, debería haberla.

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Hay una frase cliché que dice algo así como: Elige un trabajo que te gusta y no tendrás que trabajar ni un solo día de tu vida. Qué mentira. Estúpido y asqueroso capitalismo, ¿en qué nos has convertido? En países como México, donde la mayoría de la población dedica unas doce horas del día al trabajo —entre traslados, jornadas, comidas y preparativos—, no hay tiempo para nada fuera de ahí. El trabajo nos define, somos a lo que nos dedicamos. Por eso tenemos que convertir nuestra pasión —frase de emprendedor, perdón— en nuestro trabajo. El problema está en que a quienes nos gusta el arte, pues, se nos dificulta. Pero, si al menos no lo intentamos, nos sentiríamos como unos verdaderos perdedores, unos cobardes que no luchamos por nuestros sueños. Las carreras artísticas —así como las académicas— son largas, hay que picar mucha piedra —al menos que vengas de familia adinerada o con trayectoria, eso reduce la carrera en promedio unos diez años—. Yo no vengo de familia rica ni de familia de escritores. Yo tengo que trabajar.

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A Héctor le gusta tomar fotografías con cámaras analógicas. Fotos de rollo. Siempre trae sus cámaras y me explica sobre historia de la fotografía, técnicas, artistas. Yo lo escucho con atención mientras me indica que mueva mi mano, baje la barbilla, respire por la boca y no me mueva. Escucho el clac y digo que cerré los ojos. Él me contesta que no y, cuando revela el rollo, me doy cuenta de que es cierto. En varias ocasiones le han sugerido que tome fotos profesionales, que le salen mejor que a los fotógrafos cotizados que solo hacen sesiones con modelos con experiencia. Él se niega o solo da largas. A mí me explica que no quiere ponerle un precio a lo que le gusta. Que dejaría de tener sentido para él. Se convertiría en un trabajo. Seguro que al final odiaría tomar fotos. No quiere que eso suceda: tomar fotos con cámara analógica tiene significados más profundos. No le sobra el dinero, pero se rehúsa. Toma fotos de lo que él quiere, cuando él quiere, no se lo debe a nadie. Héctor no está dispuesto a ceder en ello.

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No soy la mejor en lo que estudié. Soy buena, pero no es para tanto. Tampoco soy la mejor escritora. Me agrada que, entre todas las actividades que implica mi trabajo, escribir sea lo último, a lo que le dedico menos tiempo. Porque, entonces, todavía escribo con gusto. Me doy espacio para tomar talleres, cursos, formarme sin que haya un pago de por medio —solo en algunos casos de mi parte hacia los instructores, je—. Me pregunto si podría cobrar por escribir. Me respondo que sí. Si alguna revista me encargara artículos, reseñas, notas, si tuviera que ser escritora fantasma o alguna editorial educativa me pidiera algún texto, claro que aceptaría y lo cobraría. Seguro disfrutaría hacerlo y qué mejor si hay dinero de por medio. Pero no sé si podría ponerle un precio a lo que escribo por gusto. A ese libro de ensayos que tengo planeado, a esa serie de cuentos, a esos poemas que anoto a mano en mis cuadernos. No, a eso no, eso no puedo cobrarlo. Me cuesta verlo así, me cuesta pensar en esa escritura tan mía como un trabajo. ¿Qué sentido tendría? Aunque tal vez una beca que me permitiera dejar algunas horas de clase para poder dedicarle tiempo a esos textos tan míos no me vendría mal. ¿El precio es mi tiempo?

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Hace poco escuché en un tiktok que en Suecia rara vez preguntan a qué te dedicas cuando conocen a alguien. La autora del video, una mercadóloga estadounidense, se mudó a este país nórdico durante la pandemia y ese punto era uno de los que más conflicto le causaban. Aunque, por otro lado, entendía a qué se debía esta diferencia: los horarios de trabajo son flexibles, tienen más de un mes de vacaciones, seis meses por maternidad/paternidad. La gente tiene tiempo de también hacer lo que les gusta sin morirse de hambre. Tienen tiempo. Tiempo y dinero. No sé si creo en esos índices de felicidad, pero suena a que lo serían. El trabajo no los define. El trabajo solo es una vía para conseguir dinero. Los suecos no tienen que ponerse la camiseta. Los suecos no tienen que fingir que aman su trabajo.

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Me gustan esas semblanzas donde la gente incluye datos que van más allá de lo que estudiaron y a lo que se dedican. Aquellas que cuentan si son madres o padres de familia, si tienen animales de compañía, si hacen cosas fuera de lo que se espera de acuerdo a su perfil. A veces me gusta decir que tengo dos gatos, que vivo con mi hermanita, que disfruto hornear, que a veces deseo ser maestra de kínder. Nunca sé si poner que soy escritora porque no vivo de ello. Ahí sí me habría muerto de hambre. No he tenido una beca, un premio, un pago por lo que escribo. Tampoco lo busco desesperadamente. Tengo muy claro que debo cobrar por los talleres, cursos, clases, correcciones que haga. De eso voy a vivir, no de lo que escribo.

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No quiero decir que mi papá tenía razón porque tampoco estoy segura de ello. No en México, donde tal vez, si hubiera estudiado algo mucho mejor pagado, tendría un carro nuevo y vacaciones en el extranjero, pero no tendría tiempo para hacer otras actividades que me gustan. Aunque no es como que ahora realmente lo tenga, pero al menos lo que hago me deja una satisfacción mayor que solo pagar las cuentas. Eso compensa lo demás. Seguiré escribiendo lo que quiera sin pensar en el precio así me tome diez años. No quiero odiar la escritura, no quiero escribir en automático. No quiero que sea mi trabajo.

Karla Michelle Canett (@ArreLaQueBarre).

Agosto de 2021.

5 comentarios en “¿Qué es esto? ¿Suecia?

  1. Me gustó lo que escribió.
    Pero el dilema entre dinero, trabajo y gusto no es (o debería) ser una lucha.
    La cosa es que a mí me puede gustar mucho el cine en blanco y negro y mudo, pero la sociedad en que vivo ya no lo consume a un nivel que uno pueda dedicarse a ello y tener un poder adquisitivo bueno. En el arte pasa eso, carreras que en algunos casos no tienen demanda. Entonces creo que no es que el Mundo esté mal del todo, si no una realidad guste o no.
    Conozco personas que estudiaron artes plásticas y ellos quieren seguir realizando actividades como si fuera una época dónde la demanda de ciertos géneros visuales eran reales, pero hoy para vender un cuadro con buena técnica pues no llama mucho, ya hasta en serie se hacen. El artista, creo yo, debería buscar una media donde haga lo que le gusta y también donde exista una demanda de ello, de no ser así es aferrarse a que sea sólo como el quiere, digo, si quiere ganar dinero de ello.
    Si lo que quiere es hacer lo que le gusta sin considerar a los demás (a un público objeto), entonces hace bien que no sea su trabajo ni cobre por ello.
    La cosa es eso, mediar entre lo que uno quiere/tiene y la realidad de nuestro entorno.
    Y claro eso no significa ser conformista, es todo lo contrario. Es adaptarse para hacer lo que a uno le gusta y ganar dinero.
    Que también, el dinero no es malo si es bien habido.

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      1. muchas gracias por estas palabras
        —realistas aunque irónicamente alentadoras—. no te conozco, pero leer tus columnas me hacen sentir que sí y qué bonita visión de la vida me transmites con ellas.

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  2. El arte nunca ha tenido ‘demanda’, las formas creadas por el arte, al ser nuevas, no pueden tener demanda. La demanda viene después, cuando las formas son absorbidas por el diseño o la artesanía. Por ello, la postura burguesa de convertir al arte en un producto de ‘mercado’, no tiene sentido.

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