Nómada de la lengua // Gabriel Galaviz

Conocí a Gabriel en un taller de ensayo literario. Nos pedía que leyéramos sus ejercicios en voz alta. El último fue este ensayo. La instructora, Majo Amaral, leyó en voz alta el texto, y al final quienes nos quedamos sin palabras fuimos el resto del grupo. Este ensayo es poderoso, nostálgico, con una gran voz que cimbra y remueve. Nos lleva por su experiencia, por autoras como Pizarnik y Whalien 52, la ballena solitaria que navega los océanos sin poder encontrar a su manada. Lean el texto, nada de lo que escriba le hará justicia.

K.M.C.


Nómada de la lengua

[...] así hablo, sabiendo, no obstante, 
que debería callar.
Alejandra Pizarnik
Declaración

Comienzo este ensayo de la manera en la que se comienzan ciertas expediciones arqueológicas: sin saber precisamente a donde llegaré, y con la cantidad mínima de información disponible para fundamentar mis frugales hallazgos. Asumo esta advertencia como una característica propia del tema escogido. Actualmente no hay información completamente veraz acerca de las razones neurológicas o psicológicas por las cuales se manifiesta el tartamudeo. A esto cabe añadir una dificultad adicional: menos del 1% de la población adulta sufre de tartamudez. Por tanto, me gustaría saberme, además, habitante de algún país desconocido o, en dado caso, un nómada errático. Recuerdo ahora mismo a Whalien 52, la ballena descubierta hace varias décadas que, al verse incapaz de comunicarse con los demás integrantes de su especie debido a un canto inusualmente alto, es obligada a deambular los mares de manera solitaria. En ocasiones se le ve nadando en el Pacífico de otoño a diciembre, pero se aleja de todo intento de registro humano durante varios meses. Whalien no sigue el patrón migratorio de ninguna especie de ballena ni de ningún otro animal conocido. Whalien es, también, una nómada de su propia lengua.

I

Mi primer contacto con la imposibilidad comunicativa se remonta mucho tiempo atrás. Era un niño y trataba de contar un chiste que, impacientemente, quería terminar. Recuerdo que alguien me calló alegando que, si no podía hablar bien, mejor no lo hiciera. Poco tiempo después lo pude notar.

Soy tartamudo. Esto implica varias cosas. Desde que tengo memoria le tengo pánico a la lectura en voz alta. Cuando la maestra asignaba a cada uno de nosotros un párrafo en las lecturas conjuntas, yo lo comenzaba a leer en voz baja antes de que fuera mi turno, premeditando el desastre. De este modo ensayaba el tono, el ritmo y las contracciones musculares del rostro para destrabar las consonantes con las que comenzaría una oración. Al momento de leer, sin embargo, nada resultaba del modo esperado, y eventualmente me sentaba tras un atropellado intento de disimular ser parte de la multitud medianamente capaz en su propio idioma. Dice Herta Müller que la lengua bien puede ser la patria de cada uno. Yo vivo en un territorio que día a día me niega.

II

«Una de las causas que me impiden estudiar es mi tartamudez. A veces me parece que no existe, pero hay días en que me duele el corazón de tanto esfuerzo por articular algo», escribe Pizarnik en una entrada de su diario fechada el 10 de junio de 1959. En ese entonces, una Alejandra de veintidós años, un año mayor que yo ahora, había decidido abandonar todo tipo de estudio formal después de una corta estancia en diversas facultades de su interés. Acosada por diversas enfermedades mentales, y por una reticencia a interactuar con el mundo exterior, Pizarnik únicamente mantenía contacto con un par de personas cercanas a través de cartas o, en muy contadas ocasiones, por teléfono, tarea que la sumía en un estado de profunda depresión.

Fórmulas tan esquemáticas de despedida como un «hasta luego» se ven reemplazadas en la lengua de Pizarnik por estertores ininteligibles que ella afirmaba «anulaban todo lo dicho precedentemente, transformando toda conversación anterior en una broma, en un simulacro, o tal vez, como una situación en la que alguien piensa que habla con un ser humano y descubre, por este detalle imprevisto, que no es un ser humano, sino algo extraño, ambiguo, no poco repugnante en su misterio.» 

Gran parte de las energías vitales del tartamudo se traducen en un incesante esfuerzo por no dejar traslucir el defecto vocal. Cuando se falla rotundamente en esta labor, no es posible evitar el tortuoso repaso del suceso a lo largo de varios días, meses, e incluso años. Tras ello, no resta más que contemplarse totalmente expuesto en su propia ambigüedad. En su entero no-ser.

III

Se han planteado diversas hipótesis alrededor de la naturaleza de Whalien 52. Algunos científicos afirman que el insólito cetáceo es producto de un entrecruzamiento entre una ballena azul y un rorcual común, otros argumentan que bien podría ser sordo o sufrir de alguna deformación, y otros tantos no descartan la posibilidad de que sea el último integrante de una especie que quedará extinta tras su fallecimiento. Lo cierto es lo siguiente: no podrá reproducirse. Se ha creído durante bastante tiempo que la principal función del canto de una ballena es el apareamiento. La frecuencia de 52 hercios a la que canta Whalien es lo suficientemente aguda como para pasar totalmente desapercibida por cualquier otra ballena, y por tanto, se puede asegurar con certeza que jamás recibirá una respuesta. Nuestro querido amigo marítimo se ha tornado, entonces, en un disidente de su propio orden. Empujado a la errancia indefinida y a una vida incomunicada, ha despertado en el corazón de las personas una conmoción que ha inspirado diversas obras de arte, abarcando poemas, canciones, documentales y demás muestras de afecto que se extienden compasivas a lo ancho y largo del planeta. Sin embargo, yo no quiero ver a Whalien como una víctima de sus propias circunstancias. No quiero verme reflejado en su solitud.

Valeria Mata, antropóloga social, escribe que, en oposición a la forma de habitar el mundo del agricultor, «el nómada personifica al sujeto incontrolable, difícil de seguir y censar, el que inquieta a los poderes fijos». Deleuze y Guattari relacionan el nomadismo a la resistencia política, y Rosi Braidotti lo entiende como «un fluir que se opone a asentarse en los modos de conducta socialmente codificados». ¿Podría, entonces, existir un nómada lingüístico? Para Valeria Mata sí, y este se encarna en la figura del políglota. No en el sentido literal de aquel que habla muchas lenguas, sino «como el que puede detectar y jugar con varios lenguajes incluso en uno solo, para quien las palabras nunca pueden estabilizarse en absoluto ya que van y vienen, siempre cambiando».

Diciembre terminó hace dos meses. Para estas fechas, Whalien (quien es bautizado así por una divertida combinación entre las palabras whale y alien) seguramente esté nadando lejos, muy lejos del Pacífico, alejado de cualquier hidrófono que pueda dar fe de su idioma y trazando las más extrañas rutas sobre la superficie del mar.

Fig 1. Rutas de Whalien a través de los años.
IV

Soy tartamudo. Esto implica varias cosas. Desde que tengo memoria nunca he podido exponer en clase ni hablar en voz alta. Mis arrebatos de furia no se entienden. Me dan pánico los trabajos en equipo. Gracias a algún tipo de suerte irónica, el cubrebocas me ha otorgado un nuevo alivio y he adoptado una actitud pasiva frente al mundo. No respondo, no hablo y no interfiero si no es necesario. Poseo una habilidad que he desarrollado a lo largo del tiempo: puedo percibir con exactitud el momento en que una palabra me dará problemas y mi cerebro buscará rápidamente algún sinónimo en menos de un segundo. A veces falla.

No existen tartamudos ejemplares y, por tanto, no tengo un modelo a seguir. Joe Biden, me dijo alguien. No creo que sea la mejor opción, respondí.

Soy tartamudo, y eso implica saberme ajeno a ciertos lugares. Académicos, sociales, literarios. He desertado de más talleres de los que me gustaría admitir. No termino lo que empiezo y no pocas veces he querido abandonarlo todo, esconderme, empequeñecerme y no ser registrado ante la mirada de nadie, y cuando hablo, lo hago sabiendo, no obstante, que debería callar.

V

Alejandra Pizarnik decidirá ingerir cincuenta pastillas de barbitúricos a los treinta y cinco años de edad. Trece años antes registra en su diario una de las pocas ocasiones en las que se vio reflejada sobre el mundo.

«He hojeado las obras de Artaud y me contuve de gritar: describe muchas cosas que yo siento —en esencia: ese silencio amenazador, esa sensación de inexistencia, el vacío interno, la lucha por transmutar en lenguaje lo que sólo es ausencia o aullido—»

Cuando el cochero Yona no encontró manera de comunicar la muerte de su hijo, ni mucho menos a quien, fue finalmente la calma y la presencia de su caballo lo que lo orilló a contarle su desgracia al animal. Varios interpretan este acto desesperado como un acceso de honda locura y resignación, símbolo de la cada vez más escasa empatía por el otro que comenzaba a gestarse en el mundo moderno. Un ser humano, negado por el oído de todos sus clientes, le llora a un caballo mudo que jamás podrá responderle. Me gustaría creer que esto no fue así, que existe otro modo de visualizarlo. Quizá, al fin y al cabo, lo único que quiso Yona en aquel cuento de Chéjov fue aquello con lo que Pizarnik luchó contra toda su vida, aquello que Whalien hace a diario, y todo aquello que deseo de mi propia condición: transmutar en lenguaje lo que solo es ausencia.

VI

“La identidad del nómada, sostiene Braidotti, es múltiple y móvil: es un inventario de huellas”

He decidido nombrarme tartamudo. No por el alivio que esto me confiere, sino más por una deuda que sobrellevo conmigo mismo y con los otros. Un impedimento del habla es un constante recordatorio de una falla estructural que llevo a todos lados y que torna en pequeños infiernos las tareas más sencillas de realizar. Con el paso del tiempo, estas mismas tareas comenzaron a disgregarse en otros tantos problemas y quise, finalmente, aislarme del mundo. Nombrarse, reconocerse, por más sencillo que parezca, conlleva un esfuerzo emocional de escala monumental, y pasaron varios años hasta que, finalmente, tuve la valentía suficiente de hacerlo. Sé que irrumpí un orden establecido la primera vez que solicité ayuda de alguien para leer un texto propio en un entorno donde lo mínimo esperado era que supieses leer en voz alta. Pero es a través de esas pequeñas hendiduras del paisaje donde he podido vislumbrar mi propia negativa a separarme de un mundo que me ha otorgado las huellas de otros tantos y tantas a las que me he aferrado.

Pizarnik murió, siendo, como ella misma escribió, «la niña que en vientos grises, vientos verdes aguardó».  Pocos días antes del 25 de septiembre escribió un último poema en el pizarrón de su habitación que únicamente consistió en los siguientes versos:

no quiero ir
nada más
que hasta el fondo


No conocí a Pizarnik, no he viajado al Pacífico y mucho menos soy un cochero ruso, pero es gracias a las huellas de cada uno que puedo afirmar que sigo aquí.


Gabriel Galaviz (Puebla, 1999). Estudia Literatura en la Universidad de las Américas Puebla. Ha publicado en diversas revistas nacionales digitales e impresas, tales como Larvaria, Espora y Revista Himen.

Un comentario en “Nómada de la lengua // Gabriel Galaviz

  1. Admito que los ensayos no son lo mío, sin embargo este texto me ha gustado bastante. Quizá me sentí identificado porque yo también padezco un impedimento del habla, en mi caso no puedo pronunciar bien las erres, aunque he tomado terapia para mejorar. En fin, siempre he creído que las personas somos mucho más de lo que dejan ver nuestras limitaciones.

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