Ser fan (del kpop) // Arely Valdés

De fan me muero de hambre. No soy buena ni con las series ni con los álbums ni con las sagas ni con las películas. Soy horrible con eso. Soy constante en casi todo, menos cuando se trata de un producto cultural. Y heme aquí, escribiendo. Pero de lo que sí soy fan y fiel es de la comida. Me identifico mucho con Arely cuando dice “No hay tiempo suficiente entre todas sus actividades para decir la palabra completa”, aunque yo diría que no hay tiempo suficiente cuando tengo el platillo delante de mí. Te amo, soy tu fan, es lo único que puede salir de mis labios.

En este texto, Valdés reflexiona sobre lo que representa ser un fan y las implicaciones que hay en ello, a la vez que nos confiesa que es fan del kpop, este género que de pop no tiene nada y sus seguidoras se han encargado de demostrarlo: han tumbado perfiles pedófilos, eventos de Trump, alzado su voz contra injusticias sociales. Son el nuevo punk. ¡Arriba el kpop!

K.M.C.


Ser fan (del kpop)

¿Qué es un fan?  La morfología otorga a la pregunta una respuesta escueta: fan es abreviatura por apócope de fanático.

Fan es una persona de aficiones intensas. Hay una aquí, tratando de explicar sin enredarse, la coalescencia entre sí misma y el gusto efervescente que le mueve. Si se enreda, se ocupa, y si se ocupa su agenda, se altera. Y es que, si tocas a la puerta del fan, quizá la abreviatura misma recorra la cortina para permitir entrever la dimensión del fanático. No hay tiempo suficiente entre todas sus actividades para decir la palabra completa. Pero, también, este vistazo mínimo habla de la generalidad y el anonimato implicados en la palabra fan. Sí, soy fan, respondería el fanático desde el otro lado de la ventana, si el tiempo le alcanzara para satisfacer a los curiosos que tocan a su puerta. Sin embargo, continuaría diciendo, mi apoyo incondicional me ha valido ser nombrado para distinguirme del resto. ARMY, MOA, Midzy, Stay, Exo-l. Colorido desfile de nombres que poco o nada dicen al espectador que, como el simple mirón del desfile del Orgullo, ve coloridas banderas ondear, sin distinguir las implicaciones de la diversidad del género y la sexualidad.

El fanático, como cualquier recién nacido, no tuvo voz ni voto en su nombramiento. Claro, el fan asume su nombre igual que los bebés: aprende quién es por repetición del nombrador y abraza su título para proclamarlo con voz propia hasta que aprende a hablar.

El lenguaje del fan está repleto de abreviaturas, ya se sabe, no cuenta con tiempo bastante para todo lo que quisiera hacer en favor de la admiración que le vibra en las venas. Además, el lenguaje del fan se compone de chistes locales, errores y ocurrencias del idol que acaban por transformarse en códigos para la risa futura. La sintaxis del lenguaje del fan se alimenta de letras de canciones, fanchants¸ de vocablos anglosajones pintarrajeados con el pronunciado acento de su favorito, de hashtags que mantener en tendencia, de números meta para el próximo vídeo musical.

No importa edad, género, raza ni geografía. Importa la dedicación que ostenta, pues es ahí donde convierte al streaming en liturgia y al sould out en arenas y estadios, en dogma. Su entrega no menoscaba su condición humana, al contrario: la eleva.

El fan no está solo. En la semántica del nombre que ya ha aceptado como suyo, suele incluirse la pluralidad. El fan avanza en cardumen. El fan es legión. Compartir. Sumar. Ayudar. Repartir. Genera colectas, hace donaciones, crea grupos de estudio, de apoyo, trabaja en equipo. Si la especificidad de sus circunstancias como individuo le provoca un trago amargo, el fan tiene siempre a donde dirigir el desahogo, tiene un círculo de soporte, tiene a otros fans para acompañarle. Y si no, está el idol, omnipresente en la vida del fan, diciendo gracias, lloroso, en video, desde el escenario del concierto final de la gira anterior. En ese momento el éxtasis redunda. Gracias a ti, farfulla el fan y sus suspiros se confunden con el tintineo de las monedas que ruedan lejos de la alcancía rota para comprar una entrada para la nueva gira.

Y si el fan no acude a la puerta cuando llamas, ya se sabe, es porque está ocupado, tal vez redactando un decálogo propio para rebatir la propaganda de quienes tocan deseando que abra para convertirle, para acusar de ilícitas y dañinas a sus actividades. El fan es generoso y honesto. Con suerte se asome para decir hoy no, gracias. Que de la f a la a a la n, la abreviatura resulta comprometedora: en un espacio tan pequeño el agotamiento cabe y se desborda. Denle unos años.


Arely Valdés (Zacatecas, Zac. 1993). Es Licenciada en Letras por la Universidad Autónoma de Zacatecas “Francisco García Salinas”. Fue Beneficiaria PECDAZ de la emisión 2015- 2016 en el área de narrativa. Es autora de la colección de cuentos Playlist para Extravío (IZC 2018), su primer libro. Formó parte del primer diplomado virtual de creación literaria organizado por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura y la Coordinación Nacional de Literatura.

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