28/S

Que sea para ellas lo que no pudo ser para mí

La primera vez que marché a favor de la despenalización del aborto fue el 28 de septiembre de 2019. En realidad, creo que era la primera vez que se marchaba para conmemorar el Día de Acción Global por la Despenalización del Aborto en Mexicali, el municipio donde resido. Éramos pocas mujeres con pañuelos verdes en nuestras muñecas y cuellos. En Mexicali, una ciudad al norte de México en un estado de tradición conservadora, no solemos marchar, mucho menos por los derechos de las mujeres. Para mí fue importante estar en esa convocatoria, alzar mi puño y ondear la tela verde que resbalaba por mi brazo. Unos años atrás, no me habría imaginado en medio de un contingente gritando y exigiendo un derecho de salud reproductiva como el aborto. Cuando entré en mis veintes dejé de ser —al menos abiertamente— una mujer anti derechos o —como ellos se nombran— una persona provida.

Crecí en un ambiente cristiano donde me enseñaron que el aborto era un pecado. Un asesinato. Muerte. Solo una mujer sin escrúpulos y poseída por el egoísmo y la soberbia sería capaz de cometer un acto como ese. Una mujer sin temor de Dios. Leí varias veces la Biblia y no encontré ningún fundamento suficiente para ver el aborto como un asesinato —nunca he entendido tampoco de dónde sacan que la masturbación es pecado porque lo de Onán no va en ese sentido—. Pero repetí durante mis años de adolescencia que el aborto era un asesinato, que era impensable que este fuera legal y que podía traer maldición. Una serie de frases construidas a partir de argumentos que no se han cuestionado en cincuenta años y que buscan hacer sentir culpables a las mujeres que deciden someterse a una interrupción del embarazo. La primera vez que participé en una marcha lo hice con grupos cristianos y un pandero en mano para declarar que Mexicali era tierra de vida. Mexicali decía NO al aborto.

Sí, era una niña de rizos castaños que iba a una escuela privada y se consideraba anti aborto. Era un niña bien o, por lo menos, me esforzaba en serlo—. En los debates de la preparatoria yo siempre me posicionaba en contra de este. Repetía los mismos argumentos: entonces que no tengan relaciones si no están dispuestas a traer un hijo al mundo, el bebé no tiene la culpa, que lo den en adopción. No me preguntaba quiénes eran esas mujeres, bajo qué condiciones se encontraban, qué las llevaba a optar por esa alternativa. Pero repetía: no, no y no, que se hagan responsables de las consecuencias de sus decisiones, que usen condón, que tomen anticonceptivos, que se informen, que se operen. No me daba cuenta de que incluso yo, en medio de mi burbuja de privilegios, podía quedar embarazada en algún momento sin que lo planeara, sobre todo con la pésima educación sexual que se imparte en las escuelas. No me daba cuenta de que esto no se trataba del bebé porque no hay bebé de por medio. No me daba cuenta de que esto se trataba sobre las mujeres —que son personas con un pasado y un futuro, que tienen sueños y metas— y no sobre una persona que todavía no nace, una persona que todavía no es persona, sobre una conceptualización errónea de persona. Las mujeres tienen una vida; el cigoto, embrión, feto —dependiendo de la etapa en la que se practique el aborto— no la tienen.

Esos años de preparatoria fueron los años que más me acerqué al cristianismo. También fue la época donde leí varias veces la Biblia. Entre más leía, menos sentido tenía para mí. Más dudas me surgían. Más me preguntaba qué era todo aquello, por qué debíamos seguirlo, quién se creía Dios para darnos tantas órdenes. Pero callaba. ¿A quién podía presentarle mis pensamientos? Lo intenté un par de veces —con mucho miedo a ser juzgada— con personas de la iglesia a la que acudía. Me daban un par de explicaciones que no me eran suficientes. Así que me repetía a mí misma: esto es la fe, Michelle, no trates de usar tu razón; si la usas, vas a dejar de creer. Para ser honesta, nunca creí del todo en Dios. Me convencía de que era una creyente, pero la verdad era que no. Era una atea con muchas ganas de no serlo. Una atea que se esforzaba por ser una buena cristiana. Era una atea de clóset.

No creo que debas ser atea para ser proaborto ni que debas renunciar a tu fe para estar a favor de los derechos de las mujeres. Es una cuestión de empatía. De reconocer diferencias y, con ello, de reconocer nuestros privilegios y prejuicios. De ser honestos con lo que conforma nuestros pensamientos, nuestros sistemas de valores, y afrontarlo con sinceridad. Por eso es difícil. Porque involucra despojarte por un momento de lo que eres —o crees que eres— y cuestionarlo, para luego retomarlo —o no— con consciencia. Y ese proceso es duro porque te quedas en la nada. Cuando me reconocí atea, caí en una fuerte depresión. Me había quedado sin el fundamento que me habían enseñado que debía ser el único: Dios. Pero ese mismo concepto de Dios me causó un daño que también me estaba transportando al vacío. No podía seguir esa farsa, pero nadie me enseñó qué debía hacer ahora, qué otras alternativas tenía. Las descubrí sola. Encerrada en mi cuarto. Tras meses y terapia. Y una vez terminado el proceso, fui plena. Conocí la felicidad en mis early twenties. En ese momento, ser feliz consistió en ser honesta conmigo misma en aspectos en los que me reprimía.

He escuchado de estos procesos no únicamente en lo religioso: pasa en lo político, en lo sexual, en todo aquello que nos enseñan que debe ser, que eso es lo bueno, lo mejor. Da miedo cuestionarnos los dogmas porque duele. Porque al menos nos ofrecen respuestas y nos dan seguridad. Lo otro es desconocido. Lo demás puede ser peor a esto que conozco. Aunque la inquietud está ahí, esa duda de si estoy en lo correcto o no. Estoy convencida de que ignorarla tiene consecuencias mayores. Si no me hubiera reconocido atea, seguiría deprimida o, tal vez, no estaría aquí.

Hace unas semanas, un grupo de adolescentes a las que admiro muchísimo me pidieron un par de consejos. Querían conformar una sororidad, un espacio seguro para mujeres. Una de ellas, de forma muy valiente, me preguntó qué podían hacer con las diferencias, con aquellas niñas que quisieran ser parte pero con quienes no coincidieran en temas como, por ejemplo, el aborto. Escuchar, le dije. Hagan que este sea el espacio donde se puedan escuchar y preguntar y responder con amor. Sean pacientes con los procesos de cada una. Si yo hubiera tenido un espacio así a mis diecisiete años, mi descubrimiento hubiera sido completamente distinto.

Hoy es 28 de septiembre, Día de Acción Global por la Despenalización del Aborto. Ayer se convocó a una marcha en mi ciudad para conmemorar la fecha. El miedo por la pandemia me hizo ser una espectadora más que una participante. Desde lejos diviso al contingente. Distingo a un par de amigas, a unas colegas, a algunas alumnas y exalumnas, muchas de ellas adolescentes, algunas de la universidad. Escucho las consignas, los gritos, los cantos. Veo sus caras cubiertas con mascarillas verdes. Veo sus manos alzadas con pañuelos. Veo sus pancartas para exigir sus derechos. Veo lo que nunca vi a su edad. Ellas ya tienen algo que yo no tuve para mí.

Karla Michelle Canett.

Septiembre de 2020.

3 comentarios en “28/S

  1. Gracias Michelle por compartir este proceso de crecimiento. Coincido en la esperanza que provoca el hecho de que las jóvenes hoy vivan otras condiciones. Y esperemos lograr que sea Ley, lo que debería respetarse porque es humano 🤷🏽‍♀️.

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