Reseña: Fundidor, de Emiliano Scaricaciottoli // Laura Estrín

Fuera del salón

Emiliano Scaricaciottoli
Fundidor
Bernacle,
2020.

Elevar el pensamiento a la altura de una cólera (la cólera que suscita toda esa violencia del mundo a la que nos negamos a estar condenados). Elevar la cólera a la altura de un trabajo (el trabajo de ofender esta violencia con tanta calma e inteligencia como sea posible)… Elevar el pensamiento hasta la cólera. Elevar la cólera hasta quemarse. Para ofender mejor, calmadamente, la violencia del mundo… Ofender: elevar el pensamiento a la altura de una cólera. Protestar. Separar, hender las cosas que parecen ir de suyo. Pero, también, establecer relaciones en un plano entre dos cosas que todo, en otro plano, parece oponer. Es, por tanto, un acto de montaje… Elevar el pensamiento a la altura de una cólera, elevar la cólera a la altura de un trabajo… Pero ¿cómo elevar la cólera a la altura de una paciencia? ¡Y cómo reaprender sin encolerizarse frente a la violencia del mundo?… Elevar la cólera a la altura de un trabajo, paciente, sobre las imágenes del mundo que suscitan nuestra cólera. Ensayar, sin descanso, la comprensión del lazo entre estas imágenes y la violencia del mundo. Reaprender sin cesar. No creer jamás –incluso menos poseer- lo que se muestra… Toda la cuestión, cuando se eleva la cólera a la altura de una forma, es no dejar que la cólera se disuelva –sublime- en la forma.
(Didi-Huberman)

No celebro un libro, celebro un hombre –eso podría decir luego de leer durante algunas semanas los escritos de pintura de Zola mientras cae en las manos Fundidor, de Emiliano Scaricacciotoli. Celebro un hombre colérico, casi siempre. Zola dice que en el temperamento está el artista y ahí arma una teoría del arte, un ojo que ve y escribe sobre los amigos pintores, esos que se enojarán con él cuando escriba La obra. No por nada muchas de esas notas se publicaban en una revista en San Petersburgo donde la literatura podía citarse entre amigos, entre ellos Flaubert y Turguéniev.

En el registro de Zola se trataba de aprender a mirar, de descubrir el temperamento y su verdad de arte. Traigo de ahí esa guerra que en Fundidor está bien presente, Zola dirá “no me equivoco de guerra” y el libro de Emiliano S. termina diciendo: “Y aún estamos en guerra. En este desierto, en estas montañas, en esta desolación. Y soy uno de ellos”. Pero antes ya anotaba: “Hemos perdido todo, y aún estamos en guerra…”

El recuerdo de Zola entre nosotros quedó muchas veces como el de un naturalista gritón, incluso cientificista, al que el realismo clásico del XIX tapa. Y aún no salimos del capote de ese realismo, que fue genial pero hoy destiñe mal. La literatura que hoy reina tiene colores apagados, insulsos, no tiene letra, ese ripio fundamental que Fundidor ensaya y ensaya hasta ensamblar un relato verdaderamente yuxtapuesto, directo. Fundidor de Emiliano Scaricacciotoli se juega en ese destino realista: destino de realista fundidor -literal lo digo. Y más: Emiliano S. es un temperamento, y vaya temperamento, un temperamento- grito que une pedazos, como haciendo juntura de fuerzas. Pablo Chacón alguna vez escribió que ´a los débiles los vomita Dios´ y yo repito que me cansan las minorías-dictaduras. Dice Zola: “Permítaseme una comparación, quizá un poco arriesgada. Imaginen que el salón es un inmenso guiso artístico que se nos sirve cada año… Y ya que se nos sirve la admiración aliñada y la opinión mascada…”, permítaseme decir ahora a mí, para este Fundidor, que este no es un libro más en el guiso que nos sirven los millones de editoriales que se arman y amañan hoy.

Emiliano amasó este libro yuxtapuesto muchos años. No es una novelita, es la prensa de sus días y agobios, de sus tormentos. Creo que como dice Benveniste, escribió para vivir. Solo deberíamos escribir los libros-de-la-vida y solo deberíamos leer lo que queda de ese difícil contraste. Sino el ojo se educa mal. Palabras, dirán, pero Fundidor rasguña el alma del que escribe: “No, León. Usted no tiene que hacer nada forzado. Estamos avanzando en un dolor, así como el cuaderno de anotaciones, su crónica de ensoñaciones que le ha traído tantos dolores de cabeza aclaraba Shanis, con sarcasmo… Sabe León que no entiendo demasiado del tema, trate en lo posible de utilizar el relato como herramienta emocional, para todo lo demás está Wikipedia”. En su caso, cercanísimo, Zola anota: “el hombre tiene sus simpatías y sus antipatías, que no puede vencer. Ahora bien, aquí se trata de verdad y justicia”, ojalá hoy pudiéramos vindicar estas palabras una vez más como una primera vez: verdad y justicia. Zola, claro, ya se ocupaba del Salón de los Rechazados. Incluso hoy ya no podemos gritar con igual esperanza como Zola: “¡Pues sí! Me constituyo en defensor de la realidad”. Hace años ya que da miedo hablar de realidad, de real, las cosas se quedaron en las palabras y solo terciamos un poco a partir de ellas. Hoy hay que ir por la cínica amabilidad de aceptarlo todo, y sobre todo, nuestra pobreza y mediocre arte –y estoy fraseando a Zola- donde se edita lo decente y nulo, lo que va en camino arado y pulcro y muerto, claro, y si en algún recodo se filtra otra cosa, la tergiversan: así leo que Tsvietáieva no es una escritora política.

 Y Emiliano de esto sabe y aunque y porque sabe, pelea. Decía que Fundidor es un temperamento, un sistema nervioso –diría Hugo Savino, una piel eléctrica o sísmica –como supuso Zelarayán. Se trata de un cuerpo enloquecido que escribe. Se trata de sentido entonces, de decir algo, hoy que solo se quiere complacer. Emiliano S. escribe: “Reitero: de fondo, el problema no es el lenguaje. El lenguaje nunca fue el problema. El problema es y será no haber muerto a tiempo… La historia del lenguaje es un error. Una historia clínica… Rosa me había enseñado a escribir desde un lugar odioso. El tiempo que perdí como ayudante de segunda en Teoría y Análisis Literario fue muy breve y logró asemejarse a la primera sesión de terapia, antes de Shanis obviamente. Una experiencia a destajo, arbitraria y nihilista. Probé. Probé en la margen izquierda de todo ese ambiente… Estudiar Letras a comienzos de los noventa en Puán, insertados en la ex fábrica de cigarrillos, con pasillos de níquel chorreando, eso sí que era el under. No nos conocía nadie, ni queríamos ser conocidos por nadie más que por nosotros mismos. Ni mi tía logró seguir una línea de las maravillosas estupideces que escribíamos. Pero Nicolás me comunicó algo más poderoso: hay que robarle el estatuto ficcional a la novela e implantárselo al ensayo, a la crítica. No sé si me tranquilizaba, pero nos desorientaba con ternura. ¿Cuál será la lengua del muerto? El silencio es solo para los vivos. La crítica (ya no sé si literaria o de espectáculos, a esta altura del partido la literatura le debe mucho…”  A un mundo muy parecido Zola lo registró así: “creo que es bueno no permitir esa indulgencia indiferente que tiene para todos un elogio y, así, nadie elogia… Hagan el favor, puesto que son pintores, pinten, y no canten. Ahí tienen la carne, ahí la luz…” Y Fundidor escribe: “Todavía hay algo de luz afuera, dañina. Habrá que esperar. Paciencia: acción espiralada de mi historia clínica.”

Puedo seguir con Zola, porque viene del futuro o de un pasado que se retrajo mucho hoy, hoy que no está bueno que se note el grito, las aguas mansas que se consideran literatura a nuestro alrededor no osan ni atinar a decir: esto sí, esto no. Perdimos el juicio crítico, la valoración, el amor terrible a la letra. Por eso cuando leemos “Cuarta Prosa” de Mandesltam creen que hacemos una defensa subjetiva así como creen que Tsvietáieva es una bailarina del Bolshoi –eso que dijo alguna vez Hugo Savino me hace sonreír un poco. Pero Zola en sus Salones adelanta “Cuarta Prosa” de Mandelstam. Ambos hablan del error y la traición en el arte, como dice Savino que escribió Néstor Sánchez: Mandelstam y Zola marcan cómo les tomaron la sopa, o cómo le metieron la mano en el bolsillo –como ese Aira del Diario de la Hepatitis.            

Emiliano S. escribe Fundidor, escribe. No anda en terreno de especialistas literarios, de curadores que ¡ojalá nos curaran! No todos escriben –repito con la rusa siempre, escriben los temperamentos, las naturalezas artísticas –y ahora pongo a Zola. Desde que reina el cualquierismo de domingueros de Feria del Libro, los ignorantes, los barnizados de alguna cultura mayor empastan el terreno, las librerías se llenan de cosas que parecen libros pero no los son. “Basta ser diferente, pensar aparte, para convertirse en monstruo… Desde el punto y hora en que alguien no sigue la amplia corriente de la mediocridad, los tontos lo lapidan y lo tratan de loco o de orgulloso” –sigo a Zola otra vez. Disculpen. Y de nuevo el viejo realista dice: “Me repugna estudiar obras aisladas; prefiero analizar una personalidad, hacer la anatomía de un temperamento, y por eso suelo ir a buscar fuera del Salón…”

Emiliano S. anota: “un colchón de nubes moretoneadas amenazaba la atmósfera, traían milicias de agua o simplemente miedo, el miedo conspicuo que derrite las esperanzas, los proyectos, los planes, las rebeliones, los desplantes, las barbaridades y todas las pestes que reflejan los turbios deseos de asesinar que habitan en la mente de una niña en un colegio en el tercer cordón del conurbano bonaerense cuando, sin esperarlo, se invocan espíritus, espectros, literatura, eso, literatura, eso que penetra los escudos, las defensas”. Mientras, antes, Zola quería ser cronista de esas individualidades que pintaban, no de las que iban por el tema o el motivo: la novelita femenina -sería hoy. Y con esto también y sobre todo quiero decir que el arte parece siempre haber vivido las peores penumbras, las de epígonos balbuceadores que se reúnen en mil capillas que son la misma porque a todas las amparan las bequitas –sigo textual a Zola y a Zelarayán, ya lo saben, no hay belga que valga, no hay beca ni vaca para los que de verdad escriben. Mundo de vueltas y vueltas de tuerca que Milita Molina llamó “nostalgia de la literatura”, reino perenne. Sigue Zola: “Propiamente hablando, no se trata de arte en absoluto, se trata de un consumo al que es preciso atender. Los pintores se convierten desde ese momento en obreros de categoría superior que acaban la decoración de pisos comenzada por los tapiceros.” No lo podemos decir mejor, por eso lo cito, para aprender que el futuro viene de lejos, de muy atrás y me sirve cuando estoy hablando del presente y de la historia, de no desdeñarla, de no sacarla del medio, la historia siempre está ´mitten drinnen´ -como se dice en idish. Y la historia barrerá como el viento que sopla de Oriente y de Occidente y que da la vuelta -como creí entender con Shklovski.

Pero la Historia no es el tema de Fundidor, ni es la novela su género. Hoy los géneros salvan lo mediocre del arte: “El ´género´ es la calderilla del arte, los cuadros tienen salida asegurada y los temas están al alcance de todo el mundo” –leo en Zola y quiero decir que Emiliano S. en este relato no se expresa, no hace un ejercicio, no experimenta. Emiliano vivió, luego, escribe: “importante acá es el sintagma inicial. La historia siempre es con minúscula, es la historia de la niñez. De un constructo que no siempre te sonríe.” Y eso es un problema, un drama más bien, hoy la falta de tema y de género excluyen. Emiliano S. no combina ni compone nada, escribe –Libertella diría: ´se divierte en su propio ojo´. Fundidor es una fuerza, una fuerza que ve su mundo en y con propia su luz, luz que mezcla e impone, no explica, junta y fuerza. Cualquier fragmento de su relato lo muestra, como cuando certero dice “Amalgama (y desde ahora, sin comillas)”, son casi fundidos como se dice en cine, aquí otros ejemplos:

-“Me cortó el chorro de esa podredumbre trastornada, obsesiva y compulsiva de querer que me quieran, aun cuando no hay a quién querer porque me borro, no me interesa, o logro que me tengan ahí en la mesita”

-“Todo sucede en mi habitación. ¿Está mal? No. Pero deberíamos arrancar con un patrón, una serie, la del hipopótamo, por ejemplo. Algo que me ayude a reconstruir”

-“Excepto cuando mato y descuartizo en esa profundidad marítima de mi cerebro. Escenario del mundo paralelo: no se susurra, se clama piedad.”

-“Todo (o sea, el fragmento o la prótesis del recuerdo) en un extenso pasillo. Pasillo duplicado, triplicado, no sé, como potenciado por la fisiología inevitable de un prisma. El pasillo se hace añicos ante los ojos de un cartógrafo. Escher y sus laberintos. Algo así. Subterráneos, pasillos que se ubican por debajo…”

-“… transitar la mudez de la esperanza, la amputación del tiempo, la indiferencia de la ocurrencia, y aquello que hace de nuestra razón de existencia un argumento…”

-“… sabiendo, conociendo, presintiendo, olfateando el vaho que la presión de una mano sobre la empuñadura de un elemento despojador de vida ejecuta para, finalmente, transitar la mudez de la esperanza, la amputación del tiempo, la indiferencia de la ocurrencia, y aquello que hace de nuestra razón de existencia un argumento…”

Emiliano S. tiene además de su política de escritura algo de los primeros libros de los que Shklovski dijo que suman los mil años de fuerzas que llegan hasta él y luego todos los otros van año por año, además, tiene algo de Los misterios de Rosario. Fundidor tiene los nombres de su vida trasvestidos, las mezclas y los cambios de temas (“El poder es poder cambiar de tema-dice Aira y Emiliano S.: “León cambiaba de tema con muchísima facilidad cuando se mencionaba el tema de la paternidad. Un hombre taciturno, apagando la luz de cada sendero que se le abría, implorando respuestas…”), también a veces frena y toma nota, se dice a sí mismo tal vez: “… querido. Los comunistas te lavaron la cabeza, hicieron un gran trabajo. Te olvidaste de lo que no ves, de que lo que no ves es lo que te protege. Solo los ausentes pueden corregir el rumbo. ¿Estás soñando poco, no? Que no hayas querido aprender nada de mí en los últimos 30 años de tu vida no es problema mío. Si me muero, León, si la muerte llegara… (el recordatorio de las llaves, una rima de Bécquer, una cadena de lugares comunes sobre lo sombrío y su funeral)” y, encima, después, otra vez, se recuerda a Nicolás Rosa.

Emiliano S. no escribe en la luna. Emiliano S. escribe su novela de amor (“León venía de varios meses enfrascado, secuestrado en alguna de sus oscuridades”) con trágico horroreír y bien situado: “Recostado en su sofá cama, mirando al frente: la TV apagada y un cuadro exponencial de Chagall haciendo de cúpula de esa micro capilla de Parque Chacabuco, donde León había ido a parar después de esos eternos años en Quilmes, Villa Domínico y Bernal.” La literatura que no es otra cosa que espacio-tiempo anotados, es decir, recuerdos y otra vez, cólera: ““Es imprescindible por encima de todo mantener vivo nuestro odio y aumentarlo hasta el paroxismo”. Y las matufias de la vida se suceden, Emiliano S. escribe: “Soñar, soñar, y no pensar. Parece chiste, pero mi vida se ha convertido en una cerrajería. Bloqueo cada entrada y cada salida que guarde una amenaza. Puesto que las llaves representan el instrumento de algo que sucede, de una acción, y no puedo comprender por qué, en mi cabeza, las puertas conducen a lugares sin sentido, más allá de lo viviente. Porque en lo viviente yo elegí este escudo y esta espada, pienso que debe haber un pasadizo que me lleve a un lugar donde no necesite defenderme. En lo viviente, a metros de que se derrita el helado, en el hall de la tía, mientras mi dedo índice está por presionar el timbre y desatar la explosión, entendí por qué Nicolás Rosa me echó de su cátedra, de sus clases, de esa facultad, para ser feliz, sin duda, creyó salvarme y liberarme de la represión de pensar en un escritorio. Ahora lo dudo. Ahora que estoy convenciéndome, en la carnicería de mi mente, de que cuando mi prima Matilda abra la puerta le voy a devorar los ojos con mis dientes, despedazando los brazos de los comensales con un saca corcho, cubriendo de llamas la cabellera de mi tía, disfrutando de su dolor. Ahora, con esas imágenes que deambulan en mi poder, dudo si soy yo quien no ha de morir en la misma carnicería, algún día…” y el relato devana angustias, un viaje a Misiones y otra vez la voz: “Tenía razón Nicolás Rosa. En momentos de peligro, ¿el hombre piensa como depredador triunfante o como presa hostigada? Somos pequeñas pulgas atrapadas en el sueño de una bestia. Eso sucedió patológicamente en una época, me sucedió antes de conocerla a Eli. Sueños con afán de recurrencia. Una. Dos.” Y la muerte que va y viene por qué otra cosa se escribe si no es la pérdida.


Laura Estrin. Publicó: César Aira: el realismo y sus extremos (1999), Álbum (2001), Parque Chacabuco (2004), Alles ding (2007); Antología de poemas en Voces argentinas (2009), A maroma (2010), Tapa de sol (2013), Literatura rusa. Acerca de Biéli, Blok, Gorki, Bábel, Shklovski, Tsvietáieva, Jl´bnikov, Platónov y Dovlátov (2013), Ataditos (2017). ​

Emiliano Scaricacciottoli (Quilmes, Buenos Aires, Argentina, 1983). ​Es docente de Lengua y Literatura en colegios secundarios y de Teoría Literaria en la UBA y en UNA. Coordinador del GIIHMA (Grupo de Investigación Interdisciplinario sobre el Heavy Metal Argentino) desde 2013, para el cual ha compilado “Se nos ve de negro vestidos. Siete enfoques sobre el heavy metal argentino” (2016) y “Parricidas. Mapa Rabioso del metal argentino contemporáneo” (2018). Junto a Oscar Blanco publicó “Las letras de rock en la Argentina. De la caída de la dictadura a la crisis de la democracia” (1983-2001) en 2014. En co-autoría con Mauro Petrillo, “Las cosas que te digo no repitas jamás. La palabra de la mujer en el rock” (2018) y “Toma el tren hacia el sur. Postales de voces extremas” (2018). Para la editorial Clara Beter ha participado en “Cultura Metálica I y II” y en “La mano maldita. Ficciones Metaleras, con el relato Las facultades y la electricidad”.

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