Curiosidad // Fabiola Terrazas Espinoza

Hay una especie de inocencia perversa en estos cuentos de Fabiola Terrazas Espinoza. En estos cuentos, un imaginario infantil se presenta como un medio puro, el juego de los niños es moralmente ambiguo, lejos de la sacralización en la que se encasqueta su experiencia. Así se crea un nudo en la garganta a partir de ver esas teologías de la infancia caerse ante nuestros ojos al ver que hay un lado inherentemente macabro en la imaginación de las infancias.

E.L.A.


Curiosidad

Sucedió un viernes, ese día amaneció nublado y triste, el viento estático y el cielo gris. La niña Fernanda no tenía un buen aspecto, por no decir que su rostro se parecía más al de un muerto. Ella que era la envidia de sus primas por su cabello largo, lizo y negro y su faz brillante y sonrosada, ahora solo podría generar pena. Ahora con una cara pálida, amarillenta y con los ojos entreabiertos a causa de no soportar más  la luz, ella claramente estaba enferma.

Su padre, un hombre orgulloso y serio de no más de cuarenta años no le dio importancia, “es un simple resfrío”. A él le fascinaba utilizar palabras que nadie más utilizaba y que solo podían leerse en los libros viejos que guardaba muy celosamente encima de la cómoda. Fernanda tenía terminantemente prohibido revisar alguno o siquiera tocarlos con sus pequeños y mugrosos dedos.

Pero un día antes de amanecer enferma, Fernanda, que apenas medía un metro veinte subió a una silla y alzándose con la punta de los pies pudo coger uno de los fascinantes, por prohibidos libros de su padre. Lo leyó toda la tarde y la noche porque su padre no llegaría de su viaje hasta el día siguiente, y porque descansaba de la vigilancia de su madre quien por un fuerte dolor de cabeza se había ido a descansar muy temprano.

Para una niña solitaria, callada pero con una gran imaginación, el libro, aunque sobre biología, se convirtió en un viaje por el universo de diversos sistemas que componían el cuerpo humano. Cada órgano y arquitectura celular era un lugar en el que Fernanda podía descubrir nuevos objetos, nuevas imágenes. Descubrió la sangre que recorría su cuerpo y la piel que la cubría. Pero Fernanda no se conformó con verlo en el libro sino que necesitaba saber de primera fuente. Fue ahí, cuando habiendo cogido una de las agujas quirúrgicas que no sabía por qué guardaba su madre, decidió pincharse en el brazo, la sangre roja y líquida comenzó a salir. Pero no mucho tiempo después su madre la encontró con una cara de fascinación que provoca lo nuevo y que ella interpretó como debilidad y desfallecimiento. Jaló a la niña hasta su habitación y le golpeó duramente en las piernas, Fernanda lloraba silenciosamente, había aprendido a hacerlo, porque los golpes de su madre aparecían siempre que ella hacía algo provocado por la curiosidad.

Su madre, que era una mujer inteligente pero muy práctica, no atendía el comportamiento de su hija, el cual consideraba sumamente extraño, por ello no le dejaba salir. La imaginación cruel y desenfrenada de Fernanda podía lastimar alguien.    

Ella aún guardaba en el recuerdo como el pobre gato había aparecido muerto y colgado del tendedero de la ropa lavada. También la vez que le cambió ropa usada por pollitos a un carretillero que pasó por su casa una tarde, los pollitos terminaron con el cuello roto y con la panza al aire. Ella una mujer que adoraba  a los animales por haberse criado en el campo, nunca comprendió la crueldad de su hija. Pero para Fernanda no era crueldad lo que hacía con otros seres vivos sino una gran curiosidad por verlos como son, en el interior  o ver por qué era como las cosas, con mecanismos unidos que les permiten funcionar. Le fascinaba la semejanza, pero no entendía a su madre quien no castigaba a Fernanda cuando ella destruía sus juguetes o abría sus muñecas, tal vez había algo que funcionaba mal al interior de su madre.

El día que volvió su padre, encontrando a Fernanda en un estado deplorable, solo encontró a la cocinera deambulando por la casa como buscando algo que no hallaba. Desde que había llegado a la casa a las diez de la mañana solo había visto a Fernanda deambulando por la casa como los zombis que últimamente estaban muy de moda en el cine,  y cada que vez que veía su rostro más le parecía al de una muerta, pensando que eran imaginaciones suyas, lo dejó pasar.

Pero cuando llegó el señor de la casa este también notó la mala cara de la niña. Sin embargo, no le preocupó mucho la decrepitud de su hija, ahora lo más acuciante era encontrar a su esposa, no quería pensar que ella había salido de la casa ya que con su pánico a los espacios exteriores eso era imposible. Debía estar en cualquier parte de la casa, no existía otra opción.

A las siete de la noche, luego de buscar en toda la casa desde el primer piso hasta la azotea, tuvo que aceptar que su esposa no se encontraba ahí. Sentándose en el borde de su cama con la mirada perdida soltó un suspiro y decidió descansar un poco y que mañana se ocuparía de contactar a seguridad local, porque para que buscaran a una persona desaparecida debía pasar al menos veinticuatro horas para poderla rastrear, así eran las leyes absurdas en la ciudad principal.

La niña mientras más transcurrían las horas más empeoraba su aspecto, era como si la línea del tiempo de su enfermedad se hubiera alineado con las horas que pasaban sin que su madre apareciera.

Toda la noche el padre se torturó pensando, soñando y divagando sobre el paradero de su esposa, una mujer de treinta y cinco años que no había salido de su casa desde hacía seis años, cuando nació Fernanda. El un hombre sumamente práctico no podía comprender el afán de su esposa por sobreproteger a su hija. Ella le tenía miedo a todo, a lo que veía y a lo que no. Comenzó a pensar que así como su encierro tenía que ver con su hija también lo podía tener su desaparición. Así que a las tres de la mañana, se levantó de la cama y fue directo a la habitación de su hija, la encontró, mirando al techo casi sin pestañar, inmóvil, y respirando a penas, pero en vez de preocuparse, la movió de los hombres y sin ningún rodeo le pregunto si sabía dónde estaba su madre, “debajo de la cama”- le contestó.

Él no lo pensó dos veces, se agachó y miró debajo de la cama, pero no vio nada, metió un brazo, como buscando algo y encontró una sarta de cabellos enredados, tiro de ello encontrándose con una cabeza espeluznante, que tenían los ojos irritados y abiertos y en la boca una expresión de profundo miedo y tristeza.

Con la cabeza colgando de su mano y temblando entero le espetó a Fernanda, casi sin ninguna duda “¿Por qué?”

Ella casi con un último suspiro le dijo: “por curiosidad”, “quería saber por qué mamá no funcionaba bien”.   

*

El arácnido

Estoy solo, encerrado en esta burbuja de aire. Afuera están las personas con dedos, con ojos. Me rodean, me acechan, me escuchan aunque no haga ruido, me observan.

Miles de ojos  inspeccionan  mis movimientos, juraría que pueden leer mis pensamientos. Si lo hicieran verían un torbellino, un reguero de sangre, una oscuridad, la boca de un lobo, verían ruido y telarañas atrapando su presa, arañas enrollando a su víctima para tragársela.

Y yo como una araña tejo mi red.

Nadie ve lo que pienso, pero esto no me deja tranquilo. Nunca me dejó tranquilo.

Cada hora, cada minuto y cada segundo es la posibilidad de que alguien descubra mi plan.

No quiero salir de esta burbuja de aire, pero debo hacerlo, debo salir al mundo. Es más fácil estar encerrado en la mente pero nunca puedo permanecer por mucho tiempo en ella, pasan unos minutos y debo salir otra vez, construir mi telaraña mortal, poner la carnada, acechar y esperar a que caiga la presa. No es fácil, el tiempo siempre está en mi contra, yo no controlo toda la situación.

¿Y si la mente me traiciona y pienso cuando no debo pensar?

Controlar la mente siempre es lo más difícil.

La mente es procaz, absurda, descontrolada, la mía es siempre un caos, un reguero de sangre, de partes humanas, a veces es informe  y me nubla el silencio y eso es peor que ver, porque lo informe, lo desordenado, lo inconsistente es siempre más temido, mucho más odiado que alguna forma y no pensar debería ser la solución, pero para mí es la doble tortura. No pensar me obligaría a observar la realidad a enfrentarla y eso sería la muerte, la destrucción.

Lo que está fuera de mi mente. Que es mi refugio no se puede definir con palabras ni con imágenes.

Cada que tejo mi telaraña y alguien queda atrapado, muero y resucito casi al instante pero cada vez soy menos humano cada vez me convierto en un poco mas animal, en una araña. ¿Es que me despojan de mi cuerpo y me incluyen partes del arácnido?

No, todo es mental, cada vez me siento más araña y menos humano.

Y a veces ni me puedo expresar como humano, la telaraña, la presa ya solo pienso en eso y en el reguero de sangre.

En el cuerpo descuartizado, en los pelos humanos y en las uñas ensangrentadas de esas personas sin nombre.

¿Terminaré no sabiendo que es una persona?

¿Recordaré que soy una persona? O ¿siquiera sabré qué es un animal?


Fabiola Terrazas Espinoza (1992) nació en Lima, Perú. Es Bachiller en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha publicado en diversas revistas y antologías como Nido de Cuervos (2011), revista El Horla (2011) y Escena del crimen (2020). También comparte sus relatos en redes sociales.

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