Reseña: Indóciles // Maira Colín

El lenguaje es lo poco que me queda: sobre Indóciles de Maira Colín

La poesía crea cuerpos sin nodos, donde los flujos de libido y sentimiento fluyen sin atraso o tracción. En esos momentos que la poesía efectivamente nos hace extrañarnos del lenguaje experimentamos la inscripción en nuestros cuerpos de un pulso moralmente ambiguo que conforma la ética escritural para empezar un intimísimo proceso de lectura donde, conscientes o inconscientes, hacemos un cotejo con la historia inyectada en los versos. Carnes que se van constituyendo a partir de un proceso de lectura ajeno al nuestro, y cuyas inflexiones y dolor se nos presentan para crear una relación disyuntiva, una no posesión de ese sufrimiento y un complicado juego de agencias.

 En Indóciles de Maira Colín, vemos un texto que funciona como una ventana clandestina y heterotópica, donde el tiempo y el dolor fluyen sin ser raspados por barreras temporales o de centralización del dolor, sin embargo, existe una barrera, un encuentro que no acaba en la unión con el cuerpo lírico, sino en la exacerbación de la otredad. La indocilidad de este listado de personajes radica en el ejercicio de su subalternidad radical, donde la experiencia se niega a mutilarse en nombre de la universalidad. Dejando claro, a veces de maneras desgarradoras, que el historial de violencia inscrito en forma de versos en los cuerpos que vislumbramos nunca será nuestro. Un ejercicio en contra del borrado de una historia que se articula a partir de balbuceos y ligeros roces tiernos con los dedos. Colín dixit:

Nadie puede labrar
los sueños ni la tempestad que habita en un cuerpo.
Nadie puede cortar un traje a la medida
ni corromper ninguna historia.

Hablamos de una poesía que rebasa el ejercicio de empatía para iniciar un proceso de atestiguamiento. Los personajes encarnándose en Indóciles adquieren una agencia sobre sus destinos al inscribirse en una poesía de un verso de trote ligero y de muchos sitios de ambigüedad. Colín escribe una historia fragmentaria y subalterna donde no toma la palabra en nombre de los horrores vividos por otras, pero les crea un ecosistema verbal donde pueden ejercer su sufrimiento fuera de las narrativas oficiales.

 Dividido en dos partes, el libro nos presenta primero una serie de poemas monográficos donde se exploran una serie de vidas al margen, pasando por personajes como Virginia Woolf, Andrea Yates, Lili Elbe y Federico García Lorca, donde la voz enunciante crea un panorama sincrónico, casi congelado donde estos personajes tienen la oportunidad de enunciarse y ser enunciados, donde son capaces de una ternura ajena al morbo que rodea sus muertes y circunstancias.

  La claridad de los versos contrasta con una narrativa de crueldad y marginalización que encuentra una especie de redención en la imagenería delicada y bella que se esparce por los poemas. Colín dixit:

Aquel hijo del que siempre hablamos
fue sólo palabras que crecieron
a la par del caudal de agua
al arreciar las lluvias.

El lenguaje se vuelve un plano geográfico, un espacio de resistencia ante la invisibilidad. El crítico Jonathan Bate en su análisis del famoso soliloquio en Tito Andrónico donde Marcus trata de asimilar las vejaciones y mutilaciones que ha sufrido Lavinia, dice que el ornato retórico funciona para empezar a hablar, siquiera balbucear de lo innombrable. La poesía en las vidas turbulentas de estos seres indóciles les da la oportunidad de acceder a su propio dolor, de traerlo y hacerlo habitar en el habla. Las manos y la lengua de Lavinia siguen perdidas, pero su capacidad de habitar en el lenguaje y hacerse dueña de lo sucedido no se merma. Los cuerpos indóciles de Colín son seres así, que bañan sus heridas en lenguaje y son capaces de crear un campo de inmanencia donde la vida y la muerte, la enfermedad y la sanidad son divisiones arbitrarias, y así como Lavinia fue capaz de escribir en la arena para señalar a sus victimarios, estos indóciles pueden tomar de cierta manera la palabra y decir “aquí estuve y fui”.

La segunda parte es un plano de escritura más libre donde se va creando una narrativa naciente, de nuevo casi balbuceada a partir de ese verso de trote ligero, sobre una historia personal con el dolor. Un libre fluir de las ideas que se siente calculado, rítmicamente medido y con una desazón particular. En esta sección se siente un descarne, un cuerpo abstraído y ya sin órganos que funcionen como nodos de la potencia. Hay una sensación como de perderse en la tierra incógnita del dolor personal. Colín dixit:

Bajo el frío repentino
de la cuchilla
encontró su verdadera risa, su voz.
La calma que se halla en el resplandor
de una tarde sobre la mar cerrada.

La redención que ofrece el lenguaje es limitada, pero permite encapsular un dolor particular en el sitio de memoria. Permite crear una geografía, quizá siniestra, pero que aloja historias íntimas donde podamos ser testigos del dolor de la otra y que se atestigüe y registre nuestro dolor.

Indóciles de Maira Colín es un poemario que nos permite cuestionarnos la hegemonía del sufrimiento y el lugar desde el que se articula. En estos cuadros donde se busca una justicia retórica para historias de dolor a las que se les enterró en morbo, vemos un gesto que va encaminado al desarrollo de una ética de la escritura compleja y comprehensiva. Quizá, entonces, el mejor homenaje que se le puede hacer a una vida indócil, sea simplemente decir “aquí estás y no dejaste de ser” y permitir que esa voz ausente tome la palabra.


Indóciles de Maira Colín fue publicado por la Editorial de la Universidad Autónoma del Estado de México y puede descargarse aquí.

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