Visita al videoclub (VI) y otros poemas // Ana Patricia Moya

En estos textos el diario acontecer consume al poema. Las sílabas se retuercen entre sábanas sucias, entre la ropa, entre las cuentas pendientes, en una casa limpia, en una nevera que a primera vista no tiene nada que valga la pena comer. Abrámonos también nosotros, como se abren las neveras, a ver si adentro, muy adentro, encontramos otro cuerpo con el cual empezar a vivir.

J.G.


Visita al videoclub (VI)

Hemos esquivado todas las bombas
menos una.

Te prometo que vamos a salir
de aquí.


Sólo tienes que tirar
de mi anilla.
Elena Román
Como en una buena película bélica,
la vida es una temible francotiradora
que me acecha, desde el otro bando, con su fusil,
mientras yo me resguardo en una trinchera
cada vez más laberíntica y agobiante
                     -demasiados cadáveres amontonados
                      en sus interminables corredores-;

cuando la desesperación me golpea en la nunca,
me arrojo, con rabia, al campo de batalla
hasta alcanzar otro refugio menos hostil
                armada tan sólo con una granada de mano;

a veces, esta única enemiga consigue herirme, la muy 
         [miserable,
-las balas directas al pecho son humillantes
y duelen una barbaridad, os lo juro-,

y en otras, tengo suerte, cuando la muy torpe no atina
-y eso que no duda en apretar el gatillo,
con toda la mala leche del universo-,

              yo, por mi parte, jamás me defiendo

                                                 no tiro de la anilla.


Ambas sabemos que, cuando yo me vea obligada a 
     [usarla

                                          todo habrá acabado

                                         porque la vida sabe,
                                                        perfectamente,
                               que tengo mejor puntería que ella. 

[de Carta de ajuste]

La melancolía

La ley de la rutina
es el mejor remedio
contra la incertidumbre del presente.

Refresca y siento el frío del futuro
abrazando mi piel como se abraza
un cuerpo antes de abandonarlo para siempre.
Ramón Bascuñana
Menospreciar de un vistazo la nevera
                            -una caja de caldo (de cocido)
                             una lata de cerveza (marca blanca)
                             un blíster de embutido (próximo a 
                             [caducar)
                             un tupper (con las sobras de la cena)
                             media botella de vino (de reserva)
                             dos (insípidos) yogures desnatados-

el panorama es desolador
                       (las sábanas bajeras arrugadas, mal 
                         [dobladas,
calcetines desparejados que se amontonan en el tambor
      [de la lavadora,
amoniaco mezclado con poca agua para
      [desinfectarlos lavabos,

lo peor: aún no han ingresado la nómina y hay que pagar luz, gas 
                                                                       / y teléfono),

asomarse al balcón, para regar las macetas,
                                                      predecir el tiempo
             -sin amenaza de lluvia: mañana, bragas y toallas 
                 [secas-,
                                                                      y de mal humor
             -o por la menstruación adelantada un par de días
             o por no disponer de planes festivos para este 
                 [sábado-,

             desear a las mascotas de los vecinos
             que corretean felices por el parque, ajenos a esta
                 [melancolía
             tan bruta que retuerce las entrañas
             -otra vez las molestias de la regla, se supone,
             o porque es otra noche de reclusión en el piso-

resignación, cariño, es nuestro segundo apellido

recoger la ropa desperdigada por el suelo de la 
     [habitación

                                                    sólo ropa tuya
y acariciar esa puerta

                                  y saber

                                              que no volverás a verle más.

[de La Balada de la Soltera]

Ni vieja ni maldita

 A veces la vida viene como la carta más baja
rozamos con otros transeúntes
la suciedad de las aceras
habitamos los árboles, los pájaros
pedimos el pan como los pobres.
A veces
la vida viene como vileza.
Entonces nos aferramos a la suerte
frenéticamente.
Marta Kornblith

Volver a los inicios.
Volver a escribir algún poema
cuando algún poema venga,
y nada más.
Leer, quizás un poco.
Pasear.
Mirar por la ventana.
Fumar.
Ensimismarse.
Volver a los inicios.
Sentarse. Sentarse
y esperar.
Roger Wolfe
Ya no fumo ni bebo tanto
como antes

ya no escribo tanto
                                  como antes

la gente ya no me interesa tanto
como antes
                   me da pereza fingir amabilidad,
                   construir vínculos,
                   amar y ser amada

                                         - ya es suficiente -,

me contento con el salario mínimo
                    saber que mi familia y amigos se encuentran
                         [bien
                    tener mi casa limpia
                    mis estanterías llenas de libros
                    y pasear durante horas

no he alcanzado metas elevadas
                    - tampoco lo pretendo: lo saben hasta mis 
                         [enemigos -

ni maldita
                     - eso vendía: ahora sólo se comercia con 
                            [lo blando -
ni vieja
                   - casi cuarenta años: 
                                                   ahora es cuando empiezo 
                                                        [a vivir -

y aquí estoy
resistiendo
pariendo poemas
con cariño y desprecio

                   presentándolos a certámenes
                   para conseguir algún premio decente

                   vomitándolos a deshoras
                   mientras espero la cita con la psicóloga

porque no, los poetas no somos criaturas especiales,
tan sólo somos sombras
en esta existencia tan desoladora
                                    tan absurda
como la idea que defiende
que la poesía
salvará al mundo. 

Ana Patricia Moya Rodríguez (Córdoba, 1982). Licenciada en Humanidades; ha trabajado como arqueóloga, bibliotecaria, documentalista, diseñadora gráfica, archivera, correctora ortotipográfica, profesora, etc. Autora de varios poemarios, entre los últimos, Píldoras de papel (Huerga & Fierro, 2016), La casa rota (Versátiles Editorial, 2019) y Carta de ajuste (Groenlandia, 2020). Sus poemas y relatos han aparecido en distintas publicaciones literarias, digitales e impresas, europeas e hispanoamericanas. Ha sido incluida en diversas antologías literarias; ha obtenido algunas menciones por sus textos. Ha sido traducida parcialmente a seis idiomas. Dirige (con mucha calma) Editorial Groenlandia (proyecto cultural sin ánimo de lucro especializado en publicaciones digitales). Entre los años 2017 y 2020 fue editora de la plataforma Editorial Liberoamérica (encargada de la sección española de poesía en castellano); durante ese periodo, dirigió las secciones Que la vida iba en serio (poesía española contemporánea) y El sótano del ornitorrinco (dedicado a entrevistas sobre narradores, poetas, gestores culturales, etc) en la citada plataforma. También, desde el 2017, trabaja para la publicación Odisea Cultural, con la sección No es país para viejóvenes, coordinada junto al poeta Manuel Guerrero Cabrera (centrada en poetas destacables fuera del sistema editorial; este mismo proyecto se publicaba en la ya extinta La Galla Ciencia, otra revista literaria digital); entre el 2017 y el 2020 también coordinó Palabra de Argonauta en la citada revista (sobre narradores contemporáneos españoles). Actualmente, vive entre su ciudad natal y Granada, donde trabaja como auxiliar de instituciones culturales.

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