Breve biografía de una gata

Nació en el tejado del edificio de junto, quiero imaginar que era una noche adiamantada y que su madre la parió en sinfónico dolor. Fue mi vecina, Doña Beatriz, la que le dio un hogar a mi gata en sus primeros meses de vida.

Una mañana tocó a mi puerta muy temprano. Dijo Jesusito, yo ya no puedo tener más gatas porque las mías, la Blanquita sobre todo, son bien pinches, a esta no la quieren, con lo bonita que se ve, así como vaca, les da celos seguro, mira a la niña, ¿a poco no está linda? Levantaba al animalito para mostrármelo, y no sé si fue la cruda de domingo, o que no tengo el carácter para decir que no, lo que me hizo aceptar ser quien la cuidara. Pero solo en lo que le consigo casa, le dije a la doña, porque la verdad no soy mucho de andar cuidando animales.

Entonces leía al argentino Copi, así que ese fue su nombre, aunque fuese hembra. Pensé que no importaba, porque qué mejor homenaje para el escritor, alta disidencia. En la escuela, al contarle a mis alumnos de mi nueva compañía, dijeron que su nombre debía ser Casimerito, como los horrendos muñecos que fomentan los valores católicos y la familia tradicional. Así se llama entonces, les dije, y hubo fiesta en el salón. Y mi gata tuvo su nombre: Copi Casimerito, callejera privada de la vida galante, ironía con pelo vacuno y cuatro patas.

Me odió los primeros meses, se la pasó escondida debajo de la cama. Quizá es que no le gustó su nombre, o simplemente no le causaba simpatía mi presencia. La gata sólo salía para comer y cagar en el arenero. Cuando se dio cuenta de que no era para nada una amenaza el que yo estuviera ahí dando vueltas como león en jaula, comenzó a socializar un poco más, a veces incluso, a dejar que le diera una caricia. Aunque es fecha que la pobre no ronronea, el trauma de la calle, me imagino.

Varias veces intenté adoptar otro gato para que Copi Casimerito no estuviera tan sola, para que pudiera divertirse cuando me iba a trabajar. Pero aprendí que los gatos son muy territoriales, y mi gata, gatísima, rechazó a las diferentes compañías que le presenté. Uno incluso saltó por la ventana hacia la oscuridad de la noche. Así te vas a quedar sola para siempre, tienes que aprender a convivir, pon un poquito de tu parte, maldita.

Se parece a ti, dicen mis amigos. Porque cada vez que tengo alguna visita, Copi Casimerito corre a esconderse. No quiere socializar con nosotros, muy como tú, se burlan. Los ojos de mi gata brillan antes de que lance un zarpazo a cualquier persona que intente acariciarla, tienen razón en que algo de mí hay en ese animalito.

Tardé más de lo que debí en operarla, y en una escapada motivada por la calentura Copi Casimerito resultó embarazada. No hubo gatitos. La pobre era demasiado pequeña. Sus crías nacieron muertas y antes de tiempo. Fue una suerte de aborto involuntario. Después de la tragedia familiar, la niña se pegó a mí, como si quisiera compartirme su luto. La notaba triste, comía poco.

Me dijeron en la clínica que Copi Casimerito sólo tenía un ovario, que por más que buscaron el otro, no lo encontraron por ningún lado, quizá no se desarrolló lo suficiente. Lo mejor después de la operación era que reposara. Le tomó unas semanas recuperar los ánimos.

Ahora la veo vanidosa, lucir un collar con flor enfrente de la cámara de la computadora. En medio de las videollamadas, exigirme comida y acostarse sobre mis manos. Creo que la niña, Copi Casimerito, es un poco más feliz desde que estamos juntos, porque se parece un poco a mí.

Septiembre 2020

Jesús de la Garza

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