Daniela y el monstruo // Frida Cartas

Este cuento de Frida Cartas duele porque bien podría ser una nota más del periódico. Con descripciones profundas y un buen ritmo, Cartas nos presenta a Daniela, un personaje que es atravesada por el dolor físico y emocional de una ruptura, pero también por una de las experiencias más terribles de violencia de género. Un cuento desgarrador que cuestiona la manera tradicional de vivir un duelo, de afrontar compromisos, de vivir con miedo.

K.M.C.


Daniela y el monstruo

Esta mañana hace frío, mucho frío, el otoño está a punto de irse en un par de horas cuando entre el solsticio y llegue el invierno, que este año amenaza especialmente cruel, pero en este departamento huele a café desde las siete. Todo el clima acá dentro es de confort y de calidez. Andrés ha disfrutado de un baño con agua caliente minutos antes. Ahora está frente al espejo acomodándose la corbata. Escogió el verde. Parece contento. Se ha hecho la barba y el bigote sacando las canas entre vellos, y con ello se ha quitado unos años de encima. Se mira un par de veces, admira su semblante, siempre ha sido un ganador. Las lagartijas están funcionado o ese verde realmente le luce muy bien. Es guapo. Sonríe y por su cabeza pasa el dicho de que el verde es vida.

Desde la habitación, se escucha en la tele, hablar una vez más con sensacionalismo, al presentador del noticiero, sobre el tema de la semana: Daniela, una joven de 32 años, violada por un tipo, al cual mató en defensa propia, según los vídeos que circulan en internet, sigue en coma y no ha podido dar declaraciones ni detalles de lo que muestran las brutales imágenes. En las redes sociales hay mil teorías, desde la figura de heroína, hasta la de enjuiciarla por fría y asesina, o alzarla en una bandera de revictimización con decenas de fábulas e historias.

Andrés llega temprano y presentable al hospital como todos los días. Puntual. Apenas y van a dar las ocho. Releva a su padre quien se ha quedado la noche entera. Se sienta a un lado de la cama. Observa a la mujer que yace conectada a varios aparatos, los ojos cerrados y los moretones que con el paso de los días van cambiando de color. La observa sin tocarla. Su semblante es serio. Reflexivo. Parece que piensa, que en su cabeza hay un trabajo de razonamiento y de mil teorías como las del internet. Dos enfermeras entran y le entregan un par de informes que él sólo escucha con atención sin cambiar ninguna línea de expresión en su rostro. Las enfermas, en cambio, conmovidas y expresivas le vuelven a dar las condolencias y lo miran con tristeza, por el hijo que perdió la paciente. Pero ¿qué embarazo sobreviviría a una violación con golpes, tortura, intento de feminicidio, abuso de fuerza y uso extremo de violencia como muestran los vídeos que no paran sino se multiplican por el internet?

Andrés sólo escucha y parpadea como en un “gracias”. Y se queda otra vez solo con Daniela. Sin tocarla. La observa. Suspira un instante y en quedito. Inmediatamente después, saca su celular y comienza a teclear. A conversar por mensajes. Juega en el celular. Mira en el celular. Vuelve a teclear. Se entretiene en un videojuego. No hay mucho qué hacer en guardia con una mujer en coma. Y las horas son lentas. El día largo. Pesa. Igual que le ha pesado esta carga que representa ella, y su relación con ella.

La noche del ataque, Daniela caminaba por la carretera de esta gran ciudad en busca de un taxi. El reloj marcaba la 1:37 de la mañana. Le ardían los ojos de haber llorado mucho, y sus piernas reaccionaban con algo de temblor. A saber si por el frío o por haber estado horas y horas en llanto sin ingerir alimento o líquido. Camina atesorando con manos sobre el pecho lo único que lleva: una bolsa de lona sucia y despintada, que guarda su cartera con dos credenciales y un billete, una tarjeta de banco que no tiene más allá de sesenta pesos de saldo, y un celular sin crédito y sin internet. No se da cuenta que un coche la estaba siguiendo. No se da cuenta incluso cuando un hombre baja del auto con pistola en mano hasta que lo tiene detrás y le coloca el arma en el cuello: “Sube”, le dice. Con la voz similar a los maleantes que vio de niña y adolescente en telenovelas. Daniela siente que va a morir… pero, sorpresivamente, no tiene miedo. Una sensación de alivio la recorre. Sube al auto en la parte trasera y se queda cual estatua atesorando la bolsa vieja. El chofer ríe, intenta decir algo, pero los nervios y su mala dicción lo traicionan. Daniela no entiende qué está diciendo. El auto es caliente y su cuerpo comienza a templarse. Como si entrara en un fugaz y extraño descanso. El tipo de la pistola se sienta a su lado. Le pone la mano sobre la pierna dando ligeros masajes, para contestar, en tono burlón, al conductor: “Cállate, pinche Sapo. A ver si ahora si grabas bien”.

El auto no va más allá de unas cuadras y entra a un motel. El que conduce baja primero y cierra la puerta del garaje. Segundos después, sale Daniela sujetada en un abrazo por el tipo de la pistola en mano. Quien los viera diría que son novios, pero la fuerza con que la mano le aprieta el cuello le demuestra que no es una pareja atenta ni afectiva, sino un criminal, una bestia cuya fuerza es mucha. Daniela apenas lo mira de reojo, es corpulento y joven. Se siente turgente y en condición… abrazados llegan hasta la cama y, mientras uno está pagando el cuarto, el violador le está amarrando un trapo en la boca. Daniela no puede ver bien sus facciones. Le arden los ojos, pero, sobre todo, le duele y le quema como fuego ardiente el corazón. El agresor le rompe de un tirón los botones del saco negro y afelpado que trae, y descubre que Daniela no lleva brasier ni blusa debajo. Sus senos pequeños, rosas y flácidos quedan expuestos de golpe frente al violador, que ríe y grita: “Te dije, Sapo, esta putita buscaba verga, mírala, ya viene lista.” El Sapo, sentado en un silla frente a la mugrosa y vieja cama donde está a punto de cometerse un espantoso y espeluznante crimen, ha comenzado a grabar listo para disfrutar la función. Los dos estallan en una carcajada. Daniela parece no tener ninguna expresión de resistencia ni espanto. Pero es que Daniela conoce la muerte. La han asesinado otras veces. Y el horror… el horror y ella se conocen bastante bien, crecieron juntos.

El violador le baja a prisa y eufórico el pantalón junto con el calzón, y comienza a morder con furia caníbal los labios vulvares. Daniela se retuerce del dolor. De su boca amordazada escapan quejas. Gritos ahogados. El malnacido da un par de mordidas más y luego mete los dedos sin ningún cuidado sino con el puro placer de lastimarla. El Sapo se saca el pito y y goza también su miserable erección, mientras mira atento, grabando “el juego”. Daniela siente que algo caliente hormiguea por dentro su cuerpo, que se le hunde en el estómago como una estaca, como si fuera a desmayarse o hacer del baño con el esfínter dilatado, pero la sensación es tan breve porque en ese momento recibe puñetazos en la cara que la hacen quedarse quieta… cayendo bocarriba en un hoyo oscuro. Daniela conoce el camino de la muerte.

El violador la penetra con la pistola, con el puño y con su verga. Por el culo y por la vagina. La habitación se inunda de gemidos, de risas y sonrisas macabras, de desgarro, de gritos de dolor, y no de dos cuerpos que chocan sino de un solo cuerpo que choca al otro en una relación de abuso y de maldad. En un instante, la habitación, la sangre, la víctima y la tortura sobre la cama excitan aún más al agresor. El Sapo se masturba feliz viéndolos. Será un gran video para estos depravados, y los depravados del internet que lo reproduzcan. El violador extasiado con Daniela como juguete nuevo, antes de penetrarla por última vez, porque siente que ya no se aguanta, la abofetea y la aprieta del cuello. Pero no se viene. A pesar de su excitación, no eyacula. Sigue en estocada, gime, berrea, su rostro es de coraje. No ve el trofeo de su juego delante de su presa. Quiere acabar con urgencia para botarla por allí, llenarla de plomo. Ya no le sirve… Pero Daniela, que no ha podido cerrar los ojos por encima del dolor y las agresiones, tiene un recuerdo justo en el instante en que este se apresura sin éxito, precisamente ahí, en medio de la violencia y la violación. Por su cabeza pasa la idea de morir, de ser asesinada. Un nudo en la garganta se manifiesta pero en sus ojos no llegan las lágrimas. Qué puta vida de mierda le ha tocado vivir, como cuando llegó a este país, migrando y huyendo, porque nunca ha tenido nada, ni una familia amorosa, ni un currículum de éxito, ni un grupo de amigas, ni una posibilidad de desarrollo, ni un empleo, ni una autonomía económica, ni es una mujer guapa, y para colmo tampoco tiene el hogar y el amor que Andrés le hizo creer que tenía, porque esa misma noche, horas antes de ser arrastrada a este motel, luego de cuatro años de vivir juntos, Andrés le dijo que amaba a otra mujer y que ella, Daniela, no aportaba nada más a su vida, que tenía que aguantarse porque lo necesitaba para vivir, y sin él ella no era nada. La desolación caló más hondo que la violación, y Daniela que ha vivido perennemente en la orfandad, se vio a sí misma en su cabeza, tras la discusión, sacarse la blusa de la pijama y ponerse encima y al aventón el primer saco que topó al abrir el clóset, para salir corriendo… con la piernas enteras, pero el corazón roto.

Salió de ese departamento en un mar de lágrimas al parque más cercano, y tirada en una banca fría y de metal gritó y dejó que el alma le explotara. Nadie, de los que hacían ejercicio o corrían en ese jardín lleno de vida, se acercó a ver a alguien que estaba muriendo. Lloró y lloró deseando desaparecer. Esta vida apesta. Esta vida de mierda, cruel e injusta, apesta. Daniela lo sabe bastante bien porque lo ha sabido desde niña. Lloró hasta quedarse dormida y sólo el frío de la madrugada la despertó. Le demostraría a Andrés que sí podría vivir sin él. Que aún con el dolor, el corazón mallugado, la mentira y el engaño, ella podría vivir. Aunque no supiera ni para qué. Así que se levantó, y levantó los pedazos de ella misma. Se iría a casa de una amiga a descansar, a pasar la noche y pensar con claridad al día siguiente. No usaba aplicaciones de taxis en su celular, pero además estaba sin internet. Caminó sobre la avenida, con el frío del clima y el frío del amor que la había traicionado. Caminó fría como la muerte. Otra muerte más…

Andrés sigue en esta habitación, perdido en su celular. Qué día tan largo y tan cansado. Apenas si pasan de las doce y ya hay un huequito en el estómago, será mejor ir por un jugo o café, unas galletas o cualquier merienda. Guarda el celular y se levanta de la silla. Unos pasos al frente y delante de la puerta coge el cerrojo para salir pero se detiene. Un suspiro, un llanto y un ruido lo detienen. Se queda quieto, Daniela ha despertado. Voltea para verla y se miran unos segundos. Daniela no lo reconoce. Como en una lobotomía no sabe quién es él. Como si nunca lo hubiese conocido. En cambio él recuerda en esos veinte segundos, cada instante de la noche en que discutieron y ella salió corriendo de la habitación y del departamento. Él sí recuerda en esos segundos todos los escenarios que pasarían cuando despertara: Cómo sería entonces el cierre y separación que quedaron inconclusos porque ella salió estrellando la puerta, cómo haría para que ella no lo culpara y entendiera que ahora simple y sencillamente quería amar a otra mujer y que ella sólo tenía que salir así, de un día para otro de su vida, cómo quedarían en la repartición de responsabilidades, y seguirían cada uno por su lado con sus vidas, sanando lo que habría que sanar y olvidando lo que habría que olvidar. Termina de salir del cuarto para ir a llamar a las enfermeras. Y mientras éstas se quedan con Daniela, se toma su tiempo para pensar. A él le encanta pensar. No se le mira preocupado ni angustiado, siempre ha sido un rey para manejar las tensiones y no demostrar qué le atraviesa o qué piensa. Toma su teléfono y habla. Habla con alguien. Cuelga y textea con alguien. Está tranquilo. Bebe su jugo. Se sienta. El pasillo a esta hora, en esta clínica privada, que sólo él o su familia pueden costear, está casi solo. Ya es invierno. La época que alberga el tiempo para compartir, reconciliar y amar. Ahora, efectivamente, se le mira descansar.

La bestia dentro de Daniela, se apresura. Tiene coraje porque quiere ver el trofeo de su juego. Empeina. Mete y saca. Con odio y con fuerza. Daniela no se queja… Por su cabeza atraviesa la imagen de que morir es mejor, pero que a manos de estas dos escorias sería un insulto. Si esta es su última muerte mejor matarse ella misma. No tiene nada qué perder. Nada. Porque el amor, aunque una cruel y estúpida mentira, era lo último que le quedaba. Así que la recorre la rabia, convocada por la casi nula energía que aún guarda, y se concentra en su fuerza, porque ella, a pesar de la miseria, la orfandad, la desgracia, la marginación, y lo que fuese, ella siempre ha sido muy fuerte. Son los últimos momentos. Daniela escucha cómo el criminal está a punto de eyacular, sus gemidos se lo dicen claramente, sus movimientos de cadera lo confirman, Daniela es fuerte, sabe que este es el momento corto y breve para actuar, cuando el mayor placer del violador sea su momento más corto y breve de vulnerabilidad… Y ella estaría lista para recibirlo. El Sapo se vino desde hace un rato, pero con las manos mojadas y pegajosas continúo grabando para el jefe. Casi ocho minutos de vídeo. Qué espectáculo ha sido el momento, la noche misma. Este perverso placer donde ellos ganaron porque hicieron todo lo que exactamente pensaron y planearon. En el último movimiento y jadeo, el semen dentro de Daniela reafirma el éxito, y el cuerpo de donde salió cae encima de ella para el descanso, es el instante de Daniela para recibirlo… con un balazo en el cuello. La pistola con residuos genitales y sangre está ahora en sus manos, calientes y golpeadas por la contención y control del disparo que acaba de lanzarse. Daniela respira. Pero tras el estruendoso ruido del disparo, el Sapo brinca a la cama para sujetarla. Un segundo balazo del arma, directo en el ojo, lo detiene como insecto en el aire. Cae muerto en una orilla de la cama. Daniela respira lento, luego más hondo y menos lento… está muy cansada. Los ojos se le cierran de sueño y agotamiento. Quizás esté soñando y esto no está pasando. No tiene claridad. No siente ya nada. Ni dolor ni el cuerpo. Los párpados pesados como una piedra se le han cerrado. Al fin ha caído en sueño profundo. En la habitación no hay más gemidos, gritos de dolor, risas macabras o algo más, ahora gobierna el silencio y la quietud. Silencio y quietud teñidos de humedad e intensidad en rojo. Todo aquí huele a muerte.

En Facebook y Twitter han pasado seis semanas y los clips de vídeo siguen teniendo miles de vistas, comentarios y juicios. Las declaraciones de Daniela atizaron el morbo pero también la empatía y la efervescencia. En el futuro inmediato, los careos y el proceso en sí, serán largos. Daniela es fuerte. Está preparada. Nunca supo que estaba embarazada aunque lo leyó sin creerlo en el expediente médico. Andrés le hizo recordar que en el último mes antes del ataque había terminado con su pareja de hacía diez años, un hombre llamado Joel, y que él, su mejor amigo, la había alojado en su departamento. Que en uno de sus episodios de depresión, fue cuando ocurrió esta tragedia y ataque. Que ahora que salió del coma, las puertas de su casa seguirían abiertas para ella. Y Daniela creyó cada una de sus palabras… Le agradeció con el alma su apoyo y amistad, pues veía qué tan familiar le resultaban su cara y sus abrazos. No dudó en que era su mejor amigo. Se sintió menos sola. Se sintió fuerte. Y, aunque no recordara ni la cara del hombre que le rompió el corazón, como si efectivamente alguien se lo hubiera borrado a propósito, el dolor y sensación de un corazón roto estaban ahí tangibles y visibles, pero también estaba Andrés para acompañarla. Saldría avante.

En pocos días, Daniela se convirtió, luego de haber despertado del coma, en un estandarte feminista a través de las entrevistas, testimonios, pláticas, virales y declaraciones que le realizaban. Un estandarte de resistencia, autodefensa y sobrevivencia. Mientras que Andrés se convirtió, tras la tragedia y el olvido, de nuevo en un hombre libre para vivir, sin obstáculo, cualquier otro romance con quien él deseara.


Frida Cartas es ama de casa, y sinaloense que huyó de Sinaloa. Extallerista en tema de derechos sexuales y reproductivos. A ratos colabora en algunos medios digitales. Actualmente, es aprendiz de escritora. Autora de El onceavo mandamiento, Cómo ser trans y morir asesinada en el intento y Transporte a la infancia

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