La compañía amarilla // Juan Francisco Herrerías

Hace unos días, mi hermanita y yo descubrimos un hongo en una esquina del baño. Los baños son un ambiente propicio para que crezcan hongos: humedad. Tengo un par de meses obsesionada con el tema, con las ilustraciones botánicas y los documentales de internet. El reino fungi es superior al resto de los reinos. En este cuento, Herrerías explora hasta dónde puede llegar la obsesión de un joven adulto desquehacerado para justificar su existencia. Con referencias de mundo antiguo que van desde los Sumerios, las ciudad bíblicas y la Antigua India, el narrador personaje de este cuento inclina su trabajo creativa a un montón de babas con vida.

K.M.C.


La compañía amarilla

En mi mesa, bajo la pluma, aparecieron en la mañana unos hongos. Muy pequeños. ¿O eran huevecillos?  Parecía que a la madera le habían salido granitos. Digo “la mañana” pero deben haber sido las doce. Recordé que el día anterior había tenido la pluma en la boca e hice la conexión: baba, bacterias. No quería limpiarlos, se veían chidos. Tenían un tono amarillo intenso. Toqué uno y, apenas puse presión con mi índice, se borró, como si estuviera hecho de polvo. En la punta me quedó su rastro, una mancha cúrcuma.

Seguí con las actividades del día (no muchas), pero nunca olvidé que estaban allí. A cada pausa iba a checarlos. Los observaba desde distintos ángulos, ponía mis ojos a la altura de la mesa para percibir su volumen. Fui a comprar una lupa escolar a la papelería. Tomé fotos. Hice dibujos. A la medianoche me puse a investigar en internet, ¿qué especie serían? No encontré una respuesta fácil y, tras una ligera frustración, me vino la idea que era mejor así, no saber, entablar una relación con ellos desde lo espontáneo, no tener datos previos, dejar que se me fueran mostrando al ritmo que ellos quisieran, darles ese derecho.

Intenté reproducirlos. Me metí otra pluma de plástico a la boca y la dejé en la mesa. Al despertar había una nueva colonia de hongos. Probé con distintos objetos, el éxito se repetía. Cada día aparecían en diferentes partes de mi habitación: las paredes, una esquina en el piso, el librero, un bat de beisbol, la guitarra. Había ocasiones en que el contagio no funcionaba o era muy escaso. Me di cuenta que era más efectivo cuando había comido postres o tomado alcohol. A todas luces, el azúcar de mi saliva y alguna sustancia que estuviera flotando en el aire de mi cuarto eran los factores, las causas a las que debía la compañía amarilla.

A los hongos originales les puse Uruk. Luego fui fundando Nínive, Alejandría, Cartago, Troya. Me daba risa. Pero todo eso tenía que terminar el jueves, cuando la señora Gaby venía a limpiar la casa. No podía permitir que viera mi obra. ¿Qué pensaría ella? ¿Qué me dirían mis papás? Un hombre de treinta años que no ha podido mudarse, no tiene ningún plan para hacerlo, y encima cultiva ahora bacterias. Aniquilé por mi propia mano a las ciudades antiguas. Fue una hecatombe, una carnicería, pedía perdón en voz alta y pasaba el trapito húmedo, mi verdugo, mi Atila. Dejé solamente a Uruk y recé por ella. En vano: cuando doña Gaby me dijo que podía volver a entrar, la ciudad más vieja del mundo había desaparecido y en su lugar quedaba un olor a desinfectante.

En los días siguientes traté de hacer nuevos contagios pero no tuve suerte. El cuarto estaba limpio, no había condiciones. Seguí intentando, poniendo ahí toda la perseverancia que se me reclamaba en otros aspectos de la vida, y por fin Uruk volvió a nacer. La historia es cíclica, todo regresa y todo huye. Le dije a mi madre que quería encargarme de limpiar mi propio cuarto, que sería un ejercicio para estimular la responsabilidad y la independencia, y entonces la civilización tuvo una oportunidad. Volvieron las ciudades anteriores y florecieron nuevas: Varanasi, Anyang, Takht-e-Jamshid. Los hongos ocupaban mi vida. Si no realizaba contagios, si no cuidaba los ya existentes, me ponía a dibujar hongos de fantasía, ciudades donde los edificios eran hongos, pequeños habitantes con sombrero de hongo montados sobre caballos-hongos.

Vino Aarón, un amigo. Nos quedamos en la sala, desde luego; mi cuarto se había vuelto territorio restringido. Después de dos o tres caguamas junté el valor y le conté sobre mis ilustraciones, regresé con el cuaderno y se sorprendió. Al mismo tiempo se carcajeaba y extendía halagos. Me exigió que los subiera a internet, juraba que tendría éxito. Tanto lo aseguraba que, tras mis negativas en la semana, él mismo creó un perfil en redes y me dijo que solo le mandara las fotos y él haría todo lo demás. Nuestros seguidores crecieron rápidamente.

Animado por la buena acogida de las ilustraciones, me aventé a hacer cómics, novelas gráficas. Recreaba las historias de Alejandro Magno, de los Reinos Combatientes, de la campaña en las Galias, todo con ciudades y aldeas de hongos, soldados con armaduras y armas de hongos, elefantes de guerra que en realidad eran hongos. Algunas revistas hicieron reportajes, me entrevistaron, una editorial me ofreció un contrato para mi primera colección, me establecí como artista, gané un poco de dinero. No me mudé, no quería salirme de mi casa, pero mis papás estaban más tranquilos y podían pensar que al menos tenía un grado de independencia, ni siquiera eso: tan solo una actividad, un algo, algo que hacer, alguna producción, una cosa que saliera de mí y fuera para los demás. Y yo podía seguir viviendo en la casa, con el refri lleno, en mi cuarto con mis ciudades —que eran mi verdadero proyecto.

Entonces me escribió Aoi (a.k.a, Eréndira Arellano). Habíamos ido a la misma prepa. Gótica, metalera, geeky. Me caía bien, me trataba bien, y sentía que había existido una secreta complicidad cuando todos nuestros compañeros entraron a la universidad y solo ella y yo decidimos no hacerlo. Se dedicó a la escultura pero no en la onda de las bellas artes, era casi como si hiciera figuras de Warhammer. Autodidacta, puso su taller en la casa de sus padres (otra sintonía) y vivía de vender sus recreaciones medievales y fantásticas. Me mandó un mensaje diciendo que mis cómics estaban increíbles y que me extrañaba mucho, que nos viéramos, que estaría chido tener un proyecto juntos.

Quedamos en una cafetería de steampunk que era su favorita. Venía vestida como una suerte de Tomb Raider apocalíptica, el pelo teñido de azul, los labios ídem, los párpados sepultados en una sombra naranja. Era una chica alta y fuerte, de cabeza grande y cuadrada, ojos saltones, risa fácil, los dientes un poco separados. Su estudio quedaba cerca y me invitó a tomar unas cervezas mientras veíamos sus trabajos. Se había salido de casa de sus padres, compartía un departamento con una diseñadora y un traductor, en el cuarto de lavado en la azotea estaba su taller. El edificio era clásico, amplio, de paredes pesadas, muy iluminado, con plantas en los recibidores y en los descansos de la escalera, las ventanas daban a un pequeño parque: un sueño. Ya un poco ebrios me dijo que siempre le había gustado, que le encantaba que la vida me valiera verga, me dio un beso y cogimos en el silloncito del estudio. Mi vista pasaba por encima de sus anchos hombros, su piel gruesa, su cabello castaño que olía riquísimo, y se encontraba con esculturas de trolls sanguinarios, hadas semidesnudas, un león alado unicornio.

Pasaron así meses y finalmente la confianza y el amor crecieron tanto que la dejé pasar a mi cuarto y le mostré la inspiración, el origen de mi Fungi Saga. Se acercaba a cada ciudad y decía guau no mames qué chido qué loco y me miraba negando con la cabeza, sonriendo, sus cejas se arrugaban y se veían hermosas. Eres mi freak, ¿dónde estabas? Le expliqué cómo había ocurrido todo, la aparición de Uruk, el proceso de contagio, el desarrollo de la civilización. Nos pusimos a ver películas en mi cama, tuvimos sexo, y me enamoraba que a ella no le molestara estar desnuda entre esos muebles y paredes enfermas de amarillo.

—¿Has tratado de contagiar algo vivo? —me preguntó tras un tiempo. Probamos primero con una planta, me regaló una suculenta e hicimos varios experimentos. Finalmente, tuvimos que recoger unos hongos de la mesa con un plástico adhesivo y ponerlo en una de las hojas. No tuvo caso. Me lamió el brazo y repitió el procedimiento. Protesté ligeramente, me calló con un beso largo. Pasé la noche con el adhesivo pero no ocurrió nada.

—No tienen de dónde agarrarse, dónde crecer —dijo triste. En la noche soñé que ella salía del baño y me decía Mira lo que pasó, mostrando su entrepierna: los hongos avanzaban desde su sexo y la cubrían. Yo le pedía perdón y ella me tranquilizaba, está cagado. Al despertar, juntos, no le dije nada, pero la imagen era constante y obsesiva en mi cabeza. Apenas se fue, realicé varios dibujos. La fiebre se calmó, los guardé en una carpeta.

El sueño volvía a suceder, y en la vida diurna aparecía por destellos. Ocupaba una esquina cuando estaba con Aoi, volvía mi trato con ella indirecto, mediado, había una capa entre nosotros. Me hablaba de su trabajo, de sus amigos, de su familia, y yo escuchaba pero al mismo tiempo pensaba en su sexo. Cuando cogíamos, ya estuviera besándola entre las piernas o penetrándola, mi actitud era de investigación, indagaba en ese canal, en esas paredes, ¿podrían ser un hogar? ¿cuál sería el mejor método para conseguir el contagio?

Le hicieron un encargo de figuras gigantes para un festival de fantasía y ciencia ficción. Su mayor obra hasta ese entonces. Estaba contentísima y fuimos a celebrar a un bar con decoraciones de hechicería en la Zona Rosa. Pedimos una botella de vino para marcar que no era una tarde usual de caguamas. Pedimos otra. Y otra. Y si el bar no hubiera tenido que cerrar seguramente habríamos pedido la cuarta, estábamos pedísimos.

Al llegar a mi cama intentamos tener sexo, nos desnudamos torpemente y nos besamos con aliento a cigarro y lenguas pastosas de azúcar pegada. No conseguía una erección y ella daba muestras de solo querer tirarse bajo las olas del sueño. Se quedó dormida mientras musitaba algo incomprensible. Yo, por el contrario, tenía mucha energía. Fui al baño, fui a comer algo del refri, a tomar un litro de agua, y regresé a su lado. Puse Burzum en mis audífonos y del cuarto se apoderó una atmósfera enrarecida. Recordaba el sueño, mis dibujos, y a esa hora de la madrugada, en ese estado, cualquier transgresión parecía posible, cualquier idea era buena, y automática.

Tras comprobar que Aoi estuviera profundamente dormida me levanté, tomé unos hongos con el índice de mi mano derecha, y me puse en cuclillas entre sus piernas. Con la mano izquierda separé los labios, y metí cuidadosamente el dedo. Ella hizo ruidos no muy conscientes. Tras lo que yo creí que fueron un par de minutos, me retiré, y me acosté observándola.

En la mañana, con la cabeza partida en cuatro por el vino, casi sin podernos levantar de la cama, yendo a vomitar por turnos, comenzamos a recordar la noche por fragmentos, armando progresiones, cronologías, añadiendo nueva información que llegaba súbitamente, todo cruzado por exclamaciones de dolor y asombro y arrepentimiento. Lo sentía como algo inverosímil, pero recordaba lo que había hecho cuando ella dormía. Viví en el olvido y la inocencia tan sólo por unos minutos al despertar, después estaba plenamente enterado. A los escalofríos, la panza ácida y la frente destruida, se añadía el malestar de saber que era un culero de mierda. ¿Se lo contaría o no? Ella se apretaba las sienes y decía ayúdame. Pensé que era un instante curioso, esa antesala, esos segundos previos a la acción, en que algo está por decidirse y nadie realmente puede decir por dónde caerán las cosas.


Juan Francisco Herrerías (San Lorenzo Teotipilco, 1990). Escribe narrativa y ensayo. Forma parte de excavaciones.net. Corresponsal de poemata.hypotheses.org. Becario de Jóvenes Creadores del FONCA 2016-2017.

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