Los millennials niegan el dembow // Hiram de la Peña

Tenía unos ocho años cuando visité a mis tíos que, en los noventas, habían migrado a Estados Unidos. Eran los principios de los dos miles, el 2002, tal vez, y mis primos, que habían vivido su infancia como migrantes, eran lo que nosotros los norteños llamamos «pochos». Una de mis primas, unos cuatro años más grande que yo, es decir, ya adolescente, sacó su grabadora y puso un cassette. Empezó a bailar al ritmo de una melodía que yo jamás había escuchado. Vio mi cara de extrañeza y me dijo con mucha seriedad: «es El General». Su tono fue solemne. Yo escuché la canción completa y tuve sentimientos encontrados. Ambas crecíamos en un contexto familiar cristiano y yo sabía, a mis escasos ocho años, que ese «y a mí me quieres para mmmmm» se refería a algo sexual. Así que era un secreto. Un secreto que mantuve hasta mis 20 años. Yo, Karla Michelle Canett, era una fanática de lo sensual, era una fanática del reggaetón. Lo supe desde aquel verano en Norlfolk, Nebraska. Desde entonces, me aprendí los meros hits de El General, pero mantuve ese gusto culposo por diez años.

En este texto, De la Peña explora esas transiciones de los millennials hacia la aceptación del reggaetón. Repasa desde su experiencia ciertos momentos clave que marcaron a una generación, pero que también resultan importantes para el género y su evolución.

K.M.C.


Los millennials niegan el denbow

«De todo, menos banda y reggaetón» decían los amigos que le jugaban al roquerillo antisocial. Por casualidad, de repente tú eras ese amigo. Todos fuimos ese amigo en algún momento. Y no hubiéramos creído que un artista del segundo de estos géneros se coronaría como el más escuchado del 2020. La hazaña, que Bad Bunny llevó a cabo, sería completamente inverosímil en el contexto de odio y clandestinidad en el que el reggaetón se extendió por todo México. El reggaetón era como un meme, algo que solo escuchabas de forma irónica, cuando en realidad movía cosas en nuestro interior que tardamos mucho tiempo en reconocer. La cosa es más sencilla ahora. Uno elige una playlist en Spotify y recorre más de 25 años de la historia de este ritmo; los filtros humanos que son las listas de reproducción ya han sorteado lo mediocre, las nuevas generaciones educan el oído con lo sobresaliente.

Antes del algoritmo, esa extraña alquimia que te lleva a lo cómodo y a lo reconfortante, a lo que armoniza con lo ya escuchado sorteando los riesgos a favor de un cálculo de probabilidades, sólo existía la prueba y el error. Más pronto que tarde, cometías el error de elegir la música en la fiesta familiar y terminabas ofendiendo a todos; dejándoles con la duda eterna sobre tu integridad moral, tus prácticas sexuales y tu aparente falta de pudor o de tacto para leer una situación de convivencia sana. Mírenlo, ahí va el primo sucio que puso reggaetón, y malo; la sobrina infame que dijo abiertamente que le gustaba Don Omar; obsérvenlos, júzguenlos, sí, a esos pobres que han perdido su lugar en la morada de San Pedro por haber bailado con las rodillas pegadas en el suelo chicloso del antro de cuarta en donde se organizaban las tardeadas de las escuelas secundarias públicas.

El reggaetón era un secreto a voces. Esa tonadita que se te empieza a pegar y que uno nota, uno se sorprende y cambia la estación del radio. El dembow te perseguía. No tenía piedad con los oídos castos. Ángel y Khriz hacían una invitación a hacer el amor bajo la luna llena; Daddy Yankee en su fantasía con mujeres a las que la sombra les combina; Wisin y Yandel, y su afirmación contundente: si se me pega, voy a darle; Don Omar y Aventura, esos desgraciados que llevaron al top una canción sobre el adulterio, una obra maestra de la tensión narrativa y de la estructura en tres actos. Ahí estaban. Acechando y masacrando toda concepción de lo limpio y del buen gusto latinoamericano, católico y serio.

La primera vez que bailé una de las piezas fundamentales del reggaetón fue en la explanada de la Escuela Primaria Eva Torrea de Salas. Estaba en cuarto grado. Un amigo me dijo que no importaba si no sabía bailar, que brincara como un resorte y que disfrutara. Uno de los mejores consejos de mi vida. De inmediato, el dembow se apoderó de mi cuerpo y dejó profundas marcas en mi alma. Sonaba Ven, báilalo de Ángel y Khriz. Debió pasar un minuto y le pidieron al DJ que cortara la música. En su lugar, pusieron algo de Shakira y todos siguieron, ofendidísimos, pero sin dejar de bailar. Aquello no era posible. Una institución de nivel básico no podía ser la sede del perreo. Simplemente: «Eso no».

Y ya que me estoy sincerando a nombre de una generación entera: lo confieso. Eran mis últimos años de la primaria, había aprendido de memoria los horarios en los que Telehit transmitía el video de Rompe, de Daddy Yankee. Por la diferencia de horario entre el alejado estado de Baja California y la CDMX, nos pasaban Rompe a las 6:45 de la mañana para el deleite de todos los menores de edad a punto de irse a la escuela. Para ser honesto, los días en los que miraba el video eran mejores, pero no tenía a nadie para contarlo.

Una vez que entré a la secundaria, comencé a vestir todo de negro, y a decir que era metalero, pero no de los que escuchaban Avenged Sevenfold o My Chemical Romance. Eso sí que no. Eso jamás. Mucho menos banda. Y reggaetón, olvídalo. Pero yo sabía, en lo más profundo de mi ser, que mi playlist de un Ipod nano de primera generación que compartíamos mi hermana y yo incluía una selección miscelánea en la que estaban Welcome To The Black Parade, Que te ruegue quien te quiera y Lo que pasó, pasó. Y yo no sabía cuál de las tres me daba más vergüenza. A final de cuentas, mi ciudad era una ciudad fronteriza, y las modas que venían del gabacho no generaban tanto revuelo. Lo emo podía ser asimilado. También, por pura ubicación regional, la banda había sido una cosa de toda la vida para mí. Pero qué hacer con el gusto por el reggaetón. Estaba arrinconado ante la potencia de la novedad. Que, para la gente del Caribe, yo supongo, no era tan nueva.

Tampoco hay lugar para la mentira, muchas personas ya habían bailado las canciones de El General, de Tego Calderón y de tantos otros bachateros. Pero Barrio Fino, de Daddy Yankee, lo cambió todo. Hay un antes y un después. Eso que los twitteros llaman cultural reset. En poco tiempo, hasta los niños de kínder bailarían reggaetón y las clases de zumba serían ambientadas al ritmo de Cuatro babys, de Maluma. El camino para recorrer es el mismo que recorrió el Jazz, el Rock, el Punk y el Pop, en sus vertientes más alternativas, claro.

Mi hipótesis es que todo periodo de hegemonía musical se distingue por cuatro fases distintas. Transgresión, popularización, declive e institucionalización. En la transgresión, escuchamos los descalificativos de la sociedad en general. El género es, sin discusión alguna, de mal gusto, admirado sólo por los más jóvenes, que, aparentemente, nunca saben nada de nada y que son fáciles de engañar y de influenciar con cualquier cosa.

En la popularización, inicia una convivencia comercial con el nuevo estilo. Los antiguos críticos reconocen que tal vez no sea tan mala idea poner algo de Don Omar en su fiesta porque es, y siempre había sido, música que ayuda a pasar un buen rato. Luego, otro vecino piensa lo mismo, y otro, y tu profesora, y tu jefe, y tus primos, los cristianos, carajo, si hasta los organizadores de la fiesta municipal han dejado de resistir.

El declive, queda marcado por un desgaste auditivo: todo se repite hasta la náusea y las agencias de marketing capturan a los artistas para promocionales de pasta de dientes y son lanzados como candidatos a regidores locales. No existe lugar en la tierra donde no suene el ritmo sincopado del dembow. Adicional a esto, ese artista del que ya casi nadie se acordaba anuncia que sacará un nuevo disco donde incluirá al talento joven.

La institucionalización puede elevar a estatus mítico a los géneros musicales: con la distancia, la gente cae en cuenta de los contextos históricos de donde surgen, generaciones se identifican con los artistas y las preocupaciones expresadas en sus letras. Lo que pasó, pasó se adelantó a lo efímero de los afectos en el siglo XXI, antes del Tinder. Antes de Yo perreo sola, Ivy Queen ya nos decía, en el 2002, que “Yo te digo si tú me puedes provocar / Eso no quiere decir que pa’ la cama voy”. Y cómo olvidar a Nigga¹, y su: “¡Y es que te quiero, ohhh! /¡Baby, te quiero, Ohh, ohh!”. Con los años, queda muy bien establecido el canon y se hacen divisiones importantes, porque Maluma, Karol G y Bad Bunny son algo que no cabe en la categoría de reggaetón viejo, son algo que formará su propio panteón.

Más allá de lo cíclico, al parecer cada generación tiene a sus héroes y a sus villanos. Y los villanos muchas veces son figuras que se reivindican de alguna manera inesperada: la gente descubre que de verdad tenían talento, que éramos muy jóvenes para entender el mensaje, que el artista era muy joven para tener algún mensaje, que los papás de esta cantante eran unos monstruos, que el mánager de aquella banda era un cerdo de lo peor. ¿De dónde salió tanta mala leche contra el reggaetón? Quién sabe. ¿La idea del perreo de verdad asustó a los que bailaron lambada? ¿Es en serio?

Tal vez el análisis esté de más y haya que ubicar otro patrón: el de lo nuevo y lo viejo. Es eso, reconocer que, mientras escribo este ensayo, mientras envejezco, se está gestando un estilo totalmente diferente, un estilo que será motivo de vergüenza, un estilo que no nos va a gustar, nunca, que sólo vamos a llegar a tolerar mientras otros jóvenes nos dicen: «¡Ja! Te dije que era bueno». El problema de mi generación fue que tardamos mucho tiempo en creernos ese «¡Ja!», o que lo intentamos enfocar en los personajes equivocados.

El héroe de mis padres es John Fogerty, pero sus papás les dijeron: «Eso no». El héroe de mis primos mayores es Kurt Cobain, mis tíos les dijeron: «Eso no». Los héroes de mi generación son Daddy Yankee, Don Omar, Ivy Queen, Wisin & Yandel, Angel & Khriz, La Factoría, Nina Sky y una larga lista de one hit wonders. Todos dijeron: «Eso no». Nosotros mismos negamos lo que ahora nos define. Los gallos cantaron innumerables veces y negamos. Estaba escrito, por el apóstol Mateo y por Ramón Ayala²: “Un santo era San Pedro, y negó a su maestro”.

[1] Renombrado “Flex” para el mercado estadounidense, por razones obvias.
[1] Nombre de Nacimiento de Daddy Yankee.


Hiram de la Peña (Mexicali, 1993). Ha colaborado en revistas digitales como Cinosargo, Mito / Revista Cultural, Letralia, Liberoamérica, Bitácora de vuelos y Revista Plástico. Parte de su trabajo aparece en diferentes antologías: Dirty Silk – Tercer Premio Endira de Cuento Corto (Endira, 2016), Primer Certamen de Literatura para Niños “Escribiendo para el Futuro” (IMACUM, 2018), XIX Certamen de Ensayo Político (Comisión Estatal Electoral de Nuevo León, 2018) y Vacunas contra la poesía (Secretaría de Cultura, 2020). Es maestro en Ciencia Social con Especialidad en Sociología por El Colegio de México.

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