El Uber Eats // Tomás Araya

Quienes vivimos en ciudades sabes cómo estas nos llevan, poco a poco, a la locura. Dentro de la nueva ciudad, el cuerpo ha sido instrumentalizado. ¿Qué le queda a una persona cuando ha sido despojada de su subjetividad, y se convierte en prótesis de una empresa multinacional? En estas situaciones, ¿cuál sería un gesto auténtico de libertad?

J.G.


El Uber Eats

.

Antoine Persine había llegado hace unos cuantos meses a Chile. Vino de su isla, que la miseria del mundo convirtió en basural, en donde alguna vez hubo bellas playas paradisíacas. Se sentía solo patrullando las calles del centro de Santiago, montado en una bicicleta añeja, y una mochila verde de delivery.

Iba en una noche solitaria de invierno, abrigado como nunca por un frío al que poco se acostumbraba, si es que algún día llegase hacerlo. Pero la verdad no se acostumbraba a nada de ese país en donde su presencia se hacía notar diferente ante los nacidos del lugar. Se sentía miserable, en una tierra miserable que miserable aparentaba felicidad, de donde venía también era así, miserable, pero hasta la miseria era más honesta, al menos allá era igual a todos, pensaba.

Pedaleó mientras miraba su celular a la espera de algún pedido, pero nada. Había estado en movimiento desde la hora de almuerzo, y ya casi a las doce AM solo había hecho tres viajes. Al menos tenía tiempo para reflexionar, y estar solo. Nadie lo molestaba.

Sonó el celular que indicaba un pedido. Tenía que ir a un Subway en pleno barrio bellavista. Ya había hecho carreras por ahí y poco le gustaba ese lugar. Era de esos sitios que destacan por ser la perdición de los universitarios.

Llegó a la puerta del local y un funcionario le dijo que esperara afuera, que estaba lleno. Vio que al frente había otros repartidores y se fue a sentar detrás. Estos hablaban español, pero con acento de otros lugares. Venezolano o colombiano, tal vez ecuatoriano pensó, pero ninguno era peruano, y por la piel era obvio que ninguno era haitiano como él. Ellos estaban felices, reían a pesar del frío y tiraban bromas. Uno que le daba la espalda se dio la vuelta. ¿Cómo va todo parcero?, preguntó. Maomeno, respondió cortante, pero más que nada por el poco dominio del idioma.

Catalina pedido A340, gritó alguien desde el Subway. Antoine miró el celular, y comprobó que era el suyo. Tomó el pedido para meterlo dentro de la mochila térmica, confirmó el recibo y se puso a analizar la trayectoria. Catalina vivía en calle Holanda con el Bosque sur, en la comuna de providencia, un lugar pudiente. Tal vez den propina pensó, esto ayudaría a sumarle un poco más a esos escasos mil quinientos pesos que seguramente saldría la carrera. El destino estaba a una comuna más allá. Entre veinte minutos, quizás quince a una buena cadencia.

Empezó el pedaleo mientras iba viendo la ruta que lo llevaba por la ciclovía que pasaba al lado del río Mapocho. Como era tarde, casi era el único en bici, a veces se asomaba uno que otro repartidor. Esa constante falta de interrupción lo calmaba, el sonido del río también.

Pensó por un momento en su madre que seguía en ese basural y en su padre muerto. Planeo un viaje imaginario que lejos estaba de hacerse realidad. El celular le anunció que estaba a aproximadamente un kilómetro de su destino. Miró la pantalla y dobló abandonando el camino del río. Avanzó acortando paso -ya algo se conocía las calles- y llegó a su destino. Era una casa que debió ser grande pensó, sobresalía un segundo piso por encima de la reja verde que lograba cubrir todo el ante jardín.

Salió el dueño asomando solo la mitad del cuerpo por la reja, tomo el pedido sin mirarlo, dio las gracias y cerro. Antoine se fue de nuevo a la ciclovía del Mapocho. Con las gracias solamente y sin un par de monedas.

Pedaleo enojado y con ganas de gritar. Los mil pesos que ganó no le servían ni para vivir el mismo. Si hubiera estado en otro lugar hubiera golpeado algo, pero trato de calmarse. Trataba de no llamar la atención.

De repente escuchó un auxilio que venía de una voz aguda. Paró la bici y miró a todos lados, no veía nada, estaba oscuro. Avanzo un poco más a la esquina y observó la otra calle. Solo a unos metros más había una sombra gorda, forcejeando con una sombra delgada tirada en el piso.

¡AYUDA!, escuchó. Su estabilidad en esa tierra todavía estaba en piso endeble y sabía que tenía que pasar como un suspiro en ese país, que lo que hiciese ante la ley iba a ser visto como sospecha y sería reportado. En su mente pasaron cinco minutos, pero en realidad fueron treinta segundos, en donde evaluó lo que tenía que hacer.

La sombra gorda se giró, y ya no era una sombra, era un rostro con una mirada horriblemente degenerada. Esto a Antoine lo asqueo, ya no aguantaba nada de ese lugar. Su cólera se mezcló con la soledad que llevaba soportando hace rato, la indiferencia de los nativos del lugar, y también el hambre y la suciedad. Rápidamente se abalanzó contra el gordo, que ante sorpresivo salto no pudo actuar. Lo golpeó en el piso, con un puño que iba y venía desde el cielo. Sentía que liberaba todo.

El cuerpo se dejó de moverse y se paró con la respiración agitada y el aliento que lograba verse por el frío. Una vez calmado, se dio vuelta, y estaba la mujer que lo observaba horrorizada. Trato de acercarse, pero esta lo miraba como si tuviera a una bestia en frente, y Antoine que, con su piel oscura, su tamaño imponente y su ropa gastada y sucia, lo hacía ver como alguien diferente, pero no solo de esa patria, sino que de ese barrio.

Empezó a salir la gente de sus casas a ver qué pasaba. Estaban a varios metros, pero la mirada entre inquisidora y asustada, mezclada con susurros que enjuiciaban lo arrinconó. Se sintió acorralado y no pensaba más que en el horror que le provocaba lo que estaba pasando.

Aló ¿carabineros? acaban de matar a alguien, dijo una voz, dando las coordenadas por celular. Antoine se subió a su bici y la hizo andar como si fuera una moto. Pedaleo con toda la adrenalina que sintió, hasta llegar a la ciclovía de antes. Llegó a un puente que estaba calle abajo y al bajarse agitadamente se golpeó a la vereda.

La angustia lo ahogó y se empezó a revolcar encima de ese puente solitario. Trató de recuperarse y cuando se calmó, se puso de pie y gritó con toda su rabia a la ciudad. Esto lo tranquilizó un poco. Pensó en dónde iría a parar en busca de consuelo. Se sintió como un niño y recordó el calor del abrazo materno, luego recordó a su padre y también su olor, inmediatamente recordó la protección de una familia. Esto lo destrozó aún más.

Pensó en muchas cosas, escapatorias irreales, el suicidio también, pero solo llegó a una. Montó nuevamente su bici, y prendió la aplicación. Siempre supo que tarde o temprano lo iban a encontrar, que podría justificar su homicidio, pero no lo escucharían. Su futuro era incierto, pero solo tenía una cosa clara, por el momento debería seguir pedaleando en busca de un pedido, tendría que seguir trabajando sí o sí.


Mi nombre es Tomás Araya y tengo 24 años. Vivo en Santiago de Chile y soy periodista recién titulado. Escribo desde las cosas que me inquietan y me gustan, en este caso el tema de la migración haitiana a Chile y los trabajos a los que generalmente acuden, en este caso de delivery, oficio que en más de alguna ocasión también ejercí.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s