Hectorín y su niñera // Arturo Mayorga

Parece ser, juzgando por otras colaboraciones aquí publicadas, que la infancia en la narrativa actual se plantea como un periodo de completa vulnerabilidad, donde las violencias cotidianas se desbordan en terrores grotescos donde el cuerpito del enunciante se ve impotente ante una adultez carnívora y sádica. Este cuento de Arturo Mayorga explora el terror de un niño cuya sensibilidad ya lo pone de por sí en un margen, infancias que se niegan a hacer el performance de género instaurado por las manías de los adultos. A lo largo de este texto nos metemos en el terror impotente de la subjetividad infantil ante una violencia que permea hasta sus fantasías, dejando un trazo quizá irreparable donde el borde de la inocencia se cruzará de manera horrenda.

E.L.A


Hectorín y su niñera

Era jueves. Desde el lunes, tras un reposo postparto, Julia había reanudado sus labores como maestra de primer grado. A veces sentía culpa porque prefería el ruido en el aula a los berridos de su bebé. Vaya masa escandalosa que eres, pensó, mirando cómo, a esa hora de la mañana, Ivancito yacía impasible en la cuna con sus dos meses de existir. Si así de calmado hubieras estado anoche… Por lo menos no era ya una madre novata. Hectorín, el primogénito, estaba por cumplir los cuatro años. Pronto entraría al jardín de niños.

—¡Julia, me voy! —gritó su marido desde la planta baja.

Ella miró el reloj. ¡Debí abordar el auto hace diez minutos! Rápido, pero en silencio, salió del cuarto de sus hijos. Cruzó el pasillo en semipenumbra. Bajó las escaleras. Entró en la cocina.

—María —dijo, dirigiéndose a la niñera—, en la puerta del refrigerador están los números, incluyendo el de la escuela y el de la oficina de mi marido, ya sabes, para cualquier cosa. Cualquier cosa —repitió, elevando ambas cejas para enfatizar.

—Mami, ¿puedo ir contigo? —dijo Hectorín. Comía pan tostado con mermelada de fresa.

—No empieces, hijo, en la escuela no puedo andarte cuidando —dijo cariñosamente—. Podría pedirles a mis alumnas que se encargaran de ti, pero imagina si las mamás se enteraran de que las uso como niñeras.

—Por favor, llévame, prometo portarme bien.

—Mira —dijo Julia esculcando su bolso. Sacó los mazapanes que un alumno le obsequió desde quién sabe cuándo—, ¿quieren?

—Gracias —dijo María—, yo no como maní.

A Hectorín tampoco le gustaban los cacahuates. No entendía por qué los echaban en las bolsitas que daban en las piñatas. A su juicio, no merecían estar entre los dulces de tamarindo, las crujientes barras de Bocadín, los Duvalines de fresa y vainilla… Y los mazapanes no solo estaban hechos de maní, también era difícil abrirlos. Siempre se le quebraban.

—Bueno, aquí los dejaré por si cambian de parecer —dijo Julia—. Aquí está lo que buscaba —agregó agachándose ligeramente para mirar a Hectorín a los ojos—, este pañuelo huele a mi perfume, tenlo cerca de ti; será como si estuviera contigo.

Ella, nada supersticiosa, tuvo que improvisar con semejante tontería. Pero al ver a su hijo tranquilizarse, supo que no había hecho sino crear una fantasía inofensiva.

—¡Ese es mi niño! Bueno, me voy, ¡es tardísimo! Nos vemos a la hora de la comida.

Besó la frente de su hijo resignado. María la acompañó a la salida.

Hectorín se quedó sentado en la cocina. Chirriaron los goznes de la puerta principal. Julia encendió el auto y Hectorín oyó cómo fue alejándose progresivamente, hasta que no hubo más que el alboroto del chihuahua de la vecina. El perro cesó los ladridos. El refrigerador dejó de zumbar. La mesa, las sillas, los trastes: la atmósfera exudaba un silencio ominoso. Hectorín se sintió como acechado por una sigilosa criatura que en cualquier momento saltaría de un escondrijo para cazarlo. Siguió comiendo el desayuno. No por hambre, sino porque añoraba disipar el silencio con por lo menos el crujir del pan tostado. Como los de una presa, sus ojillos se movían de un lado a otro, intentando localizar el peligro.

«¡Ven para acá!», escuchó el repentino grito. Se bajó de la silla. El corazón, embistiéndole el interior del pecho, era lo que lo hacía avanzar a pasos pequeños, en contra de su voluntad. Le temblaban las piernas. Introdujo en el bolsillo del pantalón el pañuelo que le entregó Julia. Desde la puerta de la cocina, vio a María sentada en un sillón, con la luz del sol de la mañana metiéndose por la ventana tras de sí. «Acércate», le pidió ella con voz determinante. Hectorín, cabizbajo y aterrado, avanzó. Con el rabillo del ojo vio las piernas abiertas de su niñera. Parecían una trampa dentada, como la que había mordido al oso de una caricatura. María lo jaló del brazo y lo sujetó con fuerza entre las piernas. Hectorín no comprendía por qué su niñera podía estar enojada.

—¿Qué le dijiste a tu mamá?

—Nada —dijo Hectorín, retraído. Recibió una bofetada. Sintió en la mejilla un ardor, un hormigueo. Sus ojos se hubieran dicho diminutos hoyos cuyas límpidas aguas hubieran ascendido a la superficie, sin derramarse.

—¡Mírame a los ojos cuando te hablo! —ordenó María—. ¿Qué le dijiste a tu mamá?

—Nada —repitió Hectorín. Recibió una cachetada en la otra mejilla.

—Más te vale. Ya sabes lo que les pasa a los niños chismosos.

Hectorín asintió con la cabeza. Introdujo una mano en el bolsillo y apretó el pañuelo. María sonrió de improviso. Agitó a la criatura de un lado a otro. Él imaginó que así había de sentir el payaso inflable que sus padres le obsequiaron en Navidad, aquel que se levantaba sin importar cuántos golpes le dieran.

—Vamos a almorzar huevito con chorizo y frijoles —sonrió María, mostrándose sospechosamente amistosa. Tomó al niño de las manos.

¿No se da cuenta de que está encajando las uñas entre las mías y la carne de mis dedos?, se dijo Hectorín. Expresó el dolor en una voz que nada más él pudo escuchar. La emoción de María lo espantaba. No tenía hambre. Julia le había hecho ya pan tostado con mermelada de fresa, su desayuno favorito. Mas era impensable decirle «no» a María. Con ello se arriesgaría a sacarla de quicio. Hoy me portaré bien.

María se levantó y regresó a la cocina. Hectorín la siguió, pero se detuvo en la puerta. Raras veces entraba con ella. En silencio, la observó: como de costumbre, lo primero que ella hizo fue poner el agua a hervir para preparar café con crema. Hectorín había probado el café porque su abuela una vez le ofreció; tras el sorbo, arrugó la cara, sacó la lengua y dijo que sabía a algo que no debería existir. «Es amargo —le explicó su abuela—, pero podemos ponerle un poco de azúcar». Al escuchar eso pensó en Fabiola, la amiga de su mamá que no reía y siempre tenía algo negativo que decir. Julia había dicho: «Fabiola es una amargada». ¿Las tazas de café sin azúcar que María bebía la habían vuelto una amargada?

En la cocina había un televisor. María lo encendió y lo sintonizó en una película en blanco y negro. Hectorín la vio sacar del refrigerador huevos, queso, chorizo, tortillas de maíz y mantequilla. La oyó corear al tal Pedro Infante al tiempo que ponía las cosas sobre la mesa. «Dicen que no comía, nomás se le iba en puro llorar… el mismo cielo se estremecía al oír su llanto». María sacó una lata de frijoles refritos de la alacena y colocó una sartén en la estufa, junto al vaso metálico con agua en cuyo fondo, cual racimos de plata, pequeñas burbujas comenzaban a aglomerarse.

Se escuchó de pronto el llanto del bebé. Con los puños, María golpeó la mesa. Apagó la estufa. Cogió uno de los biberones que Julia dejó preparados. Tomó a Hectorín del brazo. «Ven conmigo», ordenó. Subió las escaleras sin darse un respiro, sujetando la muñeca de Hectorín, quien iba casi volando, sintiendo como si los pies se le quedaran atrás. Una vez en la recámara, María se acuclilló. «¡Cállalo!», gritó dándole un golpe en la nuca. «Ten», agregó extendiéndole el biberón. Se levantó. Cogió a Iván en brazos. «Si no se calla, lo pondré en agua hirviendo», dijo y lo puso en la alfombra. Hectorín la miró horrorizado. «¡No, a él no le hagas nada! —dijo—. Hermanito, no llores, aquí está tu tetita». Apenas Iván comenzó a succionar la mamila, su cara adquirió el aspecto apacible de un querubín. «Voy a la cocina —dijo María—, ¡pobre de ti si vuelve a llorar!».

Se quedó solo con su hermanito. Iván, envuelto en una pequeña colcha verde, le parecía adorable. «Eres como una oruguita», murmuró al verlo succionar la mamila. Mejor dicho, parecía un caracolito. Se rio y al instante se cubrió la boca con una mano, temeroso de que María lo hubiera escuchado. Pero no, ella estaba entretenida viendo la película en la cocina. Hectorín pensó en un caracol porque se acordó de cuando puso uno sobre la mesa de vidrio del patio trasero. Recostado en el césped, a través del cristal, miró cómo el caracol movía la boquita al comer una hoja de lechuga. Su hermano la movía igual. «¿Quién es mi caracolito? —dijo, sosteniendo el biberón con una mano, y con la otra agitó el pañuelo de Julia—. ¡Mira, aquí está mami con nosotros!».

La botella pronto quedaría vacía. ¿Qué iba a hacer después? Ivancito tomaba leche muy rápido. Percibió entonces un aroma cargado de sustancia: café, huevos revueltos con chorizo y mantequilla, frijoles con queso. Había desayunado, pero podría comerse un taco. La teta quedó vacía. Con sus fuerzas de niño grande cargó a Iván. Como pudo, le dio golpecitos en la espalda, como había visto que sus papás lo hacían, hasta que eructó. Sorpresivamente, no lloró el bebé. Hectorín caminó hacia el sillón y puso a su hermano en el cojín. Ivancito bostezó como un bacalao. No tardó en quedarse dormido.

Deseaba que nunca terminara la película que veía María, o por lo menos que durase hasta que Julia regresara. No fue así. Escuchó pasos en la escalera. ¿Por qué no nos deja en paz? Se acostó a los pies del sillón y fingió estar dormido. Con los ojos cerrados, percibió en la alcoba la presencia de María, como una sombra que se cernía sobre él. De pronto, un piquete frío en las costillas. Dio un respingo. Era un tenedor. «Nada de dormir —canturreó María, con ese tono que algunos adultos usan para endulzar sus órdenes—, vamos a la cocina». Cogió a Iván y lo puso de vuelta en la cuna.

Hectorín comió más lento de lo habitual. Miró cómo María le soplaba a la taza humeante antes de beber la amargura. Volteó al reloj del muro. El círculo blanco con manecillas y números negros estaba dentro de una silueta de ganso. Julia le había contado la historia del patito feo que al final resultó ser un bello cisne. Ojalá yo fuera un ave. Le hubiera gustado alejarse vadeando las aguas de un río para luego volar hasta perderse en la puesta de sol.

Las manecillas se movían muy despacio. ¿Cuánto faltaba para que regresara su mamá? Ni media mañana había transcurrido. Julia llegaba después de la una y media. Si supiera interpretar el tiempo en el reloj… Las agujas señalaban los números, pero carecían de significado para él. Solo intuía que el tiempo pasaba conforme a trompicones avanzaban las manecillas. Terminó de comerse el taco.

 María se dispuso a lavar los trastes sin dejar de mirar la película. Sonó el timbre. Hectorín salió corriendo de la cocina para ver quién llamaba a la puerta. A través del vitral, reconoció la melena ensortijada de la señora Norma. Abrió de inmediato. «Pásele», dijo. María se asomó desde la entrada de la cocina.

—Buenos días —dijo, secando un vaso con un trapo—, ¿qué se le ofrece?

—Soy la señora Norma, pasaba por aquí y quise aprovechar para saludar a mi comadre.

—La señora Julia no se encuentra. Desde el lunes regresó a dar clases, al menos desde ese día trabajo para ella.

—Bueno, le avisan por favor que vine, y que en la tarde le daré otra vuelta para echarnos unas galletitas con café. Como quiera la llamaré antes para asegurarme de que no saldrá.

—No se vaya —dijo Hectorín—. ¿No quiere ver a mi hermanito?

—¿Qué cosas dices? —intervino María—. Iván ahorita está dormidito.

—Ay, ¿no quieres que me vaya, Hectorín? —dijo Norma, alborotándole el pelo.

Hectorín corrió despavorido al advertir la mirada de su niñera. Se metió al cuarto de sus papás. Desde el interior del clóset escuchó a María despedir a la señora Norma. Oyó el portazo. Después, una vez más, el silencio previo a la tormenta. «Que no me encuentre, que no me encuentre», dijo bajo su aliento. Se acordó de Iván. Estaba en peligro. Hectorín podía soportar los abusos de María, pero su hermano era apenas un tomatito, como decía Julia. Muy a su pesar, salió del escondrijo. Al cruzar la puerta de la habitación, sintió la mano de María en la cabeza. Lo jaloneó del pelo. Su cabeza se movió hacia delante y hacia atrás, una y otra vez, como el badajo de una campana. Soltó el pañuelo de Julia. Rompió en llanto. El rostro de María se desfiguró hasta transformarse en el rostro de la ira. «¿Quieres llorar?», dijo y le dio una cachetada. Las comisuras de los labios se le bajaron al arremedar la voz de Hectorín: «Pásele a ver a mi hermanito». Inmediatamente después, con una mirada perpleja y con su voz habitual, agregó: «¿Qué fue eso? ¡Pobre de ti si hablas!».

La señora Norma platicaba con la vecina de enfrente cuando oyó los berridos de Hectorín.«Esto no es normal», dijo. Hectorín era muy tranquilo. Se lo comentaría a Julia, pues nunca había escuchado al niño llorar así. «Hemos estado oyendo esto en la semana», dijo la vecina.

Hectorín se arrinconó en la sala como un cachorro asustado. Sollozaba tan silenciosamente como podía. Se limpiaba los ojos y la nariz con la camiseta.

María pasó el plumero sobre los muebles; entró y salió de las diferentes habitaciones con escoba y trapeador; y levantó el pañuelo que, junto al comedor, Hectorín había tirado. Lo echó en un cajón de la vitrina. Luego entró en la cocina. Eso significaba que prepararía la comida, pensó Hectorín, por lo que su madre no tardaría en volver a casa.

María escurrió la carne sanguinolenta en el fregadero y luego la puso en un cazo para marinarla. «Si le dices algo a tus papis —le advirtió a Hectorín apenas lo vio parado en el umbral de la puerta—, cortaré a Iván en cubitos como estos para que tu mami, tu papi y tú se lo coman». «Así sonará —agregó, colocando los cubos de carne sobre la sartén con aceite caliente—. ¡Muero de ganas por freír a un bebé en una sartén!». Puso fideos en una olla con agua caliente y les echó salsa de tomate. Puso agua a hervir para prepararse más café.

Hectorín se atribuyó la responsabilidad de evitar que su niñera lastimara a Ivancito. La clave estaba el café, pensó. Si pudiera endulzárselo. Así quizá eliminaría la amargura que la habitaba. Pero ¿cómo? Desde el día en que lo sorprendieron comiéndosela a cucharadas, sus padres habían colocado el azúcar en lo más alto de la alacena. «Piensa, piensa», murmuró. ¡Eureka! ¡Los mazapanes! Eran fuente de azúcar, ¡y de cacahuate! A María, como a él, no le gustaba el maní. Era una idea estupenda porque, además, la haría pasar un mal rato. Así se vengaría. Pulverizaría un mazapán y lo disolvería en aquella bebida amarga. María puso el polvo de café en una taza y le vertió el agua hirviendo; le añadió la crema y agitó con una cuchara. «¡Qué raro! —dijo María de pronto— no es ni la una y creo que tu mamá ya llegó». Hectorín corrió a la ventana de la sala. ¡Era cierto! Su coche estaba estacionándose enfrente.

—¡Qué bien huele! —dijo Julia al entrar—. ¿Cómo les fue?

—Muy bien. Hectorín es un niño muy bien portado, ¿verdad, m’hijo?

Abrazando a Julia, el niño asintió con la mirada tímida.

Se escuchó el llanto de Iván.

—Es la segunda vez que llora en lo que va del día —fanfarroneó María.

—¿Quedan biberones?

—El último, señora.

—¿Me acompañas a echarle un vistazo?

Era el momento perfecto. En cuanto comenzaron a subir las escaleras, Hectorín corrió de vuelta a la cocina. Se subió en una silla y alcanzó un mazapán.

Le temblaba el cuerpo. Sentía como si las sienes le fueran a estallar. Quebró el mazapán dentro del celofán. Nunca se sintió más nervioso. En breve podían regresar Julia y María. Usando los dientes, rompió la envoltura. Cuidadosamente, vertió el polvo en la bebida.

—Me llamó mi comadre Norma —dijo Julia mientras alimentaba a Iván con el biberón.

—¡Claro! Vino y preguntó por usted. Dijo que más tarde regresaría.

—La escuché preocupada; dijo que había oído cosas.

—¿A qué se refiere?

—Escuchó el llanto de Hectorín.

—Bueno —dijo María—, Hectorín llora porque la extraña muchísimo, señora.

—Lo mismo le dije a Norma. Admito que mi niño raya en lo hipersensible. Pero no puedo llevarlo a la escuela, estás de acuerdo, ¿verdad?

—En un par de semanas se acostumbrará, no se preocupe.

Al escuchar que bajaban las escaleras, Hectorín se apresuró en limpiar el polvo de mazapán alrededor de la taza.

Julia le pidió a María sentarse a la mesa con ellos para la comida. Hectorín no dejaba de mirar a su niñera; esperaba a que diera el primer sorbo. Se burlaría de ella cuando viera su cara de disgusto. Sin duda, María se pondría furiosa, exhibiría las garras y los colmillos, su verdadero ser.

Finalmente dio un trago. Le extrañó ver algunos grumos. Volteó a Hectorín al escucharlo soltar una carcajada. Sintió una leve comezón en la lengua. Los labios se le comenzaron a hinchar. Se levantó y se acercó al niño con las manos en señal de querer estrangularlo, pero luego se las llevó a su propio cuello. Emitió ruidos semejantes a los relinchidos de un caballo. Cayó.


Arturo Mayorga (1987) es monclovense. Actualmente, hace un doctorado en ingeniería de alimentos en la Universidad McGill (Canadá). Ha trabajado en la industria de alimentos y tiene experiencia como investigador y docente en el Campus Monterrey del ITESM. Sin embargo, la literatura ha sido siempre su pasión. En el 2017, La Terquedad Ediciones publicó Madres sobre todo, su primer libro de cuentos. Por lo regular escribe historias en las que explora las vidas de personas de la comunidad LGBT+. A la fecha, tiene pendientes por publicar dos novelas y una colección de cuentos.

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