A propósito del fin del mundo // Juan Carlos Baez

Los motivos apocalípticos han tomado una relevancia triste en el último año y cacho. Recuerdo en mis sesiones compulsivas de Fallout New Vegas como la producción artística se reduce a casquete rudimentario de lo que llegó a ser antes, una parodia melancólica del optimismo norteamericano de los eternos años 50 que en ese universo llevaron a un conflicto nuclear irremediable. Aquel escenario me empezó a dar vueltas al pensar en lo que sería la literatura post-covid, ¿será que lo que se configure ahí sea una especie de literatura de la nueva normalidad? ¿Un keep calm and carry on? ¿Qué se escribe cuando se ha perdido tanto?

Este Ensayo de Juan Carlos Baez nos asoma al ejercicio artístico de los personajes en mundos postapocalípticos. En este texto podemos vislumbrar una posible línea de fuga alrededor de la escritura en un punto de quiebre de nuestra relación con el mundo. La escritura no se vuelve una cura o un grito de esperanza, sino una cosa inevitable, como un cáncer que nos carcomerá hasta el final de los finales. Resuenan las palabras de Calibán en La tempestad You taught me language,and my profit on’t/Is I know how to curse. The red plague rid you/For learning me your language!”.

E.L.A.


A propósito del fin del mundo

Hay dos cosas que nos encanta matar en mi casa: una las cucarachas y la otra el lenguaje. De ninguna de las dos podemos escapar: mi casa está, a un tiempo, rodeada de vegetación y, a otro, cerca de un brazo de río extremadamente contaminado al que van a parar desechos humanos e industriales: sean residuos químicos o los cuerpos de desaparecidos. Del lenguaje no se puede huir o de lo contrario uno muere.

Pero en mi familia de vez en vez nos atrevemos a ello. Tapamos las palabras hasta que la tapa no aguanta más y entonces explota. Eso que por unos momentos eludimos sin ningún remordimiento termina por estallarnos en la cara a pesar de las advertencias que hubo, advertencias que aparecen no en forma del pitido de una olla exprés, pero sí en algo aproximado: una mueca, un gesto, un silencio.

La relación entre estos dos temas tiene más de una peculiaridad. Mi madre cree que al aplastar las cucarachas con la planta del pie se liberan sus huevecillos y, con ello, la posibilidad de más cucarachas. Por debajo de la suerte de caparazón que cargan se alojan decenas de nuevas cucarachas listas para la batalla eterna contra mi madre. Por una muerte así nacen diez, veinte, treinta más. Blancas. Larvas pequeñas contorsionándose y, luego, creciendo. Por una puerta cerrada se abren tres ventanas. Y como mi mamá lo último que quiere es tener ranuras por medio de las cuales las cucarachas entren y convivan con nosotros, las mata con insecticida. En el momento en que les rocía el líquido nadie de nosotros habla porque de hacerlo nuestra garganta se lastimaría de tanto toser.

Cada que vemos una cucaracha gritamos. Ésa es la manera en que mi mamá sabe que una ronda en la casa. Acto seguido la señalamos con lo que podemos: cabeza, dedo o pie. De los posibles adultos que hemos llegado a ser hasta ese momento nos transformamos en los niños que recurren a la mímica y a los sonidos guturales para comunicar algo. Pero esta imposibilidad por hablar no es nueva. La comunicación en mi casa siempre falla. Nadie puede decir lo que siente y debe y mejor todos callan ad infinitum en espera de que el otro adivine eso que preferimos matar momentáneamente y luego revivir en la furia. Las palabras desaparecen y no hay una comunicación asertiva por quién sabe qué designio divino. Nadie nunca se comenta nada de lo que siente sino hasta que se vuelve insostenible la emoción y sale en forma de grosería, reclamo o reproche. El lenguaje, inexistente por un tiempo, se muestra como un insulto.

Pensar en cucarachas me remite, indefectiblemente, a un lugar común en las obras de arte más contemporáneas. Por un sentido de inercia, la sociedad imagina con frecuencia el fin del mundo y todos los posibles escenarios de éste. Algunas personas conciben que no habrá un mañana mientras otros –entre los que en ocasiones me encuentro– imaginan simple y llanamente el fin de una era para el comienzo de otra, de una, quizá, más próspera que la anterior. ¿Qué habrá en ésta para que sea próspera? Nadie lo sabe. O no con precisión. Los límites imaginativos se imponen y no le permiten a quien experimenta el proceso intuir con claridad qué podrá haber más allá del horror.

Todo conduce a pensar en las especies animales que sobrevivirían al fin del mundo. Y, con la misma inercia, el imaginario colectivo nos ha hecho creer que las únicas aptas para estos escenarios son las cucarachas. Al escribirlo, por ejemplo, recuerdo que Wall-E tiene de amiga y acompañante a una cucaracha mientras ambos viven en medio de la nada pues el mundo colapsó de tanta basura y son los únicos habitantes de lo que se consideraba, antes, Tierra. Y a ello se le aúna su imagen: posadas sobre una pila de basura en el páramo desierto, sobrevivientes incluso de una catástrofe nuclear, las cucarachas, como la materia, no se destruyen y, por el contrario, como el polvo, que quién sabe de dónde y en qué momento sale pero para cuando lo notas ya está ahí, sí se crean: uno puede aplastarlas y descubrir, como mi mamá, si salen diez, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta o más y más y más. Y también como la materia, las cucarachas se transforman: de un espacio vasto en alimento como lo es nuestro mundo actual pasan a conformarse con lo que el páramo derruido tiene que ofrecerles: cuerpos putrefactos y radioactivos.

En sentido análogo, el lenguaje no se crea ni, como ilusamente esperamos nosotros, se destruye. Puede que una palabra muera, claro, pero, tal cual las cucarachas, por una muerta surgen decenas más, centenas que representan al mundo como se necesita representar. El lenguaje se transforma. Y en ocasiones, sí, en lo peor del mundo: en un grito, en un reclamo, en una pedrada al otro por no hacer lo que uno esperaba que hiciera.

Dependiendo del momento histórico en que se ubique, el lenguaje responde a las necesidades que cada persona tiene de comunicarse. El fin de una era, por ejemplo, trae consigo la muerte de una forma de expresar y representar al mundo. E irremediablemente, el fin del arte de una época específica. En el mejor de los casos todas las expresiones culturales tendrían una resignificación en el futuro pos-apocalíptico. En el peor, no obstante, no habría siquiera un atisbo de ellas: desaparecerían no en sí sino en la posibilidad de continuar ejerciéndolas. Y, a diferencia del lenguaje, del cual nace, en algún momento, la literatura, que siempre existe a pesar de todo, la música, sujeta a la ejecución de instrumentos en su quehacer, tiende a eso.

En la saga de videojuegos de Fallout la música dejó de existir. Ese lenguaje universal al que muchos acuden cuando los términos del propio lenguaje no le bastan al individuo no tiene un continuo en el futuro posnuclear del juego. Por el contrario, la civilización se quedó atascada con la música que salió antes de y durante la década de 1950 en Estados Unidos. Pareciera que en el país desapareció la manera de producir y emitir canciones nuevas. Más aún: quizá los instrumentos desaparecieron. Ni artistas ni grabaciones nuevas, la música de vanguardia son, pues, las big bands y el góspel que, a pesar de escucharse en el año dos mil ciento y tantos, una fecha más lejana del punto en que ahora vivimos, suenan como lo máximo.

Las cucarachas se esconden, de repente, en mi cuarto. Y para no molestar a mi mamá y evitar que se enoje conmigo, busco la manera, como ella, de erradicarlas efectivamente. El único problema deviene en que estén escondidas en un lugar tan complicado de ver: recargada en la pared, formando un ángulo de 45°, la guitarra que hace mucho tiempo dejé de tocar alberga, detrás de ella, el refugio de una cucaracha. Y si bien esta distancia, más emocional que física, entre la guitarra y yo significaría una falta de remordimiento por lastimarla, la verdad es que sí me dolería verla en el piso, con una abolladura, con un raspón, con una herida que yo le causé por esta guerra eterna contra las cucarachas.

Probablemente una de las cosas que salvaría en el apocalipsis sería mi guitarra. Mi abuelo tenía la idea alocada de que a donde él fuera podía ejercer su trabajo sin problema alguno y que incluso ese trabajo lo llevaría a conocer diferentes lugares. En algún rincón del mundo alguien le pediría que sacara del pequeño maletín su violín y que tocara, como en todos sus años de adulto, alguna canción. Alguna melodía, alguna balada. Lo que sea. Lo que sirva para alegrar el corazón. ¿Salvaría a mi mamá y a mi familia en el apocalipsis? Sí, claro. Aunque no sabría cómo comunicarme bien con ella y ellos. ¿El lenguaje nos bastaría?

Para mejorar la comunicación en casa decidimos escribir lo que sentíamos en vez de gritarle al otro. Así sabríamos cómo nos hizo sentir –y quizá nos hace sentir aún– tal o cual de sus acciones. El escribir se prestaba muchas veces para la tan llamada literariedad: uno buscaba las palabras más rimbombantes de su catálogo para decirle al otro cuán mal se sentía luego de que éste no le hubiera hecho caso, no hubiera cooperado con algo del hogar o se le hubiera hecho tarde para llegar a tal o cual lado, a tal o cual hora, algo, vaya, sin ir más lejos, que denotara nuestra molestia y, sobre todo, nuestra pedantería. Porque si algo nos caracteriza como familia es el sentirnos más intelectuales que el otro y que, a partir de eso, subyuguemos a la persona que tenemos frente, sea alguien desconocido o uno de nosotros mismos.

Al relucir nuestros esfuerzos desesperados de comunicación se abría, paralelamente, la puerta de llamar a eso escrito literatura. Lamentablemente, claro. Pues una de las múltiples cosas que aprendí al entrar a la universidad, y sobre todo al elegir la carrera que elegí, es que la literatura existe pero no existe. No hay algo que la constituya como tal en tanto que somos nosotros quienes decidimos qué la hace tal y cómo se hace en tal momento. En esencia, y aunque parezca contradictorio con lo que anteriormente dije, no hay algo llamado literario: el lenguaje está hecho, casi en su mayor parte, por accidentes a los que asentimos de tanto en tanto y que decidimos incorporar a nuestro catálogo lingüístico. Y como todo accidente, dar cuenta de ello convincentemente resulta una tarea titánica, cuando no imposible. Se bosquejan, sí, algunas hipótesis al respecto, hipótesis que tarde o temprano cambiarán no sólo porque alguien encuentre algo mejor sino porque, obviamente, el lenguaje mismo cambiará: la cultura cambiará y con ello las maneras de representar las cosas que vemos por medio de la palabra.

Al cambiar éste cambia su producto más horrible, el cual procrea más y más hijos: la literatura existiría en el fin de mundo y después de él e incluso a pesar de él. Ahí, acompañándonos junto a la podredumbre del páramo está la literatura porque está el lenguaje. Junto a la radioactividad del suelo de los Estados Unidos posnuclear en Fallout hay literatura. Al arrancar el juego salta: alguien, un sobreviviente y residente del Vault, pequeña bóveda en la que vives hasta tu adolescencia y que está ubicada en el subsuelo estadounidense, lejos de los mutantes y las guerrillas que asolan The Wasteland, lejos de los animales radioactivos, alguien, digo, ahí, te regala un poema en tu cumpleaños. ¿De qué habla éste? Bueno, por demás está decir que no habla de flores y estrellas en el cielo: la muerte y la putrefacción de vivir en un mundo como ése plaga el escrito. Al recibirlo se te presentan varias opciones para responder: desde un agradecimiento hasta el rechazo del poema. ¿Para qué nos sirve ese objeto entendido como literatura en un mundo así?, ¿qué finalidad casi demoniaca hay en que aún a pesar del fin del mundo haya literatura?

No escapamos del lenguaje como tampoco de las cucarachas, las cuales, por cierto, son del tamaño de un perro labrador en el juego. Las representan como una amenaza al momento de recorrer el llamado The Wasteland, pues su tamaño y, sobre todo, su necesidad de comer algo más que cuerpos con radioactividad las convierten en tal. Tú eliges la manera de matarlas: con un palo, con una pistola o a mano pelada. En ningún momento, sin embargo, se te presenta el arma que por muchos momentos mi mamá ha empleado: el insecticida. ¿Tendría efecto en estos monstruos de casi un metro de largo?

La cucaracha, con todo y la radiación a su alrededor, de la muerte que la rodea, vive: existe. Nada la detiene. Ninguna bomba, ningún caos, ningún mutante en busca de su carne –porque en este futuro distópico puedes alimentarte de carne de cucarachas–. Se mantiene impertérrita. Sobrevive y se reproduce. Como el lenguaje. Como la literatura. Porque en un pequeño espacio con una pluma uno vuelca el lenguaje en ideas, unidas o dispersas, pero que no dejan de ser, a fin de cuentas, literatura.

Al no escapar del lenguaje seguimos en el ruedo de producir, de tener la posibilidad de producir literatura. A menos, como yo esperaría, que el código de comunicación inmediato cambie, el lenguaje siempre existirá. Y la literatura siempre estará a la mano, al reverso de esa hoja en blanco que nos llama a rayarla. Lo imagino y se me eriza la piel y lo peor es que no sé el por qué. Esperaría, al contrario de muchos, que deje de existir esa idea llamada literatura y todo lo que la rodea. Pero al parecer la realidad es otra.

Como siempre habrá lenguaje, siempre habrá literatura. Ya lo vaticinó nuestro gran –y probable y pobremente único– escritor romántico en lengua española, Bécquer:

mientras la humanidad, siempre avanzando

no sepa a do camina;

mientras haya un misterio para el hombre

¡habrá poesía!

Quiero morirme junto a las cucarachas que mató hoy mi mamá y por las que gritó victoriosamente: ¡A huevo!


Juan Carlos Báez (Puebla, 1999): locutor de radio y ensayista. Actualmente conduce el programa Suburbios Salvajes y el podcast El cuarto: charlas del fin del mundo. Textos suyos han aparecido en sitios web como Mundo Nuestro, Punto en línea y Ojo Pineal. Ganó una Mención honorífica en el Premio Filosofía y Letras BUAP 2019 en la categoría de Ensayo. Beneficiario del FONCA en el programa “Contigo en la distancia” como co-creador del proyecto Ego y distorsión: una aproximación a la vanguardia artística.

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