Epifanía en Baquedano // Tomás Araya

En mi ciudad no tenemos metro, y la primera vez que me subí a uno no podía creer lo eficiente del servicio. Me pareció el más grande invento en la industria del transporte. Además de barato, era cómodo, rápido, práctico: una maravilla. Hasta que me subí en hora pico y descubrí a una marea de personas intentando entrar al vagón contra una marea que intentaba salir, algo así como la vista en Cabo donde se unen el océano Pacífico y el mar de Cortés. Pensé que no saldría viva. Al final, sí lo hice, pero a qué costo. Descubriría muchos metros a lo largo de los años y con ello las historias que rodean estos gusanos subterráneos. Sin duda, el más frecuente es el de las muertes en las vías, más caóticas que las del ferrocarril, aunque menos visibles. Tomás Araya nos transporta al metro de Santiago, considerado por algunos como un metro hecho para volver loca a la gente y, si lo que nos cuenta Araya parte de la realidad, no solo te saca de tus casillas, sino que también de tu cordura.

K.M.C.


Epifanía en Baquedano

Eran como las 19 horas en el gran Santiago, esa es la hora punta en donde todos se disponen a salir de sus trabajos formando un colapso total del servicio de transportes que se cree del primer mundo. Me fuera en metro o micro, si es que quería priorizar la comodidad, poco importaba, iba a ir apretado igual, pero, si quería rapidez a costa de mi salud mental, el metro era la opción por antonomasia. 

Entonces me dispuse a bajar la escalera para introducirme al letargo llamado Estación Baquedano, la más central de todas, y, por ende, la con mayor aglomeración. Venía de un día de mierda en la Universidad, tras haberme desvelado estudiando para una prueba que tenía a primera hora, en la que seguro me fue mal, después tuve una ventana de tres horas aprox, en donde con mis compañeros fumamos unos pitos, lo que, con la suma del sueño, más que calmarme me cansó y me dejó durmiendo más de la cuenta en la biblioteca. Eso generó que llegara una hora atrasado a la siguiente clase que empezaba a las tres y que inhumanamente duraba hasta las seis treinta. Lo peor de todo es que esa clase se resume en un viejo de mierda —que ni tan viejo es, pero la vida lo llevó a ser un infeliz— leyendo un Power Point, más encima el hueon no me puso que asistí a su clase.

Ya adentro, la cosa era terrible, las boleterías estaban llenas y había fila para pasar por el torniquete, básicamente la situación dentro de aquella especie de búnker se resumía en fila para todo.

El torniquete por suerte lo pasé de una, tenían una habilitada exclusivamente para la gente con pase estudiantil, algo bueno que tuviera estar en la universidad. Lo malo, eso sí, venía tras pasar esta barrera. En el andén había no una fila, sino una manada de gente inmóvil, esperando su turno para entrar al vagón, en donde, si no te mata el calor, uno se muere asfixiado.

Debí estar en el rebaño una media hora. En un momento comencé a desesperarme por la lentitud y la excesiva cantidad de gente.  Esto es culpa del gobierno de Piñera, dice alguien al lado mío. Me di vuelta para ver a quién le hablaba y noté que fue un viejo que tiró el comentario para el que lo pillara, y por desgracia ese fui yo. Me quedó mirando. Yo sabía que esa huea de “los tiempos mejores” y que este bastardo del “piraña” eran una mentira, dijo mientras me observaba. Asentí para hacer como que le doy la razón y me di vuelta. De alguna forma tenía razón, pero no tenía ganas de hablar, además creía que, independiente de quién hubiera salido, la cosa no habría cambiado mucho, de hecho, voté nulo.

Pasó otro largo rato, y después de ver varios trenes ir y venir, finalmente quedé en la parte delantera por encima de los rieles. Mientras esperaba el vagón, miraba hacia abajo pensando en lo fácil que sería caerme, solo bastaba que alguien me empujara sin querer, y caería a ese precipicio.

Mientras me abstraía en ese pensamiento, a lo lejos por el túnel empezaban a brillar los ojos del tren. En ese momento, y no sé por qué razón, un viejo pelado y de barba canosa, se tiró a los rieles. ¡Conchesumadre! Pensé en ese momento. Nunca había visto sangre en exceso, y, cuando en Facebook aparecían los videos de los carteles mexicanos desmembrando a alguien, lo sacaba inmediatamente, me daba asco y todo parecía apuntar que en ese momento iba a ver a una persona ser aplastado por quizás cuantas toneladas. Pero no, el tren alcanzó a pegarse un frenazo agresivo, generando un agudo chillido que se sintió hasta en la boletería. Alcanzó a quedar justo a la mitad del andén, unos diez metros delante del viejo. No tardé en asumir que ahora sí me esperaba un largo rato acá.

Por alguna razón, el viejo no se movía de ahí, permanecía impávido frente al chofer que estaba dentro del vagón. La gente empezó a perder la paciencia altiro, abucheando y gritándole. Yapo viejo culiado, córrete si ya no te mataste, se quejó alguien detrás de mí, otros empezaban a compartir opiniones entre ellos, insultando al viejo o quejándose del metro que no tenía ningún sistema de seguridad.

Pensé en salir de ahí y tomar la micro, o simplemente caminar, me demoraría una hora o quizás un poco más. Me giré y vi que detrás de mí había tantas personas aglomeradas, que solo era capaz de ver la escalera que contenía a más gente que no cabía en el andén, salir de ahí sería peor que la travesía que tendría que recorrer una vez fuera de hoyo. Decidí esperar, supuse que no tardarían en llegar los de seguridad en sacar al viejo, que por alguna extraña razón no se quería mover de los rieles ¿Tanta eran las ganas que tenía de matarse aquel hombre?

Lo más raro de todo seguía siendo que el viejo no se movía, estaba abstraído mirando fijamente la cabina del chofer, como si esperase a que avanzara, como si tuviese la esperanza de que en algún momento el tren iba a comenzar a andar y pasar por encima de él. Había escuchado que un supuesto sociólogo inglés había dicho que el transporte público de Chile estaba diseñado para volver loca a la gente, y, si era así, creo que estaba dando frutos.

Noté que al frente había una colegiala grabando con el celular. Como estaba de lejos no podía escuchar lo que decía, pero se veía que movía sus labios mientras apuntaba al viejo con la cámara. Me fijé también que no era la única, que había más de una persona inmortalizando el momento. A estos hueones siempre se les ocurre matarse a hora punta, escuché a alguien. Sí, dejen que la pase la huea por encima nomás, si el viejo culiado se quiere matar que se mate nomás, respondió otro. La cosa era macabra.

Los de seguridad llegaron pasando justo al lado mío. Se bajaron a los rieles y trataron de sacar al viejo tirándolo del brazo, pero este se esforzaba en permanecer ahí. Trataron de dialogar con él, pero nada, le preguntaban alguna dirección, número de teléfono o familiar a quien ubicar. ¿Qué tan dura puede ser la vida de alguien para terminar así?

“En un momento reanudaremos el trayecto”, o eso fue lo que logré entender del megáfono, la verdad es que entre tanto bullicio no se escuchaba mucho. Que quememos esta huea dice, oí de un caballero con boina y un bigote a lo Lenin. Justo me di vuelta y me quedó mirando. ¡Esto es culpa del capitalismo que nos tiene a todos cagados en esta ciudad, esta huea hay que quemarla y empezar de nuevo! Quizás tenía razón, la verdad es que ya a este punto no me funcionaban las neuronas como para entrar a ahondar en esos temas, pero, al igual que mi vecino de andén, ya me estaba empezando a enojar.

Sentí una vibración en el bolsillo, era mi mamá que me llamaba preguntando qué pasaba. Estoy en el metro, un hueon se tiró y estamos acá parados. Ah, sí, algo escuché en las noticias, hijo, cuídese y tenga paciencia, no llegue muy tarde, y colgó. Creo que todavía tenía para rato acá. Eso que le pasa al viejo es una epifanía, dijo de repente una señora cuarentona y pelirroja que no sé de dónde apareció. Ese comentario, a diferencia de los otros, fue dicho con tal firmeza, aunque lo hubiera dicho mirando al viejo de manera fija, que lo sentí como si estuviera diciendo a mí, y no algo al azar esperando a que alguien lo agarrara. Así es, eso que le está pasando al viejo es una epifanía, repitió. ¿Y cómo sabe que es una epifanía? Porque ya he visto esto, po niño, no se llega a esta edad sin haber visto todo esto, decía sin dar vuelta la cabeza. ¿Y qué edad tiene usted? Eso no se pregunta.

Esto me dejó impávido. Ahora observaba al viejo que, a pesar de los intentos de evacuarlo, seguía como un monje tibetano sin decir una sola palabra, y haciendo lo posible por permanecer en ese lugar. Por un momento me proyecté en el viejo, traté de entender sus razones, hasta llegué a verme tal como él, en frente de ese gusano gigante de metal, con un pensamiento fijo, una certeza y un objetivo impenetrable ante las amenazas y rabia de la muchedumbre. Un grito del andén de enfrente me despertó. ¡AUXILIOO! ¡LLAMEN A ALGUIEN DE SEGURIDAD, UNA SEÑORA SE DESMAYÓ! No podía ver el cuerpo de la mujer en el piso, pero sí a un grupo no menor que la rodeaba. Seguro pretendían ayudar con la mirada o yo qué sé.

Disculpe, señora, ¿qué es una epifanía? Básicamente, muchacho, es la manifestación de una cosa. ¿Qué cosa sería eso? Ya lo entenderás, muchacho, ya lo entenderás.

Me quedé pensando en la situación que tenía ante mí. Escuché atentamente los gritos que pedían que al viejo le pasara el tren por arriba, vi a la colegiala que ahora ya no grababa al viejo, sino que a la mujer que se desmayó. El caballero comunista que le echaba la culpa al capitalismo ahora se estaba poniendo a pelear con otro de la misma edad que decía que, si hubiéramos seguido en dictadura, ahora tendríamos un sistema de transportes como los de Europa. En ese preciso momento me di cuenta de la infinidad de flashes que habían de todos lados, como si fuera un estadio, y el viejo de la epifanía fuera el show principal.

Al final terminó apareciendo un par de pacos que después de un rato terminaron por llevarse al viejo. “Dentro de apoco reanudaremos el trayecto”. ¿Y cómo sé si estoy teniendo una epifanía? La señora se dio vuelta para observarme por primera vez. Me miró de arriba abajo y abajo hacia arriba, como si fuese capaz de ver si era digno de tal evento personal. El cabro bueno pa hacer preguntas, cuando te pase sabrás que te está pasando.

El tren llegó y abrió sus puertas. La señora entró y me quedé mirándola tras la puerta mientras iba desapareciendo entre la gente que buscaba su espacio de manera desesperada dentro del vagón. Pude notar que en un instante la señora se asomó entre el hombro de alguien y me sonrió al mismo tiempo que me hizo un guiño con el ojo.

Me quedé fijo en la misma posición que estuve desde que empezó el show del viejo, mientras de a poco notaba como todo se me iba esclareciendo. De a poco todo se iba volviendo silencioso, y observaba el lugar donde me sonrió alguna vez esa señora. Solo escuchaba un leve murmullo que decía Correte po hueon, deja pa…


Tomás Araya. 24 años. Vive en Santiago de Chile y actualmente se encuentro en titulación de periodismo (es muy seguro que cuando lean esto esté listo jeje). No tiene mucho qué decir, solo que escribe desde las cosas que le inquietan y le gustan, en este caso, los suicidios en el metro de la ciudad, algo que es pan de día en una ciudad tan caótica como en la que vive.

Un comentario en “Epifanía en Baquedano // Tomás Araya

  1. Tomas : Un relato maravilloso y cautivante, me llevaste al escenario que describiste . Eres Genial, mucha suerte y sigue escribiendo asi nos llegan esas lluvias de palabras que nos hacen sonreír y cuestionar.
    Gracias
    Waldo

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