Insectos nocturnos // Ylia Bravo

Gregorio Samsa despertó convertido en un gran bicho. Yo me llevo bien con los insectos, pero eso no significa que quiera volverme uno. Tal vez una mariposa, una catarina o algún gusano de elote; un escarabajo o una cucaracha, jamás. Aunque sí hay ocasiones donde parezco un verdadero invertebrado de cientos de patas, aunque, por supuesto, mucho menos útil para este mundo de lo que es cualquier cucaracha de alcantarilla. Ylia Bravo en este texto nos muestra a un insecto poco usual, pero con un gran poder curativo. Nos sumerge en descripciones que nos llevan a sentir cómo recorren nuestra piel esos bichos que aparecen en su cuento.

K.M.C.


Insectos nocturnos

1.

Hace un par de años no sabía de su existencia, y hace un poco menos, la vi en el fondo de una botella de vidrio sumergida en alcohol etílico. Su cuerpo daba vueltas en forma de espiral a lo ancho del recipiente, y las patas, suspendidas en el líquido flotaban sin tocar el fondo, como si pudieran volar o quisieran salir a la superficie. La observé sin fuerza, moviéndose al azar del que toma la botella como si la atravesara un viento violento.

Me contaron que había videos en Youtube donde la ponían a luchar contra escorpiones, tarántulas y arañas. No los quise ver de primer momento, pero el morbo me ganó y me pareció triste la idea de poner a dos insectos a luchar en una pecera.  Ganaba el que matara al otro. Nunca la muerte me pareció tan banal.

Sabía que donde vivía en aquel momento podía encontrarme con una. Son nocturnas, de día se esconden bajo las piedras y en la oscuridad se desplazan y comen.

La escolopendra es sinuosa, puede rodear fácilmente, abrazarse a sí misma. Es larga, veintitrés pares de patas y colores brillantes; naranja y amarillo fosforescente con negro azabache. Brillan y no sé si a la luz de la luna, o hay algo en su exoesqueleto que hace que dirijamos nuestra mirada hacia ellas, y a casi todos los insectos.

2.

Pasábamos una temporada en la sierra norte de Puebla. Niebla bajita, lluvia fría y carreteras serpenteantes entre montañas verdes tupidas.

De día comenzamos a pajarear, a reconocer el canto de los pájaros; Clarines, Oropéndolas y Tucanetas rodeaban nuestras mañanas volando alrededor de los primeros rayos del sol. Las tardes nos llegaban apacibles caminando la selva, identificando especies de árboles y recolectando hojas del suelo. Y por la noche, nos acostumbrábamos a chocar de cara con insectos que no habíamos visto antes. En la oscuridad todas las lámparas son lunas artificiales para los insectos que vuelan. Las polillas confunden las bombillas brillantes con la luna que les sirve de guía en la noche, su desorientación y atracción es tanta que permanecen pegadas a la luz antes que continuar con sus vidas y mueren deslumbradas horas después. Las mañanas cerca de las lámparas ahora apagadas también eran cementerios de polillas al alcance de los pies.

3.

Una noche, no recuerdo cuál exactamente bajé descalza las escaleras y me acosté en el pasto a platicar con mis amigas de trabajo, pasábamos un momento tranquilo después de una jornada que parecía no terminar. No sé si realmente tenían hilo las historias y anécdotas que contábamos, tampoco si todo el tiempo hablábamos, en medio de la selva no hay tiempo para hablar, se requiere escuchar y prestar atención. A los árboles y el viento, a las ranas y a los insectos que vuelan cerca, al sonido de las chicharras que anuncian la lluvia. Era verano así que todo brillaba, aunque no hubiera suficiente luz para constatarlo. Estaba acostada y varias veces me detuve a mirar el trayecto de las luciérnagas a través de un cielo despejado. A veces cuando recuerdo esa noche me tranquiliza que las formas no fueran nítidas porque no veo bien de lejos, la oscuridad configura sombras y siluetas a las que no estamos acostumbradas, y si todo lo que ocurría a mi alrededor estuviera claro, no hubiera bajado las escaleras.

Pasado un rato recordé que había olvidado un té de menta en la cocina, así que subí descalza y de nuevo es importante decir que estaba descalza, y me la encontré ahí, a unos pasos del último escalón, alumbrada por alguna de las lámparas que estaban cerca. Me quedé inmóvil, quizá recordando por qué decidí no ponerme zapatos, por qué no debía moverme, por qué era tan grande la escolopendra que parecía mirarme.

Nos quedamos quietas intercambiando miedos o miradas. En ese instante no sabía si tenía ojos o qué tan rápido podía moverse y alcanzarme. O si su veneno era letal. O cómo le hacía para coordinar sus cuarenta y seis patas y desplazarse. Lo único cierto fue que ninguna de las dos decidió moverse por un buen rato. Y lo recuerdo como si hubiera durado horas. Sentí que no había nadie más que ella y yo en un radio de kilómetros a la redonda, también sentí que la soledad terminó por abrumarme.

4.

La escolopendra es uno de los artrópodos más largos que existen, mide hasta treinta centímetros y se alimenta de otros insectos, ratones, lagartijas, ranas pequeñas y pájaros. Con las patas se ayuda a detener a su presa para inyectarle un veneno tóxico a través de sus tenazas, los animales mueren de inmediato de un paro al corazón.

Son solitarias y lucífugas, así que ni la luz ni la compañía son de su agrado, son agresivas incluso con sus iguales. Si las encuentras en algún monte o jardín podrían estarte diciendo que la tierra es fértil para sembrar. También colaboran con el crecimiento de las plantas haciendo más pequeñas las hojas que caen al piso para que los nutrientes lleguen rápido a las raíces. Son la fauna de los suelos.

Son animales nocturnos, son cautelosos, son inmensos.

5.

Ese encuentro me reveló secretos sobre mí. Con el tiempo pienso que fue un choque; un espejo en la noche con plantas infinitas. El reflejo del ciempiés era una forma en la que nunca antes me había reconocido. Me tomó tiempo aceptar que la escolopendra era mi forma en aquel encuentro, que la noche era espesa y escandalosa, y que los animales comunican todo el tiempo, que se mueven cuando hay peligro. Que esperan y que van. Que anuncian la hora de dormir, que ya hay luz, y que están bien. La escolopendra no dijo nada, no hubo sonido, movimiento ni mirada. Tal vez quedarse quieta fue la manera de distraer a sus adversarios, o quizá pensó que en la pared donde se encontraba lograba camuflarse, pero lo más seguro era que sabía que su forma era imponente, amenazante y concreta.

Me pregunté en qué otras formas me había visto antes y no encontré una respuesta.

6.

Antídoto contra el veneno de la Nauyaca o Mahuaquite:

Para preparar el remedio contra las picaduras de la serpiente Nauyaca, necesitas utilizar una escolopendra viva o muerta, pero si está viva tendrás que matarla y en ambos casos colocarla en una botella o frasco de vidrio. Cuando la escolopendra esté dentro, vierte alcohol etílico o mezcal hasta la mitad, y después deja el frasco remojando por un par de meses en un lugar fresco con poca luz.

La Nauyaca tiene facilidad en sentirse amenazada, su mordedura te obliga a guardar la calma, para mantenerte viva tienes que calmarte.

Hay leyendas que cuentan que la serpiente tiene unas pequeñas patas en medio del torso, la parte que tiene contacto con el piso, y que las utiliza para detenerse y levantar la parte superior de su cuerpo y así morder más arriba de los pies. Dicen que si alguna vez logras ver las patas de la serpiente al levantarse, malos augurios caerán sobre ti. Las consecuencias que trae sucumbir ante la desesperación por la mordedura de una Nauyaca son fatales. Son mortales.

El antídoto se bebe, lo más pronto posible.

7.

Saberme escolopendra me dio miedo, me pareció horrendo, caótico. Me provocó ganas de salir corriendo, pero al mismo tiempo me mantuvo quieta. Con el paso de los días entendí que pude verme desde fuera, y explorar lo que no había querido ver.

Reconocí mi malestar, y pude sentirlo. A veces cuando me quedo inmóvil pienso que no hago nada, pero es sin duda darle vueltas lo que me tiene paralizada. Estaba distraída por las luces de la noche, y sentía una supuesta calma porque eso creí que debía sentir. Estaba aturdida, perdida. Me moví de lugar, y eso me permitió volver a mí.

Volví a mí.

Y esta vez, no necesité constatarlo.


Ylia Bravo Varela (Ciudad de México, 1994). Licenciada en Artes Plásticas y Visuales por la ENPEG, «La Esmeralda». Actualmente cursa la maestría en Diseño, Planificación y Conservación de Paisajes y Jardines en la UAM Azcapotzalco. Borda, escribe y dibuja. Su práctica está enfocada en los procesos de aprendizaje individual y colectivo, tanto de las artes como de las plantas. Trabaja con las infancias, el huerto urbano de su comunidad y los jardines. Ha expuesto su trabajo en diferentes espacios de la Ciudad de México y Oaxaca (Yopeproject, Islera, La Quiñonera, Feminasty). Publicó en La sagrada, revista de Medellín, Colombia y con el colectivo Maleza, en Ciudad de México. Ha tomado cursos literarios con Mónica Nepote y Alejandro Zambra.

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