Viejos los cerros

¿Por qué me dan lechuga? Ni que fuera conejo

Mi abuelo siempre dijo que quería vivir cien años. Que casi todos sus tíos de allá de Sinaloa habían vivido más de cien años, así que él también lo haría. Lo traía en la sangre. Nos contaba de un pariente que se murió nomás porque ya no tenía ganas de vivir. No estaba enfermo ni tenía ningún malestar. Simplemente, un día, se cansó de esta vida y falleció. Tenía más de 110 años. También nos contaba de una tía de más de un centenar que se fue haciendo chiquita y de eso murió. Se fue haciendo chiquita y flaquita hasta que quedó del tamaño de una niña pequeña. La enterraron en un ataúd infantil. Así que él estaba muy seguro de que continuaría con la herencia familiar de morir de viejos y no de enfermos.

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De mi abuelo aprendí a ser —como decía él— familiar. Si se enfermaba un pariente en Sinaloa, él iba a verlx. ¿Y usted es doctor o a qué va, apá?, le preguntaban sus hijas. No, pero hay que visitar a los enfermos o qué, lo que pasa es que ustedes no son nada familiares, les contestaba mi abuelo. Tenía más de ochenta años y todavía quería irse manejando solo desde Mexicali hasta Sinaloa cada que le avisaban que unx tíx, primx o sobrinx estaba enfermx. Apa, ya está viejo, no puede andar yendo solo y a cada rato a Sinaloa, insistían sus hijas, mis tías, cada que mi abuelo les avisaba que iba a agarrar rumbo pa´su tierra. Viejos los cerros, les contestaba de regreso.

Mi abuelo era el hombre más familiar que he conocido.

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Hace unos años le diagnosticaron Alzheimer a mi abuela. Poco a poco dejó de hacer las actividades que realizaba desde niña: cocinar, lavar la ropa, regar las plantas. También se ha olvidado de cuidar de sí misma: no recuerda tomar sus pastillas de la presión, cuándo bañarse o si ya ha comido. Entonces mi abuelo se las daba, le decía que era hora de desayunar, le pedía sus huevos con winnie, frijoles y tortillas de harina; ella se preparaba unos huevos, pero sin frijoles porque nunca le han gustado y tortillas de maíz. Y mi abuelo le pasaba sus pastillas y un vaso de agua. Mi abuelo no tomaba medicamentos. Nunca los tomó. Una vez fue al doctor porque le dolía una canilla. Yo había leído esa palabra en la biblia, nunca que alguien la dijera.

Mi abuelo no olvidaba darle las pastillas a la abuela.

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A mi abuelo le gustaba el béisbol, los michis, jugar cartas, ver películas mexicanas y las fiestas. A mi abuelo le gustaba vivir. Desde que mi abuela empeoró, mis tías se organizaron para que siempre estuviera alguien con ella. Cada día de la semana iba una tía en la mañana y otra en la tarde —tengo muchas tías, jeje. Mi mamá, que vive lejos, venía y se quedaba un par de días para que las demás descansaran. Me cuenta que a veces no encontraba a mi abuelo en ningún lado. Lo buscaba en cada habitación hasta que se guiaba por el oído y seguía la música. Descubría a mi abuelo en su carro, escuchando música, cantando, sin poder salir por culpa de esta pandemia, pero haciendo lo posible por continuar aquí, disfrutando de un nuevo estilo de vida que él, a sus ochenta y cuatro años, no lograba comprender, aunque se esforzó en hacerlo.

Mi abuelo no se quería morir.

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En marzo, Iván Ballesteros de PezBanana hizo una convocatoria sobre relatos pandémicos. Escribí el mío durante las vacaciones de Semana Santa, durante la primera fase de la pandemia. En ese momento nos encontrábamos en los primeros treinta días de encierro. Pensé en mi abuela, en su alzhéimer, en sus pulmones, en sus rodillas, en todos sus achaques. Me preocupé, así que escribí de eso. No pensé en mi abuelo. Ni siquiera lo vi como una posibilidad. Mi abuelo va a vivir cien años, él siempre lo ha dicho. Él se va a morir de viejo. Él no tiene dolencias.

Mi abuelo era un hombre fuerte.

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Fui yo quien le dio la noticia a mamá. Resultó que Luis, un viejo amigo de la infancia, era residente de medicina interna en el hospital general donde atienden covid. Me escribió por la mañana para avisarme que mi abuelo estaba inestable. Supe en el tono de su mensaje que sus palabras eran para que me preparara. Tres horas después, sonó mi teléfono celular. Mamá no estaba en la casa. Cuando llegó, la rodeamos entre papá, mi hermana y yo.

—Mamá, Luis me llamó…

Mamá sabía quién era Luis, mamá sabía qué significaba que Luis me llamara, mamá no me dejó terminar, mamá se desplomó y todos nos abrazamos mientras yo intentaba explicarle lo que había sucedido. Mamá llevaba tres semanas cuidando enfermos, rodeada de positivos y no había presentado ni un solo síntoma. Mi papá, mi hermana y yo seguíamos en aislamiento.

¿Pueden mis lágrimas contagiarte, mamá? ¿Puedo enfermarte con mi tristeza?

*

Mi abuela siempre me dice que mi abuelo es un buen hombre. Es bueno, dice mi abuela, porque le da de comer a los gatos de la cuadra. A mi abuela no le gustan los gatos, pero a mi abuelo sí que le gustaban. El michi, su michi —un gato naranja y gordo y vago—, ronroneaba al verlo. Dormía con él en el sillón mientras mi abuelo según veía la tele. El michi se iba por días, semanas o meses, y regresaba a buscar a mi abuelo. Él se ponía feliz de ver de nuevo a su michi. Le daba comida y agua, le hacía cariños sin importar cuánto tiempo hubiera pasado lejos de casa. Una vez regresó con otro gato y una gata embarazada que ahí tuvo a sus gatitos. Mi abuelo los alimentaba a todos. ¿Ves? Te digo que tu abuelo es un hombre bueno, yo ya los hubiera tirado por vagos, me decía mi abuela.

El michi entra a la casa y olfatea el sillón y se asoma a la recámara para buscar a mi abuelo, pero mi abuelo ya no está.

*

Esta pandemia me ha quitado experiencias, familiares, amigxs. Sin embargo, lo peor ha sido que esta pandemia le ha arrebatado la sonrisa a mi madre. Eso no sé cómo llevarlo, cómo vivirlo, cómo sufrirlo.

*

Le quedaban dieciséis años a mi abuelo para llegar a los cien. En esos dieciséis años tal vez me case, tal vez tenga hijxs, tal vez curse el doctorado, tal vez compre una casa, tal vez publique un libro, tal vez gane un premio, tal vez me saco un carro nuevo, tal vez consiga un mejor trabajo, tal vez adopte un perro, tal vez deje esta ciudad donde nací y crecí, donde mis abuelos se conocieron y se casaron, donde nacieron mis padres, donde estudié, donde tengo a mis amigos. Tal vez hago todo lo anterior. Espero hacer todo lo anterior. Lo que ya no podré hacer es llegar a casa de mis abuelos y decirle al viejón que lo hice.

A mi abuelo le habría encantado que lo hiciera.

Karla Michelle Canett (@ArreLaQueBarre).

Febrero de 2021.

2 comentarios en “Viejos los cerros

  1. Me encanto la comuna, tan personal pero a la vez me hace pensar en mi familia y en mi abuelo y en cómo vive esta pandemia sin entender lo qué pasa y porque seguimos encerrados. Me gusto mucho lo cercano que se lee este texto y las reflexiones que me deja. Gracias por haberlo escrito, por compartir este mensaje y dejarte sentir que no estamos solos en estas vivencias de pandemia.

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