Crónica de una marcha anunciada // Lucía Anaya

Escribir crónica es construir la memoria colectiva. El texto de Lucía Anaya da fe de lo ocurrido en Monterrey, Nuevo León (hace ya casi un año) cuando se convocó el primer paro nacional de mujeres y la marcha del 8M. Conservar registros como este nos permite dejar constancia de que aquí pasó algo, y volverá a pasar, mientras sea necesario.

J.G.


Crónica de una marcha anunciada

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Éramos una banda aparatosa: Banderas, pancartas, tambores, balaclavas y demás parafernalia en manos. Este día, era la primera vez de muchas del grupo. Conversábamos emocionadas mientras subíamos lentamente la escalera que nos conduciría del estacionamiento subterráneo a la calle. Cuando terminamos de atravesar el túnel, nos recibieron la luz gris/azulada del centro de la ciudad en los últimos días de invierno y ese olor dulzón a basura, elotes y motor de automóvil tan característico de esta zona. Era la misma Macro de siempre, las botargas de Beto y Pepa Pig bailando, vendedores soplando burbujas y haciendo rodar trompos brillantes en el piso, personas leyendo cartas y ofreciendo pulseras a los transeúntes, uno que otro niño llorando porque su madre se rehusó a comprarle un globo en forma de perro. Un rumor de tambores a lo lejos alteraba esta escena cotidiana, se podía sentir una tensión en el aire: algo grande estaba a punto de ocurrir.

Un señor se nos acercó para ofrecernos playeras y banderas moradas y verdes. K., que iba a la cabeza del grupo caminó hacia mí y me dijo:

“Acuérdese bien de todo para que lo pueda escribir después.”

Cruzamos la calle y nos incorporamos a la multitud. Entre la cual, identificamos a un grupo de morras vestidas iguales: camisa y pantalón negros, tenis converse y una especie de pasamontañas cubriendo cabellos y rostro. Caminaban apresuradamente y nosotras las seguimos, seguro se dirigían al mismo lugar. Al llegar a la fuente de Neptuno, el grupo de uniformadas se abrió. Una de ellas arrojó algo al agua, las otras se apresuraron a colocar cruces en el césped de alrededor.

La fuente pronto se tiñó de rojo. La gente alrededor observaba entre tensa y sorprendida.

Nosotras seguimos caminando hacia donde la multitud nos llamaba. Tomé a mi hermana de la mano, era su primera marcha, no quería que se me perdiera. Aunque ella es una adulta hecha y derecha, aún me cuesta desprenderme de mi rol de hermana mayor. Me sentía responsable de que tuviera una buena experiencia… La verdad es que mis esfuerzos por controlar la situación eran inútiles, ella se detenía y perdía de repente tomando fotos a cada escena curiosa que veía. Estaba emocionada.

Con dificultad nos fuimos acercando a la Explanada de los Héroes, el punto de reunión, donde nos encontraríamos con las demás. Llegar ahí fue el primer triunfo.

¡Jamás había visto a tantas mujeres juntas! Nunca había asistido a una marcha tan grande en Nuevo León.

Algo tienen las multitudes que me conmueven, sentí un nudo en la garganta y me dieron ganas de llorar. Me contuve, había preparado un pronunciamiento y no quería darlo con voz temblorosa.

Colocamos en el piso las banderas y varias pancartas con consignas y frases de algunos libros que estuvimos pintando las semanas anteriores. Las colocamos en el piso para que las morras que quisieran tomaran una.

Histérica Histórika    “Tu silencio no te protege” A.L.

“Me alegro de lo que soy, de cómo soy           A.C.A.B.
 más deseante que deseable.” V.D.

“Las calles son nuestras”

Llegó el momento de dar el pronunciamiento, un poco nerviosa tomé el altavoz… Jamás había hablado en una marcha. Me sorprendió que cuando comencé a hablar el perímetro que nos rodeaba guardó silencio. La semana anterior, K. me había citado en el Palax para hacer una lluvia de ideas sobre lo que podríamos incluir para lograr un pronunciamiento poderoso. La lluvia se transformó en huracán.

Así fue, que hablé acerca de mi experiencia conociendo a mujeres que me impulsan con lo que hacen, que cuando las veo pienso “Si ella puede, tal vez…yo también”. Conté algunas experiencias que me han formado acompañada de ellas. Hablé también sobre el miedo y cómo nunca se va; y cómo, aún así, hacer y usar la voz es lo mejor que podemos lograr. Cité a Audre Lorde y las preguntas que pienso todas deberíamos hacernos: “¿Qué palabras son ésas que todavía no posees? ¿Qué necesitas decir?¿A qué tiranías te sometes día tras día, tratando de hacerlas tuyas, hasta que por su culpa enfermas y mueres todavía en silencio?”

Tras el pronunciamiento, me abrazaron. Ahora sí me salieron un par de lagrimillas. Llegó el momento de marchar, J. me había traído una balaclava y un tambor, para que fuéramos iguales sosteniendo el pañuelote que ayudaría a delimitar y proteger al contingente de madres y bebés. Mi hermana se perdió entre la masa, al parecer se hizo de nuevas amigas pronto. Ya no había preocupación porque disfrutara su marcha, seguro lo estaba haciendo. Todas las demás, cada una en sus marcas, unas sosteniendo sus banderas y consignas, otras poniendo el cuerpo con su bici.

Tardamos muchísimo en salir, éramos DEMASIADAS y diversas. Me sorprendió ver de lejos rostros de amigas y conocidas, ex compañeras de la prepa, compañeras del trabajo. Un montón de mujeres, que estuvieron presentes en algún momento de mi vida, ahí reunidas. Pensé en Clarissa Pinkola cuando dijo: “quien aúlla, encuentra su manada”. No me queda duda de que hablar nos beneficia.


Lucía Anaya. Apasionada de la escritura, con especial interés en los temas de género, publicidad y medios audiovisuales. Muy curiosa, feminista, amante de los perros, las caminatas largas, los libros y el café. Estudió la licenciatura en Arte Digital, donde se dio cuenta de la brecha de género que existe en los productos culturales que se producen y consumen en el mundo. Posteriormente estudió una Maestría en humanidades donde dedicó su proyecto de investigación al tema de la representación de género en la cultura.

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