La tortillería de la mamá de Fernando // Arturo Mayorga

Soy norteña y amo cuando las historias que leo no están situadas en el centro de Ciudad de México. Este cuento de Arturo Mayorga es uno de esos: ubicado en Monclova, también al norte, pero al otro norte. Da igual, en los dos nortes hace un calor de la chingada y se come tortillas de harina. Además, su prosa es limpia y con un ritmo que envuelve y que te lleva a conocer a los personajes que resultan tan cercanos no importa desde qué latitud lo leas.

Mayorga nos transporta a una colonia en Monclova que podría ser una colonia en Campeche, Tabasco o Durango. A un escenario que bien pudo haber pasado en Chihuahua, Torreón o Baja California. Y nos presenta a Fernando, un niño que sobresale de entre los demás.

K.M.C.


La tortillería de la mamá de Fernando

Mónica se secó el sudor de las sienes con las mangas cortas de su blusa. No permitiría que una sola gota cayera en alguna de las bolitas de masa que debía aplanar con el rodillo para formar círculos perfectos. Formas y espesores óptimos. El calor de la estufa la asfixiaba. Una ráfaga de aire cálido entró por la puerta y estremeció la cortina de la ventana. Tras aquella cortina estaba el pasillo que conducía al patio trasero, habitado por una pareja de conejos. Antonio, el exnovio de su hermano Jorge, les había regalado el macho a sus hijos. La hembra la habían encontrado en la calle. Fernando, el menor, se encargaba de cuidarlos. Gabriel, en cambio, se limitaba a jugar con ellos de vez en cuando. Mónica se había percatado de que Fernando era especial. Sensible, por decirlo de alguna manera. Dramático, también.

Cómo olvidar lo sucedido hace un par de años, cuando Fernando huyó de casa. Sus dos hijos, para no ir a la escuela, se pusieron de acuerdo y dijeron que las clases se habían suspendido por una junta del consejo técnico. Mónica les permitió pasar la mañana viendo caricaturas, comiendo cereal con leche y hasta nieve y galletas. Pero, por la tarde, al ir a la tienda, se topó con Edith. Su hija la acompañaba y portaba el uniforme escolar. «¿No se enteraron de la suspensión de clases?», les dijo Mónica riéndose. Edith se mostró confundida. Había sido un día normal de escuela. Sus hijos le tomaron el pelo, no se salvaron de una paliza con una vara de madera. Gabriel tomó dócilmente el castigo, pero Fernando, con lágrimas en los ojos, salió corriendo de la casa. «¡Ven para acá!», le gritó Mónica. Pensó que volvería en breve, pero se preocupó cuando se dieron las nueve de la noche y el escuincle no daba señales de vida. Las vecinas la ayudaron a buscarlo en los rincones del Deportivo AHMSA, debajo de los autos estacionados en las calles de la colonia, en las tiendas de abarrotes en las que había maquinitas. «¡Fernando!», gritaban, pero de ningún lado salía. Casi a la medianoche, Mónica salió al patio trasero a fumarse un cigarrillo. Entonces notó que se movió la caja de cartón en la que venía la lavadora adquirida años atrás. Ahí estaba escondido Fernando. Se había trepado por el portón de la casa de la esquina y había saltado de techo en techo hasta llegar al suyo. Bajó al patio por la barda. Chamaco loco, se dijo Mónica. Su hijo poseía un carácter impulsivo.

Debía limpiar el patio. La maleza y el fierro de antiquísimas lavadoras, mecedoras y quién sabe qué más chatarra se habían acumulado en los últimos años. Cómo le hubiera gustado tener a alguien que la apoyara.

«¡Maldita pepenadora!», escuchó. El televisor sobre la mesa del rincón estaba encendido. A esa hora transmitían la repetición de una telenovela de Thalía. Mónica se la sabía de memoria. De no tener el servicio de cable cortado, hubiera estado viendo un canal de películas hollywoodenses. Le gustaban las comedias románticas. Mujer bonita era su preferida. Pero de cualquier modo se entretenía con el drama excesivo de Soraya Montenegro.

Miró el tanque de gas. ¿Quedaba suficiente para la semana? No se había cumplido el mes de que lo había rellenado. El viernes su establecimiento de tortillas de harina cumpliría tres años. Que todo lo tuviera bien medido y calculado era de esperarse.

Puso algunos círculos perfectos sobre el comal caliente. Esperó un momento. Los volteó. Comenzaron a inflarse. Las tortillas terminadas las iba colocando sobre una malla. Era de suma importancia que estuvieran a temperatura ambiente (de Monclova, en agosto, ¿acaso distaba en gran medida a la del comal?), antes de ser empacadas en grupos de veinte, treinta y cincuenta, en bolsas de plástico. Sus tortillas se habían vuelto famosas en el barrio y las colonias aledañas por la esponjosidad que mostraban incluso después de recalentarlas.

Y repetía las mismas operaciones. Sus pies quedaban exhaustos al final del día. Deseaba para sí algo menos tedioso, algo más redituable y satisfactorio. Eso de estar frente a la estufa durante la canícula monclovense no le daba un ápice de placer. Le gustaba la idea de ser la dueña de su negocio, mas la habría fascinado no tener que ser también la única trabajadora. Debía darle para más. Expandirse. Cruzar fronteras. En eso pensaba cuando la señora Jacinta entró en el local. Por lo regular, Mónica reparaba en su presencia desde que estacionaba el coche enfrente. A diario la veía llegar a la misma hora. Pero, en esta ocasión, estaba demasiado ensimismada como para notarla. «Vengo por mi paquete», dijo la señora Jacinta. «Aquí se lo tengo —replicó Mónica—. Calientito, como le gusta». Puso en sus manos el paquete de cincuenta tortillas. La señora Jacinta dejó dos billetes de veinte pesos en la cajita de madera en la que Mónica guardaba el dinero. El monto exacto. Después de darle las gracias, la señora Jacinta salió. Abordó el auto. Se marchó. ¿A dónde? La visión de Mónica estaba limitada por los muros sucios y cuarteados, alrededor de la puerta de la tortillería.

El local estaba adjunto a su casa. Ni para el trabajo abandonaba el hogar. Caviló en lo que una señora como Jacinta podía hacer. Seguramente pasaba las tardes con las amigas, bebiendo té o café, comiendo galletas, jugando a la lotería. Imaginó un grupo de señoras ávidas de cotilleo. La señora Jacinta no ha de tener idea de lo que es vivir al día. A Mónica la habría encantado experimentar la vida de señora encopetada. Viajar a tierras lejanas. A sus treinta y seis años no conocía ni la mitad de los municipios de Coahuila, el estado en el vivía desde su nacimiento.

Miró el reloj de pared. Era la hora de salida de las escuelas. Sus hijos llegarían en cualquier momento. Al cielo gracias, eran nada más dos: Fernando y Gabriel.

—¿Crees que Fernando vaya a ser gay? —le preguntó un día su hermano.

—Sé que ya es y siempre lo amaré como te amo a ti —le dijo ella.

Era apenas un niño, mas su homosexualidad era evidente. Algo en Fernando lo delataba. La actitud que mostraba al arrancar teresitas del jardín de la vecina, por ejemplo, brincaba y canturreaba, con las flores en sus manitas, como creyéndose Heidi en las montañas. Mónica se acordó de cuando los niños de la cuadra jugaban a que vivían en la vecindad del Chavo del Ocho, y escuchó a Fernando discutir con Valeria, la niña a la que siempre vestían de rosa, porque ambos querían ser doña Florinda. Tenía sentido que un niño como él cuidara a los conejos con tanta entrega. Siempre sospechó que el exnovio de Jorge era el amor platónico de su hijo. Y lo comprobaría en la pubertad, cuando Fernando supiera lo que es el enamoramiento. «Sí, mamá, ahora que lo pienso, creo que amaba a Antonio», lo imaginó decir. Cuánto les faltaba a sus hijos por sentir. Mónica estaba convencida de que con el paso de los años las emociones, además de diversificarse, se intensificaban.

Y era precisamente por sus hijos que había emprendido un establecimiento de tortillas. Los hijos cuestan. Felipe, su exmarido, no le brindaba apoyo económico. Por lo menos los atendía los fines de semana. A Mónica le gustaba no lidiar con los niños desde el viernes por la noche hasta la tarde del domingo. El divorcio la había favorecido. ¿Qué si no se hubiera separado de Felipe? De cualquier modo, trabajaría porque él no ganaba lo suficiente como obrero de AHMSA. Y encima tener que lavarle la ropa… Una gota de sudor le cayó en el ojo. Se limpió con la manga de su blusa.

Desearía poder darse el lujo de permanecer recostada un día completo, sin mover un dedo. Cesó su labor por unos segundos. Reanudó la operación de aplanar bolitas de masa con un rodillo.

Fernando y Gabriel cruzaron la puerta. Saludaron a Mónica. Ella pensó en la comida, el amor y demás atenciones que debía brindarles. Criaturas demandantes. Ella, que pasaba las horas de pie frente a una estufa durante las canículas monclovenses, ¿por qué debía asegurarse de cubrir cada una de sus necesidades? ¿No era suficiente ya lo que hacía por ellos? Evidentemente, no. Los quería, ¿cómo no? Eran ruidosos, sus travesuras le provocaban jaquecas (una vez, por accidente, ¡incendiaron la puerta frontal de una vecina!) … A veces la sacaban de sus casillas. Aun así, los adoraba.

—¡Mami, Gabriel está diciéndome cosas! —se quejó Fernando.

—¡Apacígüense, si no quieren que los agarre a cintarazos!

No respondieron ante tal amenaza.

La noche anterior, Mónica había cocinado lo que comerían esa tarde: picadillo y arroz con verduras. En cuanto terminara de hacer las tortillas que le faltaban, iría a la cocina para calentar la comida. Dejaría encargado el changarro a los niños; tenían edad suficiente para contar dinero. Fernando tenía ocho; Gabriel, once.

Llegó la señora Betty, la madre de Antonio, el exnovio de Jorge. La carita de Fernando se hubiera dicho la cara de la alegría.

Y es que Fernando pensó que tal vez Antonio venía como acompañante de la señora Betty. Antonio —quien para su mala suerte pasaba más tiempo con su tío Jorge que con él— les había regalado un conejo negro, al que bautizaron como Demonio. Estaba en el patio. Le habían conseguido una coneja blanca con manchas cafés: Brenny. Lo más seguro era que estuviesen ocultos entre la hierba que sin tregua brotaba de la tierra eternamente embebida (él y su hermano la regaban por las mañanas y por las noches). Su madre no había podado el césped en meses, mas no importaba porque Brenny y Demonio pronto poblarían el lugar con sus retoños, y serían muy felices devorando cuanto pasto quisieran. Quién hubiera imaginado que el patio, el sitio que una vez fue su escondite para llorar, se convertiría en el paraíso de los conejos. Todo esto quería contarle a Antonio. Se asomó por la puerta. El auto estaba vacío; la señora Betty había llegado sola.

—¿Cómo ha estado Antonio? —dijo Mónica.

—Ya se fue a Inglaterra para hacer un doctorado en la Universidad de Nottingham; algo relacionado con embriones, ni me preguntes qué.

—Suena como Notting Hill —dijo Mónica—, la película en la que sale Julia Roberts.

Fernando sintió un dolor en el alma. Antonio ni siquiera había ido para despedirse de él y su hermano. ¿Cuándo lo vería de nuevo? Se asomó una vez más por la puerta con la esperanza de que Antonio estuviera en el auto, acaso escuchando la radio, o leyendo un libro. Cómo le habría gustado que la señora Betty estuviera mintiendo. Pero Antonio no estaba. Fernando sintió como si se le agotara el aire al darse cuenta de que su único deseo no se cumpliría por más que se lo implorase a la vida. No quería que lo miraran. Hubiera preferido ocultarse, no en el patio porque era el primer sitio en el que su madre lo buscaría. Quería esconderse bajo la tierra, en una zanja, en un sitio donde nadie pudiera atestiguar el dolor de pecho que tanto le costaba disimular.

No tenía más remedio que esperar, como cuando aguardaba a que se llegaran las vacaciones para no soportar a los compañeros del salón que lo molestaban, ya por sus movimientos afeminados, ya por los pantalones que Mónica había parchado quién sabe cuántas veces. Esperar era tortuoso. «Vendrá en diciembre», dijo la señora Betty. Aun así, faltaban cinco meses. De lunes a viernes lo percibía como una eternidad. Le gustaban los fines de semana porque los pasaba en casa de su abuela paterna. Era una anciana que los dejaba hacer lo que les viniera en gana. Cavaban en el fango con las manos; corrían descalzos por la calle; con la manguera llenaban globos de agua, y se los arrojaban hasta empaparse. En casa, Mónica les daba coscorrones hasta porque un vaso de agua se caía de la mesa.

No era justo. ¿Por qué Antonio los había abandonado? Su tío Jorge se los había advertido. Fernando le preguntó cuándo los visitaría Antonio para jugar al Monopoly. «Antonio no volverá a poner un pie en esta casa jamás», dijo. Tonterías, pensó Fernando; a su tío le gustaba inventar cosas terribles para asustarlos a él y a su hermano, como cuando les dijo que él era Dios y debían acatar sus órdenes si no querían despertar su furia. Pero, al advertir que el auto de la señora Betty estaba vacío, supuso que, después de todo, su tío Jorge no había mentido del todo. Dios no era bondadoso. «Si le escribes una carta, yo misma se la podría hacer llegar hasta Inglaterra», dijo la señora Betty. Como si eso pudiera consolarlo. No esperaré meses para volverlo a ver, se dijo Fernando. Lo había decidido: escaparía de casa para ir en busca del abrazo de Antonio.

¿Cómo se llega de Monclova a la Universidad de Nottingham? De su mochila sacó una libreta y un bolígrafo. En el rincón se sentó y se puso a escribir:

Antonio:

Me acabo de enterar de que estás en Inglaterra. No nos debes nada, pero me duele que no te hubieras despedido de nosotros. Bueno, tu mamá dice que si te escribo una carta ella puede hacértela llegar hasta donde estés. Me ven escribiendo, pero ¿de veras creían que con esto iba a conformarme?

Iré a buscarte. Será difícil, pero no imposible. Debo llegar al aeropuerto de Monterrey. El verano del año pasado estuvimos ahí, ¿te acuerdas? Tú y mi tío nos llevaron a mí y a Gabriel a la Ciudad de México para conocer el Castillo de Chapultepec, los ajolotes de Xochimilco, el Ángel de la Independencia y un montón de museos de arte e historia. Recuerdo cómo las visitas a tales museos se me hicieron eternas.

Un momento… en el aeropuerto les pidieron identificaciones oficiales antes de abordar. Eso estropea mi plan. Veo difícil, además, que me permitan viajar sin un adulto. «Y si Adelita se fuera con otro, la seguiría por tierra y por mar», dice la canción que nos hicieron ensayar para el desfile de la Revolución mexicana. Ahora entiendo lo que significa esa frase. Pero yo no necesito moverme en un buque de guerra. Mi maestra dijo que en Veracruz está el puerto más grande del país. Me iré de contrabando en una embarcación.

Mi papá le regaló a Gabriel un celular por haber obtenido las mejores calificaciones de su salón. O sea, por ñoño. Podría tomar el celular para revisar la ruta y así no perderme en el camino. No te preocupes por los conejos. No quedan desamparados. El patio es su paraíso. Si vieras qué felices son. Poseen el espacio y la comida con la que cualquier conejo podría soñar.

Para cuando te vea habré pasado hambre y frío en las calles y habré también aprovechado mi talento de bailar las coreografías de los videos de Shakira (para recibir de la gente dinero y comida en los semáforos de diversas ciudades). Pero sé que todo habrá valido la pena. ¿Sabes? En casa no soy feliz. Todavía no se me quita la marca del pellizco que me dio mi mamá en el brazo. Nada más porque pedí galletas cuando visitamos a la tía Marisela. «¡Como si te tuviera hambreado, cabrón!», gritó cuando estuvimos de regreso en casa.

Ay, Antonio, me entusiasma la idea de buscarte. El solo imaginar tu cara cuando me veas llegar hace que sienta un cosquilleo en todo el cuerpo…

Fernando interrumpió la redacción de la carta al mirar que Mónica terminaba de empacar las últimas tortillas para la señora Betty. Por ella su madre se portaba como una señora decente. Los gritos iniciarían apenas la madre de Antonio cruzara la puerta. «¡Nos vemos pronto!», dijo la señora Betty, exhibiendo una sutil sonrisa. A Fernando le dolió ver cómo se alejaba, no solo porque se llevaba consigo la atmósfera apacible, sino también porque en ella percibía un vago fragmento de Antonio, el cual se volvía más pequeño conforme la señora Betty se alejaba.

—¿A qué hora empezarán a hacer la tarea? —dijo Mónica de pronto.

—No me encargaron nada —dijo Fernando. Mentía. La maestra siempre le enviaba reportes por incumplido, pero había aprendido a falsificar la firma de su padre.

El estómago de Fernando hizo ruidos. «Ruidos de hambre», dijo. Gabriel puso su celular en la mesa, junto al televisor. Cuando se descuidara su hermano, Fernando tomaría el celular y se marcharía. Después de la comida, por supuesto. Debía alimentarse bien porque no sabía cuándo sería la siguiente ocasión en que probaría bocado de lo que fuera.

Mónica les pidió a Fernando y Gabriel que se pusieran aguzados con las ventas (aunque la mayoría de la gente por lo regular iba a comprar tortillas después de las seis de la tarde). Salió del local.

—Debo ir al baño, pero nada más voy a hacer pipí, no me tardo —dijo Gabriel.

La oportunidad que esperaba, ya conseguiré después algo para comer.

Cogió el celular y un paquete de cincuenta tortillas antes de salir.

En el mapa gigantesco de su salón, Fernando había localizado el estado de Veracruz. Estaba en el sur, por lo que corrió sobre la Avenida Industrial hasta llegar al Boulevard Pape, y entonces giró a la derecha (dirección sur, la misma que lo llevaba a Monterrey). Debía alejarse antes de que comenzaran a buscarlo. Al sentirse suficientemente lejos de casa, con el aliento jadeante, se detuvo un momento. Al reanudar la marcha, ya sin prisa, la sensación de júbilo aumentaba tras cada paso. —¡Cabrón malagradecido! —oyó a Mónica gritar al bajarse del coche de Edith. En la mano su madre traía la carta escrita para Antonio—. ¡Ahora verás —agregó estrujándole el brazo—, te daré motivos para que de veras quieras largarte!


Arturo Mayorga (1987) es monclovense. Actualmente, hace un doctorado en ingeniería de alimentos en la universidad de McGill (Canadá). Ha trabajado en la industria de alimentos y tiene experiencia como investigador y docente en el Campus Monterrey del ITESM. Sin embargo, la literatura ha sido siempre su pasión. En el 2017, La Terquedad Ediciones publicó Madres sobre todo, su primer libro de cuentos. Le gusta escribir historias en las que explora las vidas de personas de la comunidad LGBT+. A la fecha, tiene pendientes por publicar dos novelas y una colección de cuentos.

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