Materializar las pérdidas

Porque te vas, porque te vas

Hace un año, hice un viaje con tres amigas al centro del país. Fueron diez días de andar de una ciudad a otra, de conocer gente nueva, de tomar cerveza oscura y no light como acostumbramos en el norte. Una de nuestras paradas fue en Puebla. Ahí dimos una charla en la Preparatoria Emiliano Zapata de la BUAP. Ale era una artista multidisciplinar; Caro hace música y toma fotos; Elma es gestora cultural y escribe narrativa; yo soy profe y también escribo. Hicimos chistes, platicamos de nuestra experiencia como artistas —no me acostumbro a llamarme así— en una ciudad industrial en el punto más al norte de América Latina. Al final de la charla, un grupo de estudiantes se acercó con nosotras. Eran amigos y estaban interesados en dedicarse al arte, pero no sabían cómo hacerlo o por dónde empezar. Por desgracia, nosotras tampoco sabíamos —sabemos, la verdad, seguimos sin entender nada—. Eso no era lo importante, escucharnos ser honestas respecto a ello había sido suficiente para esos adolescentes confundidos. En especial, escuchar a Ale. Ale era una persona no binaria y bisexual. Sus pronombres eran ella/elle. Pero, además, era talentosa y brillante. Nosotras tres (Elma, Caro y yo) no hubiéramos sido nada sin Ale en esa charla. Un grupo de amigas más con la única diferencia de hablar fuerte y golpeado, y llamarle cheve y no chela a la cerveza. Tal vez se hubieran reído, pero no se habrían acercado a agradecernos por la presentación. Sé que fue Ale —y sus palabras, y su trabajo, y su presencia— lo que movió a los chicos de sus asientos para caminar y decirnos esas palabras que —sin darse cuenta— hicieron que valieran la pena esos diez días fuera de Mexicali. El viaje pudo haber acabado ahí y no me habría importado en lo absoluto.

Hace un año, también, falleció Lulú, mi primera gatita. Regresé de ese viaje y, dos semanas después, nos despedimos de ella en una clínica veterinaria. Incineré su cuerpo y guardé sus cenizas en un frasco junto a una de sus fotografías. Puse ambas cosas en mi escritorio, así podría verla y traer a mi memoria su llegada y su partida cada que me sentara a trabajar. Escribí un texto sobre ella (publicado originalmente en El Periódico de las Señoras, pero que pueden leer aquí), sobre lo que significó Lulú en mi vida, sobre lo que atravesaba en ese momento. Recuerdo que Ale leyó el texto y publicó un par de palabras en sus redes sociales sobre este. Ale era dulce, divertida, gesticulaba e imitaba voces y nos hacía reír de una forma involuntaria. Era chistosísima, pero también sensible.

Hace tres meses, falleció Ale. Así como Lulú, estuve con Ale poco tiempo. Fuimos amigas un par de años nada más. Lulú estuvo conmigo menos de uno. Ale, después de leer mi texto sobre Lulú, dijo que, aunque no creía en las casualidades, en el todo pasa por algo, entendió la conexión que tuve con mi primera gatita y lo que representaba para mí. Nunca hizo menos lo que sentía. Creo que fue una de las cosas que aprendí de ella: no temerle a lo que siento. También me enseñó a comer mariscos. Se chupaba las dedos, no le importaba porque los camarones ameritan romper el manual de Carreño. Al menos pude llevarla a Las olas, un restaurante de mariscos estilo Sinaloa donde preparan unas tostadas de ceviche que te provocan la indigestión más sabrosa de tu vida. Perronas, les llaman, que quiere decir chingonas en español mexicano-norteño. Cada que coma una me acordaré de ella no solo por la cara que puso cuando la probó por primera vez, sino porque Ale era una perfecta tostada perrona de ceviche con mucho aguacate, camarones y salsas acompañada de una cerveza. 

Hace unos días, escuché un par de canciones que Ale ponía en las fiestas. Se me salieron las lágrimas. Lloré y grité el día que me enteré de su partida. No lo había hecho de nuevo desde entonces. Pero, de unos meses para acá, las muertes me duelen más, aunque no sé cómo materializar las pérdidas bajo esta nueva forma de vida. No puedo extrañarla en los bares que frecuentábamos ni en los restaurantes a los que íbamos. Solo puedo extrañarla aquí en mi casa, en la intimidad de la que no puedo huir. Así como a Lulú, quien dormía conmigo y se sentaba en mis piernas mientras escribía. De alguna manera, evado esos recuerdos para sobrellevar los duelos.

Hace unas horas, estuve en el aeropuerto de Ciudad de México. La última vez que atravesé la Terminal 1 fue hace un año, cuando regresábamos de aquel viaje. Quise acordarme de cómo había sido ese regreso. No lo logré. Tengo claro qué hicimos ese día temprano, dónde comimos, qué calles recorrimos en búsqueda de un souvenir; pero no recuerdo nada sobre el aeropuerto. Lo que sí sé es que en ese momento pensaba que repetiría esa experiencia con ellas. Las cuatro a la conquista del Bajío mexicano o algo así. Quería encontrar a Ale en esa sala de espera del aeropuerto, y no pude. Estúpida memoria. 

Puse el obituario de Ale arriba de la foto y las cenizas de Lulú. Aún no encuentro razones que me permitan explicar por qué ya no está con nosotras, pero me sobran motivos para entender por qué tenía que conocerla. Por qué tenía que compartir, de alguna forma, esos últimos años de su vida. Por qué ese grupo de estudiantes se acercó a agradecernos por haber dado esa charla.

Gracias, Ale. 

Karla Michelle Canett (@ArreLaQueBarre).

Febrero de 2021.

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