Martillos al doblar la esquina // Alison Calva

El caos del transporte público, la presión de un jefe que exige puntualidad como si fuéramos capaces de controlar el tiempo, aunado a los machos que rondan las calles, te tocan la cintura, las piernas, el cabello como si no tuviéramos voluntad. Alison Calva describe estas situaciones con un gran ritmo que permite sentir la premura del tiempo sobre nuestros hombros. Crea una tensión que rompe con más tensión. Llega al clímax darnos con un martillo en la sien.

K.M.C.


Martillos al doblar la esquina

Son las seis cuarenta y cinco am de un martes cualquiera. Estoy al final de la línea azul del metro de Ciudad de México. O el principio de la línea, como lo quieras ver. Estoy en la estación Taxqueña y llegué aquí en RTP, porque el tren ligero está en obra. También me dijeron que en el tren ligero asaltan, así que, si funcionara, probablemente no lo tomaría. Es muy temprano y mi cabello sigue mojado porque nunca puedo salir de casa sin bañarme. Traigo puesta una chamarra que me queda grande para esconder mi cuerpo. El cielo aún se ve azul, del tono frío del que se tiñe cuando comienza a asomarse el sol. Siento la familiar vibración del suelo bajo mis pies. Miro a la izquierda por pura costumbre de ver el tren vacío doblar la esquina y aproximarse al andén. No creo en dios, pero siempre rezo pidiendo que nadie se lance a las vías frente a mí. En una ciudad tan grande, tan caótica y tan monstruo, al menos una persona debe lanzarse a las vías al día. No tengo evidencias, pero desde hace tiempo se me infundió la fobia por ser testigo de un arranque así. Me da vértigo. En poco menos de un minuto, el primer vagón del metro abre sus puertas frente a mí. No somos pocas, pero tampoco muchas. Aunque estoy acostumbrada a estar siempre alerta, me siento más tranquila entre solo mujeres. Para llegar a mi destino, debo cruzar más de la mitad de la línea dos del metro, desde Taxqueña a metro normal. Voy sentada y miro el mapa delante de mí, en la parte de arriba. Cuento las estaciones. Llevo casi seis meses haciendo el mismo trayecto dos veces al día, cinco días a la semana. Recorro dieciocho estaciones del metro, pasando sobre Tlalpan y por debajo del Zócalo y de todo el centro. La mañana es mi parte favorita, paso doce minutos mirando por la ventana. Contemplo el cielo en sus gradientes azules, a veces rosas o lilas. El sol aparece tímido, hasta que lo pierdo al entrar al túnel. Ahora busco distraerme y escribo en mi libreta o mi teléfono. Es muy temprano. Estoy nerviosa porque no quiero llegar tarde. Intento no ser impuntual, pero cruzo más de media ciudad y el mundo conspira en mi contra. A veces se avería el autobús; otras, se detiene el metro sin razón aparente. Tengo que llegar a las ocho am. Son las siete con veintidós minutos. No puedo llegar tarde de nuevo o mi jefa se enfadará y esta vez en serio. No puedo evitar llegar tarde. No importa cuánto lo intente. Probé tres rutas diferentes hasta ahora y ésta es la más rápida. El vagón se atiborra. Tardamos menos de lo que pensaba en llegar a metro normal y casi me tropiezo al salir por la puerta. Camino hasta llegar a los torniquetes, doblo a la derecha para subir las escaleras a la avenida. Fuera del metro, veo al mismo borracho de los lunes y los martes acostado en el piso. Huele a pan de nata y me decido a comprar uno para desayunar en el trabajo. Pago diecisiete pesos. Tengo el cambio exacto. Le deseo un buen día al señor. Camino por Tláloc, es una caminata de veinticuatro minutos. Intento acelerar el paso, las ocho de la mañana me pisan los talones. Hace frío y me acomodo el cabello ya casi seco. Dudo lograrlo. El reloj me mira, dice que son las siete cuarenta y siete. Pienso en un atajo, en la esquina doblo a la derecha y veo martillos. Subo la vista para descubrir que los sostienen cuatro hombres corpulentos. El cuarto sostiene un serrucho. Un escalofrío recorre mis brazos, luego mi espalda. Me detengo en seco. Miro a los lados: no hay nadie más en la calle. Busco en mis bolsillos, siempre cargo mi gas pimienta. Repentino, el fugaz recuerdo de mi gas pimienta erguido sobre mi buró me golpea el estómago. Por las prisas, no lo metí en mi bolsillo antes de salir de casa. Adivinan por mi mirada de presa furtiva que planeo un escape y uno de ellos me cierra el paso por la espalda. Frente a mí, el más alto de los cinco me dice “qué ricas chichitas”. Súbito, el primer martilleo en mi sien izquierda. Sueño con conocer la hora de mi muerte.


Alison Calva (CDMX, 1995) estudió la Licenciatura en Lengua y Letras Modernas Inglesas en la UNAM. Publicó una edición bilingüe de su poema “Habibi” en la revista Fusado (2019). Vive de la traducción, aunque le apasiona la poesía, la microficción y el bordado.

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