HEILONGJIANG // Sergio Arroyo

Un panorama kafkiano donde el horror no produce ningún sentido. Perros que se multiplican como bacterias invaden este cuento de Sergio Arroyo. Partiendo de un conflicto al cual es imposible enfrentarse efectivamente, porque no tiene ningún sentido, la habilidad de Arroyo para vendernos la experiencia como verosímil, nos adentra en un mundo de pesadilla donde la lógica pasa a segundo plano y sólo nos queda la reacción visceral y el desasosiego.

E.L.A.


HEILONGJIANG

1

Los ladridos de Xuě y Benben nos despertaron. Aunque más que ladridos eran los alaridos que acostumbran emitir cuando un extraño se acercaba a la granja. Era domingo y mi madre y yo nos habíamos acostado temprano para comenzar la nueva semana de trabajo descansadas. Salimos de la casa con ropa de dormir y encontramos a los dos perros enfurecidos, chillando al vacío de la noche. Encendí una linterna y descubrimos la causa de todo: un pequeño invasor, la triste amenaza de un perro de pelaje pinto, tan flaco que apenas conseguía mantenerse en pie y, para colmo, aparentaba estar enfermo o peor que enfermo, desahuciado: parte de la cabeza y el lomo estaba cubierta de llagas viejas y recientes. Pero lo más fuerte de todo era el olor que emitía: nunca logré encontrar una buena forma de describirlo, era como el olor a carne enferma que despiden los mataderos en primavera.

El desgraciado visitante empezó a soltar un rechinido tan desgarrador que se asemejaba al llanto de un bebé y, por contraste, hacía ver como ladridos llenos de vida los de nuestros atemorizados perros. Aquello nos destrozó el corazón.

Lo primero que hicimos fue regañar a Xuě. El gran perro se retiró dejando el camino libre al intruso. Benben siguió los pasos de su líder y, de esta manera, permitimos la entrada a la criatura famélica. Mi madre separó un poco de la comida de nuestros perros, a sabiendas de que esto significaba que el visitante quizás ya no se marcharía. Pero no fue así: comió tres tazas rebosantes de croquetas, sin devorarlas, nunca se mostró inquieto al comer y, para mayor sorpresa de las dos, el animal se marchó al terminar. Ni siquiera volteó a ver si le pensábamos dar más alimento. Al revisar el plato, noté que dejó dos croquetas, como si pensara que no acabárselo todo era una señal de buenos modales.

2

El lunes, el perro vino en compañía de otro. Este era un poco más pequeño, igual de flaco, pero no parecía enfermo. Ni siquiera lo pensamos, fuimos por un par de platos viejos para dar de comer a los dos. Yo me les quedaba viendo maravillada, mientras comían. Conocía las penurias de los perros callejeros, pero nunca las había vivido tan cerca. Eran muy distintos de Xuě y Benben. Xuě era un tesoro para nosotras porque fue el perro de mi padre. Él lo crio, lo cuidó y lo llamó así porque su pelaje era blanco como la nieve. Benben tenía dos años. Lo encontramos cuando aun era un cachorro, estaba malherido en una callejuela del pueblo, lo recogimos, lo alimentamos y nuestro veterinario lo sanó. Ya no me imaginaba la vida sin Xuě ni Benben; en especial, no sin Benben, que era tan parecido a mí, porque era pequeño, como yo, y de la misma forma como yo obedecía las órdenes de mi madre, él obedecía a Xuě y lo seguía por todas partes. Los perros callejeros, en cambio, no parecían tener ningún matiz que los distinguiera de los demás.

Al final de la jornada, le deseé a mi madre las buenas noches y me acosté a dormir.

La impresión de que aquellos perros no eran realmente perros no me dejó dormir en paz, hasta que le puse voz a uno de ellos, al primero que llegó el día anterior: Los seres desgraciados solo queremos sobrevivir, mientras que los felices solo quieren morirse, ¿a qué más pueden aspirar ya los que lo tienen todo?, decía, y piensas bien, la fatalidad nos hace iguales a todos, no podemos andar por ahí tratando de ser distintos.

Bajé de mi cuarto para tomar un poco de agua. Recuerdo que saboreé aquella agua como si se tratara de una bebida preciosa.

4

—¿Es bueno alimentar a esos animales con la comida de Xuě y Benben? −le pregunté a mi madre esperando que me dijera que sí, que tanto valían los perros de la calle como los nuestros, que Benben había sido también un perro de la calle. Pero ella solo miró los dos costales de croquetas que generalmente alcanzaban para alimentar a nuestros perros por dos meses.

Ese martes, además de los dos perros que vinieron ayer a la granja, llegaron otros dos. Nuestros perros se enloquecieron al verlos, pero mi madre evitó que se abalanzaran a agredirlos. Xuě y Benben eran solo dos, pero eran perros de raza −sobre todo Xuě−, grandes y entrenados por la costumbre para expulsar de la propiedad a cualquier visitante desconocido, humano o animal; mientras que los cuatro intrusos parecían todos cortados con la misma tijera del hambre: raquíticos, vacilantes y torpes. No habría ninguna igualdad en la lucha.

—¿Por qué no iba a ser bueno? −al fin, respondió.

—Porque es la comida de nuestros perros. ¿Es justo dar así su comida?

Esta vez, no tuve ninguna duda de que solo me respondía las preguntas que la tranquilizaban o aquellas que no ponían en peligro nuestro pequeño mundo. A veces, me preguntaba si el hecho de estar yo a su lado no sería más que un estorbo para ella. Y claro que lo era. Yo me ponía en su lugar y me mortificaba pensar que me había convertido en alguien capaz de cuestionar las decisiones de su madre.

8

Tuve que ser grosera con Xuě y Benben. Mi madre los corrigió ayer, pero se volvieron a enfurecer en cuanto miraron a los perros llegar a la granja a buscar comida. Nosotras habíamos recibido bien a los visitantes por cuatro días seguidos. No entendía por qué se enojaban tanto con ellos.

A mí lo único que me llamaba la atención de aquellos perros era que siempre llegaran a la misma hora, como si su instinto les aconsejara venir al final de la tarde para obtener una mejor porción de alimento, justo cuando ya nosotras nos habíamos desentendido de alimentar a las vacas y demás labores de la granja.

Otra vez les ofrecimos el alimento de nuestros perros. Al verlos comer, tuve la sensación de que no disfrutaban de su alimento. Comían sin prisa, como si los huesos no se les quisieran salir de los costados. Eso sí, de los ocho perros que vinieron esa noche, al que menos parecían gustarle las croquetas era al primero.

—Creo que ya no les gustan −dijo mi madre−. ¿Y cómo echarles la culpa? Esas croquetas han de ser un alimento muy distinto del que acostumbran encontrar en las calles: cáscaras de verdura, grillos, ratas y madera podrida. Mañana, si es que regresan, les voy a preparar una gallina.

Mientras los callejeros seguían comiendo con remilgo, Benben y Xuě los vigilaban y, por más esfuerzos que hacían para contener su ira, de cuando en cuando se les escapaba un gruñido. Yo me les acerqué y los intenté tranquilizar con palmadas, pero ellos solo movían el rabo un par de veces y despacio.

16

Solo cuando vio a la gallina desplumada y despellejada, mi madre comprendió que aquella ave, por más grande y robusta que fuera, no bastaría para alimentar a los perros. Al ver la forma cómo le retorcía el pescuezo a un segundo animal, sentí que tampoco alcanzaría.

Los perros nos seguirían acompañando de noche. No podíamos acostumbrarlos a comer una dieta a base de aves que no lograríamos satisfacer por mucho tiempo. Las croquetas eran una cosa (las comprábamos en sacos al mismo vendedor de alimento para ganado), pero aquellas dos gallinas, las que yo ayudé a cocinar, eran nuestras mejores aves y su paso a la dieta de los perros era un considerable cambio de aguas.

Esa noche, llegaron dieciséis perros. Las dos gallinas no alcanzaron para calmarles el hambre de un día; mucho menos para saciarlos. Otra diferencia: a excepción del primer perro, que cada vez me costaba más reconocer entre la jauría, los visitantes se comieron con tal desesperación el alimento que les servimos, que las gallinas preparadas con tan buena fe solo ayudaron a avivarles el hambre.

—¿Qué hacemos? −dije.

—Voy a revolver el arroz con la sopa, y se los serviré.

—¿El arroz y la sopa?, pero eso íbamos a comer nosotras.

32

Al verla preparar los condimentos para las gallinas, le dije que talvez lo mejor era servir a los perros las aves crudas, no porque representara menos trabajo sino porque los perros francamente preferirían comer carne cruda: al fin y al cabo eran animales callejeros; pero ella me malinterpretó (algo cada vez más frecuente) y entendió que les diéramos las gallinas vivas. Entonces se enojó y se puso intratable, ni siquiera me dio la oportunidad de replicar. El resto del día no me dirigió la palabra, empezó a salir ella sola por las gallinas y a matarlas una por una, como si estuviera preparando el banquete para un funeral y lo debiera someter al juicio de unos parientes inconsolables.

Casi nunca usábamos el horno de leña, pero a partir del viernes no nos quedó más remedio que recurrir a él. Si queríamos servir las gallinas cocinadas a los perros, debíamos usar todo lo que tuviéramos a mano. Era muy pretenciosa la tarea de cocinar todas nuestras aves con la premura de los perros encima. Yo, que la falta de experiencia la compensaba con malicia, lo entendí así desde el miércoles; en cambio, mi madre solo cuando ya era demasiado tarde.

En cuanto las primeras cinco gallinas quedaron cocidas y condimentadas con el sazón destinado para las fiestas, las sacamos a la explanada y pronto nos rodeamos de perros. Nos ladraban con hambre y con miedo. El hecho de desconocer su capacidad para distinguir entre nosotras y la comida no me ayudó en nada.

—Lancemos la carne lo más lejos posible −grité. Y así lo hicimos. Ya sanado el malentendido de la mañana, mi madre me escuchó cada vez con más atención, como si yo tuviera la experiencia que me facultaba para tratar con masas de perros. Emprendimos el camino de regreso a la casa caminando deprisa. Yo iba a correr para alejarme lo antes posible de los animales, pero ella me sujetó del brazo.

—Es mejor no correr −susurró, como con temor de que los perros descubrieran sus planes. Los que no alcanzaron a comer nada nos siguieron y se apostaron en la puerta de la casa, donde comenzaron a ladrar, como si con ello las gallinas se cocinaran más aprisa y a su gusto.

—Haremos lo que tú dijiste, les tiraremos las gallinas vivas.

Las dos salimos de nuevo, esta vez con unos botes llenos de frijoles de soya y los fuimos arrojando a ambos lados del camino para tratar de despistar a los perros de lo que hacíamos. Al entrar al gallinero, la intención era sacar a las aves y lanzárselas a los perros, pero en cuanto abrimos el portón, los perros entraron en marabunta.

En cuanto acabaron, se perdieron de vista. Siempre sentí curiosidad por saber adónde irían luego de visitar la granja.

64

—Yo soy la Princesa Pingyang −dijo una compañera.

Ese día en la escuela jugamos a la guerra. El juego consistía en que cada uno decía el nombre de un guerrero distinto y más poderoso que el anterior. Yo estaba muy preocupada por lo que les daríamos de comer a esa noche, por lo que no me tomé el juego en serio. Me dejaron de última, o más bien, yo me esperé al último porque no tenía cabeza para nada. Al fin, llegó mi turno de participar y no se me ocurrió nada que decir. Me expulsaron del juego.

Al llegar a la casa, ayudé a mi madre a recolectar la soya de la parcela. Lo cosechamos todo. Ya no había gallinas con que alimentar a los perros, pero aún teníamos la soya. Quedaban muchos pendientes, entre ellos, alimentar a las ovejas; pero no podíamos dejar que nos pasara lo mismo del viernes, ya nada era tan importante como la comida de los perros.

Remojamos los frijoles de soya y los cocinamos en las grandes ollas arroceras de latón que desde hacía mucho tiempo no utilizábamos. Afortunadamente, a ella no se le ocurrió cocinar los frijoles con condimentos de ninguna clase, salvo por una taza de sal que agregamos a cada olla. Eran muchos frijoles, pero no demasiados, puesto que ya no teníamos idea de cuántos animales llegarían.

Conforme vaciábamos las ollas y preparábamos la siguiente tanda de cocimiento, nos dimos cuenta de que estábamos cerca de quedarnos sin comida.

—¿Por qué no compramos soya? −me atreví a preguntarle, a sabiendas de que comprar soya era lo último que ella consentiría.

—¿Nosotras comprar soya?

—Hay que pensar en lo que comerán los perros el domingo. No creo que podamos sostener este ritmo una semana más.

—¿Y si le preguntamos a tu papá? Hace tiempo que el chamán no viene al pueblo, pero puedo ir a preguntar por él.

—Pero ¿cuándo? Lo que urge es llamar al señor Ji y preguntarle si nos puede vender soya.

Mi madre cambió de expresión y hasta de postura. De un semblante tenso y alerta cambió a uno resignado. Había perdido la discusión.

—Claro que va a poder −dijo−. Nada más hay que tener cuidado al hablar con él. Conociéndolo, si se entera de que nos urge la soya, nos va a decir que no tiene o que se le dificulta transportarla hasta la granja, lo que fuera con tal de subir el precio.

—¿Crees que aún le guarde rencor a papá? Si quieres yo lo llamo.

—A ti no te va a escuchar.

Con excepción de la llamada al señor Ji, ese fue un día común y corriente. La cantidad de perros superó por mucho a la de ayer. Ya no los contaba. No se comieron los frijoles con el mismo entusiasmo que lo hicieron con las gallinas. No me sorprendió. Luego de empezar comiendo croquetas, pasar a gallinas y volver ahora a la harina de la soya ha de haber sido una pequeña tragedia que su mente no les permitía asimilar. Ellos pensarían algo más sencillo: Ya hemos comido carne…

Ese fue el último día que fui a la escuela.

128

El señor Ji se presentó a primera hora con un camión lleno de sacos de frijoles pelados. No lo esperábamos tan temprano y menos un domingo, por lo que nos tuvo que despertar con su escandalosa bocina. En cuanto mi madre vio la cantidad que nos trajo, le preguntó si podría traernos otro cargamento el lunes.

—No, señora −dijo−, esto es todo lo que tengo. Lo siento mucho.

—¿Talvez su hermano nos pueda vender?

—¿Para qué necesitan tanta soya?

—Es para alimentar al ganado.

—¿Ustedes alimentan al ganado con soya?

Mi madre no respondió nada y el semblante del señor Ji se endureció.

—Desgraciadamente, mi hermano ya vendió toda la soya de la temporada −luego de decir esto, se despidió y se retiró de la granja. Algo no debió gustarle de encontrar a dos mujeres urgidas de comprar frijoles para alimentar a su ganado. Ni siquiera nos permitió preguntarle por el chamán.

Ese día los perros volvieron a comer soya. Por un momento, pensamos que podríamos economizar la comida para dos días, ganar tiempo y pensar en algo para el martes, pero la cantidad de perros que llegó a la granja fue tanta que ni siquiera se saciaron con toda la comida que trajo el señor Ji.

Nos encerramos en el corral de las ovejas, que estaba resguardado con tubería metálica y sería el último en caer si las cosas llegaban a eso. Desde allí lo vimos todo, los animales abalanzándose sobre la comida hasta acabársela y dejando ver cómo a pesar de la languidez de sus cuerpos, aún eran capaces de dejarse arrastrar a peleas sangrientas que, en cierta forma, anunciaban lo que un día podría pasarnos a nosotras de no tomar las medidas necesarias. Fue la primera vez que los perros me hicieron sentir un temor físico, capaz a un tiempo de paralizarme y alterar mi respiración. El festín no duró mucho, pero sí lo suficiente. Como si pudieran olfatearnos y distinguirnos del olor que despedían las ovejas, los perros se acercaron al corral, se echaron y ya no se movieron de allí, sin duda esperando a que les arrojáramos comida.

—¿Qué hacemos?

Nada deseaba tanto como que ella dijera algo. Pero no habló y tomé ese silencio como su permiso para actuar según lo que a mí me pareciera mejor. Así es que tomé a dos ovejas jóvenes y las separé del grupo. Traté de degollar a la primera con lo que tenía a mano, unas tijeras de esquilar, pero por una combinación de nervios e inexperiencia, en vez de matarla con la limpieza que habría deseado, la hice sufrir. Lo que me pareció más cruel fue que la segunda oveja lo miraba todo impávida, como si aquella realidad no le incumbiera. Dejé de verla, atolondrada como estaba. No sabía o no recordaba que las ovejas sangraran tanto. Mi madre me arrebató las tijeras y con una habilidad asombrosa remató a la primera y sacrificó a la segunda. De reencarnar en animal de matadero, siempre querré ser la primera en morir.

Entre las dos desollamos a los animales, los descuartizamos y arrojamos a los perros las vísceras y los huesos, y solo al final toda la carne que les pudimos sacar. Si desde que empecé a mal matar a la oveja todo parecía un grave error, en ese momento me convencí de que lo era. En vez de aliviar a los perros del deseo de la carne, los mezquinos trozos desataron horribles batallas entre los animales. El hacerse con un pedazo de tripa podía costarle a un perro desde una dentellada en una pata hasta la pérdida de un ojo, por culpa de un rival de turno que solamente lo dejaría conquistar un poco de comida a un precio muy alto. La batalla empezó con los primeros trozos de carne, pero no podíamos parar. Habría sido una locura quedarnos con el balde de restos destripados. Acabamos lo que empezamos y lanzamos el balde ensangrentado, como tratando de decirles que ya no había más.

Los perros se retiraron de madrugada. Cuando nos pareció que ya no corríamos ningún peligro, salimos del corral. Al cerrar la puerta de la casa con candados, nos percatamos de que Xuě y Benben habían desaparecido. Ya no recordaba la última vez que los vi. Salimos a buscarlos con linternas. Hasta nos alejamos de la granja, empeñadas en dar con ellos en los alrededores.

256

Costaba reconocer a los perros desde el techo de la casa. La iluminación de la granja no era la mejor, pero los cuatro focos viejos bastaban para guiarnos de la entrada hasta la casa y de regreso, por lo que no hicimos nada para mejorarla. Nunca nos habían robado una sola gallina y nuestra manera de agradecerlo era no tomando ninguna precaución innecesaria. Solo sabíamos que lo que había enfrente eran perros porque ladraban y gruñían.

Me habría gustado ver aquel festín de sangre. No sabía por qué. Lo mismo me pasó una vez, cuando atropellaron a una niña a la salida de la escuela. Yo no le hice caso a la maestra de quedarme con el grupo y vi el cuerpo de la niña. Ya no tenía cara. Sentí que el corazón me iba a estallar y me paralicé. Pero esa noche era muy diferente. No podía pensar en bajarme del techo ni mucho menos en acercarme a los perros. Solo el Gran Señor y la Gran Señora de los Tres Zorros sabrían lo que me podía pasar si de repente los perros me tenían a su alcance. Si iba a ver algo, tenía que ser desde donde estaba; aunque no era nada fácil, por más que entornaba los ojos y forzaba la vista para tratar de ver mejor, no alcanzaba a distinguir casi nada.

Entonces se me ocurrió cerrar los ojos. Así, sentía que los gruñidos, las dentelladas y los empellones estaban suspendidos en el espacio, y las presas poseían una masa y un volumen que me entraba por los oídos. Podía ver a los perros, pobremente, pero los podía ver a mi manera; sin embargo, aquellos perros que se abalanzaban sobre la comida no parecían perros o, por lo menos, no los perros a los que estaba acostumbrada. Antes, cuando pensaba en un perro, en realidad en quienes pensaba era en Xuě y Benben. Estos otros, en cambio, daban la sensación de ser una masa de cientos de lombrices entrelazadas, tratando de encontrar un centro imposible, ya para dar con un alimento precioso o para reproducirse. Abrí los ojos. Envidié a mi madre, que en ese momento buscaba un lugar donde echarse a dormir.

Ese día liberamos a todas las ovejas del corral. No las cocinamos con especias, como a las gallinas, ni siquiera las matamos; solo las sacamos del corral y ellas solas se dirigieron al centro de la granja, el lugar donde vaciamos sus costales de alimento.

512

Mi madre y yo discutimos acerca de lo que haríamos con las vacas. Sentía que la alimentación de los perros le había producido un rencor por mí que ya no llegaría a sanar.

(Digo que discutíamos, pero aquello era muy diferente de una discusión. Yo hablaba, decía lo que a mi juicio debíamos hacer y ella no respondía nada. Me imaginaba que el ruido de la jauría demandando alimentos no le permitía escucharme; sin embargo, a veces yo me callaba solo para tratar de distinguir, cualquier cosa parecida a una palabra. A veces, entendía algo, pero se parecían tanto a las malas palabras que yo no tenía permiso de usar, que no sé cuánto realmente era lo que me decía y cuánto lo que deseaba oír).

—¡Son las vacas o nosotras! −mi madre corrió detrás de mí cuando le dije que les iba a entregar las vacas a los perros.

—Si son las vacas o nosotras, prefiero que seamos nosotras −ella lloraba y gritaba y yo tenía que tratar de adivinar lo que decía.

—¿Por qué dices eso?

—Ellas qué culpa tienen.

—Tampoco nosotras.

—Nosotras tenemos la culpa de todo.

—Nosotras no tenemos la culpa de nada.

—Si nosotras no tenemos la culpa, las vacas menos.

—¿Y qué sugieres?

—Llamar al señor Ji.

Preferí ignorarla. Era mejor pensar en cómo sería mi vida de ahora en adelante, formando parte del cuerpo del perro o de los perros que se encargaran de mí. La dejé hablando sola, en mi imaginación, en el cuarto del fondo, y fui hasta la entrada de los establos. Retiré las vigas que usábamos para cerrar el establo de noche y dejé la entrada libre para los perros; pero antes que una entrada, lo que dejé abierta fue una salida. Yo sola comencé a azuzar a las vacas para que dejaran el establo. Los mugidos y los ladridos que llegaban hasta dentro delataban la manera como los perros recibían a cada vaca. A pesar de esta terrible advertencia, las demás no dejaban de salir. Pensé en mi padre, en mi madre, en mí misma: por qué estos pobres animales no entendían de qué se trataba aquella liberación. Pero no me quejaba, me convenía que las vacas fueran tan nobles, tan idiotas. Mi madre no aprobó lo que hice, pero tampoco movió un dedo para detenerme. Cómo era posible que nuestra familia terminara de esa manera. La vieja rabia por ser hija única se me reavivó.

1024

Los ladridos no se acallaron hasta la madrugada. Mi madre y yo dormimos juntas por primera vez en mucho tiempo, talvez más de diez años. Cuando era pequeña y una tormenta me despertaba, salía del cuarto y me iba a dormir con mis padres. Me acurrucaba a sus pies, como una gata con temor de despertar a sus amos, y pronto me volvía a quedar dormida. Al amanecer, siempre despertaba en medio de los dos. Mi madre me decía que yo misma gateaba dormida encima de ellos, pero tiempo después mi padre me confesó que él era quien me acomodaba y me cobijaba. Anoche traté de hacer lo mismo, pero no por miedo de las tormentas, sino porque no quería perder de vista a mi madre. Sabía lo que nos esperaba y no iba a permitir que se interpusiera.

La mañana no dio ninguna señal de ser un día distinto y de cierta forma no lo era, con la sola excepción de los perros, que en buena parte seguía allí, a la espera de los alimentos del día.

Me paré temprano, con la esperanza de que el día me alcanzara para todo. Incluso en el trance en el que estábamos inmersas, tuve el cuidado de llevar a cabo todas las tareas de la casa: recoger la cocina, tender las camas, barrer… Antes del mediodía, ya había acabado.

Un día normal nos habría llevado a alimentar a los animales, y limpiar el establo y los corrales, pero estábamos solas; a menos que contaran, claro, los perros que solo sabían aumentar en número.

Mi madre no me dejaría en paz a menos que lo hiciera, por lo que llamé al señor Ji para rogarle algo de soya, pero esta vez el hombre me colgó en cuanto conoció quien era, sin tomarse la molestia de responderme. Yo no habría querido llamarlo, siempre fue el rival de mi padre y despreciarnos ahora le reportaría algún tipo de satisfacción.

—¿Qué haremos? −dijo−. Ya no tenemos nada.

—Nos queda la granja. Nos tenemos a nosotras mismas –le respondí yo sin entender bien a bien mis propias palabras, pero si había algo que sí comprendía, era que nada de aquello tenía sentido, y así las cosas, qué importancia podía tener lo que yo dijera. Más importante que el sentido de las palabras eran las palabras en sí, su sonido, la secuencia de trazos que se dibujaban al hablar, decorando el paisaje de una familiaridad que tanto bien podía hacerle a mi madre en aquel momento. Pero ¿qué granja era aquella sin animales que alimentar, sin soya, sin Xuě ni Benben, sin mi padre? No mucho. Pero no era el momento para dejar que mi madre se derrumbara por la angustia. Me escondí el cuchillo en la ropa.

Al caer la tarde, salimos las dos de la casa y nos encontramos con más perros de los que nunca habíamos visto. Había de todos los tamaños conocidos, desde diminutos y flacos, que no sabía si eran cachorros o animales malogrados, hasta grandes mastines que se mantenían en pie gracias a fuerzas desconocidas. Hasta ese día, lo volví a ver: era aquel perro pinto, el que llegó a la granja el primer día. A decir verdad, ni siquiera estaba segura de que fuera él, porque estaba tan flaco o enfermo como la primera vez.

Pero en cuanto empezó a dar de rechinidos, supe que no podía ser otro. Como si se tratara de una señal, los demás perros se nos arrojaron encima.

No le di tiempo a mi madre de reaccionar. Me deslicé a sus espaldas y la degollé. La sangre empezó a brotar de su cuello como de una vasija rota.


Sergio Arroyo (San José, 1976). Escritor y filólogo. Ha publicado los libros de cuentos Plancton, Vejaciones y País de lluvia. El cuento “Heilongjiang” forma parte del libro Pequeño jardín del Edén (Editorial Costa Rica).

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