La plaga y Glee

La plaga y Glee

Mi percepción del tiempo está difusa. Mis amigos me recuerdan cosas que pasaron hace un año y las recuerdo como si hubieran pasado hace un mes. Esta parece mi segunda o tercera columna, me doy cuenta de que llevo ya más de medio año posteando cringe por aquí. Esto lo digo porque estoy tratando de ubicar un hecho en el tiempo. Tuve la oportunidad de ver a John Cameron Mitchell en vivo, haciendo un popurrí de sus canciones de la inigualable opera-rock Hedwig and the Angry Inch. Fue una noche mágica, donde las líneas entre la diva Hedwig y el introvertido melifluo John se fueron haciendo difusas conforme la presentación avanzaba; sin embargo, fue una frase del actor y director lo que se quedó conmigo: Estamos condenados a siempre volver a lo que amábamos de adolescentes.

Pienso en esto porque Hedwig fue mi mayor válvula de escape mientras fui adolescente. Basta decir que no fui feliz de puberto, pero de repente una madrugada apareció en la tele una chica transgénero hablando de platón y cantando un rock pesado sobre su vaginoplastia fallida. Al principio me choqueó, pero luego todo se reveló tan claro: le cantaba a todx muchachitx inadaptado y sexualmente ambiguo con una comprensión que me era desconocida. Sí, yo iba a pasar la adolescencia solo en algún grado, pero nunca completamente, porque en algún lado, en otra ciudad de mierda como la mía, había otrx adolescente suicida que se encerraba en un clóset y soñaba con la huida.

Aún así, la noche que finalmente vi a John en persona, sus palabras me dieron a entender que, a pesar de dejar mi pueblito malvado, siempre habría de regresar a él de alguna manera u otra. Incluyendo las cosas que amaba mientras vivía ahí y que ahora me dan pena.

Sirva todo esto para justificar que voy a empezar a hablar del circo que es Glee.

Para quién no tuvo el infortunio de enfrentarse al fenómeno mundial que supuso un grupo de coro a capela de una preparatoria en medio Ohio, Glee fue una serie producida por Ryan Murphy donde un grupo de adolescentes misfits multiétnicos encuentran su lugar en el mundo bailando y cantando bajo la tutela de un profesor de español, que de algún modo obtuvo el puesto sin ser maestro ni saber el idioma. Con una selección de covers que iban desde grandes éxitos de Broadway a canciones hit del momento, muchas de las cuales ya había olvidado antes de volver a ver la serie, los miembros del club Glee se enfrentan a una serie de problemáticas como la homofobia, el embarazo adolescente y el bullying tanto escolar como profesional. Hay que mencionar que ninguno de estos temas fue tratado de una manera decente, la serie se convirtió en un festival de pena ajena en tiempo récord.

Usualmente el protagonismo caía en la Streissand wannabe Rachel Berry (Lea Michele) y el blandengue encanto de Finn Hudson (Cory Monteith) el quarterback de la escuela que no cantaba ni bailaba, y tenía un rango actoral muy limitado, pero con una sonrisa que ganó muchos corazones ahumándose en los fuegos de la pubertad. El mío no. Los tres años que mi papá me obligó a jugar futbol americano me mataron cualquier fantasía con hombres de jersey. Algo de mi atención puberta se la llevó Jenna Ushkowitz como la introvertida Tina y Cris Colfer como Kurt Hummel y su voz de castrato, particularmente durante una interpretación andrógina de Le Jazz Hot.

Ahora es el momento en el que confieso mis pecados, y les hago saber que yo fui fan de Glee, al grado de que pensaba en audicionar para entrar al show y me desvelaba pensando cómo mis problemas se desvanecerían una vez que empezara actuar y los chicos glee fueran mis amigos. Eventualmente dejé esta fantasía para dedicarme al sueño más serio de ser un psiquiatra, cosa que tampoco cumplí. Bendito Dios.  

En aquella época me pasé de largo momentos sublimes como escuchar a Will Schuester mentor del club decir, sin ninguna ironía, que pertenecer al coro equivalía a ser una minoría étnica, o cuando la psicóloga escolar con trastorno obsesivo compulsivo llama “puta” al mismo profesor, al ser infiel múltiples veces, detalle que se olvida más adelante con unas interpretaciones muy mediocres de las canciones del Show de terror de Rocky; sin embargo, rompí terminante con la serie en un episodio que juguetea con la posibilidad de un tiroteo escolar, días después de la masacre escolar de Sandy Hook. Incluso mi yo a finales de la adolescencia, siendo en sí un ser bastante desagradable, decidió que era el momento en el que nos habíamos brincado, bailado y quemado al tiburón. Así fue como metí a Glee en un baúl, junto con mis aspiraciones histriónicas y, sí, mi adolescencia, esperando no tener que volver ahí.

Ojalá fuera todo así de fácil. La vida y la terapia me enseñaron que eventualmente ese truño de etapa de vida que llamamos adolescencia regresa para embrujarnos de maneras muy extrañas. Las palabras de John Cameron Mitchell empiezan aquí a hacer sentir su peso, pero se necesitaría un hilo de muertes para comprender su magnitud.

El primer funeral fue el de Cory Monteith en 2013. La noticia me llenó de una desazón muy discreta, supe que había tenido problemas con las drogas y esta vez había sufrido una sobredosis. Recuerdo ver su twitter obsesivamente. Hay algo en las redes sociales de los muertos que me hace querer que las cosas hagan sentido. Como si en el mar de memes y fake news uno pudiera dejar un registro que le diera sentido a nuestras muertes para quien las viera en tercera persona. Pero había que asumir las cosas, no había sentido en esta muerte que no terminaba de entender por qué me dolía y los tweets de Sharknado de Monteith no contenían nada que me diera una respuesta a las preguntas que me ardían en el pecho. Nunca las supe formular, ahora quizá lo sé, pero no vienen mucho al caso.

Le hicieron un episodio homenaje en la serie, que por algún motivo todavía no era cancelada. No me atreví a verlo. Al principio me dije que era porque el programa era tan bodrio que no había manera de que manejaran el asunto con la gravedad que merecía. En realidad, era el terror lo que me detenía. Tenía mucho miedo de despedirme de un actor mediocre que actuó en un bodrio televisivo y con quien nunca entablé una relación genuina. Ese acto, por absurdo que le suene a quien lee mi experiencia desde fuera, implicaba decir que mi paso a la adultez había concluido y las cosas no eran ningún bildungsroman, había historias que se habían quedado a medias, relaciones que no llegaron a nada, sueños que se nos olvidaron y dudas que se quedarían en eso. No era un fin diegéticamente satisfactorio. Si lo llevara a un taller de narrativa me lo destrozarían con crayón rojo. Pero es el final que tuvo mi historia. Este merengue de vivencias inconexas sólo hiladas por el deseo ardiente de huir lejos sin siquiera saber a dónde. Sigo queriendo huir y sigo sin saber a dónde.

Pero como diría Sue Sylvester: “¿Crees que esto es difícil? Intenta vivir con hepatitis ¡eso es difícil!”

Siendo la rosa de pura perfección o la peca en la nariz de la complexión de la vida, seguí marchando con mi banda y me dediqué a otras cosas. Hedwig se mantuvo como uno de los pocos musicales cuyas canciones aún recuerdo. Mis habilidades histriónicas se oxidaron junto con mi deseo de poner el cuerpo en el escenario. Recuerdo entonces que intentaba leer el Ulysses de Joyce para una clase, cuando me enteré de que el actor Mark Salling, quien interpretaba al bully redimido Puck, había sido convicto por la posesión de una cantidad monstruosa de pornografía infantil. Cualquier cantidad de algo así es horrenda, pero la computadora del imbécil contenía varios miles de fotografías y videos. Cuando me enteré de que se había suicidado poco después de ser declarado culpable, no sentí más que asco. No le oculto a nadie que a mi pesar sigo siendo cristiano—después escribiré del desmadre que es mi vida religiosa—pero en esos momentos me costó creer en el perdón divino como algo bueno. La nausea que invadía a Leopold Bloom al entrar a la cafetería y ver a los comensales llenarse los rostros de carne y huesos me hacía mucho sentido. Los siguientes años enterré mi baúl en ese mareo y no lo toqué ni con un palo.

Bueno, al menos hasta que llegó la plaga del 2020 y mi salud mental se fue deteriorando por el ocio. Todo empezó con la muerte de Naya Rivera, la actriz detrás de la fuerza implacable que era Santana López, la porrista lesbiana y latina. El golpe no fue duro, pero me hizo pensar en el hecho de que nunca me atreví a ver el homenaje a Cory Monteith. Encerrado, desempleado y sin mucho que hacer—aparte del mantenimiento de este fino portal literario, el cuál estoy seguro usted lee con devoción—decidí revisitar la serie empezando con ese episodio aterrador “The quarterback”.

El episodio no se siente como ficción. Los diálogos se dicen de dientes para afuera. Son una cosa ajena al duelo de los actores y se ve en sus rostros. Es en las canciones que se ve el dolor genuino. La manera en la que Naya Rivera convierte la cursi canción “If I die young” en uno de los momentos más desgarradores que he visto en televisión se sintió como un gancho al hígado; así mismo, la normalmente insufrible Lea Michele—quien, según testigos, era una pesadilla en el set—ofrece una interpretación demoledora de “Make you feel my love” en la que ya no figura el personaje, sino el actor quien en aquel entonces era su prometido. La cámara se mueve por momentos hacia los rostros de los otros chicos, están hinchados. La última escena deja solo al profesor Schuester, estallando en llanto. El episodio acaba. Tampoco hay nada aquí que le dé sentido a lo que acaba de pasar. No sabemos cómo murió Finn, el personaje, y parece a ratos que el resto del universo Glee tampoco lo entiende del todo.

Creo que este episodio, que está en medio de la temporada más horrenda del programa, es quizá una de las piezas televisivas más impactantes de la televisión occidental. Es insatisfactorio, sombrío, y duda de sí mismo porque es el esfuerzo colectivo de gente ahogándose en llanto. Es en este momento que una fibra mía fue estrujada y empecé a llorar. Mi paso a la adultez, con sus muertes y su patetismo si tenía un lugar en el imaginario adolescente que me nutrió. Aquí todos habían salido mochos, vacíos y sin respuestas. Quizá era esto, a lo más que podía aspirar al revisitar mis gustos adolescentes.

Pero me abstendré de la payasada de agradecerle cualquier cosa a Ryan Murphy.

-Esteban López Arciga, Enero de 2021

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