De juerga en pandemia // Arely Valdés

Antes de la covid, solía ir una o dos veces por semana a algún bar. De acuerdo al grupo de amigos, era el tipo de bar: patios de cheve artesanal, cantinas, bares, antros, la sala de mi casa y unas caguamas, etc. Eso, para muchos de nosotros, quedó atrás; algunos, por su parte, han sucumbido a las nuevas medidas sanitarias para aventurarse a la fiesta con todo y cubrebocas. La nueva normalidad viene acompañada de mucho alcohol, aunque no necesariamente este sea para tomar.

En este texto, Arely Valdés nos transporta a una experiencia que hace un año no hubiéramos imaginado.

K.M.C.


De juerga en pandemia

Tiré de la manija para abrir la puerta del auto de Marco M., alías Bombón, quien acababa de frenar delante de mí. Al sentarme, rodaron hasta mis pies botellas vacías de cerveza, delatando así la ventaja etílica que me llevaban Bombón y Chuy, aka, Bellota. Antes de apartar de mi rostro el cubre boca y reclamar al respecto, con efusividad, Bombón comunicó que le había hecho un tallón al carro. Debajo del tono festivo adiviné un dejo de dolor.  Su auto, azul oscuro, es nuevo. Las labores docentes de Bombón van rindiendo frutos: paga renta por un pisito que no comparte con nadie, va y viene de Aguascalientes, dio un jugoso enganche por el coche que pagará mensualmente durante un par de años. De nuestro círculo amistoso es la única persona con solvencia económica tal. La Odisea de arribar a esa Ítaca profesional vale más viniendo de su boca que de mi pluma: un desfile de empleos en comunidades e incluso una temporada que recuerda con resquemor entre migrantes árabes en Canadá.

A.C. (antes del Covid) Marco y yo solíamos ir por un par de caguamas cada fin de semana. Aún no era posible hablar de un d.C y, sin embargo, una vez relajadas las restricciones de cuarentena, que buscaban salvaguardar la veleidosa economía, nos aventuramos fuera.

Ya ni la chingas, agregó Bellota risueño. Admití no haber notado el raspón. Enseguida dimos un repaso del plan para el día: comer tostadas con Perlita y después a ver qué sale.

El changarro de Perlita se inauguró oficialmente pocos días antes de que se declarara cuarentena y clausura de bares y restaurantes en el país, sólo para cerrar y reabrir de nuevo con las disposiciones oficiales de sanidad. “Coma aquí o moriremos de hambre” fue el eslogan con el que promocionaron el patio empedrado donde llegamos a comer. Yo tostadas remojadas en salsa, pues Perlita y las chicas con quienes inició el negocio venden como especialidad de la casa pulpo y aguachile y llevo dieta de brontosaurio.  

Emprender cualquier proyecto es siempre un salto de fe. Los estudios de mercado no cesan de pertenecer al inestable terreno de la probabilidad. Agregar covid a la ecuación del emprendimiento puede lucir soñador o insensato desde el balcón del privilegio. Perlita y las demás surgen detrás de la barra como forajidas que forman parte de la resistencia de negocios locales que no cejan frente al aparente fin del mundo. La necesidad se sobrepone a la incertidumbre estadística.  ¿Qué tan alto es el porcentaje de que cualquiera de los comensales en ese patio estuviera contagiado?

Como sea, comimos, bebimos, bromeamos al ritmo de Bomba Stereo para después partir. Montamos el Bombón-móvil y, después de comprar más cerveza quién sabe dónde, permanecimos dentro, aparcados en la oscuridad de la llovizna que caía.  

Mañana trabajo, arrancó Bellota. La noche de sábado podía darse por bien concluida ante el comentario. No hay sitio para la protesta cuando la resaca de domingo se cura en abastos, entre familiares, desde las seis de la mañana. En la oscuridad, en cambio, hay sitio de sobra para las confesiones. Nos pusimos algo emocionales, filósofos y luego ocurrentes, rayando en lo temerario: hay que ir por Burbuja, sugirieron. Alejandro, la Burbuja, estaba de cita con quién sabe quién. Si te vas a morir por obra de un virus-corta-respiraciones, más valdría estar enamorado. Sabrías que no te funcionan los pulmones gracias al corona, pero podrías fingir que es por amor: un crush arrebatador, un amor de esos turbulentos que te duelen en el cuerpo, de aquellos que enaltecieron los románticos. Ay, que no respiro, me falta el aire, ay, que me muero, cof, cof.

Y envalentonados por el subidón de cerveza calienta hocicos, vitoreamos mientras Bombón enfiló el auto hacia el centro de la ciudad. Intenté ignorar el hecho de que ahí yo era la única con licencia para conducir y que, aun si tuviera dominio del estándar, no me pondría frente al volante tras haber accedido a ese espacio relativo que me concede mi teporochidad. Contra todo pronóstico, atracamos cerquísima del bar donde estaba Burbuja. Sobre el umbral de la entrada noté de inmediato que éramos los únicos con el tapa-boca. Eché un vistazo a la calle a modo de pellizco sólo para ver transitar en filita india a unos turistas. Pasas suficiente tiempo en un mismo sitio y aprendes a identificar al extranjero. Vestidos como si a Indiana Jones le gustara bañarse, fotografiaban la fachada de Santo Domingo. Tal vez para la gente en la cúspide de la cadena social, Zacatecas es un pueblito mágico al que abrazan y protegen los cerros de la tragedia. No tendría cara para reprocharles, ejem. Además, al interior del bar, los zacatecanos eran seres mágicos salvaguardados por el tum taca tum del reguetón que brotaba desde la penumbra.

A la media luz del bar, la distancia social era parte de una teogonía que perdió validez hace tiempo. A excepción de la mesa que ocupamos en un rincón, todas tenían ya dueños provisionales y nadie salvo en bartender refugiaba medio rostro tras un arrugado trozo de tela.

Una y nos vamos, anunció Bombón adivinando mis crecientes dudas. Total, que Burbuja no ocupaba realmente compañía. Además, en el sitio, la sopa de armadillo que desató la pandemia fue durante unos instantes como un mero rescoldo de un anime que vi hace mucho. Dedos negros, dolor de pecho, temperatura, funerales anónimos, fosas comunes: una ficción. El bar estaba fuera del tiempo, ahí la muerte no existía.

Y nos cumplimos, a pesar del tentador ambiente soporífero. Una Corona para retar al virus. Pisa y corre. Remontamos el auto y el orden de los eventos perdió precisión. La ingravidez atemporal del bar se quedó conmigo. Lo mismo daba. La inconexión ya había atravesado mi primavera y mi verano, desdibujando límites.

Bombón estacionó el auto en un sitio extravagante y nos desternillamos de risa. Luego alguien me apuntó a la cabeza con un termómetro. Alguien me puso una cerveza entre las manos. Parecía que hubiéramos llegado temprano a una fiesta que igual ya había concluido porque se recogieron varios cadáveres. Había cintas amarillas gritando DANGER, gritando aquí no, gritando apártate. Antes imposible conseguir mesa, imposible no embarrarte de otros cuerpos. Antes. Luego alguien se presentó con nosotros: hola, soy Ángel. Y Ángel mostró fotografías del maquillaje que había hecho. Harto talentoso, el Ángel. Y Ángel: me invitaron a dar un show por tanto, entre el vestuario y lo otro saco tanto. Llegó la cuenta y fue tanto. Mientras le vi extender un billete, intuí que trabajaba y ganaba, pero no en donde quisiera. A saber qué harán ahora quienes dependen de la vida nocturna.

Luego descendí del auto de Bombón. Alguien que no era Bombón iba al volante. Trastabillando crucé la arboleda hacia mi casa. Percibí el frescor de latas llenas a través de la tela de mi bolso. ¿Y yo? Ni Mojojojo, Arenita ni Él: la voz narradora, una sin-rostro. El mundo no es como lo pintaban en las noticias. Al menos no lo fue esa noche. Pegué mi frente a un tronco. La teatralidad del desastre se había ocultado para recibirnos y engañarnos, tal vez. Giré la perilla de la puerta principal de mi casa con el miedo engrapado al estómago. Restregué las suelas contra el tapete de la entrada, me empapé de Lysol, lavé mis manos, me embarré hasta los codos de gel desinfectante y todo a pesar del espesor etílico que llevaba ventaja sobre mi consciencia, a la que conseguí asirme hasta que rodé desnuda por mi cama, segura de sí estar enferma, pero no de coronavirus.


Arely Valdés (Zacatecas, Zac., 1993). Es Licenciada en Letras por la Universidad Autónoma de Zacatecas “Francisco García Salinas”. Fue Beneficiaria PECDAZ de la emisión 2015-2016 en el área de narrativa. Es autora de la colección de cuentos Playlist para Extravío (IZC 2018), su primer libro. Formó parte del primer diplomado virtual de creación literaria organizado por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura y la Coordinación Nacional de Literatura.

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