La magia de los extraños // Jonathan Espíritu

El encuentro con el otro, un momento en el que ego por un tiempo breve no puede concebirse sin la presencia ajena, se ha usado harto para explicar el fenómeno amoroso, sin embargo, al leer este cuento de Jonathan Espíritu, pienso en esos términos para describir los breves momentos que tenemos con desconocidos en la calle y el trabajo. Dos extraños se encuentran, son atrapados y durante este encierro del cual no tenemos detalles (porque no es lo que interesa) el uno no puede definirse sin el otro. En tiempos de aislamiento como estos, vale la pena pensar siempre en la conexión.

-E.L.A.


La magia de los extraños

Otro lunes y Jorge no deja de pensar en que ojalá algo pasara, ojalá se acabara el mundo aunque sea por un rato; lo que sea para que este día deje de existir, de repetirse. Llega temprano al trabajo y saluda a la recepcionista. Ella le devuelve el saludo sin ganas, todo mundo en la oficina odia a Jorge. Es el tipo que siempre quiere todo demasiado perfecto, como si le pagaran tan bien para matarse tanto. Los proyectos siempre se retrasaban por él, por detalles que la gente de arriba no pedía ni notaba. A Jorge no le importa lo que todos piensen, por más que odiara su trabajo, a él le gusta hacer las cosas bien. Le estresa mucho verse forzado a convivir con gente así, le gustaba pensar que con verlos todos los días bastaría para desarrollar cierta afinidad pero se equivocó. Ellos lo siguen odiando, a él sigue sin importarle y las cosas no cambiarán.

Entra al baño para matar el tiempo, aún le sobran diez minutos para que la jornada empezara. Hay alguien más, sentado en la taza.  Siempre envidió a la gente que puede cagar en un lugar que no sea su casa. El planea cuidadosamente su rutina para poder llegar a su casa corriendo y sentarse en la taza. Tanta es su aberración a los inodoros públicos que cuando consiguió este trabajo, también se mudó a un departamento cercano, por si había alguna emergencia. Tal vez sus compañeros tengan razón: es una persona insufrible que ni siquiera puede ir al baño fuera de su casa, un estirado y sangrón que todo quiere controlar. Oye el ruido de la palanca y el agua, del inodoro sale un tipo con traje impecablemente planchado, cabello enmarañado y sonrisa complaciente.

—Buenos días —le dice confiado— ¿listo para la semana?

—Buenos días. Sí, a darle que apenas empieza.

Jorge no lo reconoce, tal vez trabaje en otro piso o venga a resolver un asunto. El hombre le sonríe, se lava las manos más rápido de lo que a Jorge le hubiera gustado y se dispone a salir. Pone la mano en la perilla cuando oyen un ruido fuerte, como si se hubiera caído un estante gigante lleno de libros o como si un auto impactara en una pared. Los dos se miran asustados, el que tenía la mano en puerta, trata de abrir pero no puede.

            —¡Puta madre! No abre esta pendejada, no quiere abrir. ¡Heeey! ¡Ayuda!

Pero nadie les contesta, oyen otro estruendo; el de mucha gente que corre y casi grita, gente asustada porque pasó algo terrible e inesperado. Escuchan pasos que corren sobre el pasillo pero a pesar de que gritan con todas sus fuerzas, nadie se para a intentar abrir la puerta del baño. En menos de un minuto, todo había quedado en silencio; todo mundo había salido del edificio.

            —Carajo, esta cosa no quiere abrir. —se voltea a ver a Jorge— ¿ahora qué hacemos?

Jorge lo ve con detenimiento; es un hombre joven, prácticamente un muchacho, toda la confianza se esfumó y parece que lo ve en busca de guía, con miedo, miedo real; de ese que uno tiene cuando se sabe que la cosa no va a terminar bien.

            —Tranquilo, no creo que haya sido algo tan grave. Tal vez sea un simulacro o algo parecido. —Por un segundo le ronda la cabeza que todo esto sea una broma de los demás, no sería la primera que le hacen pero sí la primera a esa escala— Lo primero que debemos hacer es respirar y dejar de movernos.

            —¿Dejar de movernos? —lo ve con desconfianza y seguro piensa que se volvió loco— ¿Por qué?

            —Los extractores. No sabemos cuánto tiempo estaremos aquí, las ventanas están selladas y los extractores de aire se ocupan de los olores. —trata de parecer tranquilo y sonar informado aunque no está cien por ciento seguro de lo que está diciendo— Sirven con sensor, así que si nos dejamos de mover se detendrán, pero también se apagarán las luces.

            —¿Y no hay un interruptor? —Jorge nota que suena afligido— Preferiría no quedarme a oscuras.

            —Es la única opción para no quedarnos sin aire. No sabemos cuánto tiempo vamos a estar aquí. —saca su celular pero ve que no tiene señal— Tal vez fue un temblor, algo así se sintió. Tranquilo, acá estoy, ¿cómo te llamas?

            —Alberto.

            —Muy bien Alberto, cuéntame ¿de qué departamento eres? Nunca te había visto por aquí.

—De ninguno, venía a una entrevista.

            —Con razón. Mira, no sabemos en qué tiempo va a acabar esto pero de nada nos sirve desesperarnos —la respiración de Alberto suena entrecortada y rápida, Jorge sabe que él es quien debe estar tranquilo o no iban a durar nada ahí dentro— respira conmigo.

Jorge no sabe de donde sacaba tanta entereza, está más que muerto de miedo. ¿Qué había pasado? ¿Por qué la puerta no abría y por qué todos salieron así? ¿Por qué todo estaba ahora tan callado? Dejó de pensar en eso; si caía en ese abismo de dudas ninguno de los dos iba a salir de ese baño. Se sienta en el piso y Alberto hace lo mismo, después de medio minuto, las aspas de los extractores se detienen y enseguida se apagan las luces. Jorge siente cómo el cuerpo de Alberto se tensa así que le sigue hablando.

            —Muy bien, así vamos bien. Respira y suspira, siente cómo se llenan tus pulmones. Eso, ahí vamos.

Siente la mano de Alberto en su rodilla, buscando la suya. La aprieta fuerte y da un suspiro largo.

            —Muy bien, siente mi mano y respira conmigo. Tenemos que dejar de jalar tanto aire, ya nos calmamos ¿no?

            —Sí… sí, tienes razón —le contestó Alberto, apenado— ya me estoy sintiendo mejor.

—Ok, no, no te preocupes. Podemos seguir tomados de la mano.

—Gracias, muchas gracias… Ni siquiera he preguntado tu nombre,

—Jorge, trabajo aquí.

—Gracias, Jorge. Sé que parece ridículo que un hombre adulto aún le tema a la oscuridad.

—No te preocupe, lo comprendo. Está muy raro todo, ojalá acabe pronto.

—Sí, ojalá… Oye, ¿te puedo pedir otro favor?

—Claro —le responde Jorge y nota cómo su voz tiembla— ¿qué paso?

—¿Podrías platicarme sobre ti?

La mano de Alberto está sudorosa. Jorge sonríe, la aprieta con más fuerza y empieza a hablar.


Jonathan Espíritu (Puebla, 1993) estudió la licenciatura en Lingüística y Literatura Hispánica en la BUAP. Ha publicado en medios electrónicos como Punto en línea UNAM, La Rabia del Axolotl, digopalabra.txt, Bitácora de vuelos, etc. En medios impresos como Rojo Siena, Guía Oca, Verbena, etc. Obtuvo el premio Filosofía y Letras de la BUAP y una mención en el concurso 47 de la revista Punto de Partida, ambos en la categoría de cuento. Fue becario Interfaz-ISSSTE en 2018 y PECDA en 2019.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s