Alberto salió ayer y no llegó todavía // Liz Haedo

Estudié en la Facultad de Pedagogía de la universidad estatal, soy docente de nivel medio superior, cuando era estudiante de licenciatura ocurrió el caso Ayotnizapa. Leer el cuento de Liz Haedo es recordar todo esto.

No tengo palabras.

Fue el Estado.

K.M.C.


Alberto salió ayer y no llegó todavía


A la memoria de Juan Alberto Barreto Villalba [1]

Juan evoca dos rostros que persisten en su memoria. Uno de expresión surcada de primerizas arrugas. Y el otro de gesto detenido en una imagen en blanco y negro. Piensa que su tía ya lo sabía. Yo quiero creer que dentro de ella solo había una esperanza oceánica que no pensaba nada. Pudieron haber pasado tantas cosas. Pero ninguna como la que ocurrió. Puedo hasta pensar varios posibles Alberto. Pero ninguno el que Juan recuerda y su tía conoce muy bien.

Alberto salió ayer y no llegó todavía. Las lágrimas sumergían esa piel labrada bajo el implacable Sol de las entrañas del campo paraguayo. Juan se acuerda que su mamá abrazó a su tía como nunca antes. Me pregunté si en ese momento ya había ocurrido todo. Juan insiste en que su tía ya lo sabía y que, por eso, llegó a su casa como lo hizo: un manojo de angustia de pasos arrastrados.

El vapor verdoso que desprende la yerba mate parece empujar a Juan entre los recuerdos escurridizos. Contornea los ojos para evocar con más facilidad. Piensa en su tía que sigue viviendo en Paraguay. Él hace tiempo que migró a Buenos Aires. La distancia parece aliarse con el tiempo para llenar de olvido o confusiones, quiérase o no, el entramado vital de los días. Pienso en Juan mientras lo escribo. En la ciudad de tantos y tantas migrantes llueve desde hace tantos días.

Alberto, de veintiún años, estudiante de formación docente salió ayer y no llegó todavía. Los policías miraron con una risita apenas disimulada a la tía de Juan. Estaban seguros de que Alberto andaba de putas nomás por ahí. ¿El brasilero ya volvió? Tampoco. ¡Mmm! Los policías primero se codearon entre ellos, y mucho después recién tomaron la denuncia. Ese día también llovía. El cielo quizás ya lo sabía. ¿O fue la tormenta? Lo cierto es que si no hubiera llovido como llovió, Alberto se hubiese tomado el colectivo que siempre pasaba por medio de esa nada verde. Pero ese día llovió tanto que Alberto no se hubiera ido.

Alberto y su madrina esperaban el colectivo desde hace horas. Casi empapados. Ama vai, che memby. La lluvia no concedió ni un solo instante para ver el cielo negro. Maína, mañana rindo. Su madrina tenía sobre el regazo la vianda de siempre. La mochila, envuelta en una bolsa de plástico, descansaba sobre el de Alberto. Los mocasines estaban rojos de barro. La estación de servicios estaba casi vacía. El campo inmenso escondido debajo de los trazos gruesos de agua, que caían sin respiro. Alberto era igualito a su mamá, que en paz descanse. La tía de Juan suspiró.

La manta espesa de lluvia fue iluminada por dos faroles, que se apagaron bajo el agujereado techo. No era el colectivo esperado, sino el camión del brasilero. La tía de Juan lo conocía. Alberto solo había oído que él vivía campo abajo. La carrocería del camión estaba repleta de rollos de árboles. Atados unos a otros. Agarrados unos a otros. Mojados hasta las raíces ausentes.

Un relámpago quebró de luz el horizonte emborronado. El azar acomodó sus piezas invisibles. El brasilero bajó con un cigarrillo apretado entre los labios secos. Tenía frío. Alberto lo miró. El chico de la estación salió para atenderlo. Los dos se saludaron como amigos. El paraguayo comenzó a cargar el tanque. Llovía también hacia Brasil.

Juan se acuerda de que el brasilero cultivaba soja. Y que su familia tampoco sabía dónde él estaba, ni qué pasó con él. Y también recuerda que sus tierras siempre estaban atestadas de muñones de árboles. Y que antes su campo fue un bosque inmenso. A la policía ese detalle, el último, no le importó nada. Sí solo la parte que el brasilero y su camión tampoco volvieron del domingo. El cielo abierto del martes había borrado los vestigios de aquella tormenta de la que nadie se acuerda cómo terminó.

La tía de Juan y la policía siguieron buscando. Más ella. La directora del instituto decretó que se suspendieran las clases. Alberto era el abanderado de su promoción. Sus compañeros también salieron a buscarlo. Alberto era muy querido. Juan comienza a hablarme de un compañero. No recuerda su nombre. Solo que fue arrancado de un sueño profundo, y lanzado a la madrugada más larga de su vida. Sueño o realidad. No sé nada. Sólo imagino que fue uno del que no había que preocuparse que se diluyese de la mente al despertar. Los perros habrán aullado muy cerca de ese corazón que latía cada vez más acelerado. El miedo le habrá aquietado los ojos bajo los tensos párpados. Juan y yo pensamos en el amanecer de esa noche eterna, donde la única esperanza habrá sido que lo onírico sólo se tejiera en el universo de los sueños. Y nada más.

Alberto miraba la lluvia como queriendo encantarla en luces, ruido y después en un colectivo que lo llevaría hasta la ciudad, donde alquilaba una piecita en una residencia para estudiantes, desde hace tres años. Apretó la bolsa con la mochila adentro. Su madrina lo miró callada. Alberto vio cómo el brasilero charlaba algo con el paraguayo. El humo se deshizo rápidamente bajo las filtraciones constantes. Su madrina se levantó. Alberto la miró extrañado. Ella se acercó al brasilero y le habló por primera vez desde que son vecinos. Después su madrina miró a Alberto. Ella asintió. Él sonrió aliviado. Pero ella ni fue tentada a hacerlo. Alberto se levantó y caminó hacia ellos. Extendió tímidamente la mano derecha al brasilero. Se saludaron como desconocidos. Alberto tomó de las manos de su madrina la comida. Seguía lloviendo sin pausa. Alberto pensó algo y su madrina le mostró una bolsa de hule arrugada, que sacó del bolsillo del vestido. Él sonrió y la abrazó tanto, pero tanto que el brasilero tuvo que bocinarle desde adentro del camión. A lo poco, Alberto y el brasilero, desaparecieron bajo la tormenta interminable. La madrina santiguó con los dedos el aire acuoso.

El otro rostro que Juan recuerda es el que apareció en un diario. No voy ni quiero llenar el hueco que en él perdura. Sólo pienso en los tantos otros rostros que, cuando niña, ese mismo periódico arrojó ante mis ojos. Innecesariamente. Y de una manera que el horror adquiriese cuerpo, o lo perdiera. Me acuerdo cómo no quería ni tocar esas páginas en blanco y negro, así como cuando visité un cementerio por primera vez: hice todo para que las tumbas no me rocen mientras me movía entre ellas. Al salir me sacudí hasta las suelas de los zapatos.

Acá en Buenos Aires dejó de llover. Juan empieza a acordarse cuando encontraron a Alberto y al brasilero. Un 16 de septiembre. Casi primavera, pensé. La policía no encontró nada hasta que llegó el compañero con su sueño, o pesadilla. Preguntó si no fue una premonición, pero cuando lo soñó ya había ocurrido. ¿Por qué Alberto no eligió a su madrina u otra persona? Juan no sabe contestar. No es necesario que lo haga. Pensé en su tía. Sus hijos de sangre no dejaron que vaya. Su corazón no estaba para llegar al lugar sin antes quedarse por el camino.

El camión estaba a pocos kilómetros de ahí con la carrocería casi despojada. Solo con alguna que otra corteza todavía húmeda, escondida debajo de la soga que fue cortada con algo parecido a un cortaplumas. La vianda al lado de la mochila envuelta aún en bolsa sobre el asiento del copiloto. Ambas casi intactas. Solo la comida ya despedía un olor fétido que invadió la atmósfera del camión.

El polvo seco se había vuelto piel otra vez. Alberto y el brasilero aparecieron donde él le dijo a su compañero. Alberto y el brasilero estaban en el monte hondo donde a nadie se le hubiese imaginado buscar. Bocas para bajo. Uno muy cerca del otro. Silenciosos. Con las caras hundidas en la tierra roja. Ausentes. Con un tiro en la nuca cada uno. Juan insistió que su primo aún tenía la cadena de oro en el cuello y el dinero en el bolsillo.

Pasaron más de veinte años. El instituto de formación docente, donde iba Alberto, lleva su nombre desde entonces. Se hizo justicia dice que dijeron en Curuguaty y pensamos, Juan y yo, en su tía. Sabemos con certeza que no, aunque hayan sido apresados los asesinos, y aunque también ya estén bajo tierra. Sabemos que su tía sigue esperando, cada vez más vieja, que su ahijado llegue de ese domingo. Y que cada tormenta no solo le trae dolores de huesos.


[1] Juan Alberto Barreto Villalba, estudiante de formación docente, fue secuestrado y asesinado en septiembre del año 1999 en Curuguaty (Canindeyú). Este relato es un (intento de) acercamiento ficcional al hecho, con muchos elementos tomados del testimonio de su primo Juan Bautista Barreto González.     

Liz Haedo (Asunción, Paraguay, 1986). Estudia guion de cine y vive en la ciudad de Buenos Aires. En el 2018 publica Pieles de papel, su primera antología de cuentos, mediante el Fondo Editorial de la Sociedad de Escritores del Paraguay (SEP). Y en el 2019, su plaquette paréntesis abiertos, a través de Aike Biene ediciones. También ha publicado algunos cuentos sueltos en antologías colectivas.

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