La carne de las frutas // Juan Manuel Gudiño

Hace poco descubrí los pérsimos: mi mamá llegó con unos a la casa. Me explicó que solo se dan por una temporada muy corta, que es difícil conseguirlos. Fue una casualidad que los haya encontrado. Yo nunca los había probado. Me dio un pedacito y me advirtió que son agarrasos, que se sienten como el membrillo o algunas peras. Mi hermanita dijo que se sentía como darle una mordida a un puño de tierra. A mí me pareció que tenían buen sabor, aunque la sensación que dejaban en la lengua y los labios sí era extraña. Mi mamá les llama así: pérsimo, con la sílaba tónica en pér, es una palabra esdrújula. En internet la encontró como una palabra aguda: persimón. No tengo idea de a qué se deba esta variante como tampoco tengo idea de por qué coincidió que, en la misma semana que conocí y probé el pérsimo, me tocó leer e ilustrar este bello cuento de Juan Manuel Gudiño, artista mexicalense radicado en Los Ángeles.

Las descripciones e imágenes que nos provoca Gudiño en este cuento son excepcionales y combina tres de las cosas que más quiero en la vida: las flores, el azúcar y las abuelas. Apela a todos nuestros sentidos y nos envuelve en aromas y sensaciones que nos recuerdan a nuestro primer beso de amor. Un texto dulce y melancólico que con ternura nos traslada a la adolescencia.

K.M.C.


La carne de las frutas

Lo último que recuerdo de ese día fue cerrar los ojos y pensar en lo bien que me la pasé, tirada en la cama con el pelo un poco enredado y cubierta solo con una ligera sábana. La sensación de mi piel desnuda envuelta en esas frescas telas de algodón me excitaba al rozar mis pezones. Mis extremidades extendidas a lo largo de esa planicie me convertía en una especie de araña esperando tranquila e inmóvil su próxima cena, cada ligero movimiento despertaba una cadena de vibraciones a lo largo de mi espina dorsal que me preparaban para ese sutil ataque.

El aroma a sudor de un día de aventuras y excesos flotaba en el aire como uno de esos inciensos que purifican el ambiente y despiertan algo espiritual en nosotros. Un extraño amargor ocasionado por esas pastillas trituradas permanecía en mi paladar como los residuos que deja una calcomanía en un mueble viejo. Me dolía un poco el estómago después del té de hongos que tomamos por la mañana, Eunice lo consiguió con una de sus amigas de su círculo de techno dykes. Me hubiera gustado que Eunice estuviera acostada junto a mí contándome secretos en el oído y agarrando muy fuerte mi mano.

Poco a poco fui quedándome dormida pero la cabeza no dejaba de darme vueltas y no podía detener esa sensación de náuseas en el estómago. Comencé a escanear mi cuerpo para mantener un poco el control y no vomitar en mis sábanas limpias, es una técnica que aprendí asistiendo a las sesiones de meditación gratuitas de la librería. Primero los pies, los tobillos, las rodillas… Seguí así hasta conseguí quedar profundamente dormida en ese estado de alteración de conciencia.

Mientras flotaba en las frías aguas de la alberca de la abuela, tomé un sorbo y sentí como la sal de nuestro sistema de limpieza de agua salada me escaldaba la garganta, escupí el resto y nadé hacía la orilla de concreto de ese hueco de forma elíptica, un blue oval 67 era el modelo de ese frío tanque de agua. Le pedí a Eunice que me pasara el churro, ella se levantó de la silla reclinable y lentamente se acercó a mí. Ese nuevo bañador de colores terracota se le veía muy bien. Quién iba a pensar que ese color tierra rojizo en su pálida piel me iba a impactar tanto. No podía dejar de verla.

Le dio un hit más al churro y me lo pasó manchado un poco de saliva y de un ligero tinte. Siempre me ha gustado mucho la mariguana, me hace sentir un cierto control sobre la manera en que he decido vivir esta realidad. Mientras el fuego consume lentamente esa lechuga mágica, Eunice se percata de que no he dejado de verla, lo cual me da un poco de vergüenza por la posibilidad de que tenga la cara distorsionada debido a la gran cantidad de THC. Me imagino con la cara de una de esas máscaras japonesas que representan a los demonios que viven en la naturaleza en busca de doncellas que sucumban a sus intenciones de posesión.

Esa mañana, Eunice y Marla me acompañaban a desayunar y pasar un rato en la alberca para calmar el calor que ya comenzaba a sentirse en nuestra piel. Ese día recogimos pérsimos maduros de los árboles frutales junto a la alberca. A la abuela le gustaban mucho los pérsimos y había plantado varios tipos a lo largo de su propiedad. Había también una variedad de cítricos que en el verano producían una gran cantidad de flores de azahar que atraían a las abejas, podíamos verlas deambular ebrias de néctar en los pasillos del jardín.

En la mesa con esa gran sombrilla amarilla había otro tipo de aperitivos como quesos franceses, galletas de mantequilla, duraznos secos, almendras confitadas y una gran jarra de té de hongos hecho de una mezcla de pasiflora y menta que encontramos entre los arbustos. El olor pestilente de los pérsimos reclamaba toda la atención de mis sentidos. Los hongos comenzaban a hacer efecto y sentía cómo lentamente el aire se volvía más espeso y cómo nos reíamos a carcajadas en cámara lenta. Los olores comenzaron a tomar forma dentro de mí como si fueran memorias que había perdido en alguna excursión de la escuela, y los sabores disparaban unos tonos metálicos al contacto con mi saliva.

La piel de Eunice parecía radiar cubierta en esas gotas de agua salada, la adornaban de perlas que dejaban ver la delicadeza de su piel pálida. Podía saborear el dulce sabor a leche perfumada con manzanilla que emitía su sudor.

Esa tarde confesé a mis amigas que me excitaban mucho los olores cuando estaba en hongos pero que aún era virgen. Les describí especialmente cómo me hacían sentir los pérsimos maduros cuando los partía y comía a pedazos. Cómo su jugosa carne se desparramaba en mi boca dejando correr el néctar por mis labios, mi mentón, mi cuello, hasta cubrir mis senos de ese jugo pegajoso que tanto les gusta a las moscas. Ellas reían a carcajadas mientras yo agarraba otro pérsimo y jugaba con el como un órgano sexual introduciéndole un par de dedos a esa suave pulpa, simulando que mi cuerpo se estremecía de placer como si fuera experta en seducir frutas exóticas.

Eunice, muerta de risa, me arrebató el pérsimo de las manos y me lamió un dedo. Como las moscas dijo Eunice: siempre buscando algo pegajoso y dulce.

Eunice me dio un gran abrazo y me dijo al oído que, si me apetecía, podía experimentar con ella. Sonrojada, le arrebaté el pérsimo de la mano sin saber cómo reaccionar.

Yo sabía que Eunice estaba bromeando conmigo, pero la ilusión de perder mi virginidad con ella me ponía muy nerviosa.

Más tarde, Eunice me invitó a la exposición que su papá inauguraba ese mismo día en una galería de Culver City. El señor es un pintor reconocido en la ciudad de Los Ángeles, pertenece a uno de los movimientos post-minimalistas de los años 70´s. Debido a todos los estimulantes que habíamos consumido esa mañana tuve que declinar su invitación y tristemente despedirme de ellas.

Cuando se fueron, me preparé un baño aromático en la vieja tina junto al cuarto de visitas. Perfumé el agua con romero y geranio que crecían muy cerca de la ventana de mi habitación. Le agregué sales para relajar mi musculatura y fui introduciendo mi cuerpo poco a poco en ese caliente caldo. El vapor aromático comenzó a tomar la forma de un gran paisaje cubierto de neblina espesa. A lo lejos en el horizonte se podía ver un pequeño barco navegando en dirección a mi vientre. Preocupada de que esa nave de origen desconocido fuera una flotilla de piratas cerré las piernas para evitar que entrara en las paredes cavernosas de la isla en que me había convertido. Solo Eunice tenía permiso de pasar a esa obscura cueva de placer. Me sentía muy relajada en esas aguas, mi piel hidratada y mis poros abiertos por el vapor comenzaban a expulsar todas las toxinas que recolectadas del aire de esta ciudad contaminada.

Procedí con la rutina de belleza que Marla me enseñó y, una vez cubierta de aceites color oro, me acosté en el edredón viejo de la abuela que me recuerda a esas rocas que veía en las caminatas en las playas de Santa Bárbara. Ese verano me había dejado crecer el pelo y me recordaba mucho a mi madre cuando estaba joven. Tomé el peine de plástico rosa y comencé a acariciar mi larga cabellera negra.

Cada que pasaba el peine sentía como si las manos de Eunice masajearan mi cuero cabelludo, sus dedos creaban surcos que se extendían hasta las puntas de esa masa negra que sutilmente cubría mi cuerpo desnudo. Los pezones expuestos al aire poseían una cierta rigidez, una invitación a su boca. Frutas maduras entregándose al placer de ser consumidas. Cada mordida producía un flujo de néctar pegajoso que se escurría entre sus dedos. El aroma de mi sexo adornaba la recámara de una manera que hacía que las mismas flores me tuvieran envidia. Mi respiración exaltada se escuchaba sutilmente en los pasillos de esa vieja casa y, con un ligero roce entre mis dos largas piernas, llegué al orgasmo en los brazos de Eunice.

Cerré los ojos por un momento para disfrutar la fantasía de estar a su lado y cuando los abrí me encontré de nuevo en el jardín rodeada de flores en primavera.

Geranios, gardenias, azaleas, tulipanes, girasoles, orquídeas, margaritas, narcisos y muchas flores más adornaban los jardines de la abuela. El jardinero lo mantenía en muy buen estado después de que ella nos dejara para convertirse en polvo. Las bugambilias creaban arcos por los cuales me veía caminando de tu mano. Los rosales cubiertos de hormigas se expandían a lo largo de la propiedad. Rosas de una gama de colores que no podría llegar a describir, pero mi favorita era una rosa que simulaba los colores de un tigre. Las mariposas se entretenía comiendo de las enredaderas de campanillas y sus alas color amarillo resaltaban en el intenso morado de esas flores de mañana.

Los narcisos eran la flor favorita de la abuela. Se plantaban en las orillas del jardín para darte una bienvenida en tonos de atardecer. Las abejas eran felices recolectando polen de esas grandes bocas expuestas al sol y la brisa matinal creaba pequeños lagos de néctar para los colibríes. La abuela era carácter taciturno, preocupada más por su jardín que por su familia. Era el escape de su cansado cuerpo. Pasaba las horas en él limpiándolo de hojas secas y recolectando flores para adornar su recámara.

La extraño mucho.

El día que la sepultamos conseguí un gran cargamento de narcisos amarillos con el cual adorné su lápida y su recámara. Espero que la abuela pueda olerlos desde el más allá.

            —¡Abuela! Pásame las tijeras para cortar estas rosas.

            —Tómalas con mucho cuidado, están muy filosas, Ernesto las acaba de pulir.

            —¿Cómo se llama este tipo de rosa?

            —No recuerdo su nombre, esos arbustos los plantamos hace años de un rosal de tu tía Elva, ¿en dónde quieres ponerlas?

            —No son para mí, se las quiero regalar a mi amiga Eunice.

            —¿Y cuál es la ocasión?

            —Ninguna en particular, solo es un detalle.

            —¿Un detalle?

            —Sí, abuela, un detalle nada más.

            —A tu edad es normal no entender las emociones que te presenta la vida.

            —Eunice es mi mejor amiga y le quiero dar un ramo de rosas para decirle cuánto la aprecio.

            —Qué buena amiga eres, estoy segura que le vas a alegrar el día con tan hermosas flores.

            —Gracias, abuela… dime, ¿cómo te encuentras ahora que has muerto?

            —Ya no me duelen las piernas y puedo pasarme horas sentada en los rosales sin derramar una gota de sangre.

            —Me has hecho mucha falta desde tu partida.

            —Yo sé, hija, pero la vida es así y tarde o temprano nos encontraremos sentadas en este rosal confesándonos secretos.

            —¿Sabes mi secreto?

            —Eunice.

            —¡Abuela! No te puedo ocultar nada.

            —Eres más transparente de lo que imaginas.

            —Creo que estoy enamorada, no puedo dejar de pensar en lo hermosa que es.

            —Deja que las emociones tomen el control y confiésale tu amor.

            —¿Y si me rechaza?

            —Es el riesgo que corremos por vivir en la verdad.

            —Abuela, no sé qué voy hacer sin ti.

            —Vas a convertirte en una gran mujer y vas a cuidar de este jardín que he dejado en tus manos.

            —Te quiero…

Una lágrima recorría mis mejillas cuando sonó el teléfono. Era Eunice, me hablaba para contarme que había ido a la exposición de su papá y que le daba mucha risa su trabajo. Me describió una de las pinturas de extraña simplicidad y nos reímos a carcajadas con su crítica de arte.

            —Te digo que mi papá no entiende que ya está perdido en el tiempo. A quién le interesa un cuadro con un círculo rojo dentro de él. No me queda claro quién compra su trabajo. Es un absurdo.

            —Por qué te burlas tanto de él, con lo mucho que te quiere.

            —Lo único que le interesa son sus círculos sociales, sin ellos no sería nada.

            —Por lo menos su carrera te aseguró un lugar en la universidad de artes a la que querías asistir.

            —El nepotismo es un lujo que pocos se pueden dar.

            —¿Qué tal el vino?

            —El vino es lo más interesante de esa escena.

            —Te escucho un poco ebria.

            —Un poco nada más, pero me alegra mucho oír tu voz.

            —A mí también, Eunice, cuando se fueron esta mañana me quede pensando en ti.

            —Yo también, disfruté mucho lamerte el dedo cubierto de néctar.

            —Qué intensa eres, Eunice.

            —Si pudiera, te lamería el cuerpo entero.

Colgué y mordí es ese otro tipo de pérsimo que cruje como si fuera manzana. Caminé poco a poco hacia el horizonte de tonos rosas y violeta y me di cuenta de que terminé dentro de él. Sabía que estaba soñando y me encontré junto a Eunice, sonriendo en su bañador nuevo.

 —¿Que me querías lamer el cuerpo entero? —le pregunté a Eunice.

Ella se sonrojó y lentamente se acercó a mí para arrebatarme un beso. Sentí mil flores abriéndose al amanecer y mil abejas volando lentamente en una danza de embriaguez y felicidad. Todavía puedo saborear el sabor del néctar de los pérsimos en su boca. La felicidad producida por sus besos me deslumbró y poco a poco me dejé consumir en la intensidad de los colores de ese atardecer.

Abrí los ojos y vi un rayo de luz entrar por la ventana, aún me dolía el estómago. Esos hongos debieron estar más fuertes de lo que parecía. Pero la luz que tocaba mi cara me dio un extraño sentimiento de seguridad para confesarle mi amor a Eunice.


Juan Manuel Gudiño es un artista plástico y dibujante técnico que reside en la ciudad de Los Angeles California. Estudió diseño industrial en la UABC y ha colaborado con varios artistas en el estado de California en el cual reside desde hace 10 años. 

Un comentario en “La carne de las frutas // Juan Manuel Gudiño

  1. Esta interesante la sensorialidad del texto, me fascina; sin embargo no me gusta la irrealidad del modernismo extraño que presenta el cuento. Es extraño por su exoticidad poco extranjera, hay imágenes modernas que no parecen pertenecer a otro país. tampoco doy mucha veracidad a la actitud de los personajes. Pero es súper hermosa la corriente de sensaciones que transmiten y narran, llegando a seducir.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s