La furia y la ternura

No me arrepiento de nada —o de cuando sientes hambre en el corazón—

“Este cuerpo es mi última esperanza y aún no decido si prenderle fuego o no”.
Ale Librada Torres

Ese día no di mi última clase. Mientras pasaba lista, una alumna me dijo que estaba harta: quería regresar a clases presenciales, quería vivir una experiencia de preparatoria normal. Tengo cinco años como docente de nivel medio superior. Imparto las materias de Literatura y Estrategias de Lectura y Escritura. Este escenario pandémico con clases en línea jamás fue algo que me plantearan. Mi alumna continuó: los mejores años de su vida —los años de bachillerato— los estaba pasando encerrada; no era justo. Yo me reí: mis mejores años ni de broma fueron los que viví en preparatoria. Se lo confesé al grupo. Ese segundo lustro de adolescencia no fue malo, pero no lo cambiaría por este último. Traté de explicarles por qué el regreso a clases era difícil. Que esto no se trataba de arruinar sus mejores años, sino de cuidar de todo el personal de la educación, así como de sus familias. Creo que a mi alumna no le encantó mi explicación, ella solo quería desahogarse y yo la detuve. Así que cambié el discurso. Me preocuparía si no se sintieran así, hartxs, cansadxs del encierro, si no desearan estar de nuevo con sus amigxs, de vivir las experiencias de su edad, les contesté. Decidí darles los minutos de clase para platicar, para escucharnos. Les conté de mis exnovios, de cuando casi pierdo un trabajo, de cuando estuve fuera de casa. De cómo, de cierta forma, estábamos atravesando un duelo colectivo. Y, como tal, cada quien lo vive de forma distinta. Algunxs quizá siguen en la negación.

*

Para tener la beca debía renunciar a mi trabajo. Así de simple. No puedes tener más de ocho horas laborales a la semana. Yo tenía treinta. Debía despedirme de ello. Fui con la directora de la escuela y se lo dije. Lo siento, no puedo dejar ir esta oportunidad. Lo entendió. Buscamos quién pudiera reemplazarme. Tomé mis cosas y me fui. Me encerré en mi cuarto el fin de semana. Sentía un vacío en mi pecho. Me dolía. Acababa de dejar un trabajo que me había hecho crecer profesionalmente por una oportunidad de formarme en mi carrera, y yo estaba triste. ¿No era eso lo que querías, Michelle? ¿Dedicarte de lleno a tu maestría, hacer una estancia, escribir un artículo? Afuera hacía cincuenta grados centígrados y yo estaba en mi habitación envuelta en una cobija con muchas ganas de llorar. Siento hambre en el corazón, le dije a una amiga, siento como si hubiera terminado con alguien. Dejaste algo que querías, es normal sentirse así, te gustaba ese trabajo, me respondió. Es cuestión de tiempo, va a sanar. Nunca nadie antes me había dicho que se podía sufrir por dejar un espacio laboral para aceptar una beca. Y, si me lo hubieran dicho, no lo habría creído.

*

Mis alumnxs me preguntaron si era posible dejar de amar a alguien. Claro, les dije, yo he dejado de amar a tanta gente —hombres, je—. Rieron conmigo. ¿Cómo sabe que ya no los ama? Porque me da igual si salen con alguien más, porque no me importan, porque no me provocan nada —a veces un poco de vergüenza—. Rieron conmigo otra vez. Ahora yo me pregunto qué pasa con las amistades, ¿también se pueden dejar de amar?

*

Un día antes decidí reconocer que la vida en línea tomaría más tiempo del planeado. Me puse a buscar equipo para poder estar más cómoda en mis clases: un soporte para mi laptop, un teclado, un mouse, un cojín. Pedí un par de recomendaciones y hasta agregué una lamparita al carrito de compra. La vida en la nueva normalidad no había sido tan mala para mí: seguía con trabajo —incluso me había surgido más—, mi familia estaba sana, mis amistades completas, pronto nacería la bebé de una amiga, tenía proyectos en puerta. Me encontraba feliz en medio del caos. Extrañaba un par de cosas de mi rutina previa —ir en bici al trabajo, encontrarme a viejos amigos en los bares, no traer las manos pegajosas por culpa del gel—, pero, en general, este año era como comer una nieve bajo el sol del verano: el único inconveniente era que se derretía y llenaba mis dedos de azúcar. Odiaba esa sensación.

*

Soy buena con los duelos. Me he convertido en una experta en lidiar con las pérdidas. Ya sé cuál es mi reacción, me permito sentirlo, no me asusta el dolor. Desde una relación de pareja hasta un premio, pasando por un animal de compañía o una beca. Perder es algo habitual y ya no le tengo miedo.

O eso creía.

En la lista de cosas que podían faltarme nunca consideré que, de un día para otro, podía perder a mis amigas. Me había distanciado de algunas amistades, de esas que haces en ciertas etapas de tu vida, que cumplen ciertos roles y te acompañan durante ciertos momentos —en la escuela, en el trabajo, en alguna actividad específica—; pero nunca las había perdido de un arrebato. No sabía —— cómo lidiar con esa pérdida. Uno se imagina que, en algún punto, puedes terminar con tu pareja; no te imaginas que eso también te puede pasar con una amiga.

Cuando terminaba una relación, mis amigas me acompañaban, ¿quién te acompaña cuando terminas con tus amigas?

*

El duelo tiene cinco etapas, generalmente, la más larga es la de la depresión. A veces parece que ya vas de salida y recaes al punto de negar aquella pérdida y comienzas el ciclo de nuevo. Mis alumnxs me escuchaban con atención. Pocas veces participan tanto en clase. ¿Le ha pasado, Miss? Por supuesto, sobre todo, cuando era más joven. Ese estira y afloja en las relaciones afectivas. Una vez le rogué a un exnovio por un año; fue horrible. Ahora creo que lidiar con las pérdidas es cuestión de práctica. Entre más duelos atraviesas, mejor los manejas. Y a mí me han terminado tantas veces, me han negado tantos trabajos que ya no me cuesta reconocer lo que siento. Por eso desconfío de la gente a la que nunca le han roto el corazón, la gente que nunca fracasa, la que nunca ha perdido algo. ¿Cómo saben lo que sienten? ¿Cómo logran ser empáticos? ¿Cómo identifican el dolor si no lo conocen?

*

Al final, no me dieron esa beca. Después de sufrir todo el fin de semana, el lunes me mandaron un correo de rectoría para anunciarme que no podían continuar con mi proceso de selección. Nadie supo explicarme por qué. Ya había renunciado a mi trabajo. Ya me había hecho a la idea de que no vería a mis alumnxs ni a mis compañeras de trabajo, que ya no iría a los tacos de guisado de la esquina. No tenía beca y había renunciado a mi fuente principal de ingresos. Corrí a la oficina de la directora. Por fortuna, no había contactado a alguien más. Tenía de vuelta mis clases. Ahora debía averiguar cómo hacer una tesis con un trabajo de casi tiempo completo.

*

Cuando terminé la clase de ese día, hice la laptop a un lado y puse unas palomitas en el microondas. Por primera vez en mucho tiempo, tenía la tarde libre. Había pendientes, pero ninguno urgía, así que podría ver alguna serie o una película. Vacié las palomitas en un bowl, me serví un vaso de agua, me acosté en mi sillón favorito, me tapé con una cobija de gatos que me regaló una tía y puse la laptop sobre mis piernas. En eso, me llegó un mensaje. Acababa de hablar sobre el duelo, sobre las pérdidas y las nostalgias sin saber que estaba por entrar en uno.

Estúpida pandemia.

Estúpida covid.

*

Hay ocasiones en las que es mejor olvidar porque a veces lo que duele son las memorias. Traemos a nuestra mente momentos que vivimos, y eso nos lastima. Nos hace recaer en la negación, sentir de nuevo ira por lo sucedido. Pero hay pérdidas que no queremos olvidar por más que duelan. He aprendido que llegar a la aceptación, a la última etapa del duelo, no se trata de olvidar, sino de reconciliarnos con nuestros recuerdos. Aprender a convivir con ellos. No quiero olvidar este último lustro, no quiero olvidarla. No quiero dejar atrás a mis amigas, aunque ya no estén. Aunque recordarlas me provoque hambre en el corazón.

Karla Michelle Canett (@ArreLaQueBarre).

Diciembre de 2020.

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