Messi // Eduardo Paredes Ocampo

De niña me gustaba mucho el futbol. Recuerdo que organizaron un torneo en la primaria donde estudiaba y yo inscribí a mi salón. Era la capitana. Era la delantera. Me gustaba patear el balón, correr, fintear a los otros. No entendía nada, no sabía de técnicas ni de posiciones ni de jugadas. Mi papá me compró unas espinilleras y una pelota; mamá no estaba muy contenta con verme en la cancha. No era un juego de niñas. Ahora de adulta, mis acercamiento al futbol es esporádico: uno que otro juego del mundial o del algún domingo a medio día en casa de mis papás. Cuando viví en CDMX fui un par de veces al Estadio Azteca más por convivir que por convicción.

Leer este cuento de Eduardo Paredes me hizo recordar aquellos años de primaria llenos de sudor y tierra, con las rodillas raspadas y el peinado alborotado. Paredes no solo habla de futbol, habla de historia, de economía, de estas referencias cotidianas que atraviesan a todxs.

K.M.C.


Messi

What’s in a name? That which we call a rose
By any other name would smell as sweet.
Willian Shakespeare, Romeo and Juliet (II, 2)

Lo conocí cuando lo bautizamos con otro nombre. Yo había llegado tarde a la cascarita y, por ello, a la presentación de los nuevos. Luego, me enteré de que era amigo del primo de Santiago (un asistente regular de nuestros partidos semanales). Lo habían llamado a última hora para completar uno de los tres equipos de la reta.  

Desde afuera de la cancha, mientras me alistaba con el resto de mi escuadra para entrar en sustitución de los perdedores, lo vi anotar tres golazos. Esas anotaciones —producidos con escasos segundos de diferencia y con una técnica inverosímil— le concedieron, a él y a los suyos, la permanencia en el terreno de juego. Seríamos sus siguientes víctimas: Zapata, nuestro portero, no pudo ni meter las manos ante sus balonazos. A los cinco minutos y con un fácil tres por cero recetado por el extraño, estábamos, otra vez, fuera de la cancha.

Fue entonces cuando, por su gran destreza con la pelota, empezamos a llamarlo Messi.    

*

Quince años después, cuando recién conocí el verdadero nombre de ese Messi, ensayé tres veces la forma de relatar esta historia. Ésta es la cuarta.

La primera fue con Carmen. Tomábamos unos mezcales en su casa, noches después de mi reencuentro con él. A ella le narré la historia de atrás hacia adelante. Los primeros tragos fueron dedicados a describirle la conversación mantenida hacía unos días en el Sanborns de Coyoacán. A medianoche, mi narración había llegado al hallazgo de su identificación y a la polémica en el grupo de WhatsApp de mis amigos. Para el amanecer, ya era niño otra vez y revivía las retas que cada miércoles armábamos con los amigos —y, en particular, las golizas que ese día nos recetó—.

La segunda vez que reviví esta historia fue en un café con Sánchez. En ese entonces, él escribía un híbrido entre novela histórica y Bildungsroman acerca de un niño del pueblo de Creel en Chihuahua. Su narración estaba ambientada a principios del siglo XX. El tema de mi historia surgió debido a que, parentéticamente, me mencionó que uno de los conflictos psicológicos del protagonista surgía debido a la anomalía de su nombre. Su padre había sido uno de los chinos contratados para construir el ferrocarril entre Chihuahua y el Pacífico y su madre una rarámuri del rumbo. Juntos habían decidido darle a su hijo un nombre compuesto —chino/rarámuri— que sonaba cacofónico y, por ello, se prestaba a la burla entre los niños del pueblo. Le dije que conocía un caso algo similar (pero del todo ajeno a la ficción) y le relaté los hechos que componen esta narración. Recuerdo haber puesto hincapié en lo difícil que debió haber sido crecer con un nombre con tanto peso histórico en la despiadada Ciudad de México de los noventa. (Después supe que Sánchez había dejado la novela y había adaptado su historia a formato dramático. Según tengo entendido, hasta el día de hoy, todavía anda en busca de una compañía que quiera poner la historia de Xian-Rahui sobre las tablas).    

La tercera vez fue después de ver un clásico Real Madrid contra Barcelona con Guillermo. No recuerdo ahora el marcador, pero sé que Messi (el verdadero) anotó el gol definitivo a favor de los del Barça. Al final del juego abrimos una cerveza y comenzamos a opinar acerca del astro argentino. La conversación eventualmente nos condujo a la historia del nombre de mi Messi. En esa ocasión, habré recalcado la ironía detrás del doble bautizo del niño: su apodo cuasi-divino (para cualquier pambolero) y su nombre cuasi-infernal (para quien conozca lo básico de historia).   

*

Esta divagación no es arbitraria. Creo que en el centro de la historia del nombre real de mi Messi se encuentra el problema de narrar. Como veremos, este suceso prueba la importancia de saber el cómo se relata. Yo mismo me sé culpable de haber falseado, de una u otra manera, los hechos que él me transmitió —acaso también algo falseados por su padre— en nuestra conversación en el Sanborns. Con cada uno de los tres interlocutores anteriores (mi novia, mi mejor amigo y mi hermano) hice énfasis u omití ciertos detalles, maticé el peso de los incidentes y las obras y, finalmente, guie lo sucedido según los intereses particulares de cada escucha. Con Carmen estresé el impacto emocional del hecho, con Sánchez su valor literario y con Guillermo la cercanía entre el fútbol y la fábula. Me justifico de malear la verdad pensando que lo mismo sucedió cuando el Barón de Bodenwerder relató —de la forma más romántica posible y bajo el influjo de tres botellas de brandy holandés— la historia de su vida a Eladio Cruz, el padre del Messi falso. Sin tal sesgo narrativo probablemente aquél virtuoso de las cascaritas tendría otro nombre y estas palabras jamás habrían sido escritas.

*

Hace unos seis meses recibí una imagen en el grupo de WhatsApp de mis amigos de la preparatoria. Entonces, estaba trabajando a contra reloj así que ignoré la notificación por alrededor de dos horas. Cuando al fin terminé, abrí el chat y me encontré con un gran número de comentarios en torno a dicha imagen. 

Uno de los integrantes, Rodrigo, había mandado una fotografía de la identificación de un desconocido. Al primer vistazo no noté nada extraño. Sin embargo, segundos después, caí en la cuenta de que contemplaba la cara de mi Messi en el lado izquierdo del documento. Sin duda era él: quince años habían hecho poco en aquel rostro de facciones simples y mestizas. Algo de barba, menos pelo, no más. ¿Por qué su INE suscitaba tanta polémica entre mis amigos?

Tuve que leer con más detenimiento la discusión subsiguiente para percatarme de la razón del ajetreo. En el chat, no se hablaba de la fotografía, sino del nombre del fotografiado. Ahí, bajo la leyenda de “CREDENCIAL PARA VOTAR” y después de dos apellidos normales, estaba la razón que me llevaría a escribir este cuento.

*

Rodrigo había encontrado la identificación en la calle afuera de un antro de la colonia Roma. Le dije que yo conocía al dueño de la credencial y al día siguiente pasé por ella. Al mismo tiempo, contacté a Zapata —el portero de nuestro equipo de la infancia y con el único que todavía mantengo algo parecido a una amistad—. Él me pasó el número de Santiago, quien, a su vez, me envió el de Iván, su primo y quien había traído a Messi a la reta. Dos días después, Iván me escribió pasándome un contacto guardado simplemente como “H”. En seguida, le mandé un mensaje a Messi falso explicándole quien era y por qué lo contactaba. Quedamos en vernos en el Sanborns de Coyoacán para devolverle su identificación. Obviamente, todo lo había orquestado para conocer el origen de tan anómalo nombre. La INE sólo era la excusa para tener la posibilidad de cuestionarlo.

*

Fue quizá debido a que sólo recientemente habíamos salido de la (eterna) cuarentena provocada por la pandemia del Covid-19 por lo que aceptó tomarse un café después de hacerle la entrega de su identificación. En esa primavera, después de casi un año de encierro, todos estábamos ávidos de socialización —fuera con quien fuera—. Así pues, los dos desconocidos entramos al Sanborns.

Para abrir la conversación, le pregunté si seguía jugando fútbol. Me dijo que no. Como yo, hacía años que no pateaba un balón. De ahí, surgieron las preguntas acerca de su profesión y de su trabajo (lo acostumbrado). Él, por su parte, hizo lo propio. Poco a poco, fuimos conociéndonos. Por el lapso de esa tarde interpretamos el rol de los amigos que hace años no se ven. Fue cuando me dijo que no podía tomarse una tercera taza de café (lo alteraba demasiado) que le sugerí que pasáramos al bar. Para mi sorpresa, aceptó.

De lunes a viernes, de cinco a nueve, en los oscuros y decadentes bares de los Sanborns, hay happy hour en bebidas nacionales. Era jueves a las cinco y media. Empezamos con micheladas, después con tequilas y terminamos con ron. Fue entre las palomas y las cubas cuando decidí hacer mi asalto e indagar acerca del origen de su nombre. Viéndome la ansiedad en los ojos, dejó su vaso en la mesa y me preguntó si tenía tiempo. Dije que sí y entonces comenzó su narración. Salimos del bar de Sanborns a las doce y sólo porque estaban cerrando.  

Quedamos en volver a vernos. Eso nunca pasó.

*    

El dos de febrero de 1984 cayó la peor nevada que jamás se había visto en el pueblo de San Jacinto, Chihuahua. Eladio Cruz —el guardián de la finca de don Faustino— acarreaba a las reses para que entraran a la vaqueriza antes de que el cielo cayera, blanco, sobre todas ellas. Desde la ventana de la residencia principal del rancho, don Faustino observaba complacido el trabajo del padre de Messi falso. Sus ojos estaban húmedos y rojizos por la ingesta de cinco copas de brandy. “Merece una”, pensó.

Después de encerrar a los animales, Eladio se dirigió hacia la casa para informarle al patrón que, debido a la acumulación de nieve y hielo, sería imposible sacarlos en los siguientes dos o tres días. Conocía como nadie el lugar: había nacido, crecido y moriría ahí. Lo más lejos que había llegado era a la ciudad de Chihuahua, para asistir al velorio de su único amigo Xian-Rahui hacía cinco años. Don Faustino lo esperaba en el portal de la puerta. Antes de que pronunciara palabra alguna, su patrón lo invitó a pasar. “Pásele, don Eladio, tómese una copita conmigo”, le dijo en el extraño acento que lo caracterizaba y que todos en la finca creían proveniente de Chile. Después de una pausa, añadió: “Para el frío”.     

Eladio aceptó y entró. Se condujo a la sala donde esperó al patrón, mirando la colección de esas extrañas cruces, negras con un fondo blanco y rojo, que colgaban en las paredes. Pronto apareció don Faustino cargando dos copas de brandy, en una mano, y la botella entera, en la otra. “Ah, veo que estás mirando mis cruces”, dijo al entrar. Era obvio que el patrón había bebido, quizá en exceso. Eladio nunca lo había visto ni tan amable, ni tan locuaz. “¿Quieres saber de donde vienen esas cruces?”, preguntó el anciano arrastrando sus erres. Eladio miró la borrasca que caía afuera, imaginó el tortuoso camino que lo separaba de su choza y no tuvo otra opción más que aceptar.

Don Faustino usó toda la noche y tres botellas de brandy para narrar la historia de sus cruces. En el transcurso, Eladio sólo pronunció las palabras: “necesito ir al baño” y “sí, más brandy” (cuando el patrón se lo ofreció). Por lo demás, escuchó tan atentamente a la narración que se le quedó gravada al grado de poder repetirla casi palabra por palabra a su hijo y éste, a su vez, a mí. (Hemos de darle un lugar periférico al brandy respecto a las capacidades narrativas, auditivas y memorísticas de los presentes).

El patrón empezó su historia informándole a Eladio que ese día, dos de febrero, era una fecha para conmemorar. Hacía exactamente cuarenta años había acontecido la más heroica derrota en la historia militar —y él la había presenciado—. Esa derrota era lo que lo había arrojado hasta ese rincón de la tierra.

Cuando joven, don Faustino —quien fue el Barón de Bodenwerder— luchó como soldado por una causa extraordinaria y defendiendo a un país mágico. Pero, desgraciadamente, ni aquel ejército ni aquel ayer glorioso existían ya. Todas las cruces colgadas de las paredes eran lo único que atestiguaba la existencia de su grandiosa patria perdida.

Hacía casi un lustro, ese país había ido a una cruenta guerra contra el resto del mundo precisamente por el amor a la pulcritud y a la justicia. Después de la gran pérdida, en la cual habían muerto tantos hombres honestos y puros, su país cayó en la desgracia. Entonces él y varios compatriotas sobrevivientes habían tenido que huir —principalmente a los países de Sudamérica—. Él, por ejemplo, había terminado en Chile antes de poder finalmente asentarse en México. Los que habían permanecido en Europa habían sido enjuiciados y castigados injustamente.

Particularmente, don Faustino recordaba el día en que, en pleno escape, se enteró que el líder de aquel magnánimo país había muerto. Fue el día más triste de su vida. En ese punto de la historia y ante el asombro de Eladio, su patrón empezó a entonar una extraña canción en un idioma extranjero. Esa canción, le informó don Faustino al terminar, la aprendían todos los jóvenes para venerar al jefe supremo. Ese hombre —quien había sacado al país de la podredumbre de una guerra previa— había sido el verdadero mártir de todo el conflicto. Su mayor proeza fue la de dar su vida por un ideal de pureza. Su símbolo había sido esa cruz, cuyas réplicas colgaban en las paredes que entornaban a Eladio. 

Ese líder se llamaba…

Los primeros rayos del sol entraban por las ventanas de la casa de la finca. El amanecer fulguraba más potentemente gracias al tapiz de nieve y hielo que cubría cada rincón de San Jacinto. Culpemos a la atmósfera fascinante del alba nevada, a las tres botellas del mejor brandy holandés y al estilo heroico usado en la narración de que el nombre pronunciado por don Faustino en ese momento le sonara a Eladio como poesía pura. Emitido con el lenguaje gutural con el que el patrón había cantado el himno de las juventudes, ese nombre sonaba más dulce que ningún otro nombre antes escuchado —porque no era un nombre, sino un apellido, pero eso Eladio no lo sabía y nunca, hasta el día de su muerte, lo sabría—. Fue entonces cuando decidió que su hijo, a quien concebiría unos años después, debía llamarse así.

*

Recuerdo la última vez que jugué una cascarita con los amigos de la infancia. Estaría por cumplir los diecisiete años. Ya desde hacía algunos meses la regularidad de los asistentes la habían usurpado los más jóvenes. El tipo de juego en la cancha también había rebasado las habilidades de los más “viejos”. Mis contemporáneos habían emigrado hacia otros pasatiempos y muchos habían probado el amor. Yo pronto adquiriría el hábito de la escritura y cambiaría las canchas por los libros. También conocería a Marisol. Ese día, jugaban varios desconocidos. De entre ellos, pronto empezó a destacarse un pequeño por lo inusual de su control del balón y por los goles anotados. Traía puesta la playera del Real Madrid y, después de un golazo de tiro libre, todos empezaron a llamarlo Ronaldo. Entonces supe que era momento de dejar el juego.

A la fecha no he vuelto a pisar una cancha de fútbol. 


Eduardo Paredes Ocampo (México, 1989). Estudió letras en la UNAM y actualmente cursa un doctorado en literatura en la Universidad de Oxford. Ha publicado poemas y otros escritos en diversas revistas nacionales e internacionales. También ha dirigido teatro.

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