La soledad de los agujeros negros // Sara J. Serge

El espacio estelar no es ajeno al cuerpo, o al menos eso siento cuando un movimiento de luna hace que me duelan las muñecas. Este texto de Sara J. Serge imagina una supernova que se liga de inmediato con la esfera íntima. Los vidrios rotos por la fuerza de la explosión parecen ser un paralelo con el fin de una visión del mundo que se materializa en el voyeur que tanto fascinó a Baudelaire y a Benjamin. El escenario apocalíptico que presenta Serge es la transformación de la vista en algo que desafía espacios y límites físicos, quizá una utopía de nuevas materialidades.

-E.L.A.


La soledad de los agujeros negros

¿Cómo? ¿No tiene cristales de colores? ¿Cristales rosa, rojos, azules; cristales mágicos, cristales de paraíso? ¿Habrá imprudencia? ¿Y se atreve a pasear por los barrios pobres sin tener siquiera cristales que hagan ver la vida bella?

Baudelaire
Prólogo

Los hechos narrados no pretenden ser entendidos, se asimilan y se guardan como si de una bocanada de aire se tratara. Entran como nos entra el mundo por los poros, inundándonos las pupilas con sus colores de diamantes. Allá, remotos, están esas formas enormes, casi eternas. Allá donde está la belleza. En el infinito de las explosiones que no podemos ni imaginarnos. Eso que no nos cabe en la mente. Esta historia tiene que ver conmigo, no porque haya alguna cercanía conmigo y los hechos, sino porque todo tiene que ver con todo. Este es el hombre que verá morir la luz. Yo, aquí, ya vi como terminaba y preferí cerrar los ojos. Aquí la oscuridad me oprime tanto el corazón que me volví un papel arrugado con palabras que nadie leerá. La vida se me ha hecho tan larga que se me han caído los párpados tristes. A ratos se me olvida que no soy nada, que el latido empieza aquí y termina allá, que mis pies caminan erráticos atravesando el tiempo y que nadie, nadie, agarrará en su mano un pedazo de mi voz.

Son extraña las formas en las que aparece la realidad. El tiempo deja tantos cadáveres y la vida es un suspiro, un suspiro del pensamiento. Y entonces, bajamos la cabeza y escuchamos lo que no es nuestra voz, y entendemos que solo se vive con uno mismo, y que el peso del universo encima de nosotros no es sino el peso de nuestra consciencia. La soledad es el único lugar más caliente que el infierno. Los pensamientos hierven condenados a la ignición. Y el infierno es este espiral rojo, WR-104, la estrella que nos encandiló la memoria. Recordé haberme quemado las manos esa mañana con el espresso amargo canalizando las ranuras de mi piel. Del corazón a la idea. Recordé los halos de luz apuntando al cielo a las 4:43 de la mañana. Se me tragó los días, WR-104. Con su brazo de fuego que señala verdugo. La muerte es oscura, fría y silenciosa. La muerte es cerrar los ojos.

No sé si lo vi, al vidriero, o si fue una sombra. Recordé haberme quedado viendo la mía esa tarde que fuimos a la playa, ahí, Tan larga y extraña. Como si me hubieran cogido de la punta del cabello allá arriba de mi cabeza y de la otra punta de mis pies y hubieran estirado. Deforme. Y entonces le tuve miedo a las sombras, como una premonición. porque el universo nos habla en hilos de voces de terciopelo. Recordé esas imágenes raras y oscurecidas que veía como débiles soplos de brisa. Y entendí que la cabeza estaba llena de sombras, de agujeros como túneles. Que detrás de las pupilas dilatadas estaban las cavernas profundas donde entramos a voluntad. Porque ya salimos y vimos las antorchas, y las sostuvimos con fuerza, y las levantamos al sol, pero decidimos dejarlas caer al suelo árido de polvo muerto a que se quemaran con el calor de su propio infierno. Y bajamos a la caverna a bailar con las sombras.

Me voy. Ya vi como terminaba y preferí cerrar los ojos. Tú me verás por tu ventana en un segundo, es cuestión de mirar al cielo.  A él, al vidriero, creí haberlo visto a la vuelta de mi mirada. Iba tranquilo. Con los ojos de los que han culminado. Con los ojos de los que se han despedido de la intensa claridad de sí mismos. Esta historia ya fue narrada por el tiempo. Yo la oí en los rumores estrepitosos del todo. Y entonces recordé verle, a Eli, con la arena mojada de la playa cubriéndole las rodillas. Reía porque el agua venía a acariciarle los tobillos. Y el recuerdo, y el recuerdo… es como la arena que levantan las ventiscas del desierto como el vapor que se escapaba por las ranuras de la puerta de ese baño ocre, como sus bostezos antes de las diez. Recuerdo el eco estruendoso de mi llanto en las paredes del edificio abandonado cuando vi a Eli sobre los vidrios rotos del piso, con el corazón negro. La siguiente es una historia de reivindicación. Es la venganza personal de la humanidad. Es el grito de resistencia que no será escuchado. Es la infamia de la muerte que nos hizo creer que nunca había perdido. Así ocurrieron los hechos.

*

Lirio observaba, con los brazos cruzados detrás de la espalda, el ocaso del mundo. El rojo sangriento de los desangrados. La soledad y el silencio le hervían en el fondo del estómago. Un humo transparente le salía por la boca cuando recordaba la vía al frente de su ventana. Siempre ruidosa, siempre colectiva, siempre condenada a morir. Comprendió que ese era el destino de las cosas del mundo. Ir oscureciendo. Ir enfriando. Bajó los ojos ligeros que iban de aquí a allá buscando una cuerda, un cabo suelto del tiempo del cual agarrarse. Había pasado ya tantos años aislado desde la pandemia con la esperanza que se pegaba a la gente como sombras a las paredes. Caminaba de un lado a otro, como buscando chocarse con alguien. Consigo mismo, diría uno. Ya no recordaba cómo se veía el otro. Se encontraba con versiones suyas, pasadas, que llenaban los pasillos de su apartamento, que empezaban a dejar una huella en su lugar de espectador al frente del vidrio panorámico de su sala. Lirio reinventó la muerte y la visión le estremeció los adentros. Amanecía de pie con las sienes calientes y las pupilas temblorosas. Veía a través del vidrio como ver a través de la nostalgia. Parches empañados que le envolvían la memoria en un vapor tibio. Vidrios. Lirio era un vidriero empedernido. Él mismo había hecho su ventana en el pequeño taller de la esquina en el que se había enclaustrado a crear vidrios allí en su lugar aislado del ruido y del calor del mundo. Le había dado vida a ese monstruo de vidrio que le mantenía despierto, riéndose estrepitosamente de la muerte, sugiriéndole eternidad. Lirio, inquieto, esperaba en el mismo lugar. Esperaba quién sabe. Un momento… una epifanía… un choque. La ignición ocurrió de repente. Exhaló y dejó al exhalar el último vaho de existencia. Y sintió como el corazón se le oprimía en el pecho como un papel arrugado.

*

*

Amarillo. Cambió su viejo vidrio empañado por otro monstruo amarillo. Retrasar a la muerte. Amarillo. Estuvo de pie frente a su obra, suspiró y una sonrisa se le asomó al rostro iluminado. Alzó las cejas y observó con una sensación nerviosa de triunfo. Se tomaba mechones de cabello entre los dedos y reía ocasionalmente. Tragaba en seco y el corazón podía oírsele desde afuera. Susurró. ­—Amarillo… la vida en amarillo. — Se le iban los ojos pensando en girasoles, en el vestido de su madre, el sol en la esquina de su dibujo pegado a la nevera de la infancia. Recuerdos como fotogramas acelerados subiéndole a la punta de la cabeza. Así se le iban los días, inmóvil frente a la ventana con los adentros convulsos. El amarillo del vidrio le daba una intensidad caliente a la luz del sol que entraba, haciendo del cuadro una ópera estridente que rechinaba como un tenedor rayando un plato de cerámica. Lirio se desnudó el torso y dejó que la ópera penetrara en sus poros. Cerró los ojos y entonces la ignición. Abrió los brazos estirándose hasta la punta de sus dedos y las costillas le apretaron los pulmones y el aire pareció acabársele. Pensó que iba a morir, pero se sintió más parte del universo. Pensó que se desintegraría, pero el pecho se le hinchó de aire, de luz y de sol.

Crecía. Un gigante de fuego que se nos metía por los ojos. Eli me decía con esa voz de seda que nos íbamos a morir. Estábamos en la playa. El sol brillaba más que nunca, como levantando el agua, como evaporándonos el alma. Yo le decía a Eli que no, que dejara de repetir eso. —WR-104. Nadie sabe, Yo lo sé. Nadie sabe, nadie. — dijo bajando la voz mientras volteaba a mirarme con esos ojos oxidados. —¿No lo sientes? — Preguntaba impaciente. Yo ya sabía qué pasaría. La noticia de la supernova le había afectado mucho. —Yo me lo siento hasta en las lágrimas. — dijo Eli, y empezó a llorar.

*

*

Rojo. Todos los vidrios de la casa eran rojos. A través de ellos, el mundo parecía estar en llamas. A Lirio el éxtasis le tumbaba los párpados. Había logrado recrear el primer fuego del infierno, donde el dolor se iba en el humo negro de los matices del vidrio coloreado de tonos que se mezclaban en siluetas. El fuego se le reflejaba en las pupilas, como el mundo, que ya había muerto, renaciendo frente a sus ojos. Lirio se rio tan fuerte, que su risa volvió a sus oídos. A lirio la mirada le ardía tanto que casi no podía tener los ojos abiertos. Corría por todos lados sudando aquí y allá, derritiéndose en el piso, convirtiéndose en un vapor denso que caía pesado sobre la cabeza. Lirio vivía taquicárdico, medio aturdido, estrellándose contra las paredes de los pasillos. Intenso como la luz del conocimiento. El conocimiento que vive para siempre. Lirio se puso de pie frente al grito que era el atardecer de su sala. No era un grito ahogado, no. Era un grito de esos en los que los pulmones cogen impulso, se llenan y se expanden de ese aire húmedo encendido para volver a contraerse en la pesadez de la oscuridad. Silenciosos. Rumiantes. Recordó la tierra roja que le quemaba las plantas de los pies. Recordó los techos de esas casitas amarillas acariciadas por el sol. El recuerdo le remojó los ojos de un líquido espeso. Se encontró llorando. Se le había olvidado cómo se sentía llorar. De repente estalló en un sollozo agónico que se le resbaló por la piel en forma de una lava ardiente. Lo sentía en las lágrimas. La ignición, el estallido que venía desde adentro. Como una chispa que dejó sus destellos en el aire, en la memoria fugaz del que alcanzó a verla. Lirio se acurrucó cayendo al suelo. Presionando su cabeza contra sus rodillas. Apretó los ojos con fuerza. Metiéndose la tristeza bien adentro, encogiéndose la soledad para que no le apretujara el corazón. Con las manos rojas de la sangre acumulada en los puños, Lirio tomó aire. Pasaría. Pasaría y ya no habría más dolor en la infinidad calma.

*

*

Blanco. Lirio había empezado a caminar sobre vidrio. Las paredes llenas de sangre eran el trazo humano en la búsqueda de la sublimidad de lo eterno. Vidrios de colores, en todos grosores y formas, llenando la casa de imágenes pintadas al filo de la exploración máxima, el entendimiento pleno. La dispersión de sí mismo en ese horizonte de vidrios que era la obra de su propia mano. A dondequiera que viera, Lirio encontraba su propia imagen a través de su propia creación. Vio su silueta con los colores y las formas que le salieron de la mente.  Sus pies sangrantes y sus dientes encharcados del líquido rojo que le escurría por las encías eran las partes que venían a encajar en el mosaico que había hecho el vidriero de sí. Se veía a través de todo, en todo momento. Paró después de haberse dejado tanto a sí mismo en el camino y otro tanto más en el pesadísimo centro de la existencia del que se ha vivido a sí mismo por completo. El vidriero entonces comprendió que en el camino se encontraría con la oscuridad, que es la vida eterna.  Al frente de un vidrio blanco comprendió también que la luz no era sino la muerte.

*

*

Supernova

PRUEBA 99RP.1 eliminó todos los otros vidrios. La explosión fue tan fuerte que solo quedé yo en pie. Objetivo alcanzado: logré construir la caja de vidrio indestructible. El ataúd de la muerte. Soy eterno. Colores nuevos a través de los que podré ver la oscuridad absoluta. Mi vida será la vida del universo frío.

*

*

Post-prólogo

Disperso. Estoy sujeto a la gravedad de la consciencia. WR-104 nos eliminó a todos. No he podido encontrar a Eli. Una conexión, un choque, una epifanía, nada.  A él, al vidriero, lo vi y respiré aliviado. Sentí a la muerte aflojar la hoz, como un débil soplo de brisa, una bocanada de aire, un pedazo de vida que ascendió a la belleza. Recordé la primera vez que le vi, a Eli. Con sus ojos pálidos apenas asomados. Le recordé sin luz. Sin sangre. Se había tirado a la pila de vidrios del edificio abandonado. Justo un día antes de la supernova. Eli siempre dijo que, si se iba a morir, iba a ser como quisiera. Yo le escuchaba y me parecía sensato. Yo tampoco quería estar encerrado en una promesa de muerte, pero nunca pensé en la supernova como algo que pudiera escapar. No podemos escapar de quienes somos. Hace años muchos años que vivió un vidriero. Eli contó la historia tanto como pudo. La leyó por ahí en un panfleto sin nombre. Regresaba a ese lugar como si hubiera dejado algo ahí. Hace años que existió el vidriero. Hace tantos años que ya perdí la cuenta. Solo quedaron panfletos que parecieron traídos por la brisa. El hombre hizo una explosión de vidrios que impactó toda la cuadra, o todo el barrio. O al universo. Quién sabe. Nadie sabe que encontraron cuando entraron a revisar el apartamento, como si hubieran borrado la historia. Solo quedó Eli sobre una montaña de escombros que nadie nunca se molestó en recoger.  Son extrañas las maneras en las que funciona el mundo. Ya no podemos escapar del agujero negro.


Sara J. Serge. Nació en Aracataca, Magdalena en el 2001 y ha estado aquí y allá desde entonces, en Baranquilla y en Bogotá, donde estudia Literatura en la Universidad de los Andes. Ha estado en algunos  proyectos literarios autogestionados, entre esos su fanzine BORDERLINE que ronda por ahí en el centro de Bogotá (IG:boderline_4444).

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