Reencuentro // Ernesto Bascopé Guzmán

Hay algo extraño en las llamadas telefónicas, en el sonido de un otro que se desplaza y llega hasta nosotros. En este texto, Ernesto Bascopé Guzmán nos presenta un terrorífico absurdo que aprovecha la naturaleza de este medio de comunicación, ¿cómo podemos saber de dónde proviene esa otra voz?

J.G.


Reencuentro

Te despiertas un domingo cualquiera, tarde como siempre. Te dices que vas a salir a caminar, a respirar aire puro y que luego terminarás por fin el libro que acumula polvo en tu mesa de noche. Mientras estudias las manchas de humedad en el tumbado, te prometes que hoy sí harás algo de provecho, en lugar de ver el fútbol y navegar sin sentido por Internet.

Suena tu teléfono. Es decir, no el celular, que casi nunca se despega de tu mano, sino el viejo teléfono fijo de la sala y cuya existencia casi has olvidado. Está en una esquina y tienes que apartar unas camisas sucias para levantar el auricular.

No recuerdas la última vez que alguien te llamó a ese número. Te preguntas si se ha caído la red en el país o si algún extraño cataclismo impide que te manden mensajes. Piensas que es absurdo pero igual sientes un extraño miedo, como si te fueran a dar una mala noticia. Te aclaras la voz antes de hablar:

―Aló, aló…

 ―Javier, hola querido, ¿cómo estás?

Es una mujer. La voz es un poco grave pero te parece simpática. Tiene la ronquera de los fumadores. No sabes bien qué decir…

 ―Sí, él habla, dígame.

 ―¿Ya no me reconoces? ¿Qué pasa contigo?

Piensas que es una broma o un error. Igual decides que no tienes tiempo para jugar a las adivinanzas. Adoptas un tono severo y formal, como en la oficina.

 ―Mire, se ha debido confundir, señora…

 ―¿Señora? Soy Fernanda… tu Fernanda… ¿tan rápido me olvidaste?

Es como un golpe en el estómago. No sabes si quieres seguir charlando.

―¿Qué quieres Fernanda?

―Uy… ¡qué frío! Sigues enojado, ¿no?

―No es eso, Fernanda… verás…

―Sé que tuvimos muchas peleas y todo, pero ¿quién no? Olvídalo, el pasado es pasado. Me acordaba de ti y bueno, quise llamarte. Para saludarte. No te enojes tanto.

―Fernanda… no me lo tomes a mal… mejor te cuelgo. Es que estás muerta.

La escuchas respirar al otro lado del auricular durante interminables segundos. De pronto, escuchas su risa, inconfundible, contagiosa. Esa fue siempre su arma para calmarte en medio de las peores discusiones.

―¿De qué hablas, Javier? Creo que estás todavía con los tragos de anoche. ¿Muerta, dices?

―Sí, Fernanda, estuve ahí, en tu velorio, junto a los muchachos. Estuvo muy bonito todo y…

 ―No lo recuerdo. ¡Qué macabro tu comentario! No hay que bromear con esas cosas.

―Me apena mucho decírtelo. No sabes cómo. Supongo que no nos viste porque no abrieron el ataúd. Me dijeron que era lo mejor, después del accidente.

Esta vez su silencio es más pesado. Sin duda está buscando algún argumento irrefutable, bien elaborado, como cuando debatían en el café de la universidad. No quieres lastimarla, pero igual le lanzas una frase envenenada. Los viejos hábitos nunca mueren.

―Ahí me enteré que ya salías con Luis antes de que termináramos. El pobre tampoco sabía de tu doble juego. Nos abrazamos como idiotas en el velorio, llorando por ti, Fernanda.

―Mira, sobre eso… lo siento… sabes que no estábamos bien y…

 ―No importa, Fernanda. De verdad, ya pasó. Igual fue hace siglos y éramos muchachos. A veces me encuentro con Luis en la calle, hablamos de los viejos tiempos y prometemos tomarnos un café que nunca llega y así hasta la siguiente vez.

―¿Me has perdonado, entonces?

―No sé. Creo que no tendría mucho sentido odiarte. Como te digo, estás muerta, Fernanda.

Sabes que has cometido un error. Pasada la risa y las bromas, es seguro que te lanzará un ataque fulminante. Nunca le gustó perder una discusión.

―No me acuerdo nada de eso, Javier. Pero si quieres, paso a verte y charlamos.

―Mejor quedamos así, como amigos, Fernanda.

―¿Me tienes miedo? ¿Huyes de mí?

―No caeré en esa trampa esta vez. Adiós. Buen domingo.

Vas a la cocina. Lavas una de las tazas apiladas en el lavabo, calientas agua y te haces un café, amargo y ralo. Piensas que no debiste colgarle así el teléfono. Sabes que es impulsiva y luego hace tonterías.

Ordenas un poco la sala o al menos lo intentas. Prendes la tele y te pones a ver el partido, mientras revisas distraído los comentarios infinitos que fluyen en tus redes.

Escuchas un golpe quedo, casi inaudible. Luego otro. Te dices que es en la puerta del vecino.


Ernesto Bascopé Guzmán (La Paz, Bolivia). Politólogo de formación, ha trabajado largos años en la administración pública, en La Paz, Bolivia. Actualmente se dedica a la enseñanza y a la traducción de textos. Escribe, ocasionalmente.

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