Ojos de golpe // Pablo Farías Letelier

Pablo Farías Letelier nos da un cuento monolítico y de brillante estilo. Encuentro interesante la cadencia que logra tanto en el imaginario que construye a lo largo de su narración así como el trabajo más minucioso con el lenguaje. Hay en este texto una concatenación que acentúa el contraste entre la ternura y la crueldad, entre la inocencia y la perversión. Letelier sortea el riesgo de lo político en la literatura con maestría, el tema no está al servicio de la estética propia de la palabra escrito. Incluso creo que se confrontan, la belleza de cómo se escribe vuelta contra la maldad de lo que se retrata.

J.G.


“-Ojo por ojo- decía el verdugo.
Mis ojos devolvían la mirada
Mientras me iba poniendo
El capuchón y la tela emplástica
En los labios”.
Carmen Berenguer

Abrió los ojos de golpe y de la nada soltó un grito, un grito que al brotar sonó más a una tela rajada por dos manos que al aullido desesperado de una mujer. Cuando chica siempre se despertaba así, cuando chica siempre era el grito en la mitad de la noche, el codazo frío del viejo en las costillas de la vieja, el Rosa, anda a ver a la niña, Rosa, la niña está llorando, está gritando, Rosa, por la cresta y el ya voy, hombre, ya voy cansado de ese cuerpo que se enderezaba apenas y que tanteaba a ciegas los lentes en el velador. Después, el familiar clic del botoncito de la lámpara y el crujir de las escaleras, el lento arrastre de las pantuflas que subían a la pieza de la niña. ¿Qué le pasó, mi chanchita? y ella ahí que ya estaba muda pero que tiritaba y tiritaba, que todavía tenía miedo, que apenas la vio en la puerta le soltó un mamita, yo no me quiero morir, no, mamita, no me quiero morir, la Cristina me estaba haciendo una chinita y yo me estaba ahogando, mamita, me estaba ahogando y yo no me quiero morir. Los ojitos se le llenaron de lágrimas y apretujó su cara entre los pechos tibios de la madre que la abrazaba y que con una risita de virgen de medalla le decía que no sea tontita, que acaso no ve que fue un sueño feo, que la Cristina y su piscina estaban lejos, allá en el sur, que nosotras estamos acá en la casa y que mañana mismo, si quiere, vamos a llamar a la prima y a la tía para saber cómo han estado, ¿ya? Y ella se calmaba porque era cierto, porque estaban en Santiago y para ir donde la tía había que tomar uno de esos buses grandes que se demoraban tanto, así que tiene razón la mamita, la Cristina no está. Sus manos buscaron como dos cachorros hambrientos los pechos regordetes de la madre y se tranquilizaron al encontrarlos y al poder sentir en ellos ese olor primitivo de casa, casi de caverna que tienen los cajones de las cómodas llenos de botones y de cachivaches envueltos en papel. Ya, levántese un poquito que le voy a arreglar la cama que está toda deshecha, mire, así cómo va a seguir durmiendo, y la niña que sale despacio de entre las sábanas con su pijamita de polar color caqui, como esos que hay en la casa de la Cristina porque a la tía le encantan los arbolitos y las plantas y cada vez que vamos nos da siempre caquis maduros y nísperos y, a veces, hasta higos nos da. No, no, pero bótele la pepa. Y mientras esperaba, se secaba las lágrimas y la nariz con la manga del pijama y la mamita, de espaldas, la vio y no la retó como las otras veces y no le dijo cochina mugrienta qué está haciendo sino que buscó tranquila el pañuelo descolorido que guardaba dentro de las mangas y la limpió con cuidado, como quien le pasara un trapo a un piluchito de porcelana, y la volvió a meter en la cama y la tapó bien tapadita y que no se preocupe, mi amor, que son sueños feos nomás, que la mamá y el papá van a estar siempre con usted, que ella era la princesita más valiente porque mírenla, si es tan chiquitita y ya duerme sola. Pero no, lo que esta vez la despertó no fue una pesadilla, fue el portazo que dio el último de los hombres al entrar en esa pieza húmeda y oscura, un portazo que amenazaba siempre con echar abajo el pesado portón de fierro oxidado. Ese rutinario golpe que el último al entrar se encargaba de dar para así despertarla y asustarla y hacer que salte del susto esta marxista de mierda, y quedaba siempre por unos instantes el chirrido metálico del portón flotando en el aire, un chirrido agudo que cortaba como la hoja de un corvo recién afilado, como ese que le habían puesto tantas veces en el cuello para asustarla y que ella habría querido le entrara en las carnes de una vez por todas y así poder bañar el tierral con su sangre, como un cordero pascual o como una vaca de matadero, daba lo mismo el animal con tal de morir, con tal de no sentir nada, de no sentir las piernas ensangrentadas, de no sentir los brazos cansados, de no sentir el hambre, el frío, de no sentir el sexo, de no sentir el sexo que ya no sentía. Pero a ellos no les bastaba con el ruido del portazo. Había uno que entraba siempre con un balde metálico que después del golpe de la puerta era el segundo despertador, el segundo toque de bronce, y le tiraban todito el balde de agua fría cordillerana y la pobre tiritaba como una bestia en el suelo, amarrada de pies y manos, con el pelo estilando, con los ojos ya ni si quiera vendados porque ellos ya no sentían pudor –si fue pudor eso que alguna vez sintieron. Así que ahora les gustaba mirarla a los ojos o que ella los mirara mientras reían y mientras se sacaban el uniforme y quedaban en pelotas. No, no la mees más te digo. ¡Para, mierda! No ven que queda fétida y uno no se la puede montar así. Montar. Montar como a un caballito, como a una yegua. Montar. La misma palabra siempre, esa que para ella era tan de campo, tan de día domingo, tan de azúcar para los caballos pero que en sus bocas se vaciaba completamente y tomaba un sabor a mierda, a sudor y a sangre. La misma palabra que usó el más viejo el día que se encontró con el paramédico que la mantenía viva: móntala, no seai maricón, móntala altiro, culéate a esta huevona que yo te dejo. Y ella ahí escuchando todo pero sin importarle nada, muerta, ella ya estaba muerta, pero de todas formas lo miraba a los ojos como esperando la reacción del hombre, del lolo, porque no era más que un jovencito, y lo miraba y él que no, que mejor no, que no, así que el coronel le pegó por porfiado y tan-tán en el poto y  le dieron entre todos en la cabeza con el tubo de plástico con el que a ella le daban en las piernas y clack y clack y mira, maricón conchetumadre, qué te habís creío, te dije que la montarai y la vai a montar. Y entre dos le bajaron los pantalones y de un empujón lo tiraron arriba de ese bulto oscuro que era ella, pero el flacucho se tropezó con los pantalones a medio poner y mi coronel, a este culiao no se le para y él pedía perdón, perdóneme, perdón, porque tenía miedo de que lo mataran ahí mismo, pero ella, en cambio, solo pedía agua, agua, agua, porque tenía sed. Lo que más le faltaba era el agua, esa que cuando se la daban se la ponían en un tiesto sucio de plástico, de la misma forma en la que se le da a los animales porque esta es una perra, porque no habla la muy maricona, es un animal, no habla, no suelta ningún nombre, nada, ya, ya, ya, chupa nomás, chupa, chupa, eso, eso, chupa, toma agua y ella que se acercaba como podía porque las piernas apenas le respondían y se acercaba con miedo y tomaba un poquito de agua y parecía un gatito de esos que, a veces, andaban perdidos en la población y que ella se llevaba a la casa en el bolsillo grande del delantal rosado, esos gatitos que tenían miedo y desconfiaban de todos pero menos de la abuelita que era tan buena y que les acercaba un tiestecito con leche tibia que les preparaba ella misma y que les hacía cuchito cuchito y el gatito ¡zaz! que se acercaba a tomar leche a su lado. Pero a ella no la dejaban dar más de tres sorbos y caía siempre, puntual, esa patada del bototo que brillaba como carbón piedra y que tiraba lejos el tiesto con agua y que también la tiraba lejos a ella y que la dejaba tendida en el piso con su mata de pelo negro azabache, todo sucio por el barrial que se armaba y mírenla, díganme si no parece una india alacalufe esta conchadesumadre. Y siempre era el mismo chiste, la misma coreografía: el agua y la patada y el tiesto que vuela y ella que gime adolorida y la india alacalufe, y ellos ríe que ríe, gozando cada vez como si se tratara de un grupo de viejos gordos aplaudiendo desde su palco dorado una ópera buffa en el Teatro Municipal. Es que, si hubieses visto, Carmen Gloria, por dios que se lució hoy día il Maestro. Y mientras aplaudían, ella aprovechaba de tomar agua del balde grande, ese donde le entraba la cabeza entera, ese que no era más que la mitad de un bidón de los que tenía la tía en su casa para juntar agua lluvia, que dicen que es tan rebuena para las camelias, mire, llévese una de estas para que se la regale a la mamá, es doble, pero dígale que la ponga en un florerito con agua porque si no se le marchita y va a quedar como tú, ya sin hojas, ya sin pétalos, seca. Ah, acuérdeme de mandarle el cedrón pal mate, también. Y ahí podía tomar al menos un poco de agua aunque le hiciera daño, porque el tonto que cortó el bidón por la mitad lo hizo sin cuidado y quizás hasta con un cuchillo de cocina o con un serrucho, se nota por el plástico que en los bordes está vivo, mire aquí, todo mal cortado y ella así apenas podía tragar porque cuando le metían la cabeza en el agua eran tan bruscos, tan salvajes, tan habla, mierda, habla y ella intentaba tragar aunque sean dos gotitas porque me estoy muriendo de sed, pero los bordes del bidón se le encarnaban en el cuello y se lo dejaban rojo, rojo como la bandera del supuesto partido, rojo sangre, rojo como la tula de los perros que le traían las primeras semanas porque antes del bidón eran perros adiestrados, tres, cuatro perros, y ellos por dios que gozaban y reían viendo el espectáculo de la perra, de la perra roja, roja como el Chapulín colorado, y soltaban risas como las del papá cuando tomaba once y miraba al Chespirito y se reía a carcajada limpia y no contaban con mi astucia y ten cuidado, Julio, no te vayas a atorar con el pan. Pero algunos después de reírse se quedaban calladitos, serios, y la miraban a ella y a los perros en silencio, la miraban con otros ojos no ya tanto de risa, sino que con ojos de hombre grande. Y se tocaban abajo. Siempre que venían los perros se tocaban abajo, pero no cuando venían las ratas porque eso les daba asco y ni si quiera reían, no, esa ópera no les gustaba a los hombres. Asco. Asco o hasta quizás miedo. Por eso las ratas no las traían ellos, las traía una vieja chica con voz ronca de fumadora, esa voz de cementerio que ella escuchaba siempre cuchichear en los pasillos con el coronel, esa voz que también les daba de comer. Gorda y canosa, traía siempre una caja de herramientas de esas plásticas, igualita a la que el papá guardaba en el cuarto. Quizás por eso la primera vez que la vio no sintió el horror que debió haber sentido y se limitó a pensar en alicates y en uñas y en martillos, pero lo que había dentro de esa caja era un ratón pardo de cola gruesa, un ratón como esos que una vez vio al salir de la tienda de mascotas cuando le fueron a comprar comida a la Lala y ella se lo quería llevar a la casa pero la mamá que no y que no y ella hizo una pataleta ahí mismo frente a la tienda y asustó con el llanto a las catitas y a las ninfas que empezaron a volar y a chirriar en sus jaulas y la mamá que la intentaba hacer entrar en razón, ya, pero mire, está asustando a los loritos, no, no, no, si no, lorito, ella no está llorando porque es una niña grande, ya, séquese los ojos, pero no llore, cómo vamos a traer a ese ratoncito a la casa si ya tenemos a la Lala y la Lala se lo va a comer pues, mi niña, porque a la Lala no le gustan los ratoncitos y ya, ya, pero no llore, mi amor, míreme, hábleme, no llore, hábleme, háblame, habla, habla te digo conchadetumadre, habla, di al menos un nombre, habla, mierda, habla. Y el plástico azul que se le incrustaba más y más en el cuello porque la mano era indolente y la hundía cada vez con más fuerza en ese azul que le parecía tan, pero tan profundo, tan de abismo marino. La misma mano peluda y musculosa que la presionaba la tomó del pelo y la sacó del agua, pero solo para que tomara un poco de aire, como las ballenitas que salen un segundo no más y ¡pam! para abajo de nuevo, al final del océano. Cerró los ojos de golpe para que no le entrara más agua. Ahora sí que ya no sentía nada, ni el peso de los miembros que le colgaban cansados ni el dolor del cuello que le producía la presión del bidón mal cortado incrustándosele en las carnes, en ese cuello blando que ya no estaba rojo por el roce, sino que por la sangre que le brotaba lentamente desde la herida que se le había abierto. Era como ver a una loica dándose un baño en una poza, con su pechito bien pero bien colorado, ay, a la abuelita le gustaban tanto las loiquitas, cuando se encontraba una siempre le hacía fiu-fiú, fiu-fiú y les cantaba y parecía que las loiquitas la entendían porque la miraban y no echaban el vuelo. Pero ella no quería un baño de poza, ella ya no tenía más sed y no tenía cómo avisarle a esa mano rígida, a ese brazo sordo frente a sus lamentos que no la sacaba del agua y que permanecía inmóvil como el mástil de una bandera, firme como los pasos de un pelotón. Aleteaba con los brazos, gritaba en esa profundidad silenciosa, pero nada: el azul no se iba, el azul se lo estaba llevando todo, su cabeza era la estrella solitaria flotando en ese puro cielo, en ese cielo azulado que poco a poco se teñía de rojo, del rojo sanguíneo de los héroes caídos. Y quiso abrir la boca para poder gritar y para decir basta, ¡basta, por favor!, mamita, no, auxilio, la Cristina me está haciendo de nuevo una chinita, mamita, la Cristina, esta tonta pesá de la Cristina, ¡mamita, por favor! ¡Por favor! Pero ella no sentía la voz de su papito Julio despertando a su mamita, ni las pantuflas subir la escalera, ni el familiar sonido de la puerta que se abría. Lo único que lograba sentir era el agua teñida de rojo que entraba con la potencia de un río en sus pulmones.


Pablo Farías Letelier (Curicó, 1997) es un nombre más en la larga lista de estudiantes de provincia presentes en el Gran (?) Santiago. Está cerrando sus estudios de Literatura Hispánica en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile. Estudió su tercer año en la Università di Bologna, en Italia. En su tesis de grado, analiza el diálogo entre la mística medieval de Occidente y la del Lejano Oriente, centrándose en la obra del dominicano Eckhart von Hochheim y en la no-filosofía del budismo Zen. En 2020, obtiene el segundo lugar en la versión XVII del Concurso Literario Internacional “Gonzalo Rojas Pizarro”. No ha publicado nada y quizás por eso a veces llora cuando escucha tangos.

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