Anís del Mico // Marshiari Medina

Tenía trece años y un chico me dejó plantada en las nieves. Bueno, en realidad, yo llegué tarde porque estaba en casa de mi abuela. El punto es que toda la semana yo estuve esperando a que fuera sábado para verlo, y no pasó. Marshiari Medina me recordó ese momento: cuando nos enfrentamos a las expectativas del amor romántico y, por supuesto, se rompen, porque la construcción de este es tan frágil como la masculinidad. Con descripciones e imágenes que nos transportan a esas etapas de catarsis provocadas por la sensación de haber dejado la dignidad en algún lugar muy lejos de aquí, Medina retrata a una protagonista atravesada por el dolor y el sentimiento del ridículo con el que todxs podemos empatizar.

El humor está presente, pero también la constante pregunta respecto a aquellas convenciones que hemos interiorizado y que nos llevan a sentirnos justo como lo describe Marshiari en su cuento. Medina nos hace reír, sufrir, sin olvidar que hay una crítica latente en toda esa alegoría de subibajas de emociones.

K.M.C.


Anís del Mico

Pinche morro culero. Lo estuve esperando por dos horas para ver la película, bajo la lluvia tóxica de la ciudad; torrentes de agua negra que caen sobre mi cabeza y mis hombros. Nadie lo dice, pero cada gota es un navajazo que atraviesa tu cuerpo. Las manos se entumecen, los labios tiemblan, el rostro se deforma con el frío y uno piensa que está llorando, pero en realidad es el beso abúlico del chubasco que puja entre el caos de los automóviles y las sombras de los edificios.

Las personas corren. Son cucarachas amedrentadas que torpemente buscan refugio entre las esquinas para protegerse del diluvio que no para. Yo me pregunto por qué soy tan pendeja. La lluvia sigue cayendo y estoy atrás de una manada de gente hedionda, que se echa pedos y huele a piel curtida, mientras nos resguardamos todos bajo el dosel de la zapatería. Y yo aquí, pensando en que no es la primera vez que me deja plantada. Soy la muñeca fea. ¿Le gusto o no le gusto? Así de fácil resuena la pregunta en mi cabeza, así el golpeteo constante de un martillo que me trepa el cerebro. ¿Le gusto o no le gusto? Porque a mí sí me gusta, y me gusta un chingo. Me gusta tanto que cada vez que lo veo me olvido de quién soy y siento que el corazón me explota como miles de granadas que retruenan en mi piel.

Llevo dos horas parada, sin moverme, como las lúgubres estatuas del parque. Dos horas mordiéndome las uñas, dándome de zapes porque quizás no debí escuchar al espejo. ¿Qué me dice? Entre su brillo desvelado, me cuchichea el muy cabrón: “Morra, si un chico te trata mal es porque le gustas más”. Así que corro a mi cuarto, me delineo los párpados, me pinto los labios de rojo, y  contemplo mi doble papada, odiando cada centímetro de mi cuerpo. Nada está en su lugar, no me reconozco, no sé de qué esencia estoy hecha. En la prepa me dicen la camarón y desde entonces no soy humana. El espejo me sigue susurrando y me pongo mis botas de charol, mi falda de tablones y pienso que ya la rifé: ¡Ya llegó la carne! Si no me quieren no importa, porque lo único que deseo es la mirada. Soy un decápodo y nada más. No necesito cabeza, ni preguntarme de dónde surgen estos pensamientos, lo único que quiero es ver la película y dejar que su mano se deslice entre mis muslos para que amase lo que ofrezco; quizás nos besemos, y todo se fusione, pierda su voz, color y forma, mientras sus dedos se resbalan. Yo estaré calladita porque ya sabemos, no hay origen sin origen, ni existencia sin angustia. A la prima se le arrima. Pinche morro culero, nunca llegó y yo encogiéndome de hombros, sintiendo la monstruosidad de mi alma, ¿y él? Quién sabe.

Algo se rompe dentro de mí. No como una hoja de papel que se desgarra poco a poco, sino como un porrazo violento, como el iceberg que desmadra al Titanic y hunde este amor jodido. Es un estallido caótico, como si me aventara desde lo alto de un edificio y mi rostro embistiera contra el piso, mis dientes salieran disparados entre vísceras y sangre, y yo siguiera viva, respirando, con las costillas dislocadas, clavando sus astillas dentro de mí. Pinche morro culero, eso me pasa por esperarlo sabiendo que no va a llegar.

Se me ocurre ir rápido al Oxxo y comprarme una cerveza. La cajera me mira con cara de otro  cliente que viene a ver y no paga, porque los cajeros son como sabuesos que te huelen y saben si traes o no marmaja, y la verdad yo no traigo más que diez pesos para mi pasaje. Pero todo me duele, siento que las lágrimas se me acumulan en el pecho. Voy a estallar por dentro, y pienso, chingue su madre, me robo una cagüama así como me contó el Ulises; ya lo pensé, me acerco pegadita, me hago medio güey, tiro unas papas y me acerco al anaquel, agarro la botella, la enfundo entre mi falda y mi chamarra. Pero al ver a la cajera, me paralizo. Siento su mirada, sé que me está juzgando, ya sabe a lo que voy y no me quita los ojos de encima. Su rostro permanece impávido, me doy cuenta de que en realidad es un zombi zarrapastroso, con la cara chueca y las manos colgando, pensando en si va a comerme o no. Y en eso llega el indigente ese, con su pestilencia cubriendo toda la tienda, puro olor a excremento. Esta sociedad es un detrito, corrompido hasta su madre. Y el señor se rasca sus barbas, me mira, me dice que no siga llorando, que él picha. ¿Llorando? ¡No! ¡Yo no lloro por ese morro culero!, pero la verdad es que los ojos se me están pulverizando: unas pantegruélicas lágrimas resbalan entre mis mejillas y resquebrajan el suelo. La morra del Oxxo nomás mueve la cabeza mientras me ve y suspira. Un anís del mico, dice el vagabundo (¿así se dice? ¿es políticamente correcto? ¿qué ganamos con aventar a la gente a la calle para que el señor de la basura se los lleve lejos, donde no molesten ni huelan mal, ni hablen, ni griten de dolor?), entonces la chava le pregunta si tiene con qué comprar. El viejillo saca de entre sus harapos un billete de cincuenta, lo pone sobre la barra y le dice que no mame.

            La chava le da la botella. El Don me mira y me dice ven. Y ahí voy, como mosca hipnotizada por la luz. Salgo del Oxxo, estiro mi mano, recibo el santo grial. Cura los males, sea el que sea, me dice y se va. Se va, así como sombra fantasmal, como visiones que desaparecen al parpadear. Yo pienso: pinche morro, pinche cajera mamona, pinche mundo cruel. Abro la tapa, le doy un trago a la botella, y siento que la garganta se me quema como si hubiera tragado un chingonorral de carbones prendidos, pero el sabor no está mal: azúcar rancia y chochitos que receta el doctor. Sigo tomando, caminando entre las calles, hasta que de pronto me pega la voladora. Empiezo a sentir que un calor sube desde mi estómago hasta mi cabeza. Todo comienza a dar vueltas, a ser una serie de fade-offs, suspense e intriga. Y ahí voy, siento que vuelo, y soy más rápida que la velocidad del sonido. ¡Ay, cabrón! Soy más rápida que los asteroides que eclosionan con el vacío. Comienzo a reírme y a gritar. La gente me esquiva porque tengo fuego en los ojos, soy fuego, calcino con mi aliento, puedo elevarme hasta convertirme en una distorsión cósmica y aplastar al mundo entre mis dedos. Sí, pinche morro culero. Voy avanzando entre calles que conozco, sé que si voy por ahí o por allá me encontraré a alguien que quiera echar desmadre. La noche está cayendo y los vatos pendejos comienzan a hacer fila para entrar a los antros. Yo doy trompicones entre la gente, empujo a las señoras, me desagarro la garganta gritando hacía los autos que pasan, aviento madrazos al aire, lloro como si mi vida fuera una metáfora del mal.

Sigo avanzando, las caras comienzan a deformarse. Aquí voy, soy la ultrasónica velocidad de la luz, soy el grito desesperado del desamor, soy la que nunca soy, la que siempre se queda en la esquina viendo como pendeja, la que se maquilla y sigue viéndose como Chucky. De pronto, el piso comienza a cuartearse, los edificios se hunden en las grises arenas movedizas de la ciudad, mis pies no saben por dónde pisar. La botella está casi llena, casi no le he tomado, pero yo siento que el universo se expande y la voz del infierno comienza a susurrarme en el oído. Mi cuerpo se paraliza, caigo en el suelo y lo primero que pienso es que me van a ver los calzones, y las estrellas parecen cadenas negras que quieren comerse el cielo. ¿Y a mí qué chingados me importa? Yo soy la omega del kiuper belt, soy la larva que duerme en los ojos del Drácula, soy la que llora porque mi Romeo no quiso venir. Así que me quedo tirada sobre el pavimento mojado, mientras los transeúntes pasan junto a mí, se persignan y me miran como si fuera una gigante larva aglutinada. En eso, alguien se me acerca, trata de levantarme, pero yo siento que mi cuerpo no me pertenece, que mi espíritu se eleva a la consciencia más alta de las entrañas de la tierra, revienta el asfalto y llega hasta donde habitan las olas de lava volcánica, desciende a los aposentos donde duermen legiones mefistofélicas, rugiendo y atormentándose en la boca de los avernos, así que dejo caer mi cabeza hacía atrás y comienzo a carcajearme. Sí, estoy loca, porque soy el reflejo vomitivo del cosmos y su creación. Para mi sorpresa, el samaritano es el Ulises. Seguramente lo invoqué en este debraye, porque como Dios le da entender me levanta, me cuelga sobre sus hombros, me dice que nomás tiene veinte pesos para llevarme a mi casa. ¿Qué estás tomando? Le enseño mi diáfano néctar y le doy otro trago. Ulises trata de quitarme la botella, pero ni madres, es mía, así que me encabrono, le doy una patada en los huevos y me echo a correr. Otra vez soy la más vergas del universo, soy una sonda espacial de fuego, soy 250,000 kilómetros por hora de puro pinche power pinche. Soy el caos, la Diosa Kali y me voy a tragar este mundo. El viento enfría mi cara, yo sigo corriendo y pensando en ese morro culero. Soy yo la cataplasma del ojo cósmico que todo lo observa. A mí nadie me deja esperando en la lluvia por dos horas. Tengo mi cetro, mi fuente de poder, soy el vientre que se emborracha y las chichis que rebotan con cada zancada que doy. Veo que un túnel de luz azul se abre en medio de la calle, corro hacía él con toda mi velocidad y de pronto, silencio.


Marshiari Medina (Ciudad de México, 1983). Estudió Letras Inglesas en la UNAM y ESL en Fairfield-Suinsun (California). Es directora de Teresa Magazine y Revista Karkinos, escritora y traductora. Ha publicado en diversas revistas como Revista Este PaísErrr MagazineNocturnario, entre otros. Es aficionada del chocolate y cree que es una de las hermanas Brontë, perdida en una geometría cósmica hecha de diversos mundos posibles, gobernados por lógicas pop no-euclidianas. Su logro más importante: ser sobreviviente de cáncer de mama.

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