A toda prisa // Siobhan Guerrero

El sentido común nos dice que, dentro de una ficción, un personaje carece de agencia. El encuadre narrativo predetermina cada acción, pensamiento, redención, casi como el Dios calvinista que le pega el olor de llamas infernales a un ejército de nonatos que nacen sólo para acabar en el infierno. En esta teología, el autor ocupa el lugar de esta deidad tenebrosa y cruel; sin embargo, este planteamiento descarta otra posibilidad evidenciada como cierta: la pérdida de agencia por parte del autor. El autor muere para convertirse en lector, entonces el texto es un campo abierto en cuyos huecos prolifera la historia social y corporal de quien le echa el ojo.

Ahora juguemos con otra posibilidad: ¿puede en este caso un personaje volverse lector(a) de sí mismx? Palabras más, palabras menos esto fue lo que me vino a la mente leyendo este cuento de Siobhan Guerrero. La protagonista revisita la narrativa que la constituye y cuestiona la ética de escritura que le dio vida para luego abandonarla. La voz autora se revela como una entidad vulnerable, ansiosa que muestra una transparencia dolorosa mientras su texto forma una identidad propia y se pierde de su alcance.

E.L.A.


A toda prisa

Supongo que ya es hora, se dijo a sí misma. A esto le siguió un suspiro. Un suspiro profundo. Había venido a despedirse allí donde había comenzado todo. El salón de tatuajes hacía mucho que había cerrado y del edificio que la vio nacer quedaban ya sólo memorias y muros carcomidos por los temblores. La ciudad había devorado su historia y los testimonios materiales de su origen.

Esto a ella no le sorprendía. No ahora. No tras tantos años. Sus ojos estaban cansados y manchados, manchados con una tinta que no podía limpiarse pues estaba fundida con su piel, con su sangre. La tinta se había corrido, se fugaba sin fugarse realmente. Se escurría en su cuerpo dibujando grecas teseladas que la hacían ver misteriosa. Ocultaban su cansancio y su desasosiego. Había sido feliz o eso imaginaba porque ya no podía recordarlo, no realmente.

Caminó unos pasos y colocó sus manos en la pintura desgastada, en el cemento que de tanto en tanto se liberaba de su prisión de color. ¿Me arrepiento?, ¿Me arrepiento de todo esto?, se preguntó. Se le dibujó una sonrisa. Por un instante se acordó del torbellino de emociones que había sido. La calma y la dicha le habían durado poco. Habían durado lo que dura un parpadeo y un sueño. Acto seguido había despertado en este otro mundo que en todo era idéntico al suyo salvo que se sentía como una pesadilla oscura y perpetua.

Volvió a suspirar. Ya era hora. Agachó la cabeza y comenzó a alejarse de aquel sitio. La gente la miraba y sentía el peso de sus ojos sin que le importara mucho. Sabía que podría haber caminado en Júpiter sin problema alguno pues el peso de millares de ojos por millares de segundos la había hecho fuerte. Con las miradas llegaron las preguntas, las muecas y las risas. Aceleró el paso y no por el contexto sino por la prisa.

Pensó en la película favorita de su infancia. Ella también caminaba hacia su muy personal encuentro con las ancestras esperando tener los méritos para gozar de su muy digna compañía. Pero antes debía detener a su propio demonio de fuego oscuro. Se detuvo. ¿Cómo enfrentas a una oscuridad descarnada, deslocalizada e incorpórea? pensó. Lágrimas recorrieron sus mejillas. Peor todavía, una oscuridad repartida democráticamente en cada cuerpo, lamentó al encontrar en los ojos de una niña a esa misma maldad que debía enfrentar. No había modo y ella lo sabía.

Volvió a detenerse, pero esta vez en una esquina triste. Se compró unas papas de esas que pican mucho. Se estaba despidiendo de sí misma y lo sabía. Se estaba despidiendo de sus muchos avatares, de todas las versiones anteriores de sí misma. Había soñado con ser un sueño en vida pero la carne tiene la maldita costumbre de no ser onírica. Se acordó de pronto de todas las veces que había releído aquel poema que no dejaba de recordarle que somos carne antes que gloria y no gloria antes que carne. Así ha sido y así es. Había sido carne en aquella esquina y había sido Gloria en aquella esquina y había sido duro ser carne y ser gloria en aquella esquina. Se terminó las papas.

Pensó en su padre y se despidió de él. Apenas un fugaz recuerdo y un eco marchito de quien alguna vez le amó. Pensó en su madre y prefiero no hacerlo más. Volvió a andar, esta vez más de prisa, hasta que la noche la alcanzó, hasta que la lluvia la alcanzó y hasta que ella alcanzó la Gran Avenida. Soñó por un instante que se miraba en la parte trasera de un coche antes de todo aquello. Sus ojos ocultos detrás de un fleco no le regresaron la mirada. Volvió a soñarse y se imaginó conduciendo un carro en compañía de una imposible fantasía y un perro llamado Shirley.

Sacó de su bolsa un monedero y luego la arrojó al tránsito. Arrojó así su nombre de guerrera, su último vestigio de presencia. Estaba totalmente empapada. Se miró las manos y encontró más años de los que esperaba. Supuso que aquello no era tan malo. La suya había sido una vida a toda prisa. Volvió sobre sus pasos para encaminarse a un parque.

Allí le gritó al autor del mundo que por qué la había castigado así. Miró a la Luna, miró al lago y miró a la lluvia para volver a gritarle que por qué la había castigado así. ¿Por qué me diste un sueño que iba a costarme todo?, me dijo. No supe qué responderle porque no suele ocurrir que quien mora en un texto salga de él y te exija una explicación.

El lago y sus patos se pusieron intranquilos. Con sus gritos arreció también la lluvia mientras ella volvía a gritarme. ¿Por qué me condenaste a la fantasía de un espejo para luego declararme quimera y olvidarme?, lloró. ¿Por qué declaraste mi sueño un simulacro y a mí misma una impostora?

Se hizo el silencio y lloré un poco. Mis aguas se volvieron lluvia y mi reflejo, como la Luna, la miró. Quise decirle que yo era muy joven, que no sabía, que en ella advertí un destino que en aquel tiempo no supe encarnar. Ella, que había sido mítica y etérea, que había sido la vida testimoniándome otra vida, ella era mi hija más excelsa.

¿Por qué?, repitió cansada una tercera vez. Yo guardé silencio y pensé en sus primeros tatuajes, en esa tinta mezclada con sangre que quiso contar otra historia de la que terminó narrando. Lo que yo quería era atender a la palabra de las otras y no condenar la mía. Pero en el proceso le robé su sueño y nos robé la vida. Temerosas ella y yo de no ser más que un simple simulacro, de no ser más que una palabra escrita. Temerosas no tanto por creerlo sino por escucharlo. Ella temerosa de que yo dejase de soñar con ella. Yo temerosa por lo mismo.

Quise decirle que lo sentía y la acarició el viento, ese viento que sigo llamando viento. Vi en sus ojos cansados y manchados, en sus labios rojos y agrietados y en sus pechos caídos y encapsulados lo que había sido su vida. ¿Qué más le puede importar a ella cómo la llamen?, pensé, pero sí le importa. No tiene ni treinta y ha venido a despedirse de mí. Ha venido a exigirme cuentas. Ha venido a que recontemos los relatos.

Ya qué importa, me dijo. Acto seguido se marchó de allí.

Caminó por unas calles hasta detenerse en la Avenida Elíptica. Por la ventana creyó mirarse a sí misma y a una perra llamada Shirley. Doce años atrás ella no se hacía un tatuaje y doce años ahora moraría allí. Se preguntó si esos ojos eran felices y se dio cuenta de que aquello no importaba. Buscó su bolsa y se dio cuenta de que la había arrojado con todo y su nombre de guerrera. Eso fue muy triste porque las llaves de aquel departamento estaban allí pues allí había dejado yo mi propio sueño. Soñé con ese sueño, arribista y burgués, pero también con ella. Recordé aquellos años en los cuales escogí andar a su lado y también aquellos otros que fueron de huida y me llevaron a hacerla a un lado y guardarla en el cajón de lo jamás pensado. Por años la olvidé y en el olvido ella se hizo una vida.

Me entristeció mirarla y quise dejar de hacerlo, pero no me atreví. La vi sentarse de pronto y llorar. Estaba rota; rota como los sueños al amanecer cuando están a punto de volverse nada. Ella nunca había sido estúpida, solamente joven. Creyó que el espejo y ella eran el mundo. Tras dar un paso y dejar atrás al tatuador se confrontó con la primera risa. Oyó al tatuador a la distancia exclamar con horror por lo que había hecho declarándola impostora y simulada, superficial y boba. La segunda risa no tardó en llegar y luego una tercera y una cuarta y una quinta. Su voz se enmudeció y sus ojos lloraron en ese primer trayecto. Ella siguió andando y andando y así, por años, anduvo.

Sola o con ellas, pero sin mí. Se escribió a sí misma como todo el mundo, pero en su cuerpo se veían las suturas y en las suturas se veía su historia. La muñeca de trapo, le dijeron por algún tiempo. En ese tiempo anduvo sola por los rincones. Pero en los años que no miré ella amó y cogió y a veces cobró y cobró en palabras para complejizar su historia y tener un relato épico porque su vida iba a ser todo menos una tragedia. Se acordó de mis recuerdos y un día miró a la noche y dijo: ¡No pasarás!

Y eso es lo que hoy busco en ella. Ese grito para robárselo y hacerlo mío. Ese grito con el cual mis sueños resisten a mi propio cansancio vuelto ahora derrota y pesadilla. Ese grito que hoy es, quizás, mi última esperanza.

Supongo que ya es hora, me dijo mientras volvía a mirar al cielo. Sólo dime una cosa. ¿De dónde ha salido tanta oscuridad?, me preguntó. Bajé de las estrellas y me hice texto y caminé hacia ella. Nunca la había visto. Para mí ella siempre fue palabra. La miré y exclamé los nombres de otros cuentos y no supe si en ellos la había inventado o sólo quería encontrarla. Ella era bella, a pesar de las suturas, a pesar de las teseladas manchas y de las grietas en los labios. Me miró y le sorprendió mi edad y supongo que se dio cuenta de mi lentitud y de mi cobardía.

Es hora, le dije. He venido por ti, agregué. Quise volver a decirle que lo sentía, pero todas mis palabras eran ella. Lo único que pude hacer fue suspirar y abrazarla y sentir en mis brazos ese cuerpo que tantas veces narré pero que nunca había sentido. Miré sus ojos y ella me miró. Nos invadió la melancolía y comenzamos a llorar. Ella me preguntó si habíamos perdido, si nos habían derrotado. Agaché la cabeza y le dije que no, que no estábamos derrotadas, que eso jamás. Solamente nos habían obligado a marcharnos, eso era todo.

Tras decirle aquello volví a abrazarla y la sentí fría como a mi propia esperanza. Las estrellas y la Luna se habían marchado y la oscuridad había devorado a la ciudad dejándonos a ella y a mí en una negra burbuja de conmiseración. Volvió a preguntarme si habíamos perdido y volví a decirle que no. Y entonces, ¿por qué has venido?, me cuestionó. 

Las risas dejaron de ser risas esta noche, le expliqué. Fueron subiendo en intensidad y se volvieron carcajadas. Carcajadas y miradas. Carcajadas que dejaron de ser carcajadas y miradas que dejaron de ser miradas. Cuando eso pasó las pesadillas dejaron de ser sólo pesadillas. Pensé entonces que quizás un sueño podía detenerlas y por eso he venido. Pero me han robado las estrellas, el cielo, la Luna y la ciudad que habitas. Te estoy olvidando. No obstante, mientras te olvido tus ojos me recuerdan quién he sido, quién has sido y gracias a ello sé que no estamos derrotadas. Aunque las risas se rían más que nunca, aunque sean estridentes carcajadas, aunque sus bocas arrojen dientes filosos como dagas y la burla se vuelva hiriente de manera no figurada. Ni así estamos derrotadas.

Escuchó mi explicación y me miró como si me perdonara. No sé si realmente lo hizo, pero, en cualquier caso, eso quiero creer. El punto es que me arropó con su cuerpo y yo me envolví así en la palabra y dejé que esa palabra me cobijase mientras me iba arrullando con unas carcajadas que se estaban comiendo al mundo. La luz y yo nos íbamos durmiendo lentamente con cada carcajada.          

Con cada carcajada avanzaba la oscuridad. Mis ojos se iban nublando y mi voz se fue aquietando. Alcancé a pensar en cómo yo te escribí hace doce años y al hacerlo me escribí a mí misma y por años te vi transitar mis cuentos imaginándote, imaginando tu vida. Pero no eras realmente tú, y yo no era realmente yo; eran tus sombras y las mías cruzándose en una caverna. Era ese miedo de ser sombra, de que tú fueses la mía o, peor, de que yo fuese la tuya. Ni modo, los temores se habían interpuesto entre nosotras.

Reparo de pronto en que mi voz se va volviendo silencio. Reconozco mis miedos en la oscuridad de tu mundo. Reconozco las risas del mío como ecos en el tuyo que ya se van haciendo presentes. Veo tu vida y lánguidamente me dejo invadir una última vez por el desasosiego y veo que tú, que fuiste mi sueño, habitas también mi pesadilla. Esa pesadilla que no está escrita de ficciones sino de realidades posibles que tú tuviste que andar. Me estremece la tristeza. Lo lamento tanto.

Voy dejando de respirar. Supongo que estamos a mano. Aunque no realmente porque tu vuelves a pagar por mis infortunios.

Ya no te oigo. ¿Sigues ahí?

Apenas me acuerdo de mí. Oigo sólo las carcajadas, estruendosas carcajadas.

Pienso en tu nombre, en tu nombre muerto. Pienso en el mío y me doy cuenta de que lo he olvidado.

Pienso en tu nombre vivo y se me escapa. Pienso en el mío y sí… aún está allí.

No ganaron. Me sonrío.

Cierro los ojos y ya. Queda la carcajada.


Siobhan Guerrero nació en Ciudad de México en 1981. Es activista transfeminista y ensayista. Ocasionalmente incursiona en la poesía y el cuento. Es una apasionada lectora de todo lo que sea ficción especulativa. 

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