Reseña: Pelea de gallos // María Fernanda Ampuero

AY, CÓMO ME DUELE —LA VIOLENCIA Y EL PATRIARCADO—, DIRÍA VALENTÍN ELIZALDE

María Fernanda Ampuero
Pelea de gallos
Páginas de espuma,
2018, 120 pp.

¿Soy un monstruo o esto es ser persona?

-Clarice Lispector

Uno ve gente y no sabe lo que ha pasado detrás de la puerta de su casa.

Cuando estudiaba la maestría, realicé una corta estancia de investigación en Ciudad de México. Era enero, hacía frío y me hospedé en una habitación en el centro de Coyoacán que incluía el desayuno: pan tostado con mermelada, fruta, café, yogurt y jugo de naranja. Llegué un sábado en la noche y el domingo a medio día me vi en una librería Gandhi en Miguel Ángel de Quevedo con el investigador que me asesoraría durante ese tiempo. El profesor me encargó un par de actividades, que leyera dos libros y unos artículos académicos. Quedamos de vernos en su cubículo en la semana para discutir las lecturas y revisar unos instrumentos. Se fue en su bicicleta y yo decidí explorar la zona y revisar un par de textos en la cafetería del lugar.

—Tienes que leer este libro pero YA.

Era una de mis mejores amigas dándome una instrucción clara y precisa ignorando por completo —pero deliberadamente— que estaba en una estancia a 3,000 kilometros de mi casa.

—Voy a encargarlo, a ver cuándo me llega.

—Estás en CDMX, no necesitas esperar…

No solo estaba en CDMX, estaba en una librería en CDMX. Pregunté por el libro. Pelea de gallos, de María Fernanda Ampuero. Lo compré y comencé a hojearlo mientras caminaba de vuelta a la casa donde me hospedaba. Trece cuentos, cada uno resumido en una palabra: Subasta, Monstruos, Griselda, Ñam, Crías, Persianas, Cristo, Pasión, Luto, Ali, Coro, Cloro y Otra. Para llegar a mi habitación, al fondo de la casona, subía unas escaleras de caracol. Era el punto más alto de la vivienda. La dueña del lugar, una bailarina de ballet con tres hijos, tenía una escuela de danza en la planta baja y completaba los gastos con la renta de los cuartos. Me tiré en la cama y me puse a leer. De fondo escuchaba música clásica y plié. Pasaron un par de horas, ruidos de niños a la hora de comida, brincos, saltos, seguro jetés o entrechats. Detrás del portón de ese domicilio, había una familia con su rutina dominical, barras, duela y espejos, y una estudiante de maestría tratando de cumplir con los tiempos del posgrado mientras leía un libro de cuentos de una autora ecuatoriana.

Pelea de gallos (Páginas de espuma, 2018) es el primer libro de cuentos de María Fernanda Ampuero (Guayaquil, 1976). Sus dos obras anteriores —Lo que aprendí en la peluquería (2011) y Permiso de residencia (2013)— son crónicas, así que con este libro se presenta de forma magistral en el mundo de la ficción. El núcleo familiar es el centro de las historias cargadas de violencia. Son las huellas del abuso y del patriarcado en cada uno de los personajes de sus cuentos. Y esas huellas son producto de las interacciones familiares: es ahí, en lo íntimo, en la privacidad del hogar y tras cuatro paredes, que más sufren y reproducen aquello que los condena.

Los primeros siete cuentos son narrados en primera persona, con una voz que nos recuerda a la infancia y nos lleva al pasado. Un pasado que preferiríamos ignorar, pero que ha marcado a los protagonistas: lo que son hoy es por ese ayer. Esa voz infantil madura en el texto, vemos los momentos en que los personajes se despiden de su inocencia y su vulnerabilidad se descubre ante el terror de lo violento. Tuve que hacer una pausa después de leer Crías, el quinto cuento del libro. Ahora estaba yo dentro de un hogar que no era el mío, invadía el espacio de una familia, rompía su rutina. ¿Qué sucedía en el resto de las habitaciones, en los lugares a los cuales no accedía? ¿Qué había más allá de esa cocina de ensueño donde me tomé un café negro en la mañana?

Los últimos seis cuentos juegan con la narración, arriesgándose incluso con la segunda persona. Los relatos, aunque no distan de los temas de los anteriores, sí lo hacen en su estructura. Nos alejamos de esas voces infantiles —pero maduras que eran capaces de observar las coyunturas de una sociedad dañada— para ver dinámicas adultas. En esta segunda parte del libro, vemos esas consecuencias de crecer en familias como las que se mencionan en los primeros cuentos y de los cuales es imposible escapar, según esta realidad que nos muestra Ampuero.

Todas las historias parecen pertenecer a un mismo barrio, a un mismo cronotopo, que aunque sepamos que entre Ñam y Coro hay unos treinta años de diferencia o que lo que cuenta Crías sucede en dos momentos distintos, no se deja de percibir un mismo tiempo, donde, a pesar de los que los personajes van y regresan a sus lugares de infancia, ese tiempo se ha mantenido inmóvil, inmutable. Lo que nos demuestra que lo que ocurre en las moradas, dentro de las paredes de la casa, en lo privado de los hogares no ha cambiado mucho en los últimos años. La violencia, el clasismo, el sexo malentendido, el patriarcado siguen ahí, en la intimidad de las parejas, de las familias, tras las puertas de las mansiones así como de los departamentos de interés social, nadie puede ocultarse de esa realidad. Porque incluso en Otra —donde la acción principal recae en un supermercado― los pensamientos de la protagonista, lo que impulsa sus actos, lo que la motiva a cambiar esa rutina es la reflexión que hace de lo que vive en la privacidad de su hogar, no lo que ve en lo público.

Terminé el libro ese día que lo compré. Lo releí un par de veces durante la estancia. Quería borrar de mi mente las imágenes que nos plasma Ampuero en sus relatos — las cuales son fuertes y provocan una serie de sensaciones que van de la repulsión a las náuseas—, pero no cómo las construye. Una niña embarrada de heces y suciedad, una casa infestada de animales rastreros, un miembro genital que bien podría ser de un cadáver, un roedor devorando a sus hijos; aunque también hay imágenes que estremecen y cimbran el estómago: una mujer abusada sobre un colchón que ha recibido toda clase de desechos, un moribundo que implora la piedad de su familia, una señora que queda enclaustrada en su cuarto. La autora no embellece esas situaciones producto de los temas que se abordan a lo largo de la obra, no le teme a mostrar esos retratos fruto de la violencia y del patriarcado.

La narrativa de Maria Fernanda Ampuero tiene un ritmo que se apoya de la descripción, de la construcción de imágenes y diálogos libres que se incorporan al texto con naturalidad. Un libro que refleja ingenio, en el que cada relato cierra de forma abrupta, pero sólida, que deja una sensación de hueco y vacío, el cual se llena con el siguiente. Personajes que son monstruos, que cometen actos atroces, que orinan, que defecan, que violan, que matan, que se quedan varados en su desgracia; pero siempre en su intimidad, detrás de la puerta de su casa o de la del vecino, que cumplen su condena por sus pecados: ser pobres, mujeres, morenos o todas las anteriores.

Concluí mi estancia de investigación con más elementos y recursos para nutrir mi trabajo de escritura creativa que con herramientas para mi trabajo terminal de maestría.

No se preocupen, sí me titulé.

Gracias, Ampuero.

Karla Michelle Canett (@ArreLaQueBarre).
Septiembre de 2020
.


El primero libro de cuentos de María Fernanda Ampuero puede adquirirse en formato físico o digital, dando clic aquí.

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