Dos cuentos: Cuarentena y Ritual // Lesli Mejía

El confinamiento ha causado estragos en cada unos de nosotros. Ha sido un subibaja en nuestros ánimos y, por ende, en nuestra salud mental. En el primer cuento, Cuarentena, Lesli nos lleva al encierro de Rocío, una joven ilusa como todos aquí lo éramos a finales de marzo, pero se aventura a mostrarnos las consecuencias de la monotonía y la inactividad a la Groundhog Day 2020.

            Por otro lado, en Ritual, Leslie explora la depresión, pero ahora desde el duelo. ¿Qué nos mantiene de pie tras una pérdida?, ¿cómo sobrellevamos la tristeza profunda del desconsuelo y la soledad?, ¿qué le decimos a un jefe para justificar una falta por desamor? Leslie juega en ambos cuentos con la salud mental y los métodos —no científicos— para su tratamiento por medio de vivencias cotidianas que nos permiten empatizar con las protagonistas y, al mismo tiempo, cuestionar nuestras propias vías para el desahogo.

K.M.C.


Cuarentena

Cuando la cuarentena comenzó, Rocío estaba convencida de que duraría solo cuarenta días, así que no se preocupó. Le entristeció no poder ver a sus amigos de la primaria ni a los de la colonia por todo ese tiempo, pero intentó ser optimista y se enfocó solo en las cosas buenas que podrían resultar de estar poco más de un mes sin poder salir de casa.

Una de esas cosas era que podría pasarse todo el día dibujando. La primera semana la pasó de esa manera: no despegó la mano del lápiz; llenó hojas y hojas de dibujos de plantas y animales; incluso, se le entumió el cuerpo de tanto estar sentada. Pero cuando empezó la segunda semana, las imágenes dejaron de fluir, se sintió más cansada y la creatividad requirió un mayor esfuerzo.

Decidió darse un descanso y se puso a ver películas. Vio de Pixar, de Disney, de Ghibli, y planeó ver algunas series, pero pronto le empezó a frustrar estar tirada en el sillón sin siquiera moverse. Al menos cuando dibujaba movía la mano.

Tal vez necesitaba salir al patio a respirar y asolearse. Empezó a pasar todas las tardes en el patio, sentada en una silla, a veces dibujando, otras leyendo, pero todo eso le aburría luego de cierto tiempo. Mejor se puso a saltar la cuerda, intentar hacer malabares, o solamente caminar… pero eso la hizo identificarse más con el león enjaulado que vio una vez en el zoológico. Además, ocasionalmente, pasaba gente por la calle, y le daba pena que la vieran ahí jugando sola.

Los días comenzaron a sentirse cada vez más largos. Para cuando avisaron que la cuarentena se extendería un mes más, Rocío ya se estaba dando por vencida. Se resignó a pasar los días sentada frente a la ventana, asomada por entre las cortinas con la barbilla sobre los brazos entrepuestos. Desde la seguridad del interior, era más cómodo e interesante ver a las personas que pasaban frente a su casa, pero estas eran muy pocas. Las calles se veían prácticamente vacías. No había coches tampoco; sus sonidos no inundaban la atmósfera. A veces solo se oían los ladridos de los perros y el piar de los pájaros.

Estos eran sonidos más tranquilos. La relajaban e invitaban a cerrar los ojos y quedarse así por muchas horas, pero sin dormirse, solo permitiendo que sus sentidos se apagasen un poco, como si les bajaran el volumen paulatinamente. Así, los pensamientos empezaron a bajar su volumen también. Ya no pensaba ni sentía, solo existía, tal como la luz del sol, como los árboles, como el viento en sí.

Sin darse cuenta, Rocío empezó a meditar.

Pero un día, meditó por demasiado tiempo. Usualmente, lo hacía por un máximo de dos horas. Era capaz de interrumpir la meditación —quizá porque no estaba consciente de que era meditación— para comer, ir al baño, hacer sus deberes, interactuar con sus padres cuando no estaban trabajando o dormidos. Ese día no lo logró, o tal vez, en el fondo, no le dieron ganas de lograrlo. Así se la pasaba muy bien. No podía aburrirse si no pensaba ni sentía en absoluto; era una forma eficiente de pasar el tiempo, el cual no dejaba de alargarse, pues la cuarentena continuaba y continuaba y continuaba. Ya habían pasado cuatro meses desde su inicio. A Rocío se le estaba olvidando cómo era ser una persona.

Cuando sus padres la fueron a buscar más tarde ese día, a quien encontraron en el sillón no era su hija, sino una planta con la raíz expuesta.

Ritual

Desde que mi esposo murió, fumo mota todos los días al despertar. Me ayuda a salirme de la cama. Si no lo hiciera, creo que me sería imposible encontrar motivación para ello. Probablemente, me quedaría todo el día inmóvil, hasta que el sol se escondiera y la oscuridad me espantara, para cuando entonces el hambre y la sed tampoco me dejarían una opción. Además, perdería mi trabajo, mi gato se escaparía, mi madre se terminaría alarmando. Todo lo que podría salir mal, saldría mal. Por eso, no tengo de otra: en cuanto abro los ojos, debo sacar la pipa y fumarme un quinto de gramo de algún tipo de cepa híbrida.

Cuento con una gran variedad para evitar la monotonía. Mi cepa favorita se llama Blueberry Cheesecake; la reservo para los días especiales, como cuando tengo una junta con un cliente importante o una cita con alguien de Tinder. También tengo, entre muchas otras, Sour Diesel, Bubba Kush, Cotton Candy y, por supuesto, Pineapple Express. A esta última recurro cuando lloro la noche anterior, usualmente porque algo en el día me llegó a recordar a mi esposo. Hoy la elijo porque la existencia amaneció particularmente gorda: apenas puedo con su peso. Todas esas pendejadas de bañarme, vestirme, maquillarme, desayunar, subirme al carro, manejar, llegar a la oficina, trabajar, no son más que conceptos vacíos, sin fondo ni forma.

¿Y si mejor llamo y digo que estoy enferma o deprimida o los dos? Lo de la depresión me la creen, ¿quién dudaría de una pobre viuda? Lo de la enfermedad, si hablo mormada, también. Empiezo a considerarlo seriamente mientras saco de la mesita de noche la caja en la que guardo mi parafernalia canábica.

Ya he tomado las decisiones de faltar y de mejor empezar el día con OG Kush, cuando abro la caja y la veo vacía. Bueno, no vacía: ahí está la pipa, el grinder, sábanas, filtros, encendedores, incluso semillas que he estado guardando para tener mi propia planta en cuanto encuentre las ganas de dejar de procrastinar; pero no está la mota. Alguien se la llevó con todo y sus bolsitas de plástico. Pero ¿quién? Vivo sola desde hace ocho meses que perdí a mi esposo en mi luna de miel. En este departamento innecesariamente caro y espacioso vivo sola con mi gato, quien definitivamente no sería capaz de siquiera abrir esta caja.

¿O sí?

Salto de la cama jalándome los cabellos. Si estoy sospechando de un gato, entonces llegó el momento: finalmente voy a perder la cordura. No sé qué voy a hacer sobria. Definitivamente, tengo que faltar al trabajo hoy. Corro hacia el tocador, tomo mi celular, veo tres llamadas perdidas de mi asistente y un mensaje de él recordándome que hoy es la reunión con los empresarios franceses. Veo también que se me ha hecho tarde: son las diez cuarenta y tres y entraba a las ocho. Quiero vomitar del estrés. ¿Cómo es que es tan tarde si desperté exactamente a las seis y media? ¿Acaso estuve sentada al borde de la cama, conmocionada ante la ausencia de la mota, por poco más de cuatro horas?

El celular está sonando de nuevo. Cuando contesto, es mi jefe.

—Ramírez, ¿dónde chingados estás? Los clientes llegan en veinte minutos.

Mi primer pensamiento es: ¡en la madre! El segundo es lo que contesto.

—Licenciado, llego en quince.

En realidad, logro llegar en veintitrés, sin maquillaje, despeinada y con zapatos que no combinan. Aun así, la reunión es todo un éxito. Creo que es porque en Francia las ejecutivas no tienen que arreglarse más que los hombres para ser tomadas en serio. Allá tal vez las respetan traigan maquillaje y un vestido ajustado o no.

Cuando llego a mi oficina, mi asistente está ahí esperándome y me pregunta si estoy bien, mirándome con ojos de venado a punto de ser atropellado. Lo único que le digo es que se salga. Una vez sola, me tiro debajo del escritorio y empiezo a llorar. No es por la mota, sino porque no sé qué sucedió. Lo más probable es que me la acabé o la moví o algo, y no lo recuerdo porque fumar tanto me ha dejado estúpida y ya no hay salvación, todas mis neuronas están muertas y, aunque la reunión de hoy haya salido bien, sé que no lograré algo así de nuevo.

No puedo continuar así.

No sin ella.

No sin él.


Lesli Mejía (Acapulco, 1996) es escritora, traductora y licenciada en Letras Inglesas por la UNAM. Se especializa en la investigación y el análisis literario con una inclinación feminista interseccional. Ganó el primer lugar en la categoría de cuento en el Primer Certamen Literario de la Facultad de Filosofía y Letras.

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