Bajo la tierra, en la tierra y en el cielo // Yuri Pascacio Montijo

Podemos hablar de crónicas de viajeros, pero no turistas, porque un turista no se detiene lo suficiente para conocer los porvenires y complejidades de la cultura local. Yuri, por su parte, no solo es una viajera: es una residente. Por lo que este texto va más allá de una crónica: es un relato que refleja las angustias de su autora, las reflexiones que se permite hacer desde su experiencia como mujer que creció en un país colonizado y que ahora se desenvuelve en unos pilares del primer mundo, de la modernidad. Y lo anterior lo hace sin dejar de lado la belleza, con unas descripciones que nos remontan a Berlín sin poner un pie en el lugar.

Por medio de imágenes que nos hacen oler comida callejera hasta un centro de ciencias, Yuri nos brinda una crítica de los contrastes entre la modernidad, la memoria, la nostalgia y el olvido.

K.M.C.


Bajo la tierra, en la tierra y en el cielo

Tumbada en los pastos de Treptower Park a la orilla del Spree miraba las copas de los árboles moverse con el viento mientras recordaba la primera vez que había estado en Berlín. Lo primero que sentí al ver todo ese espacio lleno de jardines desordenados y lotes baldíos fue libertad. Estaba dejando de llover, cada una de las gotas reflejaba el brillo tenue del sol apenas destapado por las nubes y en el pavimento se podía ver el vapor de agua que regresaba al cielo. Los edificios estaban deslumbrantes después del baño y, en especial, me llamaba la atención esa torre semiderruida que coronaba la Breitscheidplatz. Mi piel se erizaba mientras imaginaba que la ruina era negra por la pólvora que la cubría y, al mirar con detalle, también creía haber visto algunos boquetes de bala en sus paredes. Después fui descubriendo que muchos edificios antiguos se encontraban en el mismo estado, abandonados; lo que contrastaba totalmente con el espíritu de la ciudad, que tenía una especie de energía ligera proyectándose hacia el futuro.

            — ¿Y ahora qué pasa? ¡No queda nada de eso!

            — ¿De qué hablas?

            — No sé, es otro Berlín. ¿Por qué están llenando todo de edificios?

            — De alguna forma se tenía que recuperar Berlín.

            — Pero ¿así? ¿Tanta prisa por parecerse a Londres?, algo tarde, ¿no?

            — Todos necesitamos una casa. ¿Nos vamos?

            — Sí, ¿regresamos por el Landwehrkanal?

            Tal vez es una especie de nostalgia de lo que pudo haber sido Ciudad de México o tal vez es el simple hecho de haber crecido entre montañas y concreto, no lo sé, pero me fascina caminar a la orilla del río y de los canales. Aunque hay que concentrarse más en el agua que en el paisaje pues cada día te puedes encontrar con la triste sensación de vacío al no poder volver a ver uno de tus murales favoritos, como las ratas muertas de ROA o las simpáticas personitas gigantes de Os Gêmeos, a lado de estos jardines salvajes porque ya construyeron uno de esos multifamiliares de lujo. Estos aparecen en cada esquina y hay quienes podrían experimentar una sensación de estabilidad y júbilo al verlos. Yo sólo siento que todo se aleja más de ese mañana distinto que antes había soñado. Es increíble que hasta se tuviera que negociar la conservación de los restos del muro; para lo que, por cierto, vino David Hasselhoff a apoyar cantando en una marcha hace unos años. Sí, nunca me hubiera enterado de que el guardián de la bahía podía cantar si no hubiera venido a Alemania. Con su hit “Looking for Freedom” festejó en la puerta de Brandemburgo el primer año nuevo de la Alemania reunificada.

            A Sebastian lo conocí por una de mis colegas del Instituto de Biología Molecular a donde vine a hacer investigación becada por México. Desde el principio compartimos las ganas de caminar por la ciudad y a esto nos hemos dedicado todo el verano. Es como un tour gratuito, él es alemán y se le facilita contarme los miles de detalles que puede recordar sobre esta ciudad tan llena de contrastes. La semana pasada visitamos algunos de los innumerables búnkeres del mundo subterráneo de la ciudad. Sentí vértigo sólo con acordarme de cómo empecé a perder el aliento sugestionada por la narración del guía, y mi pulso se elevaba y sentía correr adrenalina por mis venas al mirar una de esas bombas en las vitrinas que, de acuerdo con la descripción, siguen activas por toda la ciudad. Saliendo de ahí lo único que hicimos fue admirar el atardecer en Görtlizer Park. El ambiente es bastante relajado, tan relajado que puedes acostarte tranquilamente sobre el pasto y darte un toque que puedes obtener ahí mismo gracias a los migrantes eritreos, todo bajo la supervisión de la policía local. 

            Aprovechamos cada día del verano para pasear por las calles antes de volver a hibernar durante los siguientes siete meses. Esta vez habíamos decidido cruzar toda la ciudad por la mitad de oeste a este siguiendo la línea uno del metro con la misma ruta. El paisaje es bastante interesante cuando estás obsesionado con la decadencia del primer mundo y comienzas por la calle comercial principal exactamente frente a la tienda departamental más lujosa de Alemania, fundada por un judío a principios del siglo veinte. Luego, vienen las cadenas de ropa internacionales, el Bikini Berlín, un centro comercial bastante reciente del que no es necesario decir mucho pues su nombre lo cuenta todo. Y la torre, esa torre que me trajo de regreso, aunque no restauraron su punta, ya no es negra ni tampoco es el centro de la plaza, se integra con las tiendas todas ellas de colores llamativos, oro y cristales. ¿Por qué esta imperante necesidad de borrar todo resto indeseable de la historia?

            Las tiendas se van sustituyendo con negocios callejeros, sexshops, la sorpresiva aparición de mujeres con poca ropa seguidas por mujeres cubiertas de pies a cabeza, hasta saturarse el aire de un delicioso olor a carne de cordero asada en trompos como los de los tacos al pastor. El caos es lo más llamativo, como si estuviera caminando por Eje Central a punto de llegar a Madero, se empieza a acumular la gente, los vendedores ofrecen sus productos con voces fuertes y firmes, los rumores de la gente cada vez son más altos. Entre todo esto intentábamos cruzar Kottbusser Damm, cuando Sebastian levantó los hombros y dijo “nadie los entiende, no importa”. Había una manifestación y la gente gritaba en turco.

            — ¿Cómo que no importa? Son parte de Alemania. ¿No enseñan turco en las escuelas?

            — No, ¿para qué?, ¿quién lo usa? Mejor inglés y con ganas español.

            — ¿De verdad no enseñan turco?

            — No.

            — No entiendo, y así, además, ¿se quejan de su acento? Parecen gringos.

            — No es igual…

            — ¿Cómo que no es igual?

            — Estoy cansado, ¿podemos dejar la discusión?

            Terminamos el paseo en Schlesisches Tor sentados a la orilla del río mirando el muro al otro lado mientras comíamos en silencio una salchicha típica con curry y cátsup. Pensaba mil veces en lo ocurrido, no entendía por qué me había enojado tanto o qué era lo que me molestaba. ¿Cómo me identifico con estas personas que, aparentemente, no tienen nada que ver conmigo? Ese fue el último de nuestros paseos juntos con la excusa de que se terminaba el verano, después no nos vimos mucho. De cualquier forma, yo continué con mis caminatas, que se habían convertido en algún tipo de investigación antropológica o quizás un estudio urbanista; no me quedaba claro qué perspectiva podía combinar mejor toda la variedad de datos a la vista.

            El camino al trabajo se volvió uno de los paseos más escalofriantes de mi estancia en Berlín. Toda esta zona de institutos de investigación científica, románticamente bautizada como el “Oxford alemán”, fue fundada durante los últimos años del reino de Prusia. Todo lo que sabía por colegas y un folleto que anunciaba una visita guiada por la zona era que ahí se había descubierto la energía atómica y se había desarrollado el primer reactor nuclear, una torre redonda de ladrillo que podía ver cada vez que caminaba al comedor de estudiantes de la universidad. Una de esas tardes, terminando una conferencia sobre genética humana, la presentadora nos invitó a asistir a uno de los eventos en conmemoración de las víctimas del fascismo que se llevaría a cabo muy cerca de ahí. Decidí ir pues me interesaba conocer cada hallazgo arqueológico de Berlín, tomé mi abrigo y la seguí; sólo ella y otra compañera estuvimos interesadas.

            Caminamos apenas dos calles cuando empecé a ver en la banqueta unas veladoras encendidas en unos frascos rojos de vidrio cubiertos con tapas doradas, de la puerta del edificio colgaba una corona fúnebre con margaritas blancas y en frente había un par de personas recitando poemas para las víctimas. Le pregunté a la profesora si esto lo hacían cada año, ella me explico que no, que este año, con la remodelación del edificio y la calle, se habían encontrado unos restos de esqueletos de personas judías. Al tiempo que ella me contaba que los habían reconocido gracias a las etiquetas perfectamente conservadas que portaban, yo leía en una placa muy pequeñita pegada a lado de la puerta que decía: “Kaiser Wilhelm Institut für Anthropologie, menschliche Erblehre und Eugenik” (1927 -1945). Los restos, continuó ella, los llevaron a Múnich para ser incinerados; entonces, empecé a sentir escalofríos por todo el cuerpo, la boca seca y una especie de tristeza. Esa noche no se me quitó el frío, me molestaba la idea de haber pisado tantas veces, tan tranquilamente, todas esas memorias.

            En los siguientes días se volvió difícil el camino al instituto, estaba completamente confundida con esta sensación de tristeza, tal vez era vacío, incertidumbre, ¿qué era? Sentada en el escritorio seguía bastante pensativa, caminar sobre restos es algo que se hace comúnmente en Ciudad de México, sobre todo cuando visitas el centro histórico, una práctica muy antigua que parece mantenerse y extenderse para, de alguna u otra forma, callar la memoria. A menos que no sean nombrados o erigidos oficialmente como monumentos históricos o memoriales, todos los murmullos indeseables de la ciudad serán silenciados. Lo que me recordó que hoy pondrían la última parte de la cúpula del Berliner Schloss, por lo que empecé a correr para tomar el metro y llegar a tiempo al evento. No podía llegar tarde a mi último encuentro urbanístico antes de regresar a México.

            Me encontré con Sebastian en el metro, teníamos el mismo plan. Habíamos visto juntos el documental sobre el edificio que antes estaba en ese lugar, el Palast der Republik, construido por la ex República Democrática de Alemania, el cual, a su vez, fue construido sobre los restos del castillo de Berlín que había sido destruido por la fuerza aérea estadounidense. El palacio pretendía simbolizar la modernidad y el éxito de un socialismo liberador con su arquitectura de punta y los acabados más finos y modernos de la época. En la entrada y sala principal, resaltaban miles de bolas de luz iluminando el techo y por afuera se podía ver reflejada la catedral en su fachada de acero y cristal decorada con el escudo de la hoz y el martillo. Este edificio fue totalmente demolido y de nuevo teníamos la reconstrucción de lo que había sido el castillo de Berlín. Los dos queríamos ver cómo se coronaba la última gran obra inmobiliaria de la ciudad; aunque él estaba de acuerdo con las remodelaciones y yo estaba convencida de que se pudo haber construido algo más representativo de una ciudad multicultural y de su historia. Lo que hacía más fácil nuestra despedida.

            — Y ¿qué hay atrás?

            — Un edifico como cualquier otro.

            — En serio, ¿sólo una fachada?

            — ¡Mira!

            En medio de un acumulamiento de gente, grúas y periodistas, se elevaba una especie de corona que cubría la cúpula del castillo con una cruz de más de cuatro metros de altura, rodeada por una leyenda de fondo azul y letras doradas; el brillo de la corona y los reflejos de la esfera de la antena de televisión que se alcanza a ver exactamente atrás, apenas me dejaron leer “…en el nombre de Jesús deben arrodillarse todos aquellos en el cielo y en la tierra y bajo la tierra”.


Yuri Pascacio Montijo es ama de casa por necesidad, terapeuta por amor y bióloga y filósofa de la ciencia de-formación; combinando todo lo anterior, se dedica a descifrar quién es “ese” ser humano normal tan sobrevaluado en occidente. Estudió en la UNAM, México y ha hecho estancias de investigación en la Universidad de California, Santa Cruz, y en el Instituto Max Planck para Historia de la Ciencia, Berlín.

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