La vida íntima de la lechuga. Notas sobre la neurosis y la jardinería // Brenda Trejo

El trabajo ensayístico de Brenda Trejo consiste en hacer dialogar el mundo interno con el externo. En su obra, elementos cotidianos y personales son pretextos para ensayar, investigar, exponer o hacer ejercicios de introspección. En este ensayo la autora utiliza la lechuga, “alma de las ensaladas” y nuevo símbolo personal, para ilustrar la neurosis, las pulsiones, la maternidad y la propiedad privada.

J.G.


La vida íntima de la lechuga.

Notas sobre la neurosis y la jardinería.

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1.  La raíz

Fui al mercado y no encontré lechugas. Me pareció importante querer comer una e importante que no las hubiera. El resultado de una privación es el deseo. Ahora estoy en casa y pongo a cocer el pollo que ya no comeré en una ensalada. Tardará tiempo en que esté listo. Me siento en el sillón de mi sala y hojeo el libro que dejé en la mesa: Pulsiones y destinos de pulsión. Entre las páginas encuentro que para Freud el jardín podría ser consecuencia de una necesidad interna. La interpretación es mía y creo que tiene su germen en mi entendimiento del concepto de pulsión: fuerza íntima que impulsa a llevar a cabo un acto con el fin de satisfacer una tensión interna. Así, se me ocurre, podría suceder que una planta se vuelve un deseo tangible. El jardín, un paisaje interior. La jardinería como un arte del desdoblamiento de uno mismo.

2. Contexto

La modernidad afloró en el jardín. Cercado por la necesidad de tener árboles y plantas que dan frutos; hierbas medicinales y aromáticas dentro de la propia casa, en lugar de salir a conseguirlas azarosamente a lejanos bosques o praderas, el jardín se convirtió en uno de los primeros espacios de naturaleza individual. Es posible que la palabra jardín designara por muchos años a cualquier fragmento de tierra feudal y cercado para el cultivo propio. Pero las personas no concibieron la convivencia entre los vegetales y las flores. Surgieron otros nombres y espacios para destinar el lugar de la siembra: huertas y viñedos son tal vez las denominaciones más representativas. En la tierra brota la esencia humana: mientras que el huerto es terreno de la necesidad, el jardín es parcela de sentimientos.

Es comprensible que algunos jardineros enaltezcan el acto de cultivar un jardín al punto de convertirlo en una actividad introspectiva. Se concibe su cuidado como una poética de las ideas, un espacio para el cultivo del pensamiento y el placer de contemplar. No sería casual que el filósofo Epícuro nombrara El Jardín a su escuela de pensamiento. Aunque en el cuidado de un jardín no sólo participa el intelecto. Cultivarlo precisa un lazo sensible a los afectos entre el jardín y el alma que lo siembra. Es un orden indiscutible: antes del jardín está la planta y mucho antes de la planta, el deseo de cultivar. Si son ellas símbolos donde la vida revela su proyecto: la creación y destrucción que obedecen a reglas y a cálculos, el transcurso del tiempo; toda genealogía se podría explicar desde las plantas: las horas en que somos semillas en el vientre materno. Devuelvo el libro a la mesa. Parece que hay sentimientos que a cierta temperatura interior, y por cierto influjo externo, florecen en nosotros. Salgo al patio de mi casa y veo las macetas vacías. El calor en esta ciudad siempre está rabioso. Me gustaría mucho que brotara una lechuga.

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3. La lechuga como símbolo

Las distintas categorías del vegetal: romana, silvestre, hoja de roble, iceberg, escarola, batavia, francesa, lollo rosso y rúcula, vuelven imposible reconocer a simple vista una lechuga. Es verdad que en la taxonomía este vegetal posee un orden y nombre preciso para su evocación en el mundo, pero también es cierto que la lechuga ha de permanecer entre esos objetos misteriosos para el entendimiento humano: en el diccionario de símbolos de Jean Chevalier y Alain Gheerbrant no existe la lechuga.

Carl Jung —un jardinero de la psique— no se extrañaría por su ausencia en el diccionario. Se me ocurre que para Jung, esto podría ser fruto de su volátil aspecto. Si la formación de un símbolo es resultado de una vinculación entre imagen y un significado, no se podría negar que la lechuga escapa a este proceso. No existe una lechuga universal. En todo caso, existen lechugas privadas. Tantas variedades hay en la naturaleza que se encuentra entre la realidad y la imaginación; en cada mente, la lechuga tiene una forma y color distinto según su acostumbrado consumo en las ensaladas. Cada lechuga, además, se ajusta al capricho de su consumidor. Existen lechugas para todos los temperamentos: las hay frescas, hidropónicas, deshidratadas, amargas, y salvajes. Más que otro vegetal, la lechuga es el alma de las ensaladas.

Otra vía posible para esclarecer su confusa existencia es pensar en que la lechuga se resiste a su especie: hermana de la margarita y el girasol, no heredó los abundantes pétalos ni el tallo alto y delgado. Tampoco tiene el pigmentode la margarita ni el entusiasmo por la luz solar. Como si de una personalidad se tratase,  la lechuga es tenaz en exhibirse diferente: con hojas onduladas de color verde desbordante, púrpuras frondas y a veces, una esfera envuelta en sus propias hojas. Hay quienes afirman que ninguna lechuga sabe igual. Otros la ven como un repollo. Criatura de rasgos confusos, es digna de análisis por las teorías de la psique que suelen convertir a su objeto de estudio en un modelo taxonómico de la realidad. Acaso la lechuga pueda ser una metáfora de la neurosis.

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5. La neurosis

Cuando William Cullen cultivó el concepto de neurosis en el campo clínico de la psiquiatría, nunca imaginó que tendría el mismo destino que la lechuga en el diccionario de los símbolos: no existe una significación precisa y tampoco existe en el diccionario de símbolos de la psiquiatría, el Manual Diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales.  Para considerar vigente a un concepto teórico es necesario que su uso tenga implicaciones en la realidad que lo sostengan como un tallo firme, pero no ocurre así en la literatura oficial de la neurosis. En ella se define como una enfermedad nerviosa que se basa en una predisposición anormal a la sensibilidad de los nervios, bajo el supuesto de que estas raíces del cerebro transmiten las sensaciones. “Una enfermedad de los sentidos y el movimiento, sin fiebre, y con afección local”, escribió Cullen. Esta definición no satisface a la mayoría de los especialistas de la psique porque además, según las estadísticas, ciertas afecciones nerviosas, como la melancolía, prevalecían en un país y no en otro. Tampoco convenció a Freud quien teorizó de una forma distinta el fenómeno de las neurosis aunque tuviera una formación médica importante desde la neurología. La neurosis, argumentó Freud, es una expresión simbólica de un conflicto psíquico que tiene sus raíces en la historia infantil de una persona y constituyen una forma de existencia. Para Freud, el sistema nervioso no era el origen de todo malestar. Acaso en algo pueden coincidir ambos modos de concebir a este concepto es el movimiento. El sistema nervioso tiene movimientos eléctricos que envían mensajes y controlan a los órganos de un cuerpo para su funcionamiento; el sistema simbólico provoca movimientos de significados que transmiten mensajes en la conciencia de una persona. La neurosis es la lechuga del reino psiquiátrico: no termina de ser una afección del sistema nervioso humano ni tampoco de las emociones o pensamientos. Cada ideología teórica tiene su significación propia. Hace falta aclarar que la neurosis creció, además, en el uso vulgar del término. Sin ser posible su explicación mediante una etiología biológica, la expresión de los síntomas toma mayor importancia. Según algunos artículos sin interés académico, un neurótico es frecuentemente conocido por su ánimo de desasosiego como arbusto sin poda; podrido por la humedad de la holgazanería con la que riega su vida, o por la angustia que expresa con el gesto de su rostro marchito. La vida interior de un neurótico parece una planta.

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6. Propiedades físicas de la lechuga

Tenemos la experiencia repetitiva del peso de las cosas. Cargamos diariamente el de nuestro propio cuerpo. Tal vez por eso nos sorprende la ligereza de la lechuga. Contiene menos de dieciséis kilocalorías, es inútil su aporte energético a cualquier organismo, ninguna pesa más de trescientos gramos y no se destaca por tener considerables cantidades de vitaminas y minerales. Es un diente de león al viento. La lechuga es un testimonio de que el mundo está constituido por átomos sin peso. Su sabor es apenas percibido por ciertos paladares que declaran en una contradicción: no sabe a nada. Pero no sólo es posible percibir su ingrávida paradoja al comerla sino también en sus efectos. Conozco a alguien que reprocha después de comer una ensalada: si la lechuga no empachara, el estómago sería un campo gravitatorio en donde las hojas descienden, etéreas.

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7. Experimentos 

Abordo de una nave espacial en órbita, bajo luz ultravioleta, algunos astronautas de la NASA observaron el nacimiento de una lechuga rúcula. La hortaliza fue resultado de un experimento sobre la frugalidad en el espacio. Los astronautas podrían convertirse en agricultores de la galaxia. Este ensayo de las alturas comprueba la cosmogonía de las palabras. Como si de una constelación se tratara, la lechuga comparte la misma raíz etimológica —glak— con las palabras leche, galaxia, lactosa y lácteo. Sin embargo, esta planta es una criatura terrestre que insiste en crecer los suelos. Nativa de las montañas, otra variedad de la lechuga: lactuca virosa, no crece en la intimidad de un jardín individual ni en el campo negro del universo. Tampoco es una vulgar lechuga de supermercado. En sus venas de hierba destilan jugos narcóticos. Toda lechuga provoca al sueño. Sin embargo, la silvestre, en semejante posición con el opio, es analgésica y también hipnótica, según escribió Dioscórides, antiguo médico griego.

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8.  Mi lechuga privada

Extiendo tierra fresca en la maceta. Hundo el puño, profundo. Saldré a comprar semillas de lechuga —todavía no decido cuál especie— para cobijarlas con esta tierra.  Veré el brote de una planta pequeña y verde, una planta niño que necesitará de mis cuidados. Tendrá el tallo grueso. Con la lupa observaré que le nacen pelitos blancos. Que las hojas crecerán. Me gusta imaginar el crecimiento de mi lechuga porque tengo curiosidades botánicas. O acaso estoy interesada en mis sentimientos.


Brenda Trejo (1990). Nació en Monterrey, Nuevo León. Tiene interés en el psicoanálisis y la literatura. Estudió una licenciatura en psicología y una maestría en psicoanálisis. Fue becaria del Centro de Escritores de Nuevo León y para la Fundación para las Letras Mexicanas.

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