Serotonina y Retrato de la casa que no es // Yaroslabi Bañuelos

El otro día discutía con una amiga el componente trágico de la percepción. Hay una especie de prepotencia cosmogónica que nos hace pensar que este rojo que gotea de mi brazo o el marrón que se pudre en la madera son símbolos con una carga que le es única al observador; No obstante, solemos olvidar que las categorías sobre las que construimos el juicio son también tomadas de un colectivo que en muchos casos ya predispone nuestra caída. De tal modo el juicio de Layo de deshacerse de su hijo sólo obedeció al destino que lo iba a destazar con todo y reino.

Esa desazón y sentido trágico del mundo me empiezan a doler con estos poemas de Yaroslabi Bañuelos, una voz que articula una maldición que lleva generaciones enfermando a tantas otras mujeres antes que ella. El machismo y la depresión son fuerzas de un terror ontológico que entre tanta atrocidad se permean en las maneras de construirse un destino hasta exponerse como un destino ineludible. Y aún así, vale la pena no perder de vista el poder emancipador de retratar la tragedia como semillero de una nueva gramática donde una abuela tenga una casa propia para refugiar a sus hijas y nietas de una tristeza infinita.

E.L.A.


Serotonina

El año pasado di clases de poesía en la biblioteca 
            [del barrio.
Dos días por semana desenterraba el camino
hacia las calles inundadas por el olor a sargazo 
             [y árboles viejos.
Ochenta veranos atrás el barrio era 
             [un estero caliente
donde buzos y pescadores levantaban 
             [sus chozas de palma
junto a cementerios de cayucos y tamborillos.
Aquí, en este punto del mapa, John Steinbeck
encontró La perla en la primavera 
             [de mil novecientos cuarenta,
sentado bajo luminosos palmares ya muertos,
comiendo pargo a las brasas, 
             [escarbando historias en la marea.
 
El año pasado todo era distinto. 
             [Aún salía a caminar por las tardes
y regaba los helechos. Cocinaba espagueti, 
             [escribía poemas,
visitaba a mi madre, desempolvaba la casa.
Y, de vez en cuando, tomaba piñas coladas 
              [en mi restaurante favorito.
A veces pensaba en Steinbeck a bordo 
              [de aquel barco sardinero
mientras tostaba su espalda a la luz del poniente,
comprobando en los rincones del agua que 
              [una marsopa llora como un niño.
 
Pensaba en Steinbeck y repetía como un rezo sin Dios:
“John Steinbeck contempló
las mismas olas borrachas de sol que hoy salpican 
             [mi rostro”.
 
Ya es tarde.
El año pasado aún podrían haber hecho efecto 
              [algunas de esas píldoras 
que se cuelgan el disfraz blanco de la serotonina.

*

Retrato de la casa que no es

[Mi hermana dice:
todas las mujeres de mi familia están malditas]
 
Ninguna de nosotras
jamás ha bordado sobre su cabeza un techo de verdad,
ninguna ha firmado
un papel que diga “esta casa es mía”.
Una casa sin cicatrices, donde fluya el agua tibia 
               [en el invierno
y las mariposas amarillas persigan
las lluvias de verano.
Una casa con la alacena llena y la cocina olorosa
a pan caliente y albácar.
Una casa con habitaciones propias, cortinas blancas,
jardines donde cada primavera
florezca el edén de marzo,
pasillos que exhalen un aroma a limones y sol.       
 
Una casa que guarde en su vientre un patio luminoso
para que las hijas jueguen
a inventar pájaros y buscar orugas entre la yerba.
Una casa que no almacene rencores,
que no tenga tantos secretos clavados en la pared.
 
Madre nunca pudo comprar un pedazo de tierra
con el sudor de su rostro,
ni mi abuela ni la madre de mi abuela.
Tampoco aquella prima lejana que trabaja 
              [en un call center
ni la tía que rentó toda su vida
el cuarto más oscuro de un multifamiliar.
[Mi hermana asegura que en esta familia
las mujeres estamos malditas:
todas lavamos a mano los harapos de la miseria].

Yaroslabi L. Bañuelos (La Paz, 1991) es licenciada en Psicología por la Unipaz. Es autora de Micropesadillas (Cuadernos de la Serpiente, 2016) y Otro agosto habita el aire (ISC, 2020). Ha recibido el Premio Estatal de Poesía José́ Alberto Peláez Trasviña (2019), los Juegos Florales Nacionales Carnaval La Paz (2019) y los Juegos Florales Margarito Sández Villarino (2019). Fue becaria del PECDA (2016), asimismo, obtuvo la beca “Inés Arredondo” para asistir al Encuentro Internacional de Literatura “13 Habitaciones Propias” (2018 y 2019).

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