La teología del Reverendo Alegría

La teología del Reverendo Alegría

You have reason to wonder that you are not already in hell

Johnathan Edwards

Me es difícil creer en Dios si no es como una bola de espinas, Reverendo. Este cuerpo, ¿no está ardiendo ya? Rézale, aunque no invoques más que un hueso agusanado, un ojo seco, una quijada dorada para poner en el altar. Rézale, porque no supiste prometerle el paraíso y ahora está ardiendo sola. Un cuartito oscuro de obsidiana lleno de agujas donde una parvada de camisetas la empujan al vacío. Reza, Reverendo, por Maude Flanders, porque condenaste una dulce alma cristiana a la Gehenna por el asco que te da la redención.

¿Qué cuerpo le doy a Dios si no es la bola de espinas, Reverendo? Amas hablar del infierno porque tu piel es áspera, insensible. Sólo la lumbre la hace sentir ahogada en tanto callo. Llámale un acto de piedad, y esa lumbre será más comunión que el jugo de uva que sirves en vez de vino, ¿Esa metafísica, desnutrida Maude Flanders ardiendo en caída libre es el retablo al que te encomiendas al dormir? Ah, pero se me olvida que odias los ídolos casi tanto como te odias a ti mismo, y a estas alturas no le das cuerpo ni rostro a su recuerdo. La discreta Maude como una tablilla de cera plana.

Puras espinas llenan los libros de teología que no has tocado en décadas, Reverendo. Sabes que Helen lloró por su alma. Se escondió de ti, pero la escuchaste encerrada en el baño susurrando su nombre, perdiendo el aire. No se atrevió a ir al funeral. Reverendo, dudo mucho que sigas amando a tu esposa, pero tus huesos son demasiado fríos como para dormir solo. En aquel momento, guardaste silencio hasta que volvió a contarte algún chisme. Su tono decía algo que fuiste muy lento en entender: Helen sólo te hablaba porque sin Maude se quedó sola. Su fe es poca y dura. Ella te cocina la cena sin hacer ruido y cada tanto sus ojos caen en trance sobre el interior del horno.

Reverendo, Dios te tiene con espinas enterradas desde hace tanto que ya ni te duelen. Llegaste con ojos llenos de utopía a un pueblo de nadie donde “Dios” es un concepto vacío. Durante el seminario soñabas con otro mundo, una iglesia de los pobres. Te encarcelaron por protestar la guerra de Vietnam, leíste en secreto a Leonardo Boff y a Paulo Freire, hasta pensaste en ir a Brasil como misionero, pero sabías de una ciudad por cuya alma urgía rezar, porque estaba tan enterrada en las lagunas liminales del mapa, que hasta la gracia se perdía en el camino. En aquel entonces creías en el infierno como una metáfora, como un estado que el alma puede superar por un amor que trasciende al cosmos. Me da risa recordarte esto ahora que el amor pasa por tu cuello y tu piel se eriza. Huyes, Reverendo, de esa palabra porque te recuerda que dejaste que Springfield te condenara como después ahogaste en azufre a tus feligreses. Después llegaron los 80s, tu corazón se llenó de hormigas negras y lloraste porque a nadie le importó. El Apartheid, Líbano, el SIDA pasaron por tus ojos y bostezaste. Las lágrimas de este esfuerzo fueron las últimas que te mereció el prójimo.

Pero no puedes culpar a las espinas cuando Dios te pide que compartas el dolor para sanarte. El viudo Flanders te invitó hoy a beber una cerveza en su sala de juegos. Piensas volver a dejarlo plantado. Mañana te verá mientras barres la iglesia, no mencionará el tema y te abrazará sonriente. El enclenque espiritual Ned Flanders. El hipocondriaco Ned. El hijo de todos los diablos, que te sigue despertando a las cuatro de la mañana, para lloriquearte por sus esposas muertas. No te atreves a admitir que lo odias porque te hace un favor. Estando él chupándote la sangre, no tienes que asumir la culpa de la podredumbre de tu alma, porque te robó la utopía y la reemplazó con el tedio. La Iglesia de los pobres se convirtió en un Calvino mal leído, el amor divino en infiernos que arden, arden, arden. Donde te consuela saber que Ned arderá cómodo con Maude o con Edna, según toque el turno y el gusto.

¿Puedo aprender a amar y adorar a un puñado de espinas con sangre seca, Reverendo? Helen se cansó de insistir con que veas a Ned, te ve consternada mientras conduces unos trenes de juguete con los ojos muertos. Finges que no notas su presencia. Ella se encierra en el baño. Una hora más tarde irá a la cama y ella estará dormida dándote la espalda. Fuera del chisme de la tarde, no has escuchado su voz en horas. Te parece lo mejor, es el único amor que le puedes tolerar, cualquier otro te daría angustia.

Espinas engendró Dios Padre para coronar a Dios Hijo, Reverendo. Hoy tu hija no bajó a cenar. Desde que robó las limosnas de la iglesia no te ha dirigido la palabra. Se sienta frente a la ventana y escribe en su libreta, viendo a otros niños jugar afuera. Su rostro no muestra ninguna emoción. En eso se parece a ti. Cuando nació pensaste en las maravillas del poder de vida del Espíritu Santo, que te permitió tener en tus brazos a una bebita amarilla de ojos castaños. Carne de tu carne. En ese momento tu pasión por Helen te desbordaba. Su rostro después del parto te conmovió hasta las lágrimas. Tu sentido crítico del buen protestante se suspendió, y creíste ferviente en la santidad de La Virgen dando a luz en un establo. Luego Jessica creció. Llegaron los cadáveres de gatos al jardín, el internado, los gritos de “¡reacciona papá!”, una sordera. Sabes que no duerme. Podrías entrar ahora. Abrazarla. Decirle que el mundo es una mugre, pero El Señor proveerá. Que El Señor es un culero, pero al final siempre está con nosotros cuando nos queremos morir. Y está bien, está perfecto sentirse ahogado en la mierda, pero la promesa que nos hizo Cristo sigue en pie mientras podamos amar, sin importar nuestros crímenes pasados.

Sientes que algo se atoró en tu garganta. Guardas los trenes. Pasas por el cuarto de Jessica. Miras la puerta. No la abres. Vas a la cama.

Amanece ya un sol de espinas marchitas para unos pecadores en las manos de un Dios rabioso, buenos días Reverendo. Es un sábado precioso sin una nube en el cielo. Mejor ahora escribir el sermón de mañana. Quieres hablar del libro de Job desde hace años, pero siempre hay pasajes que crees más nutritivos. Mañana será el libro de Números, específicamente cuando Moisés es exiliado por Dios de la tierra prometida, por no sacar agua de las piedras según la instrucción precisa. Obediencia. Un valor cristiano que es tu deber asentar en este pueblo. Te preguntas en qué momento de la homilía escucharás los ronquidos de Homero Simpson. Esa familia es quizá tu peor fracaso. Has amenazado tantas veces al niño Bart con el infierno, que ahora parece cómodo con su destino. El otro día le quitaste de las manos su primer cigarrillo, o eso quieres creer. No quieres hablar de los moretones en su cuello. La niña Lisa perdió la fe en la vida eterna cuando metiste a los mercaderes en el templo. Ahora se aferra a los brazos de un Buda de barriga hueca, buscando paz en la nada. No quieres hablar de su cabello lleno de canas a los 8 años, ni de los frascos vacíos de Prozac que Ned la ve tirar a escondidas por la noche. Homero ya va por su tercer infarto y el lunes tiene que ir a comparecer ante la corte por otro episodio de daño a propiedad privada. Profanó la tumba de Frank Grimes después de beber. No quieres hablar de las amenazas de golpes que le susurra a Bart durante la misa. Marge no está bien. Cada domingo llega más delgada, con ojeras más profundas y la piel más pálida. En su regazo, la pequeña Maggie parece tener el peso del metal. No quieres hablar, pero todos saben que está enferma y mientras esté con Homero no va a sanar.

Dios, gracias por las espinas que vamos a rumiar en el infierno. Helen ha salido y te dejó una nota que no lees. No sabes a dónde va. Supones que volverá en la tarde. No lo hará. Acabas tus apuntes y decides sacar a pasear al perro. Ruido en las escaleras. Jessica sale corriendo al patio. No te dirige la mirada. Se deja caer en el pasto. Es un sábado precioso sin una nube en el cielo. Jessica lo mira inmutable y lo encuentra completamente vacío.

Esteban López Arciga, Agosto de 2020

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