Banana Bread

Banana Bread

Mi abuela me dijo una vez que yo nunca iba a ser una buena cocinera. Me lo dijo después de que llegué a su casa con un bonche de buñuelos envueltos en celofán con un moñito rojo hasta arriba. «Huele a piloncillo y se pasaron con el clavo, ¿quién los hizo?» me preguntó sin siquiera haber probado un bocado. «Unos amigos y yo… pero yo no huelo nada, abuelita, bueno, huele rico, ¿no?» contesté con un pedazo de buñuelo en la boca. «Mmmm, mija, tú nunca vas a ser buena en la cocina». La Doña Berthis, mi abuelita, era implacable con sus críticas. Yo tenía unos quince años, y un par de meses antes me había mandado a la tienda por fideos y le traje espaguetis. Eso sí me lo perdonó —con todo y que me dio un bastonazo cuando intentó hacer la sopa y se dio cuenta de que a su nieta se le hizo fácil comprar espaguetis porque no había fideos en la tiendita—, pero no que fuera incapaz de distinguir los olores. Tenía razón: mi sentido del olfato siempre ha sido terrible. Más de una vez me comí el confleis con leche echada a perder, anduve con caca en el zapato o dejé los platos oliendo a huevo porque a mí nomás no me daba el olor.

            Sé cocinar, aunque, definitivamente, no soy buena en ello. La maldición de mi abuela me atormentó por varios años porque, por otra parte, me habían enseñado que cocinar era sinónimo de amor. La gente demuestra amor con la comida y es el doble de amor si es home made. Cada que preparaba algún platillo para alguien, me excusaba: ay, me faltó un poco de sal o me pasé de sal; ay, faltó que se cociera poquito o me quedó algo crudo. Lo que fuera, nunca me quedaba tan bien. Eso me hacía sentir culpable y una mala mujer. ¿Cómo iba a ser una buena esposa/madre si no era capaz de hacer un jokeis infladito y bonito como los de las franquicias gringas?

Tengo ligeros recuerdos de mi niñez en los cuales mi abuela Glafira, la mamá de mi mamá, metía pan y coricos —que son unas galletitas deliciosas en forma de dona— en el horno de piedra del patio de su casa. Ese olor sí lo reconozco. Las mejores galletas y coricos al más puro estilo Sinaloa son hechos en horno de piedra. Hasta la fecha, es lo único que puedo identificar sin problemas: el olor de unos buenos coricos.

Tal vez por eso lo de hornear siempre llamó mi atención: verme como una perfect housewife de los años cincuenta era mi meta, aunque ese postre fuera solo para mí. Pero me parecía obvio que, si no podía hacer una sopa de fideos con salsa de tomate decente, el arte de hornear era tan lejano como convertirme en Miss Universo con mi 1.62 de estatura y mis 65 kilos de peso. Además, el horno de mi casa no servía, nunca veía a mi mamá hornear y yo siempre estaba bastante ocupada para intentar dedicarme a ello. Cocinaba para sobrevivir y para nutrir mi cuerpo, no para consentirme.

            Con la pandemia, llegó el pan de plátano. Fue una de las primeras tendencias en redes sociales junto con el Dalgona coffee. Pero, para ese momento, yo estaba más preocupada en pasar mis clases de presenciales a en línea y de desinfectar toda la casa. Fue hasta finales de abril, cuando ya llevaba más de un mes encerrada y que me había acoplado a mi nueva rutina, que decidí experimentar: el pan de plátano era de mis favoritos y necesitaba despejar mi mente de alguna forma —hacer ejercicio no era opción, claro está—. Busqué en internet, junté los ingredientes y de buenas a primeras me puse a hacer el panqué. El resultado: ay, mija, tú nunca vas a ser buena en la cocina. De todos modos, me lo comí, aquí nada se desperdicia.

            Mi hermanita me lo advirtió: esa masa estaba muy aguada. Ella es mucho mejor haciendo postres. Me recomendó echarle más harina y un poco de bicarbonato de sodio, y funcionó: el segundo intento quedó con mejor consistencia, pero un poco quemado. Bastante quemado. En realidad, todos mis intentos quedaron quemados. Y todos y cada uno de ellos me los comí sin hacer fijón. Mi hermanita me echaba un grito cada que me metía a la cocina a hacer pan: huele a quemadooooo. Me despertaba más temprano que ella para evitar su ojos sobre mí, pero el olor la levantaba de la cama. Esto sí que no lo puedo entender. Yo nunca olí nada. No se miraban bonitos, pero sabían bien, juro que estaban ricos; pero las palabras de mi abuela me acechaban: ay, mija, tú nunca vas a ser buena en la cocina.

            Hasta le escribí un haiku al pan de plátano en una de mis clases del Diplomado de Creación Literaria que comencé a cursar en junio:

El pan de plátano

nunca me queda bien;

la vida, menos.

            (Como se pueden dar cuenta, la poesía no es lo mío, por eso escribo narrativa).

No me podía explicar por qué siempre se me quemaba el pan. Seguía la receta al pie de la letra (por cierto, la que más recomiendo es esta que pueden consultar aquí), pero una capa negra cubría mi delicioso panqué. No podía tomarle foto y presumirla, nadie me creería que, en el fondo, debajo de esa cubierta carbonizada, había un dulce pan de plátano esperando a ser devorado. Mi hermanita sugirió culpar al horno: era muy pequeño y no distribuía bien el calor. Le creí porque, al final, ella era mejor que yo en esto y, a la vez, aliviaba mi ego saber que el culpable era un tercero que conspiraba en mi contra. No podía ser tan difícil hacer pan de plátano.

            De todos modos seguí horneado cada tercer día. Preparar la masa me aliviaba, le daba estabilidad a mi rutina fuera de mi trabajo y los pendientes, me otorgaba una sensación de ternura en el pecho. Tomarme mi café negro con un pedazo de ese pan que yo misma había hecho era como un abrazo en medio de un tiempo donde estos están prohibidos. Era mi propio abrazo con más calor del necesario, pero este no me quemaba, aunque mi pan sí lo estuviera. Preparar comida para mí misma también es un acto de amor.

La segunda mitad de esta cuarentena la he pasado en casa de mis papás. Ellos tienen un horno más grande y quería comprobar la hipótesis de mi hermanita. Así que, de buenas a primeras, hice un pan de plátano. No se quemó. Tampoco quedó crudo. Podía tomarle una foto y presumirla en redes sociales. Por supuesto que lo hice. Además, sabía bien. Luego, hice pan de elote. Después, varios panqués de zanahoria. Este fue el favorito de mi mamá. Me pidió que hiciera más. Mi mamá aprobó mi receta. Mi mamá no dejaba de decir que mi pan estaba bien bueno. Yo sentía que por primera vez estaba realmente orgullosa de mí. Mi hija no solo es ñoña y buena estudiante, también sabe hacer pan. Estoy segura que eso pensaba cuando les presumía a sus hermanas mi panqué. Mi hija sirve para algo útil. Para una actividad esencial. Mi hija es buena en la cocina.

            Rompí la maldición de mi abuela. Mi olfato sigue siendo pésimo, pero ya puedo preparar algo rico. Ahora voy a intentar ligar con mi pan. Deséeme suerte, Doña Berthis.

Karli da clases de literatura, hornea panqués y escribe cuentos.

Julio de 2020.

Un comentario en “Banana Bread

  1. Hola Karla,

    Me contactaste hace poco para colaborar en esta revista y por fin me estoy dando una zambullida en sus letras. Me ha encantado tu Banana bread y yo creo que tu haiku es excelente, ¡deberías iniciarte en la poesía! Gracias, siempre gracias por compartir la palabra. Por cierto, cerré mis redes sociales así que te dejo mi cel por aquí: 7772677182 para comunicarnos por Whats, llamada, mensaje y mi mail: sofiagardunobuentello@gmail.com Por cierto, intentaré la receta del plan de plátano que compartiste aunque tampoco tengo buen olfato y nunca he sido buena en la cocina. La maldición también corre en mi familia 😮 Un abrazo grande.

    Sofía

    Le gusta a 1 persona

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