La pequeña rebelión // Alejandra Retana Betancourt

Es difícil hablar de personas que uno tiene en profunda estima buscando ser objetivo. A lo largo de nuestra formación, he visto en Alejandra a una escritora comprometida, a una mujer convencida del poder de la palabra para mostrar y reinventar el mundo.

La belleza de este texto radica en estos mismos principios. En un sistema marcado por agonías, la literatura es una de las formas más auténticas de libertad y, todavía, de ser felices.

J.G.


La pequeña rebelión

Pura espuma. Cierra los ojos y ve burbujas. También resuena en su cabeza, como un zumbido, el agua disparada a presión por la manguera del fregadero. Manotea como si espantara un mosquito y se reacomoda en la cama. Suspira y cierra los ojos para una vez más intentar dormir, pero en el preámbulo del sueño solo hay espuma y los gritos del jefe de cocina.

            Se levanta exasperado, se calza los tenis y ha colocado ya la mano sobre la perilla cuando el hombre que duerme en la parte alta de la litera, aún acostado, le pregunta si pasa algo. Le contesta que nada, que necesita tomar aire. Entonces sí sale del cuarto de azotea que renta. Encogido, con las manos en los bolsillos de la chamarra, tiembla. Desde allí mira la ciudad. Hace frío sin belleza. No nieva, no llueve, no hay columnas de humo emanando de las chimeneas o decoraciones navideñas en las ventajas y tejados. Nada reconfortante. Hace frío, muchísimo, y ya.

            Se sienta en el piso, frente a la puerta del cuarto, y se lamenta el tiempo que trabajó en esa taquería como lavaloza soportando maltratos. Piensa en la madre a la que envía dinero cada semana para que ella y los hermanos menores puedan comer. Se acuerda del padre que se fue de mojado, que envió mucho dinero los primeros meses, luego cada vez menos hasta que nada, ni noticias ni disculpas.

            En esas está cuando sale su compañero de cuarto, listo para tomar el tren suburbano y después el metro. Todavía no amanece, deben ser las cinco de la mañana. Ya me voy, le dice y se despide con un gesto. Hace tres meses que viven en ese cuarto de azotea. Pese a que no eran tan amigos en el pueblo, decidieron marcharse juntos y compartir gastos. Hasta ahora se llevan bien. Anoche que le contó que lo despidieron, le sugirió ir a pedir perdón y rogar que le devolvieran el trabajo.

            Se mete al cuarto y se echa en el colchón. El cansancio por fin se impone sobre la angustia. Se duerme por unas horas y sueña que sube una montaña. La sube esperando que la tierra negra se enfríe, que cuelguen carámbanos de las ramas de los árboles, que la escarcha se transforme en nieve y la cellisca, en nevada. Ocurre lo contrario: lo sofoca el bochorno mientras asciende y en la cima solo encuentra árboles talados. Contempla su pueblo desde la cumbre, se ve exactamente como la última vez en que estuvo allí. Se avistan los plantíos achicharrados por el sol y las casas empobrecidas por el abandono: primero se fueron las lluvias y después los hombres. Él mismo se ha ido porque sin agua nada crece en los campos, porque hace tanto calor que la montaña se derrite.

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Despierta y decide que hoy paseará sin rumbo. No irá a rogar que le regresen el trabajo. Mañana llamará a su madre para avisarle que lo echaron de la taquería y también mañana recorrerá el centro histórico buscando otro restaurante donde haga falta un lavaloza. Hoy les robará un día a todos para caminar sin agobios por la ciudad en la que vive desde hace unos meses, pero en la que hasta ahora ha andado como sin permiso.

            Hoy, por primera vez, al llegar a la terminal del suburbano, no transborda al metro. Del subsuelo emerge a una explanada donde hay gente vendiendo tortas, ropa y pulseras. Hay un tumulto rodeando a dos raperos y, en el fondo, unas chicas ensayan una coreografía aprovechando el reflejo de los muros de cristal del enorme edificio que hay enfrente. Después de un rato de escuchar y mirar a los raperos y a las chicas, siente ganas de ir al baño, pregunta por un sanitario a otro hombre que mira a las muchachas y le dice que vaya a la biblioteca.

            Entra al recinto, al enorme edificio de muros de cristal, y lo recorre de prisa buscando los sanitarios. Ya que se ha desocupado de esa urgencia, tras secarse las manos en la ropa, vuelve al vestíbulo. Levanta la vista. El monumental esqueleto de una ballena suspendido a mitad del recinto lo hace sentir minúsculo pero maravillado. Camina en medio de una hipnosis por los anchos pasillos iluminados por la luz natural que se introduce a través de los grandes ventanales. Sube por las escaleras metálicas descubriendo estanterías con clasificaciones y números que lo confunden. Curiosea, por pura casualidad, entre los libros de la sección de literatura inglesa. Encuentra un título que lo atrae, que se le aparece como una revelación, y, tras mirar de un lado a otro por vergüenza de que alguien lo esté observando, lo toma, aunque el nombre del autor no sepa ni cómo se pronuncia.

            Se acomoda en uno de los sillones de la sala de lectura que está al fondo del edificio. Abre el libro e intenta leer la primera página. De inmediato siente que le palpita la cabeza. Jamás ha sido alguien que lea mucho, qué pretende. Además, ha dormido tan poco que no puede concentrarse en descifrar el sentido de las palabras. Está por levantarse y marcharse, pero al cerrar el libro, mira con mayor detenimiento la portada. Una combinación de tonos azules y blancos figuran una cumbre nevada rodeada de nubes. 

            Con eso le basta.

            Con Las nieves del Kilimanjaro en su regazo, cierra los ojos. Se entromete de inmediato el recuerdo de sus manos tallando y enjuagando trastes. Por un segundo teme que no podrá borrar con facilidad esa imagen de las horas y horas gastadas frente al fregadero. Respira, se acaricia con cariño sus propias manos resecas y, por fin, la mente cede. La espuma se va espesando en sus dedos hasta convertirse en nieve. Una dulce nevada cae en una montaña lejana, donde ahora está él en silenciosa y alegre soledad.

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Basado en el testimonio de Daoud, un joven de Senegal que migró a Francia y a quien Michèle Petit entrevistó durante las investigaciones para su libro Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura.

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Alejandra Retana Betancourt. Monterrey, Nuevo León (México). 1994. Estudió la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras (UNAM). Fue residente en la decimoctava promoción de la Fundación Antonio Gala de octubre de 2019 a mayo de 2020.  Becaria en el Programa Jóvenes Creadores 2017-2018 del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en la categoría de novela. Seleccionada para el curso de verano de creación literaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en 2013 y 2014. Ha publicado narrativa en Telescopio (Alabastro, 2013) y poesía en Poetas Parricidas (Cuadrivio, 2014), Los Volátiles (Juanita Cartonera, Chile, 2014) y Voces de emergencia (La Regia Cartonera, 2013).  Ha colaborado en el suplemento cultural Laberinto (Milenio) y como autora de reseñas en la revista Tierra Adentro. Obtuvo un primer lugar por su traducción al español de algunos fragmentos de Migritude de Shailja Patel en el 50º Concurso de la Revista Punto de Partida de la UNAM.

Un comentario en “La pequeña rebelión // Alejandra Retana Betancourt

  1. Me encanto! antes de llegar al final del cuento (o por lo menos de la escritura del mismo, ya que el mismo puede seguir resonando en nuestras cabezas sin cerrar la historia, y más aún cuando es una historia vivida y viva) me imaginaba que tal historia podría ser atribuible a tantas personas en este mundo, hasta se me vinieron imágenes de algún pasado trabajando como “bachero” (lavaloza) y lo poco que disfrutaba esa espuma entre mis dedos …
    Pienso que esa dinámica de vida que está implícita en esta historia siempre encuentra un “Las nieves de Kilimanjaro” que de una u otra manera reinventa lo dado.. claro que aquí lo único que encuentra no es tal cuento sino mucho más que eso ..

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